domingo, 28 de septiembre de 2008

Titulación fatal (vol. 2)



Habíamos quedado en que las distribuidoras cinematográficas españolas parecían empeñadas en demostrarnos que, cuando se lo proponen, pueden derrochar cotas inabarcables de imaginación al traducir los títulos de las películas extranjeras.
Fijaos, si no: Atracción fatal, Atracción peligrosa, Seducción peligrosa, La última seducción, Seducción mortal, Atracción diabólica, Relación mortal, Rápida y mortal, Memoria letal...
Tras someter a mis neuronas a un curso intensivo de emergencia, creo que he descubierto dónde está el secreto del chollo. Dado el escaso nivel de autoexigencia y las pocas ganas de pensar que demuestran los mencionados traductores de títulos, he deducido que estos individuos trabajan con una simple tabla cartesiana que cualquier repetidor de párvulos podría fabricarse sin esfuerzo.
En el eje horizontal incluiremos las palabras Atracción, Relación, Obsesión, Seducción y Ambición. Por su parte, en el eje vertical de la tabla pondremos Fatal, Mortal, Letal, Final y Criminal. Sólo con esto ya salen veinticinco combinaciones posibles, así que basta con ir añadiendo sustantivos por aquí (Tentación, Invasión…) y adjetivos por allá (Total, Ilegal…) para prolongar eternamente la fórmula.
Pues ya está. Ya nos hemos sacado el título de titulador, y perdón por la redundancia.
Es verdad que esta muestra sirve principalmente para el thriller o el cine de acción, pero el sistema de la tabla, como puede imaginarse, es aplicable a todos los géneros.
En comedia, por ejemplo, y aunque suele funcionar la fórmula del “vaya par” (de gemelos, de colegas, de abuelitas, de cojones o de maderos), la apuesta ganadora es sin duda la de la mezcolanza de parentescos: los padres de él, los padres de ella, la madre del novio, los suegros de la novia, el hijo de la novia, los padres del novio, la novia de mi padre, el padre de la novia…
Al final, lo que le queda a uno es la angustiosa sensación de que no tiene ni puta idea de qué película ha visto, de si fue la de la venganza letal o la del hijo de la suegra, la de la maldición fatal o la de la madre de la hija.
Para que comprobéis que no exagero, aquí van unas cuantas (habría miles).

Título original: Fool’s gold
Traducción posible: “El oro de los locos”
Título castellano: Como locos... a por el oro
Comentario: Si lo que pretendían con ese título era crear expectativas, lo llevan claro. Ya puestos a ser chistosillos, que aprendan del cine porno de los 80 (El fontanero, su mujer y otras cosas de meter; La guarra de las galaxias; Sueca bisexual necesita semental…)

Título original: I want Candy
Traducción posible: “Quiero a Candy”
Título castellano: Vaya par de productoreX
Comentario: Nótese el derroche de ingenio al sustituir la s de “productores” por una X, ya que la película trata sobre productores de cine X. Lázaro Carreter se revuelve en su tumba.

Título original: The dukes of Hazzard
Traducción posible: “Los duques de Hazzard”
Título castellano: Dos chalados y muchas curvas
Comentario: Dos ineptos y muchos cubatas. Los traductores, claro.

Título original: Ice princess
Traducción posible: “La princesa de hielo”
Título castellano: Soñando, soñando… triunfé patinando
Comentario: No tengo palabras.

Título original: Apt pupil
Traducción posible: “Alumno aprobado”
Título castellano: Verano de corrupción
Comentario: Una película estupenda de Bryan Singer (Sospechosos habituales), basada en un relato de Stephen King. Pasó desapercibida por la cartelera. ¿Por qué? Volved a leer el título en castellano.

Título original: The mechanic
Traducción posible: “El mecánico”
Título castellano: Fríamente, sin motivos personales
Comentario: Éste confundió “poner el título” con “contar de qué va”. Si no, no me lo explico.

Título original: Vertigo
Traducción posible: “Vértigo”
Título castellano: De entre los muertos
Comentario: Éste es uno de los escasos ejemplos en que el uso de la razón popular ha terminado imponiéndose al disparate inicial, ya que, a día de hoy, no debe de quedar nadie que se refiera a esta obra maestra de Hitchcock como “De entre los muertos”. Aleluya.

Título original: The long kiss goodnight
Traducción posible: “El largo beso de buenas noches”
Título castellano: Memoria letal
Comentario: Lo de la tabla cartesiana iba en serio, como podéis comprobar.

