jueves, 30 de octubre de 2008

La poesía también es cosa de risa

Me lo estoy pasando en grande leyendo Las mil peores poesías de la lengua castellana, un libro de Jorge Llopis publicado por primera vez en 1957, y corregido, aumentado y reeditado en 1973.
Llopis fue colaborador de la mítica revista La Codorniz, algo así como el antepasado directo de la contemporánea El Jueves, con la salvedad importante de que la primera nació con el siniestro y más que hostil panorama mediático del por entonces aún vigente régimen franquista como telón de fondo.
La intención de este volumen satírico no es otra que la de demostrar que no hay nada sagrado ni intocable en la literatura; que aquello en lo que unos ven sublime genialidad puede ser para otros insoportable cursilería o vulgar chapuza.
Reproduzco hoy aquí algunos fragmentos de esta obra subversiva, altamente recomendable para quienes —igual que este peatón— crean que leer y sonreír son dos ejercicios perfectamente compatibles, y que el saber, ocupe o no lugar, no debe provocar nunca el efecto secundario conocido como “cara de estreñimiento erudito”.

Extractos de Las mil peores poesías de la lengua castellana, de Jorge Llopis (Ed. Espuela de Plata):

“El arte, que es invento del hombre, tiene modas. Y lo que parecía deleznable y espantoso, la generación siguiente lo encuentra importantísimo. Recuerden ustedes que Hamlet —que hoy nos parece fuera de discusión— a Moratín le daba cien patadas en la boca del estómago. ¿Por qué no me las van a dar a mí Unamuno, pongo por caso, o Azorín?
Me consta que mucha gente se escandalizará cuando se penetre en las razones que aduzco para dar mazazos iconoclastas contra los pedestales de escayola gratuita de muchos conspicuos inmortales. No me importa que se atufen, porque sé que todos los que claman y se desgañitan hoy, dirán otra cosa dentro de diez años. Y muchos de ellos, hoy como mañana, harán suyo lo que escuchen decir a alguien que les inspire confianza. Los que defienden a bocados una postura —la que sea— y más intransigentes se muestran, son casi siempre los que hablan por boca de ganso; los que caminan —borregos del arte— delante de un pastor, los que no tienen ideas propias y necesitan que alguien se las dicte”.

“Lengua castellana es esa especie de ronquido que los españoles utilizan los lunes para discutir de fútbol. La lengua castellana sirve también para decir otras muchas cosas, pero menos importantes”.

“Se da el nombre de escritor a un señor que, generalmente, se pasa la vida sin un céntimo. A veces el escritor se torna glorioso, circunstancia que le permite comer algunos días de la semana.
Cuando dos escritores se reúnen, pueden suceder varias cosas:
1ª Que decidan hacer una comedia en colaboración.
2ª Que hablen mal de un tercer escritor, que, casualmente, no se halla presente.
3ª Que se limiten a tomar café.
Cuando en vez de ser dos los escritores reunidos, son tres, hablan mal, no sólo del colega que se encuentra ausente, sino de todos los escritores españoles y extranjeros.
Cuando en la reunión hay más de tres escritores que hablan mal, se llama Café Gijón”.

“Se llama obra literaria a esa clase de libros que, generalmente, no lee nadie. Los libros que suele leer la gente no son obras literarias, sino obras de solaz y esparcimiento. El público no suele leer obras literarias porque piensa:
a) Que son aburridas.
b) Que son largas.
c) Que son caras.
Casi siempre la gente acierta, y las obras literarias participan de las tres cualidades anteriormente apuntadas”.

