lunes, 13 de octubre de 2008

El timo como una de las bellas artes

Lo que más me jode es que ya lo veía venir... Y es una lástima, porque las dos primeras películas de Jaime Rosales (Las horas del día y La soledad) eran dos obras originales y certeras, tanto en la habilidad para transmitir emociones como en el empleo de técnicas de rodaje atrevidas y fuera de lo común.
En ambos casos, la intención de Rosales de definirse como un autor alternativo no era impedimento para que el espectador pudiera disfrutar de una historia, de una narración dramática y unos personajes de carne y hueso.
Así pues, enseguida incluí a este joven director en la nómina de los incondicionales, con el convencimiento de que sus películas iban a destacar del resto no sólo por su forma más o menos revolucionaria o exótica, sino también por su inusual manera de acariciar nuestra sensibilidad.
Además, su cine se ha comparado a menudo con el de directores que me interesan mucho, como el austriaco Haneke o el francés Rohmer.
Pero —oh, horror— este verano fui testigo de una entrevista en la que Rosales afirmaba que no era demasiado amante de la obra de Rohmer, y daba a entender además que no había visto ninguna película de Haneke, añadiendo que sus verdaderas influencias provenían de grandilocuentes artistas como Fellini, Pasolini o Antonioni. Y entonces empezó a entrarme el pánico.
Bajo el apacible disfraz de sus modales suaves y modestos, Rosales escondía el típico poso de pedantería de quien considera el cine como una simple manifestación plástica en la que los elementos narrativos clásicos serían prescindibles. O, dicho de otra manera: aparenta que le importa un carajo contar, narrar, explicar o compartir; él está por el arte (el Arte mayúsculo), por la experimentación y la búsqueda de nuevas formas de expresión, por desafiar las convenciones estéticas y estructurales, por el deseo de ser reconocido como un genio inventor y no como un simple profesional.
Cuando escucho este tipo de postulados, me acuerdo siempre de ese estereotipo del artista hipersensible que tan ácidamente retrataba Woody Allen en Annie Hall (el individuo en cuestión, con la afectación en la voz típica del que está convencido de decir algo sublime, le confesaba a su novia: “Ya he pensado en cómo me gustaría morir: quisiera ser despedazado por animales salvajes”; y añadía: “Y ahora tócame el corazón... con el pie”).
Tiro en la cabeza podría haberse titulado perfectamente Patada en los huevos (del espectador). Es un timo mayúsculo. Una estafa. Una ofensa. Y os lo dice alguien que está acostumbrado a ver de todo, que disfruta con lo común y con lo excéntrico, con lo espectacular y con lo minimalista. No es un problema de catetismo cinematográfico o de estrechez mental. Lo que verdaderamente me irrita de este pretencioso mamotreto visual es que me lo quieran vender como una forma de reinventar el cine o de sacar al pasivo espectador de su pereza intelectual. Puede que mis infinitas limitaciones culturales me incapaciten para poder permitirme el lujo de valorar en su justa medida una obra tan densa y profunda, pero de lo que sí estoy seguro es de que eso que vulgarmente se conoce como “el ciudadano de a pie” no espera ver algo así cuando va al cine.
Y, por supuesto, no me vale la tan recurrente falacia de que “no es cine comercial”. Óigame, señor Rosales: si no es comercial, ¿por qué me cobraron la entrada? ¿Por qué no es gratis? ¿Por qué cuesta lo mismo ver su película que cualquier otra?
Imaginad que compráis una novela que se publicita como una obra revolucionaria, audaz, atrevida, rompedora, etcétera, igual que la película de Rosales, y cuando abrís el libro todas sus páginas están en blanco. Entonces vais a reclamar y el librero os llama cazurros, vulgares, simplones, por no haber captado el mensaje transgresor. Un libro así podría formar parte perfectamente de una exposición en una galería de arte, en un espacio vanguardista, en la feria Arco o en cualquier foro que se precie de ser ultramoderno o contrario a la corriente. Lo que no puede hacerse es sacarle los cuartos al personal haciéndole creer que va a encontrar lo que luego no hay. Una novela experimental sería el Tristram Shandy, o Si una noche de invierno un viajero, pero un libro con todas sus páginas en blanco, ya me diréis.
Lo que ofrece Tiro en la cabeza al espectador no es muy distinto. Imágenes insulsas, tediosas y huecas, sin diálogos, gente que mueve la boca y a la que no escuchamos, motores y bocinas de fondo, y poco más. Puro onanismo.
Y que no os engañe la presunta polémica del tema que supuestamente aborda el filme, porque después de 80 minutos de aburrimiento es muy difícil que alguien llegue despierto a la última secuencia, cuando aparece la cuestión del terrorismo. Hay quien se ha rasgado las vestiduras por el hecho de que se nos muestra a un terrorista como un individuo corriente, que tiene amigos, toma café y folla. Esto no debería escandalizar a nadie, y en este caso sí entiendo la postura de Rosales. Si los asesinos tuvieran rabo y cuernos, supongo que el problema del terrorismo se habría solucionado hace ya unos cuantos años. Lo realmente jodido es que estos tipos viven infiltrados entre la multitud, que son gente aparentemente “normal”, y eso dificulta enormemente su identificación y su captura. Así que lo peor que ha hecho Rosales no es enseñarnos la faceta humana del pistolero de turno (también lo hizo Uribe en la estupenda Días contados), porque no olvidemos que “humano” no tiene por qué ser necesariamente sinónimo de “bueno”.
Mi decepción y enfado se deben, en resumidas cuentas, a que este director al que he admirado durante un tiempo parece decidido a cambiar de bando. Deja la pandilla de Haneke, Loach, Rohmer y Moretti para pasarse al clan de los Dardenne, Guerin y Van Sant. Pues peor para él.
Cuando un intelectual (sic) critica los programas televisivos tipo “Gran Hermano”, suele decir cosas como que a quién le importa ver a un puñado de Don Nadies hablar, comer, cagar, dormir o pasear. Suscribo dicha opinión, pero, entonces, la única diferencia entre Tiro en la cabeza (paradigma del cine intelectual) y los reality shows está en que la película de Rosales carece de diálogos. Por lo demás, parecen productos conceptualmente idénticos (puede que a Mercedes Milá también le guste Antonioni).

4 comentarios:

Poesía Intimista dijo...

Eii... No te enfades, que te saldrá una úlcera en el estómago.
Besos desenfadados.

El último peatón dijo...

Bueno, ya me tomé una valeriana y todo en calma... Uf.

On the road dijo...

Estoy de acuerdo contigo, aunque no me enfadé tanto. Me pasé la película entera esperando el truco magistral que me revelara a qué venía todo aquello. Y el truco... no llegó. Podríamos resumirlo así: mucho silencio y pocas nueces.
(Me gusta que te gusten Haneke y el libro que citas de Calvino. Qué grandes.)
(Gracias por tus gracias.)

El último peatón dijo...

Lo mejor es que los cabreos me duran muy poco...
De Haneke me gustan, sobre todo, "Funny games" (el remake era innecesario), "La pianista" y "Caché".
Y la novela de Calvino es uno de los mejores recuerdos de lector que tengo. No suelo releer (bastante tengo con todo lo bueno que me queda por leer), pero "Si una noche de invierno un viajero" será una excepción segura.