Título original: Duel
Traducción posible: “Duelo”
Título castellano: El diablo sobre ruedas
Comentario: Me han soplado que la persona que tradujo este título trabaja ahora como letrista de las canciones de José Luis Rodríguez, “El Puma”.

Título original: Palmetto
Traducción posible: “Palmetto” (es un nombre propio)
Título castellano: Seducción letal
Comentario: ¿Algo que objetar sobre la tabla?

Título original: After hours
Traducción posible: “After hours” (en todos los idiomas se utiliza esta expresión anglosajona que se refiere a lo que vulgarmente se conoce como “horas intempestivas” y también a aquellos locales que están abiertos desde la madrugada hasta la mañana).
Título castellano: Jo, qué noche
Comentario: Tratemos de imaginar la escena. El encargado de poner el título se lleva el trabajo a casa y ve la peli junto a su hijo de siete años. Una vez acabada, le pregunta al niño: “¿Qué te parece?”. El resto ya lo sabéis.

jueves, 25 de septiembre de 2008

Titulación fatal (vol. 1)



Aprovechando el estreno de dos películas radicalmente distintas, trataré hoy un asunto que tengo pendiente desde hace tiempo y del que os prometí hablar en su momento.
Esta semana han llegado a la cartelera Vicky Cristina Barcelona, la última de Woody Allen, y una cosa titulada Atrapado en un pirado, presunta comedia protagonizada por el veterano caricato Eddie Murphy.
De entrada, deciros que ambos títulos me parecen horrendos, si bien el primero es el original, es decir, el que su autor decidió ponerle, mientras que el segundo es un patético pareado de función de fin de curso de primaria que ejemplifica a la perfección la norma de traducción que los distribuidores españoles llevan perpetrando desde que al mayor de los Lumière le salió el primer diente.
Es evidente que la razón por la cual se traducen libre y chapuceramente los títulos originales de las películas extranjeras responde a intereses de mercado. Sigue habiendo ingenuos mercachifles que van de espabilaos y que nos toman a los espectadores por gilipollas, por lo que deciden que una película en cuyo título no figuren palabras como “mortal”, “impacto”, “chalaos” o “escándalo” habrá de ser por fuerza un fracaso estrepitoso de taquilla. A esta tendencia unámosle un sinfín de pueriles barrabasadas, como las rimas de tunero borracho (Dos colgaos muy fumaos), los delirios megalómanos de poetas frustrados y guionistas de culebrón (Pozos de ambición) o los raquitismos creativos que pondrían en entredicho la mismísima teoría de la evolución (Tú la letra, yo la música).
Imaginad por un momento que el propietario del Museo Reina Sofía de Madrid sufre la misma enfermedad que los distribuidores cinematográficos, y deduce que el secreto para atraer al público pasa precisamente por cambiar los anodinos e insípidos títulos que los pintores eligieron para sus cuadros, y entonces, en un alarde de ingenio comercial, decide rebautizar el “Guernica” de Picasso como “Bombardeo letal en Euskadi”.
Ridículo, ¿verdad? Pues así ocurre a diario con las películas. Sin ir más lejos, el título original de la que aquí se ha estrenado como Atrapado en un pirado es Meet Dave, que podría traducirse como “Conoce a Dave”, “Te presento a Dave”, “Conociendo a Dave”, “Éste es Dave”, etc. (Fijaos si había posibilidades.)
Más allá de la falta de respeto hacia el autor de la obra, reconozco que lo que más me jode de esta práctica canallesca es que me tomen por imbécil.
Incluso cuando la traducción del título es correcta, el criterio de elección de una película debería basarse en otros aspectos más determinantes respecto a su contenido o nuestras preferencias, como el nombre del director, el género, los protagonistas, el guionista, o incluso otros factores quizá menores pero mucho más orientativos que un simple título, como ciertos premios o reconocimientos, o el hecho de que el filme sea la adaptación de un libro, cómic u obra teatral que conozcamos.
Por tanto, el título suele decir de una película lo mismo que el nombre de una persona, o sea, nada. Si yo decidiera cambiarme el nombre mañana y llamarme Galileo, Pitágoras o Leonardo, mi nivel intelectual seguiría siendo el mismo (de hecho, el deseo de hacer dicho cambio podría incluso demostrar que mi inteligencia está en peligro de extinción).
El próximo día seguiremos con el asunto, y os pondré algunos ejemplos de traducciones de títulos dignas de una tormenta de cerebros en el frenopático.