domingo, 26 de octubre de 2008

El buen camino de Fesser

El fanatismo religioso no es sólo aquél que se manifiesta en forma de atentados suicidas o bombas ocultas en mochilas y maleteros de coches.
Existe una modalidad de fundamentalismo más delicada en sus formas, la cual renuncia a las explosiones y los golpes de efecto, y funciona de la misma manera que una epidemia, extendiendo su infección vírica a paso lento, seguro y letal.
De esa vil práctica manipuladora habla Javier Fesser en su nueva película, Camino, en la que ha conseguido por fin compaginar a la perfección su innegable virtuosismo técnico con la efectividad dramática de una historia que pone los pelos como chuzos, más aún sabiendo que se inspira en hechos reales.
Como ateo incurable que soy, las sotanas, las cruces y los púlpitos nunca me han resultado precisamente atractivos, ni siquiera en la ficción. Me aburren soberanamente las historias de sucesos milagrosos, de secretos de convento y de colonias parroquiales. No me interesan las conspiraciones vaticanas, ni las epopeyas misioneras, ni los pájaros espinos.
En Camino todo ello está más implícito que explícito, y de ahí que me guste tanto. Porque Fesser se centra sobre todo en el drama de una pobre niña esclava de unas cadenas que no son suyas, sino de su madre ultrabeata y de su maquiavélico círculo de allegados, con la única excepción de un padre que no necesita arrodillarse ni darse golpes en el pecho para reivindicar su humilde bondad.
Acojona y da grima al mismo tiempo contemplar la amabilidad viscosa de los farsantes con alzacuellos y sus entregados adeptos, la perversidad taimada y ceremoniosa de quienes venden miseria y sufrimiento como si fueran gloria y virtud, la crispante impasibilidad ante el dolor terrenal y esa apariencia de paz tras la que se esconde la más elemental de las codicias. Porque todo se reduce a llenarse los bolsillos de pesetas en nombre de Dios y a costa de la desesperación ajena, sacando infame provecho de la inculta bondad del prójimo.
Sin recrearse en detalles, valiéndose de un puñado de afinados trazos, Fesser retrata a la perfección a los relamidos curas, a los seglares mojigatos y a toda esa sarta de iluminados reprimidos y siervos obedientes que actúan como replicantes convencidos de ser humanos, aunque hayan sido despojados de su verdadera personalidad en aras del ascenso a los altares.
Y qué pena da esa niña a la que todavía le quedan resquicios de lucidez para rebelarse tímidamente y aferrarse a las fantasías que son más propias de su edad. Aplaudo la elegante ironía con que el director nos revela los verdaderos anhelos de la pequeña en contraste con lo que sus carroñeros adoradores esperan de su sacrificio: la obra teatral contra la Obra divina, el niño Jesús contra Jesús el niño, los pasteles de nata contra las hostias inmaculadas...
La debutante Nerea Camacho hace un estupendo trabajo en la piel de esa niña (cuyo nombre, ojo al dato, coincide con el título del libro sagrado del Opus Dei) atrapada y perdida en ese limbo que equidista de la limpia bonhomía del padre y del servilismo autodestructivo de la madre.
Otro tanto a favor de esta película es que hace crítica con estilo, sin exabruptos y sin mítines. Demuestra que se puede tratar con respeto la inteligencia del espectador sin necesidad de perderlo en intrincados alardes de soberbia intelectual (que aprendan los paladines del malditismo experimental y los reinventores del arte supremo).
En un año especialmente cochambroso para el cine español, donde sólo Casual day, Cobardes, Lo mejor de mí y 3 días se salvaban de la quema hasta la fecha, ha llegado Camino y ha puesto la nota más alta. Pero los cegatos académicos del séptimo arte nacional, por muy joven que sea su nueva directora, siguen aferrados a la versión más estereotipadamente rancia del cine de autor, y mandan a Hollywood como embajadora del talento patrio a Los girasoles ciegos, una película acartonada, vetusta, anacrónica, apolillada, encorsetada, avinagrada, mustia y trillada. Y lo siento por Cuerda, un señor al que respeto por haber parido dos obras notables, El bosque animado y La lengua de las mariposas; por haber tenido un par de bemoles en su día y rodar la delirante Amanece, que no es poco (en una época en la que aún no se habían inventado ni “La Hora Chanante” ni el Día del Orgullo Friki), y también por haber apostado en su día por un joven desconocido llamado Alejandro Amenábar.
Pero Los girasoles ciegos parece una película rodada en la misma época que los incunables que pasa Carmen Sevilla en “Cine de barrio”, o sea, una antigualla, por muy antifranquista que sea (¡sólo faltaría!), y creo que no es la mejor imagen que el cine español puede lucir de cara a abrirse un hueco en mercados ajenos.
Por desgracia, sigue abundando por estas latitudes mucho autor que confunde la sencillez con la racanería y la humildad con la precariedad. Creen erróneamente que su cine es más “auténtico” por el simple hecho de renunciar al espectáculo, y piensan que “comprometido” y “profundo” son conceptos inseparables de “austero” y “tedioso”.
Con Camino, Javier Fesser se ha desmarcado de las connotaciones del apellido familiar y se ha quitado por fin la etiqueta de “sólo para gomaespumeros”, demostrando que se puede criticar a los curas, al Opus Dei, al conservadurismo más atroz y reaccionario, y a la vez alardear un gusto por la estética y el arte visual que lo sitúa en la primera línea de las nuevas esperanzas del cine español.

miércoles, 22 de octubre de 2008

Y tú, ¿qué harías?

