martes, 16 de septiembre de 2008

Viaje al centro de la próstata

En la sala de espera le estuvo dando vueltas a la enigmática (o no tanto) revelación que le hizo el enfermero. “Después de hoy, ya sólo le quedará subir en globo”.
Él siempre había asociado la expresión “rutinario” a un simple trámite sin importancia, a esos deberes que nos ponen los médicos para que no nos olvidemos de que la muerte es inevitable y de que sólo ellos son capaces de regalarnos la ilusión de una vida más larga.
Por suerte, no tuvo que esperar mucho tiempo en aquella salita en la que todo olía a insulso y postizo, incluidos los otros pacientes que aguardaban su turno ojeando vetustas revistas en las que Michael Jackson aún era negro y Paquirrín un niño flaco que todavía no había hecho la comunión.
La fortuna parecía seguir de su lado, pues el doctor le ordenó que se desvistiera tan sólo de cintura para abajo. Una de las cosas que más temía era que le hicieran ponerse uno de aquellos trapos verdes satinados y sin mangas (diseñados sin duda por un homófobo retorcido), que dejaban la espalda y el culo al aire y daban a los enfermos un aspecto entre grotesco y fantasmal.
No le cabía duda de que, si ella lo viera ataviado de tal guisa, despertaría de su pueril ensoñación y correría espantada en busca de un chico de su edad, con granos en la jeta y no en alguna glándula remota de las entrañas.
El médico le enseñó un dibujo parecido a los que ilustran las normas de emergencia en los aviones, y a continuación le pidió que imitara el movimiento indicado en la figura número 3. Se trataba de aquella postura como de ratón acurrucado o de mendigo de Praga, encogido bocabajo y con las manos entrelazadas sobre la nuca. Lo cierto es que también se parecía al numerito que montaron en aquella manifestación antibélica en la que simularon protegerse de un bombardeo. Recordó que la mayoría de los amigos de ella creyeron que él era un policía infiltrado de paisano. Era lógico. Él tampoco compartía las ínfulas invasoras del gobierno, pero su partida de nacimiento aconsejaba otros medios de protesta menos exhibicionistas.
Mientas tanto, el proctólogo interpretaba por enésima vez el número de la Gilda de látex, embutiéndose el guante aséptico hasta el codo con la misma indolencia de quien se dispone a fregar los cacharros de la cocina. Desde su improvisada pose de oración a La Meca, él oyó con escalofrío los chasquidos de la goma adhiriéndose al antebrazo del galeno, y se le ocurrió encomendarse al Dios del caucho o la Virgen de las muñecas hinchables, dejando constancia una vez más de que la fe aflora principalmente por desesperación, y no por convicción interior, como creen los más ortodoxos.
“La naturaleza es sabia”, insistía en repetirse, con la esperanza de alcanzar un consuelo imposible. El cuerpo se diseñó con orificios de salida y de entrada por alguna razón, y cuando aquella finalidad natural se invertía era porque algo iba mal. Comer, bien; vomitar, mal. Era matemática pura. Por ello, él siempre pensó que el ano era un agujero con funciones exclusivas de evacuación, pero obviamente se equivocó.
Qué ridículo se sintió el día en que le hicieron acurrucarse junto a miles de jóvenes para reivindicar su negativa a las bombas y los misiles. Y ahora, justo en ese instante, le encalomaban el proyectil de verdad, un torpedo de cinco puntas embutido en un condón de medio metro, por vía tópica rectal, como dicen los prospectos de las medicinas. Así que del misil utópico había pasado al taladro tópico, y todo ello sin tener que cambiar de posición. El caso era humillarlo a uno.

7 comentarios:

Encarna-poesiaintimista dijo...

Todos los hombres que conozco y han comentado que le han practicado un reconociemiento rectal, se acobardan diciendo que será el último o que la situación fue bochornosa... Me pregunto que si por la postura o por la penetración. Menos mal que éstos no tienen que ir al ginecólogo, hablando de postura y de penetraciones, claro. Jeje.

El último peatón dijo...

Lo que a mí me escama es que, en estos tiempos modernos en los que se puede operar con láser, todavía le tengan que meter a uno lo que sea por el culo.
¿No será que a los médicos les va la marcha?...

Las3Musas dijo...

:)) No se quejen: que no les toca parir, señores.

bss
musa

C. Martín dijo...

Ah, señor peatón, la tecnología nunca podrá igualar al tacto sabio..., y no sigo que se me ocurren demasiados ejemplos, ejem.

El último peatón dijo...

Musa: tienes razón. Lo de parir son palabras mayores. Y supongo que lo peor es que, mientras la parturienta se deshace en sudores y berridos, tiene que verse rodeada de un corrillo de mirones que dan órdenes, jalean y la graban en vídeo... También tiene su punto de humillante, ¿eh?
Besos sin dolor.

Carmen: ya sé que la Naturaleza es sabia, pero a veces (no me lo negarás) también gasta una mica de mala leche... No obstante, estoy contigo. Algunas cosas son inmejorables en su ejecución tradicional, y tampoco sigo...
Petons.

On the road dijo...

Me interesan y comparto tus opiniones sobre la fe y los agujeros :)
Un saludo.
Vicente.

El último peatón dijo...

Pues nos seguiremos encontrando en bibliotecas, bares y páginas web, pero nunca en iglesias ni en la consulta del urólogo...
Saludos.