(Continuará)

lunes, 22 de septiembre de 2008

Reparaciones imposibles

No creo yo que querer a alguien sea una obligación. La voluntad de dar o compartir el cariño nace supuestamente de un deseo espontáneo que nunca debería forzarse, ni siquiera remendarse si es que acaso se rompe.
Por eso no se me ocurre nada tan falso e inútil como esas terapias de pareja en las que un supuesto especialista ejerce de mercenario y libra por nosotros la batalla para reconquistar el corazón perdido.
Pretender que una persona ajena a la relación arregle el desamor mediante análisis técnicos es lo mismo que catalogar nuestros sentimientos como síntomas de una enfermedad o piezas averiadas de un mecanismo cualquiera. Como si un día dijéramos “Ya no te quiero”, y eso se curase tomando una pastilla.
Imagino que esa prehistórica tradición religiosa que no terminamos de espantar es la responsable de que vivamos la llegada del desengaño o la pérdida de la atracción como vulgares traidores, como si uno tuviera que sentirse culpable por no amar eternamente a otra persona o por no haber conseguido que alguien lo ame a uno hasta el fin de sus días.
Cuando se deja de querer, se acaba el amor. Ya está. Puede que quienes acudan a las terapias de pareja quieran salvar su estabilidad o su rutina, su posición social, un determinado acomodo o el tramposo alivio que se obtiene al dejarse llevar por la imperturbable corriente de la costumbre. Quizá les asuste la perspectiva de empezar desde cero, de volver a saltar al ruedo de la vida como individuos independientes. Tal vez los terapeutas ayuden a facilitar las rupturas, a hacerlas menos violentas o trágicas, a comprender de forma civilizada que el amor se acaba. Si es así, aún puedo entenderlo.
No obstante, soy mayoritariamente escéptico en cuanto a la posibilidad de resucitar lo que está muerto, y menos aún por medio de un elemento ajeno (los terceros, ya se sabe, tienen más fama de destructores que de reparadores de parejas). No tiene nada de malo que alguien de fuera nos dé su visión acerca de cómo actuamos cuando nos dominan determinados sentimientos. Muy al contrario, puede constituir una ayuda fundamental, bien para mantener el equilibrio y ventilar los aires cargados de la convivencia continua, o bien para abrirnos los ojos a nuestra propia infelicidad, pues no pocos enamorados terminan experimentando patologías de dependencia cercanas al síndrome de Estocolmo, en el mejor de los casos, o a la penitencia cristiana, en el peor de ellos. Esa tercera persona, en suma, no tiene por qué ser un psicólogo o un abogado; puede ser un amigo, un familiar, alguien cercano. Un verdadero punto de apoyo que, aparte de salirnos gratis, no debería tener interés alguno en que nuestra relación se prolongue o se extinga; un oído solidario y una voz neutral, y con eso habría de bastar.
El desamor tiene el inconveniente de ser irreversible, aunque posee la ventaja de ser reemplazable. Y entre medias existe una alternativa maravillosa, que se llama paz.

viernes, 19 de septiembre de 2008

Vicky, Cristina, Barcelona y Babel

Aviso previo: Vicky Cristina Barcelona no es una película de Javier Bardem. Tampoco de Penélope Cruz. Ni siquiera es una película de Scarlett Johansson. Es una de Woody Allen. Eso significa que si nunca os han gustado las películas de este hombre, tampoco os gustará ésta, por mucho que se haya rodado en Barcelona y por mucho que su distribución en salas vaya a ser tan masiva como la de cualquier blockbuster de la Disney o de Jerry Bruckheimer. A lo mejor no hacía falta aclararlo, pero por si acaso aquí lo dejo. De nada.