Me he acordado ahora de una conversación que mantuve hace algún tiempo con un grupo de compañeros del trabajo mientras nos relajábamos charlando a la hora del bocata.
La mayoría de los presentes eran mujeres, lo cual no es un dato baladí, como se verá.
El origen de la charla se ha borrado ya de mi memoria, pero el caso es que, en un momento dado, alguien sacó a colación la escena quizá más conocida de la película de Clint Eastwood Los puentes de Madison.
Para quien no la haya visto, resumo fugazmente la trama y pongo en antecedentes sobre la secuencia en discordia: la protagonista, de nombre Francesca e interpretada por Meryl Streep, ha tenido un affaire amoroso durante unos días con un tipo aventurero y bohemio, un fotógrafo de National Geographic, interpretado por Clint Eastwood y en las antípodas (tanto intelectuales como varoniles) de su marido, un hombre bondadoso y cuya fidelidad está libre de toda sospecha, si bien, con el paso del tiempo, parece haber transformado la pasión en una suerte de tediosa constancia afectiva. El matrimonio, además, tiene dos hijos menores de edad.
El caso es que, tras el desliz, Francesca queda prendada de su aventurero, lo mismo que él, quien le propone a ella escaparse juntos y abandonar así para siempre su anodina existencia de maruja palurda.
Y así llegamos a la escena cumbre: Llueve a cántaros. Eastwood espera en la calle, sin paraguas ni capucha, calándose hasta sus huesos sexagenarios. Francesca viaja en el coche junto a su marido, que es quien conduce. El coche se para en un semáforo, ella ve a su héroe desde la ventanilla y alarga su mano hasta el mango de la puerta. Parece que la abrirá y saldrá corriendo a empaparse junto a su amante, pero no lo hace. El semáforo sigue en rojo y el marido, al menos aparentemente, en Babia. Francesca continúa sujetando la palanca de la puerta como si fuera a arrancarla…
Bien, me paro aquí para no joderle a nadie la peli. Sea como sea que se resuelva la escena en el filme, el meollo de la conversación a la que he empezado aludiendo en mi comentario de hoy se encuentra aquí.
Todas las mujeres presentes en aquel corrillo reconocieron que, mientras veían aquella secuencia, pensaron, murmuraron o incluso exclamaron: “¡Vamos, ábrela, ábrela, vete con él!”.
Obviamente, entiendo que lo pensaran. Cualquier persona a quien haya agradado la película reconocerá haberse contagiado de los sentimientos de los protagonistas. Sin embargo, lo que yo aduje al respecto fue que aquel entusiasmo y aquella complicidad con Francesca revelaban una escandalosa contradicción, en función de los valores que todas aquellas mujeres aplicaban en su vida cotidiana.
Reconozco que era una carta ganadora infalible si lo que pretendía era sembrar la polémica, como así fue. Mis compañeras criticaron mi supuesta falta de romanticismo y confundieron mi intención de cuestionar sus criterios con una aparente censura a la actitud adúltera de Francesca.
Dicho esto, me vi obligado a aclarar que mi incisivo comentario no versaba sobre la decisión del personaje de Meryl Steep, sino sobre qué hubieran pensado ellas de una amiga, vecina, compañera o conocida que les contara algo como: “He decidido abandonar a mi marido y a mis hijos para irme a disfrutar de la vida con mi amante bandido”.
No es que no se comprenda la necesidad de Francesca de ver realizados sus sueños. Os aseguro que me identifico totalmente con los anhelos de alguien que cree que cosas tan prosaicas como la edad, las convenciones sociales o los prejuicios no pueden aniquilar los deseos humanos y el derecho de cualquier persona a ser feliz.
Ahora bien, que nadie se engañe. Esos gritos de ánimo a Meryl Steep para que baje del coche de su marido representan también un sueño, una ilusión, una vía de escape, tal vez, pero de ningún modo reflejan el sentir generalizado a la hora de opinar sobre el comportamiento de nuestros semejantes.
Creo que si se hiciera una encuesta preguntando qué es lo peor que puede hacer una madre, la aplastante mayoría respondería de forma espontánea que lo peor sin duda sería abandonar o desatender a sus hijos. Y aunque añadiéramos que esa presunta madre fugitiva había huido por amor, a nadie le valdría como excusa.
Precisamente, una de las razones por las que admiro esta película de Clint Eastwood es por el tratamiento serio, adulto y coherente que hace de los sentimientos románticos. No necesita convertir la historia en un cuento de hadas donde todo el mundo termina comiendo perdices para trasmitir lo que significa enamorarse de alguien. Si no fuera porque son palabras que riman, cualquiera diría que romanticismo y realismo no tienen nada en común.

domingo, 19 de octubre de 2008

Decálogo del buen chiste

La gracia de un chiste, por raro que parezca, no reside en las cualidades humorísticas del mismo, sino que precisa del cumplimiento de una serie de requisitos que hacen que aquello que uno cuenta con la intención de divertir o agradar no se convierta en una chorrada gratuita que nos envíe directamente al infierno del ridículo.
Si elaborásemos una encuesta de opinión popular haciendo la pregunta “¿Por qué se ríe usted cuando le cuentan un chiste?”, el porcentaje de personas que responderían “porque el chiste tiene gracia” o “porque el chiste es bueno” sería cercano al cien por cien.
Sin embargo, desde estas líneas invito a la reflexión sobre dicho aspecto, y para ayudar a ejercerla detallaré a continuación lo que me he permitido en denominar el Decálogo del buen chiste. Una vez examinado con detenimiento, también vosotros os daréis cuenta de que la supuesta calidad del chiste en cuestión, lejos de ser el factor más influyente, resulta ser en realidad el menos determinante.
Las diez normas de obligado cumplimiento para que un chiste provoque la carcajada ajena son, por este orden, las siguientes:

1. Que la persona que lo cuenta nos caiga bien.

2. Que nuestro estado de ánimo o de salud sea el propicio.

3. Que el entorno sea o no el adecuado.

4. Que el chiste no nos afecte directamente por razones familiares, raciales, profesionales, religiosas, culturales, etc.

