domingo, 19 de octubre de 2008

Decálogo del buen chiste

La gracia de un chiste, por raro que parezca, no reside en las cualidades humorísticas del mismo, sino que precisa del cumplimiento de una serie de requisitos que hacen que aquello que uno cuenta con la intención de divertir o agradar no se convierta en una chorrada gratuita que nos envíe directamente al infierno del ridículo.
Si elaborásemos una encuesta de opinión popular haciendo la pregunta “¿Por qué se ríe usted cuando le cuentan un chiste?”, el porcentaje de personas que responderían “porque el chiste tiene gracia” o “porque el chiste es bueno” sería cercano al cien por cien.
Sin embargo, desde estas líneas invito a la reflexión sobre dicho aspecto, y para ayudar a ejercerla detallaré a continuación lo que me he permitido en denominar el Decálogo del buen chiste. Una vez examinado con detenimiento, también vosotros os daréis cuenta de que la supuesta calidad del chiste en cuestión, lejos de ser el factor más influyente, resulta ser en realidad el menos determinante.
Las diez normas de obligado cumplimiento para que un chiste provoque la carcajada ajena son, por este orden, las siguientes:

1. Que la persona que lo cuenta nos caiga bien.

2. Que nuestro estado de ánimo o de salud sea el propicio.

3. Que el entorno sea o no el adecuado.

4. Que el chiste no nos afecte directamente por razones familiares, raciales, profesionales, religiosas, culturales, etc.

5. Que no nos lo hayan contado ya.

6. El momento en que se cuenta (si es el primero de la sesión o se han contado ya algunos antes para abonar el terreno).

7. Que el chiste haga gracia a la propia persona que lo cuenta.

8. Que el orador sepa manejar el chiste en su planteamiento y poner el debido acento en el clímax.

9. El salero o la gracia natural del orador.

10. Que el chiste sea bueno.

Las pruebas de que importa más el narrador que el chiste las encontraréis diariamente en vuestra vida cotidiana. Pensad en la persona que más odiéis en el mundo e imaginadla a continuación intentando ser graciosa. Por mucho ingenio que posea ese ser odioso y repulsivo, jamás conseguirá arrancaros una mísera mueca de agrado. Y que levante la mano el que esté libre de haberle reído un chiste espantoso a su jefe con tal de quedar bien. Pues eso.

3 comentarios:

Amkiel dijo...

Los chistes que cuentan los jefes corresponden a la norma número 11: Ninguna de las anteriores.

sanjoni dijo...

Había un tipo que era muy optimista, a todo le encontraba el lado bueno, un día un amigo le dice:
Que crees, ayer, llegó Juan a su casa, encontró a su mujer con un hombre, sacó la pistola, los mató a los dos y luego se suicidó.
Que bueno, contesta el primero.
¿Cómo que bueno? ¡Si es una tragedia!
Pues sí, pero si hubiera llegado un día antes, el muerto hubiera sido yo.


((Era natural que alguien, hiciese un comentario con un chiste))

Abrazos

Poesía Intimista dijo...

Yo soy malísima contando chistes, más bien los destrozo, pero según con quién, cómo y dónde...Perdón si peco un poco por barrer para "casa", pero los
chistes contados por andaluces, para mí, son los mejores.
Besos con chiste. ;-)