Es probable que para algunos de vosotros lo de ver las películas en versión original subtitulada sea un prescindible esnobismo de cinéfilo, pero nada mejor que un filme como Vicky Cristina Barcelona para demostrar por qué a veces el doblaje puede ser un arma asesina capaz de convertir una obra apreciable en un simulacro patético.
De antemano aclaro que no soy precisamente un fundamentalista de la materia. Veo películas dobladas cuando lo estimo procedente o apropiado (si voy al cine con amigos que reniegan de los subtítulos, o si se trata de una película en la que prima el espectáculo visual sobre la interpretación de los actores), aparte de que durante muchos años, salvo en las tres o cuatro salas especializadas, casi no había otra manera posible de hacerlo, ya que, hasta la aparición del DVD, los VHS no incluían la opción del lenguaje original, y en la televisión el 99% del cine se emite en castellano o en el idioma autonómico pertinente.
La costumbre autóctona del doblaje ha consolidado en el público, por ejemplo, la falsa creencia de que conoce la voz de Robert de Niro (en realidad, la de Ricard Solans), y más de un cómico se atreve a afirmar que está imitando al actor norteamericano (ya sabéis, aquello de “Abogaaadooo”), cuando a quien parodia en realidad es a su doblador. Lo mismo sucede con los casos de Woody Allen (Joan Pera), Clint Eastwood (Constantino Romero) o Bruce Willis (Ramón Langa).
¿Pero qué ocurre cuando los actores españoles cruzan el charco y empiezan a ganarse el pan (las migajas, en algunos casos) en Hollywood y sus aledaños? Porque, si bien es cierto que las voces originales de Allen o De Niro son un misterio para el desentrenado oído ibérico (y por tanto sólo se advierte la rareza cuando se cambia al actor de doblaje, cosa que no pasa a menudo), cuando hablamos de Bardem, Banderas o Cruz, nos encontramos con personas a las que hemos escuchado infinidad de veces en sus películas, en entrevistas o en ruedas de prensa.
Y he aquí el dilema, amigos. Si se opta por un actor de doblaje distinto del intérprete original, la cosa cantará como el alioli revenido. Pero es que si es el propio actor quien se dobla, está demostrado que tampoco mejora el asunto (Bardem ya lo hizo, entre otras, en Perdita Durango y Los fantasmas de Goya, y Banderas en casi todas sus películas americanas, ambos con resultados poco loables). De una u otra manera sonará falso, artificial, impostado y hasta cutre.
En el caso concreto de la última película de Woody Allen, al peligro de encontrarse con un Bardem que habla poseído por un demonio ajeno, debemos añadirle la imposibilidad de reproducir determinadas situaciones cómicas que se basan en la pluralidad lingüística de los personajes, con lo que me temo que quienes vean la versión doblada de Vicky Cristina Barcelona podrían caer víctimas de un jamacuco polifónico que les dejará el cerebro como pasta de croquetas.
La verdad es que cuento todo esto basándome tan sólo en lo escuchado en el trailer (yo la he visto en V.O.S., claro), aunque imagino que no me equivocaré en mis negros augurios respecto a la versión española.
En cuanto a la película en sí, puede decirse que es una comedia erótico-romántica con aislados brotes de mordacidad, pero demasiado amable para lo que acostumbra a ser característico en su autor cuando aborda temas similares (véanse Maridos y mujeres, Celebrity o Desmontando a Harry, por citar sólo tres). He echado de menos al Woody Allen más corrosivo y cínico, e incluso al más vulgarmente “chistoso”. Me da la impresión de que pesa considerablemente el hecho de que esta película tenga algo de compromiso o deuda. Es como si Allen se hubiera sentido obligado a rodarla en correspondencia o agradecimiento al Premio Príncipe de Asturias y a la histórica adoración que le profesa la Ciudad Condal, o como si el “factor campo” (típico del fútbol) también fuera decisivo en el cine y la genialidad se viera resentida por jugar fuera de casa.
Lo más positivo en mi opinión es que el director neoyorquino sigue abordando los asuntos del corazón y la entrepierna desde una perspectiva más intelectual que sentimental, con un escepticismo omnipresente y una tendencia hacia la fatalidad que no es incompatible con la exaltación de los placeres elementales de la vida. Desafía las convenciones románticas y los banquetes de perdices con interesantes reflexiones que, especialmente en sus mejores obras, logran dotar de personalidad a las historias aparentemente más simples. Los límites del deseo respecto al compromiso, la pluralidad sexual sin etiquetas, la naturaleza autodestructiva de las pasiones extremas, lo absurdo de empeñarnos en hacer del amor un sinónimo de la felicidad, la certeza de que lo inalcanzable es mucho más romántico que lo factible… Todo esto, implícita o explícitamente, recorre la historia, y es al final el mejor legado de este trabajo menor de un gran director.
Además, tampoco falta un ingrediente casi imprescindible en sus películas y fundamental en alguien que se precie de reinar en el Olimpo del sentido del humor: la autocrítica. Como en tantos otros guiones de Allen, los puñales más afilados son para los seudo intelectuales, los esnobs, los creídos pretenciosos, los que van de artista hasta para freírse un huevo. Me parece que es un gesto digno de admiración, si tenemos en cuenta que quien lo escribe es un indiscutible artista y un reputado intelectual.
Javier Bardem cumple perfectamente con su papel de seductor o latin-lover al uso, quizá algo estereotipado en su diseño (no así en sus diálogos), aunque redimido siempre de la caricatura (hasta el Woody Allen menos inspirado sabe dónde están los límites). Pero la verdadera estrella de la función es Penélope Cruz, que pone la sal cuando el guiso amenaza con volverse insípido, demostrando una vez más que es mejor actriz cuando habla en su idioma y que los roles viscerales o directamente barriobajeros son su mejor arma, pese a que parezca decidida a que la encasillen entre las guapas oficiales o las musas del glamour.
Woody Allen ya no es un chavalito. No sabemos cuánto tiempo le durará ese estado de forma que le ha permitido malacostumbrarnos a una peli por año. Por eso mismo, y aunque su aventura europea de los últimos años nos ha regalado la estupenda Match point y la divertida Scoop, como admirador de su cine he de confesar que estoy deseando que vuelva a Manhattan, pues es allí donde su ingenio ha provocado sus partos más felices.