5. Que no nos lo hayan contado ya.

6. El momento en que se cuenta (si es el primero de la sesión o se han contado ya algunos antes para abonar el terreno).

7. Que el chiste haga gracia a la propia persona que lo cuenta.

8. Que el orador sepa manejar el chiste en su planteamiento y poner el debido acento en el clímax.

9. El salero o la gracia natural del orador.

10. Que el chiste sea bueno.

Las pruebas de que importa más el narrador que el chiste las encontraréis diariamente en vuestra vida cotidiana. Pensad en la persona que más odiéis en el mundo e imaginadla a continuación intentando ser graciosa. Por mucho ingenio que posea ese ser odioso y repulsivo, jamás conseguirá arrancaros una mísera mueca de agrado. Y que levante la mano el que esté libre de haberle reído un chiste espantoso a su jefe con tal de quedar bien. Pues eso.

jueves, 16 de octubre de 2008

Fiel

Estaba enamorado de X, y a la vez deseaba a W. Los más puritanos hubieran negado la convivencia de ambos anhelos, pensando erróneamente que eran incompatibles.
Con X me unía algo mucho más asentado que un impulso venéreo espontáneo, y desde luego que no estaba dispuesto a hacer nada que pudiera dolerle. Pero eso no bastaba para que yo fuera capaz de frenar la actividad volcánica que se desataba en mi interior cada vez que me cruzaba con W por un pasillo y jugábamos a ver quién de los dos mostraba los dientes más afilados al sonreír.
Harto de sufrir en solitario —cual insolente forúnculo— aquellos dilemas shakesperianos, decidí estudiar detenidamente mis opciones.
La primera era sencilla. Podía enrollarme con W a escondidas, perdernos por ahí en un lugar alejado de cualquier ojo indiscreto o casual, desahogar así nuestro reprimido apetito, y mantener después la historia en secreto por los siglos de los siglos.
La opción fue inmediatamente desechada. Es cierto que X no tenía por qué enterarse, y de este modo nunca podría sufrir por algo que desconocía, pero la infidelidad estaría consumada de todas maneras. De momento me quedaría a gusto, pero tal vez la felonía me pasara factura en el futuro, por no mencionar el hecho de que la reacción de W era todo un misterio (por no extenderme más en este aspecto, os invito a recordar películas como Atracción fatal o Escalofrío en la noche).
La segunda solución pasaba por recurrir al onanismo. En este caso, el conflicto sería únicamente de carácter semántico. Autosatisfacerme evocando a una mujer distinta de mi novia podría catalogarse como infidelidad en términos morales o intelectuales, pero, si nos ceñimos al concepto jurídico de la aportación de pruebas, en ningún caso habría lo que se conoce como “cuerpo del delito”. Además, aplicado el concepto a la práctica cotidiana, para acusar a alguien de “infiel” sería necesaria al menos una evidencia de relación carnal con otra persona.
Al margen de esto, la alternativa del onanismo no se traduciría en una disminución de la sexualidad en la pareja, sino tan sólo en la necesidad de un esfuerzo extra por mi parte. Con ello, la cosa terminaría pareciendo más un castigo que una verdadera solución (igual que cuando el profesor te castigaba a escribir cien veces en la pizarra que no volverías a cometer la travesura en cuestión). De esta manera, en el caso de mi tentación de infidelidad, cada paja contaría como una de esas cien veces en que tendría que escribir “No volveré a ponerme cachondo pensando en W”, y eso de sentirse culpable por darle al manubrio me sonaba a colegio de curas franquista, por lo que envié la segunda opción también al cubo de la basura.
La tercera posibilidad, y la que finalmente escogí, tuvo unos beneficios posteriores que, más allá de su cuestionable naturaleza, sirvieron para regalarle a X una suerte de compensación. La obsesión por W me duró unas cuantas semanas, así que lo que hice durante ese tiempo fue cerrar los ojos cada vez que hacía el amor con X y reproducir en mi mente la imagen de W. Esto me producía una inconmensurable excitación, una motivación añadida a la hora de entregarme al coito y, en resumidas cuentas, me convirtió en mejor amante.
Hace años que X y yo rompimos, y no recuerdo cuándo fue la última vez que nos vimos. A quien sí me encontré fue a W, hará nueve o diez meses. Estaba fea, estropeada, descuidada. He vuelto a cerrar los ojos muchas veces, pero jamás ha aparecido ella.

