jueves, 11 de septiembre de 2008

Ñoño futuro

Siempre nos gusta pensar que a medida que avanza el tiempo todos evolucionamos y vamos aprendiendo de la vida, superando prejuicios y definiendo sólidamente nuestra personalidad con la suma de experiencias, y que eso a la fuerza nos ha de convertir en seres más libres y despiertos, más sabios y consecuentes.
Esta reflexión debería valer igualmente si la aplicamos a una sociedad, una comunidad o una civilización. Así tendría que ser, y especialmente en nuestro caso, un país que no hace tanto aún estaba gobernado por un dictador y que ha pasado los últimos treinta años sacándose de encima viejas reminiscencias para poder presumir, entre otras muchas cosas, de un valor fundamental como la libertad de expresión.
Pero no sé qué está pasando. Parece como si ya nos hubiéramos cansado de hacer ese mínimo esfuerzo que supone el respetar el pensamiento ajeno y hacer gala de un sentido del humor imprescindible para encajar las críticas u objeciones hacia lo propio.
Hoy por hoy, los publicistas ya no pueden sacar en sus anuncios a un médico, un bombero, un mecánico o un frutero sin que al día siguiente los gremios correspondientes a cada una de dichas profesiones protesten airadamente por considerar que la ironía o el chiste de turno expresados en el anuncio atentan contra la imagen global de su oficio.
Lo mismo empieza a pasar con series de televisión, canciones o películas, todas ellas obras de ficción que sin embargo provocan corporativismos quejicas que rara vez tienen que ver con una verdadera solidaridad gremial, y que son más bien el producto de una sociedad que hemos vuelto entre todos así de ñoña, melindrosa, mojigata y susceptible.
No voy a hacer una exaltación tópica y melancólica de mi juventud ni a ponerme la barba del abuelo Cebolleta para soltar aquello de que lo de antes sí que era auténtico y lo de ahora es todo copia o directamente basura, ni ninguna monserga por el estilo. Sólo os diré que, a pesar de que aquella época gloriosa de los primeros años ochenta se ha terminado convirtiendo en un cliché por culpa tal vez de una excesiva exaltación, si la comparamos con nuestros días en términos de tolerancia y sentido del humor, uno llega a la conclusión de que se ha retrocedido preocupantemente.
Ciñéndome al aspecto musical de la célebre y megasobada Movida Madrileña, me pregunto cómo se recibiría hoy el ultrapatriotismo gamberro de Los Nikis, o la estética seudo nazi de Glutamato Ye-Ye y los primeros Gabinete Caligari, o las consignas radicales de Siniestro Total, o las bacanales de ultratumba y la pornografía macabra de Parálisis Permanente, o la apología pronuclear del Aviador Dro y sus Obreros Especializados. Por si fuera poco, uno de los personajes más carismáticos de La Movida fue Fernando Márquez, alias El Zurdo, vocalista de grupos como Kaka de Luxe, Paraíso o La Mode, y el cual, por surrealista que parezca, llegó a presentarse como candidato a la alcaldía de Madrid por la Falange Española. Aun así, puedo aseguraros que no conozco a nadie que quemara sus discos (o casetes) por ello.
Todo esto sería hoy impensable, intolerable, estaríamos saturados de denuncias, quejas, querellas y protestas en las secciones de cartas al director de los periódicos, en las tertulias de la radio y la tele, se convocarían manifestaciones y se abrirían los informativos con las letras de las canciones o las portadas de los discos.
Los jóvenes de entonces estábamos mayoritariamente ilusionados con el cambio que se venía encima, adorábamos a Tierno Galván aunque no supiera pronunciar bien el apellido de Lennon (él decía “Lennox”), estábamos encantados porque al fin se veían tetas en el cine y proliferaban los conciertos de rock gratuitos, paseábamos por las calles y los parques cerveza de litro en ristre (sí, amigos, lo del botellón es más antiguo que las bragas de esparto), y lo mejor de todo era la sensación de que se podía hacer lo que a uno le diera la gana en un entorno heterogéneo y abierto a la diversidad, pese a que las crónicas posteriores puedan haber provocado la impresión errónea de que se trataba de una especie de movimiento masivo organizado.
No niego que había mucho de candor en todo aquello. Sin embargo, metidos de lleno ya en el nuevo milenio, en lugar de haberle sacado provecho a aquella materia prima, parece que la hayamos arrojado al retrete para que se pudra en las cloacas.
Hemos crecido, es verdad, y algunas cosas deben cambiar. Es normal que nos hayamos vuelto escépticos con la izquierda, pero seguimos estando a años luz de la derecha. Seguimos queriendo que nos sorprendan, que una banda de rock nos haga vibrar o dar brincos descontrolados sin que tengan que pasar su lírica por el filtro de lo políticamente correcto. Estoy seguro de que la canción Sí, sí de Los Ronaldos estaría hoy censurada y prohibida en nuestros medios de comunicación, y que secuencias cinematográficas como aquella de El maquinista de la General, en la que Buster Keaton zarandea a su chica para luego besarla, o aquella otra al principio de Historias de Filadelfia, cuando Cary Grant sujeta por el mentón a Katherine Hepburn y ésta acaba con sus posaderas sobre el suelo, se sacarían ahora de contexto y calentarían el caldo de la ofensa y la reivindicación.
Creo que deberíamos ejercer un poco más de lo que somos, adultos con capacidad para pensar libremente, y saber distinguir entre una apología y una parodia.
Es más fácil protestar que pensar, ya lo sé, pero un mundo de cascarrabias no lo quiere nadie. ¿O sí?

3 comentarios:

Encarna-poesiaintimista dijo...

Puede que ahora no puedas decir lo que piensas sino pensar antes en lo que dices.

Las3Musas dijo...

En toda broma hay algo de verdad incuestionable. He dicho

;)
bso
musa

El último peatón dijo...

Bueno, que sepáis que aquí, por el momento, podéis decir lo que os dé la gana, sea verdad o mentira, broma o confidencia, genialidad o parida, y que no importa si vuestras palabras son calculadas o espontáneas (o incluso producto del alcohol, el insomnio, el cannabis o la gripe).
Esta acera es un espacio independiente y libérrimo, queridas transeúntes.