martes, 16 de septiembre de 2008

Viaje al centro de la próstata

En la sala de espera le estuvo dando vueltas a la enigmática (o no tanto) revelación que le hizo el enfermero. “Después de hoy, ya sólo le quedará subir en globo”.
Él siempre había asociado la expresión “rutinario” a un simple trámite sin importancia, a esos deberes que nos ponen los médicos para que no nos olvidemos de que la muerte es inevitable y de que sólo ellos son capaces de regalarnos la ilusión de una vida más larga.
Por suerte, no tuvo que esperar mucho tiempo en aquella salita en la que todo olía a insulso y postizo, incluidos los otros pacientes que aguardaban su turno ojeando vetustas revistas en las que Michael Jackson aún era negro y Paquirrín un niño flaco que todavía no había hecho la comunión.
La fortuna parecía seguir de su lado, pues el doctor le ordenó que se desvistiera tan sólo de cintura para abajo. Una de las cosas que más temía era que le hicieran ponerse uno de aquellos trapos verdes satinados y sin mangas (diseñados sin duda por un homófobo retorcido), que dejaban la espalda y el culo al aire y daban a los enfermos un aspecto entre grotesco y fantasmal.
No le cabía duda de que, si ella lo viera ataviado de tal guisa, despertaría de su pueril ensoñación y correría espantada en busca de un chico de su edad, con granos en la jeta y no en alguna glándula remota de las entrañas.
El médico le enseñó un dibujo parecido a los que ilustran las normas de emergencia en los aviones, y a continuación le pidió que imitara el movimiento indicado en la figura número 3. Se trataba de aquella postura como de ratón acurrucado o de mendigo de Praga, encogido bocabajo y con las manos entrelazadas sobre la nuca. Lo cierto es que también se parecía al numerito que montaron en aquella manifestación antibélica en la que simularon protegerse de un bombardeo. Recordó que la mayoría de los amigos de ella creyeron que él era un policía infiltrado de paisano. Era lógico. Él tampoco compartía las ínfulas invasoras del gobierno, pero su partida de nacimiento aconsejaba otros medios de protesta menos exhibicionistas.
Mientas tanto, el proctólogo interpretaba por enésima vez el número de la Gilda de látex, embutiéndose el guante aséptico hasta el codo con la misma indolencia de quien se dispone a fregar los cacharros de la cocina. Desde su improvisada pose de oración a La Meca, él oyó con escalofrío los chasquidos de la goma adhiriéndose al antebrazo del galeno, y se le ocurrió encomendarse al Dios del caucho o la Virgen de las muñecas hinchables, dejando constancia una vez más de que la fe aflora principalmente por desesperación, y no por convicción interior, como creen los más ortodoxos.
“La naturaleza es sabia”, insistía en repetirse, con la esperanza de alcanzar un consuelo imposible. El cuerpo se diseñó con orificios de salida y de entrada por alguna razón, y cuando aquella finalidad natural se invertía era porque algo iba mal. Comer, bien; vomitar, mal. Era matemática pura. Por ello, él siempre pensó que el ano era un agujero con funciones exclusivas de evacuación, pero obviamente se equivocó.
Qué ridículo se sintió el día en que le hicieron acurrucarse junto a miles de jóvenes para reivindicar su negativa a las bombas y los misiles. Y ahora, justo en ese instante, le encalomaban el proyectil de verdad, un torpedo de cinco puntas embutido en un condón de medio metro, por vía tópica rectal, como dicen los prospectos de las medicinas. Así que del misil utópico había pasado al taladro tópico, y todo ello sin tener que cambiar de posición. El caso era humillarlo a uno.