lunes, 13 de octubre de 2008

El timo como una de las bellas artes

Lo que más me jode es que ya lo veía venir... Y es una lástima, porque las dos primeras películas de Jaime Rosales (Las horas del día y La soledad) eran dos obras originales y certeras, tanto en la habilidad para transmitir emociones como en el empleo de técnicas de rodaje atrevidas y fuera de lo común.
En ambos casos, la intención de Rosales de definirse como un autor alternativo no era impedimento para que el espectador pudiera disfrutar de una historia, de una narración dramática y unos personajes de carne y hueso.
Así pues, enseguida incluí a este joven director en la nómina de los incondicionales, con el convencimiento de que sus películas iban a destacar del resto no sólo por su forma más o menos revolucionaria o exótica, sino también por su inusual manera de acariciar nuestra sensibilidad.
Además, su cine se ha comparado a menudo con el de directores que me interesan mucho, como el austriaco Haneke o el francés Rohmer.
Pero —oh, horror— este verano fui testigo de una entrevista en la que Rosales afirmaba que no era demasiado amante de la obra de Rohmer, y daba a entender además que no había visto ninguna película de Haneke, añadiendo que sus verdaderas influencias provenían de grandilocuentes artistas como Fellini, Pasolini o Antonioni. Y entonces empezó a entrarme el pánico.
Bajo el apacible disfraz de sus modales suaves y modestos, Rosales escondía el típico poso de pedantería de quien considera el cine como una simple manifestación plástica en la que los elementos narrativos clásicos serían prescindibles. O, dicho de otra manera: aparenta que le importa un carajo contar, narrar, explicar o compartir; él está por el arte (el Arte mayúsculo), por la experimentación y la búsqueda de nuevas formas de expresión, por desafiar las convenciones estéticas y estructurales, por el deseo de ser reconocido como un genio inventor y no como un simple profesional.
Cuando escucho este tipo de postulados, me acuerdo siempre de ese estereotipo del artista hipersensible que tan ácidamente retrataba Woody Allen en Annie Hall (el individuo en cuestión, con la afectación en la voz típica del que está convencido de decir algo sublime, le confesaba a su novia: “Ya he pensado en cómo me gustaría morir: quisiera ser despedazado por animales salvajes”; y añadía: “Y ahora tócame el corazón... con el pie”).
Tiro en la cabeza podría haberse titulado perfectamente Patada en los huevos (del espectador). Es un timo mayúsculo. Una estafa. Una ofensa. Y os lo dice alguien que está acostumbrado a ver de todo, que disfruta con lo común y con lo excéntrico, con lo espectacular y con lo minimalista. No es un problema de catetismo cinematográfico o de estrechez mental. Lo que verdaderamente me irrita de este pretencioso mamotreto visual es que me lo quieran vender como una forma de reinventar el cine o de sacar al pasivo espectador de su pereza intelectual. Puede que mis infinitas limitaciones culturales me incapaciten para poder permitirme el lujo de valorar en su justa medida una obra tan densa y profunda, pero de lo que sí estoy seguro es de que eso que vulgarmente se conoce como “el ciudadano de a pie” no espera ver algo así cuando va al cine.
Y, por supuesto, no me vale la tan recurrente falacia de que “no es cine comercial”. Óigame, señor Rosales: si no es comercial, ¿por qué me cobraron la entrada? ¿Por qué no es gratis? ¿Por qué cuesta lo mismo ver su película que cualquier otra?
Imaginad que compráis una novela que se publicita como una obra revolucionaria, audaz, atrevida, rompedora, etcétera, igual que la película de Rosales, y cuando abrís el libro todas sus páginas están en blanco. Entonces vais a reclamar y el librero os llama cazurros, vulgares, simplones, por no haber captado el mensaje transgresor. Un libro así podría formar parte perfectamente de una exposición en una galería de arte, en un espacio vanguardista, en la feria Arco o en cualquier foro que se precie de ser ultramoderno o contrario a la corriente. Lo que no puede hacerse es sacarle los cuartos al personal haciéndole creer que va a encontrar lo que luego no hay. Una novela experimental sería el Tristram Shandy, o Si una noche de invierno un viajero, pero un libro con todas sus páginas en blanco, ya me diréis.
Lo que ofrece Tiro en la cabeza al espectador no es muy distinto. Imágenes insulsas, tediosas y huecas, sin diálogos, gente que mueve la boca y a la que no escuchamos, motores y bocinas de fondo, y poco más. Puro onanismo.
Y que no os engañe la presunta polémica del tema que supuestamente aborda el filme, porque después de 80 minutos de aburrimiento es muy difícil que alguien llegue despierto a la última secuencia, cuando aparece la cuestión del terrorismo. Hay quien se ha rasgado las vestiduras por el hecho de que se nos muestra a un terrorista como un individuo corriente, que tiene amigos, toma café y folla. Esto no debería escandalizar a nadie, y en este caso sí entiendo la postura de Rosales. Si los asesinos tuvieran rabo y cuernos, supongo que el problema del terrorismo se habría solucionado hace ya unos cuantos años. Lo realmente jodido es que estos tipos viven infiltrados entre la multitud, que son gente aparentemente “normal”, y eso dificulta enormemente su identificación y su captura. Así que lo peor que ha hecho Rosales no es enseñarnos la faceta humana del pistolero de turno (también lo hizo Uribe en la estupenda Días contados), porque no olvidemos que “humano” no tiene por qué ser necesariamente sinónimo de “bueno”.
Mi decepción y enfado se deben, en resumidas cuentas, a que este director al que he admirado durante un tiempo parece decidido a cambiar de bando. Deja la pandilla de Haneke, Loach, Rohmer y Moretti para pasarse al clan de los Dardenne, Guerin y Van Sant. Pues peor para él.
Cuando un intelectual (sic) critica los programas televisivos tipo “Gran Hermano”, suele decir cosas como que a quién le importa ver a un puñado de Don Nadies hablar, comer, cagar, dormir o pasear. Suscribo dicha opinión, pero, entonces, la única diferencia entre Tiro en la cabeza (paradigma del cine intelectual) y los reality shows está en que la película de Rosales carece de diálogos. Por lo demás, parecen productos conceptualmente idénticos (puede que a Mercedes Milá también le guste Antonioni).

