sábado, 4 de octubre de 2008

Actor estelar, estrella discreta

Cualquier estudiante de interpretación o aspirante a actor en general debería ver obligatoriamente la película Veredicto final, dirigida por Sidney Lumet en 1982.
En la misma, Paul Newman da un recital glorioso de cómo hablar, gesticular, moverse y matizar hasta el gesto más nimio (echarse colirio en los ojos, beber un chupito de bourbon sin manos por el temblor mañanero de su pulso, jugar a la máquina como un adolescente, permanecer impasible mientras suena un teléfono que puede cambiar la historia de su vida), componiendo así uno de los personajes más auténticos e inequívocamente humanos que se han podido ver en una pantalla de cine.
Paul Newman siempre ha gozado de un lugar privilegiado en mi filmoteca casera, que según pasa el tiempo va teniendo tanto de enciclopedia como de mausoleo (Fernán-Gómez, Pollack, Ledger, Azcona, Minghella, Heston y el propio Newman son las incorporaciones más recientes al incontable etcétera de glorias difuntas).
Por fortuna para el séptimo arte, ni su planta de guaperas ni el fantasma de Stanislavski fueron capaces de ganarle la partida al talento y el carisma. Y como la necrofilia es un valor altamente rentable en el mundo de la televisión, cada vez que se produce una baja de este calibre conviene estar atentos a la programación. Por el momento, y que yo sepa, ya han puesto Al caer el sol, Camino a la perdición y Distrito Apache, y me han dicho que la autonómica Telemadrid tiene preparado un ciclo con algunas de sus más célebres películas.
Ya que nos toca aguantar el empacho de crisis económica, de elecciones estadounidenses, de presuntas adicciones reales (o consortes, o ex consortes o como sea ahora), de juicios laberínticos o sentencias retardadas, y de sucesos y truculencias diversas, tampoco viene mal pegarse un atracón de buen cine.
Siempre es un placer reencontrarse con el buscavidas Eddie Felson, taco de billar en ristre y por partida doble (en el blanco y negro de los clásicos y en el color cinéfilo de Scorsese, Oscar incluido); con el tramposo con tirantes que dio el golpe del siglo junto a Robert Redford; con el indomable recluso capaz de aguantar 50 puñetazos y engullir 50 huevos; con el científico que rasgaba el Telón de Acero a las órdenes del Hitchcock más explícitamente violento; con el gangster crepuscular que tuvo el hijo equivocado y que le llevó por el camino de la perdición; con el forajido cachondo y ciclista que volvió a buscar su destino junto a Redford y con las gotas de lluvia cayendo sobre su cabeza; con el veterano sabueso al que la fama de castrado no le impedía ponerle los cuernos al mismísimo Gene Hackman al caer la tarde; con el magnate despiadado y socarrón que descubría el plexiglás en el homenaje que los Coen le hicieron a Capra, y, por supuesto, con el abogado decadente, rastrero y con vocación de perdedor que le disputó su veredicto final al Goliat del poder y las sotanas.
Casi nada.

3 comentarios:

Alejandro Lérida dijo...

El policía (Ward Bond) sostiene la estatua del halcón maltés y pregunta:
"Esto pesa mucho, ¿de qué está hecho?"
Humphrey Bogart: "De la misma materia de la que están hechos los sueños".

["El Halcón maltés", (The Maltese Falcon, 1941), dirigida por John Houston.]

Pues eso. Porque no hay película suya que no tenga un peso específico (tal vez el peso de los sueños, ya digo) en el mismo momento en que él aparece en la pantalla, da igual cómo lo haga.

Como solía decirnos mi padre, un actor así (aunque él siempre se refirió a Burt Lancaster) no necesita nada más (ni guión ni compañeros de reparto a la altura de las circunstancias) para hacer "buena" (no digo genial) una película.

Por cierto, una vez una chica me dijo que la persona que más admiraba del mundo era la esposa, precisamente, de gran Paul Newman, porque llevaba cuarenta años compartiendo su cama cada noche. Ahí queda eso.

Un saludo afectuoso.

Poesía Intimista dijo...

Nunca habrá mirada igual.
Actor, y lo más importante, persona. Nunca olvidaré, La gata sobre el tejado de zinc.
Lo bueno es, que se fue, pero nos deja su obra. Para mí, es una forma de no morir.
Besets.

El último peatón dijo...

Pues sí. Aunque suene a tópico, Newman era uno de los últimos ejemplos de un estilo que, por desgracia, las estrellas de ahora no parecen secundar (mirad si no a Pacino y De Niro, cada vez más caricaturas de sí mismos).

Abrazos a los dos.