jueves, 9 de octubre de 2008

Leer de oídas

En breve llegará a las librerías españolas un ensayo de irresistible título: Cómo hablar de los libros que no se han leído. El autor se llama Pierre Bayard, y es, además de escritor, profesor de Literatura en la Universidad de París y psicoanalista.
El libro ha arrasado ya en Francia y Alemania, y, según cuenta Íker Seisdedos en el diario El País, se ha publicitado en algunos países bajo el eslogan “¡Si no piensa leer ningún libro este año, que sea éste!”.
Bayard afirma que su intención es “Reflexionar sobre la esencia de la lectura y despojar a los libros de su condición de objetos sagrados y de aterradoras llaves para ingresar en el mundo de la cultura”.
Me encanta que alguien diga esto. En serio. Ahora ya sé que no soy el único que desea terminar con el repelente estereotipo del escritor anacoreta y del lector taciturno e incapacitado para relacionarse socialmente.
Ya va siendo hora de que alguien se lance a defender sin vergüenza que un libro puede ser para la mente lo mismo que un consolador para el sexo, o sea, un instrumento destinado a alcanzar un placer y no un símbolo de distinción o un patrón de medida para juzgar la capacidad intelectual del prójimo.
Y que nadie piense que quien ha osado escribir un libro como éste es un terrorista literario o alguna especie de cazurro con ínfulas. Muy al contrario, Bayard deja claro que “No es un libro contra la lectura, ni una apología de la incultura”, y se confiesa “Un amante de la literatura que vive rodeado de libros”.
No obstante, aclara: “Pero no me parece razonable el modo en que funcionan las cosas. No puede haber sólo dos maneras de afrontar un libro: leerlo o no leerlo. Hay un vasto espacio intermedio. Incluso los libros que se hojearon o se dejaron a medias pueden determinar la vida de uno”, y añade una verdad demoledora: “Pocos creyentes han leído la Biblia de cabo a rabo y fíjense cuánto ha influido”.
Así pues, y aparte de un ensayo elaborado bajo el sano criterio de la desmitificación y la autocrítica, el libro de Bayard puede entenderse también como una guía práctica o un manual de emergencia para situaciones comprometidas, para quedar bien delante de un grupo de enteradillos, para tirarse el pisto en una entrevista laboral, para caerle bien al jefe o impresionar a los suegros…
Porque —reconozcámoslo— cuánto conocimiento literario no habremos adquirido a través de las sinopsis de contraportada o los resúmenes de las solapas, a fuerza de oír a tertulianos y entrevistados que recurren siempre a las mismas citas y referencias, o incluso por medio de nuestros lejanos recuerdos escolares.
Saber que Cervantes es un escritor no implica haber leído su obra. Hay quienes en su vida no han abierto una novela o conocido más poesía que los chascarrillos del envoltorio de un caramelo adoquín de Zaragoza, y sin embargo podrían llenarse el bolsillo en un concurso de la tele respondiendo que Machado era un poeta o que Camilo José Cela ganó el Premio Nobel.
Alguien me dijo una vez que una persona que no hubiera leído a Borges nunca podría ser un buen escritor, y entonces yo pensé en Quevedo, Homero, Shakespeare, Stendhal, Melville, Cervantes y Dostoievski (todos ellos murieron antes de que naciera Borges). Pobres taruguillos, ¿eh?.

lunes, 6 de octubre de 2008

Igualito que su padre

Como la vida en los hospitales se rige por unos extraños cánones temporales que rara vez cuadran con el ritmo de la actividad de las personas sanas (comida a las doce, cena a las siete), la hora de la visita coincidía con el momento en que Sofía se sentía más cansada. No es que no agradeciera la compañía de sus seres cercanos, pero hay ocasiones en que cualquiera mataría por una siesta, o incluso por unos rácanos diez minutos más de remoloneo entre las sábanas.
Así que Alberto decidió que no la despertaría aquella vez. Cogió al bebé en brazos y salió al pasillo para recibir él a los visitantes. Confiaba en que todos ellos comprenderían que su mujer estaba agotada. A fin de cuentas, se suponía que a quien querían ver era al recién nacido.
Su suegra y su cuñado llegaron puntuales. Al principio pensaron que Alberto les ocultaba algo, que tal vez se habían llevado a Sofía por haber sufrido algún tipo de complicación, por lo que tuvo que entreabrir la puerta de la habitación para que se cercioraran de que dormía.
Poco después apareció una pareja de amigos, y a continuación la hermana de Alberto, a quien reconocieron sólo cuando apartó de su rostro el enorme ramo de flores que portaba.
Todos hicieron un corrillo alrededor de Alberto, que sujetaba al niño en brazos con sorprendente pericia, pese a ser la segunda o tercera vez que lo intentaba. Enseguida los invitados comenzaron a desplegar el inevitable repertorio de primeras impresiones.
“La nariz es de Sofía”; “Se ríe igual que ella” (era meritorio interpretar como risa la mueca amorfa de un ser que aún tenía más en común con los vegetales que con los humanos); “Esa arruguita de la barbilla era de vuestro padre, que en paz descanse”. La familia de Sofía barría para casa; lo normal en estos casos. Por su parte, la hermana de Alberto destacó que el bebé era tranquilo, como era norma entre los portadores de su apellido, y además apuntó jocosa que tenía las mismas entradas que su hermano. El matrimonio amigo se posicionó en el también lógico terreno neutral: “Con unos padres tan guapos, es normal que haya salido esta monada”; “El pelo negro es totalmente de Sofía, pero tiene las manos grandes como tú”.
Una enfermera que llegó al trote desde el pasillo se unió por sorpresa al rondo. Tras pedir disculpas, retiró ligeramente el extremo inferior de la mantita que cubría al niño y comprobó en misterioso silencio los datos grabados en una especie de pulsera diminuta que el bebé llevaba sujeta a uno de los tobillos. “Lo siento, señor. Va a tener que acompañarme”. Alberto apretó instintivamente al pequeño contra su pecho, y todos los demás se quedaron petrificados. Al darse cuenta, la enfermera sonrió y añadió: “Oh, tranquilos. Es sólo un trámite”.
Alberto se disponía a entrar en la habitación y depositar a su hijo de nuevo en la cuna, pero la enfermera le aclaró que debía llevarlo consigo. Tomaron el ascensor y descendieron dos pisos. Estaban en la planta de los quirófanos y los paritorios. Allí los recibió un doctor, que le arrebató el niño de los brazos a Alberto y le instó a que esperara sentado en una pequeña sala acristalada y austeramente equipada con un par de sillones, una máquina de bebidas y una palmera que parecía de plástico.
A los cinco minutos salió la enfermera de antes con un bebé en brazos. Éste era más rubio y daba la impresión de estar algo más arrugado. “Éste no es mi hijo”, quiso aclarar Alberto. “Lo siento, señor. Éste es su hijo. Hubo un error ayer en la entrega. Puede comprobarlo en la pulserita del tobillo. Hemos pasado el código de barras por la máquina y no hay duda. Le ruego nos disculpe”.
La enfermera desapareció y él se quedó plantado en medio del pasillo, con cara de bacalao recién pescado y con aquella criatura desconocida apoyada en su regazo. Una pareja de celadores se acercó para curiosear por detrás de los hombros de Alberto. “Qué guapo”, exclamó uno. “Puede estar contento, ¿eh? Es igualito que usted”, dijo el otro. “Ya lo creo”, volvió a apuntar el primero, “Esos labios y esa mandíbula tan cuadradita no dejan lugar a dudas”. “Felicidades”, añadieron ambos, y se fueron.
Alberto quiso mirar al bebé a los ojos, pero los tenía cerrados.

sábado, 4 de octubre de 2008

Actor estelar, estrella discreta

Cualquier estudiante de interpretación o aspirante a actor en general debería ver obligatoriamente la película Veredicto final, dirigida por Sidney Lumet en 1982.
En la misma, Paul Newman da un recital glorioso de cómo hablar, gesticular, moverse y matizar hasta el gesto más nimio (echarse colirio en los ojos, beber un chupito de bourbon sin manos por el temblor mañanero de su pulso, jugar a la máquina como un adolescente, permanecer impasible mientras suena un teléfono que puede cambiar la historia de su vida), componiendo así uno de los personajes más auténticos e inequívocamente humanos que se han podido ver en una pantalla de cine.
Paul Newman siempre ha gozado de un lugar privilegiado en mi filmoteca casera, que según pasa el tiempo va teniendo tanto de enciclopedia como de mausoleo (Fernán-Gómez, Pollack, Ledger, Azcona, Minghella, Heston y el propio Newman son las incorporaciones más recientes al incontable etcétera de glorias difuntas).
Por fortuna para el séptimo arte, ni su planta de guaperas ni el fantasma de Stanislavski fueron capaces de ganarle la partida al talento y el carisma. Y como la necrofilia es un valor altamente rentable en el mundo de la televisión, cada vez que se produce una baja de este calibre conviene estar atentos a la programación. Por el momento, y que yo sepa, ya han puesto Al caer el sol, Camino a la perdición y Distrito Apache, y me han dicho que la autonómica Telemadrid tiene preparado un ciclo con algunas de sus más célebres películas.
Ya que nos toca aguantar el empacho de crisis económica, de elecciones estadounidenses, de presuntas adicciones reales (o consortes, o ex consortes o como sea ahora), de juicios laberínticos o sentencias retardadas, y de sucesos y truculencias diversas, tampoco viene mal pegarse un atracón de buen cine.
Siempre es un placer reencontrarse con el buscavidas Eddie Felson, taco de billar en ristre y por partida doble (en el blanco y negro de los clásicos y en el color cinéfilo de Scorsese, Oscar incluido); con el tramposo con tirantes que dio el golpe del siglo junto a Robert Redford; con el indomable recluso capaz de aguantar 50 puñetazos y engullir 50 huevos; con el científico que rasgaba el Telón de Acero a las órdenes del Hitchcock más explícitamente violento; con el gangster crepuscular que tuvo el hijo equivocado y que le llevó por el camino de la perdición; con el forajido cachondo y ciclista que volvió a buscar su destino junto a Redford y con las gotas de lluvia cayendo sobre su cabeza; con el veterano sabueso al que la fama de castrado no le impedía ponerle los cuernos al mismísimo Gene Hackman al caer la tarde; con el magnate despiadado y socarrón que descubría el plexiglás en el homenaje que los Coen le hicieron a Capra, y, por supuesto, con el abogado decadente, rastrero y con vocación de perdedor que le disputó su veredicto final al Goliat del poder y las sotanas.
Casi nada.

miércoles, 1 de octubre de 2008

LIbertad en extinción

Uno de los libros más entretenidos y estimulantes que he leído en los últimos tiempos es la novela Psiquiatras, psicólogos y otros enfermos, del madrileño Rodrigo Muñoz Avia.
Se trata de una historia de gente sencilla, reconocible, tratada con un sentido del humor y una ironía admirables, hasta el punto de que, a pesar de encerrar entre sus páginas una ingeniosa crítica a nuestros defectos de pequeñoburgueses contemporáneos, al terminar su lectura lo que le invade a uno es, sobre todo, el optimismo.
Su última novela, Vidas terrestres, aunque amena y a ratos divertida, no es tan desenfadada como la anterior, si bien conserva muchas de las señas de identidad de su precedente, especialmente en su voluntad de seguir retratando nuestra imperfecta humanidad con un sentido constructivamente crítico, y sin renunciar por ello a ceder un espacio para la ilusión, la ensoñación e incluso la ternura. Utiliza el macguffin de una posible invasión extraterrestre para hablar de lo terrenal y lo terrestre, de cuestiones existenciales y filosóficas siempre desde la óptica de lo doméstico, y lejos por tanto de fatuidades intelectuales que puedan tornar lo simpático en antipático.
Al margen de la sensación placentera que en general me dejó el libro, siempre recuerdo del mismo una frase que ilustra muy bien algo en lo que pienso bastante a menudo, sobre todo cuando comparo mis circunstancias personales con las de mis amigos y conocidos más o menos de mi edad.
Durante un diálogo entre dos personajes, uno de ellos (una chica) le dice al otro que va a casarse y que tiene miedo de que eso suponga la pérdida de algunas de sus libertades, como, sin ir más lejos, la de poder tener una conversación como ésa misma con un conocido o desconocido que no sea su pareja. Lo que la otra persona (un chico) le responde, es: “Todos tenemos mucha más libertad de la que pensamos o de la que nos gusta pensar que tenemos. A veces resulta muy cómodo pensar que no tenemos libertad”.
Nunca he entendido esa especie de resignación colectiva que conduce a asociar el compromiso de pareja con la inevitable pérdida de las inquietudes particulares, hasta el punto de que dicha pérdida termina aniquilando a menudo figuras y elementos tan valiosos como las aficiones y los amigos.
Pero menos aún comulgo con la idea de utilizar el matrimonio o la relación amorosa como coartada para rendirse o dejarse abatir por la apatía, para esconderse de los sueños incumplidos o justificar la ausencia de ellos.
No se trata de defender o denostar un estilo de vida u otro. Cada cual debe elegir la forma en que desea realizarse y relacionarse. Sin embargo, diálogos como el de la novela de Rodrigo Muñoz Avia resultan cien por cien creíbles, y reflejan una forma de pensar tan extendida como dañina.
Si os paráis a pensarlo, es como si la libertad fuera un patrimonio asequible en exclusiva a los solitarios; como si la necesidad básica de interrelacionarnos fuese un inhibidor de la propia personalidad, como si uno tuviera que elegir entre ser libre o ser sociable, entre ser fiel a sí mismo o dejar de serlo por serle fiel a otro. ¿Es esto lo que queremos? Hoy os invito desde mi acera virtual a que reflexionéis sobre el verdadero alcance de vuestra libertad. Da igual si sois casados, separados, solteros, amancebados, divorciados, polígamos o célibes. Simplemente, tratemos de recopilar mentalmente aquellas cosas placenteras o estimulantes que hemos ido dejado de hacer, y, a continuación, pensemos en las razones que nos llevaron a prescindir de las mismas. Puede que algunas de esas razones sean tan sólo excusas, o bien prejuicios sociales, o bien medidas para no complicarnos la vida o no tener que dar explicaciones por no ser iguales que la mayoría… Yo estoy con el personaje del libro. A veces es muy cómodo pensar que no tenemos libertad.