sábado, 13 de septiembre de 2008

Bastardos en línea

Un amigo aficionado a la tauromaquia me aclaró en cierta ocasión la diferencia que había entre un presunto buen torero y lo que él denominaba un “pegapases”. Quienes merecían este último apodo solían ser matadores con éxito, de los que encandilaban las plazas con espectaculares manierismos y aspavientos, aunque, en opinión de mi amigo, semejante exhibicionismo no reflejaba el verdadero concepto de lo que él entendía por una buena faena.
Por otra parte, recuerdo que el periodista José María García (célebre en su época por el uso y abuso de gráficos calificativos del tipo “abrazafarolas”, “correveidile” o “tiralevitas”), gustaba de referirse a algunos de sus colegas menos estimados como “juntaletras”.
Me acuerdo ahora de todo esto con motivo de mi reciente participación en la charla “Escriure en temps digitals” (Escribir en tiempos digitales), de la que ya os informé aquí en días pasados.
Es evidente que Internet ha modificado el escenario de la lectura y la escritura, incorporando nuevos canales y soportes, facilitando la intercomunicación entre los autores y los lectores, y abonando el terreno virtual para que brote la libertad creativa, con la ventaja añadida de que el acceso a la misma es también cada vez más libre (y gratuito).
Todo esto lo tenía claro desde hacía tiempo, pero, tras compartir la velada del miércoles con mis estimados compañeros de charla y el resto de personas que tuvieron el detalle de acercarse por la Biblioteca Tecla Sala (en una víspera de festivo y con partido de fútbol televisado; un aplauso para ellos, por favor), resulta que me he dado cuenta de algo en lo que tal vez no había reparado lo suficiente.
El caso es que la creciente proliferación de blogs o bitácoras no supone únicamente una forma de ampliar el catálogo de opciones para publicar o leer. Hay algo más, y supongo que merece la pena destacarlo. Desde luego que el universo bloggero en su totalidad no constituye ningún tipo de colectivo uniforme en cuanto a criterios, motivaciones, expectativas o intenciones (en la mesa de conferencias éramos sólo seis, y ya cada uno de un planeta creativo distinto), pero al margen de esa sana diversidad, he advertido otro factor diferenciador que empieza a notarse y que algunos podremos acusar quizá en el futuro.
Me refiero a que el éxito de los blogs no se queda en la consolidación de un nuevo soporte, sino que puede haber creado (o está en ello, como mínimo) también un nuevo género.
La entrada o el post (yo lo llamo artículo porque soy un antiguo) posee unas características cada vez más genuinas, a tenor de lo visto en mis navegaciones y de lo comentado con algunos de mis colegas bloggeros. Puede que el nacimiento o la evolución de este supuesto nuevo género se esté llevando a cabo de la mejor manera posible, es decir, como producto de la adaptación espontánea y progresiva del medio a las demandas de lectura del nuevo público, que ya no es exclusivamente el formado por lectores rebotados desde la prensa o los libros. Y si cada vez es más común que existan lectores exclusivos de blogs, no es de extrañar que los contenidos y estilos de las bitácoras se tengan que ir amoldando a las particularidades de esa audiencia especial.
Esto es lo que me ha hecho reparar en que quizá algunos autores estemos en vías de convertirnos en el equivalente a los pegapases taurinos o los juntaletras del Butanito. Muchos propietarios de blogs no dejamos de ser escritores corrientes que encajamos los géneros tradicionales en un soporte moderno, sin que eso signifique que escribamos literalmente “para Internet”. Publicamos artículos, cuentos o poemas en nuestras páginas web, pero es posible que nuestros lectores más fieles no se correspondan demasiado con el perfil del verdadero internauta.
De momento sólo me planteo hipótesis, aunque mirando al futuro no me cuesta vislumbrar que un artículo de opinión convencional podría acabar formando parte de una raza marginal de géneros espurios o bastardos en este universo virtual de incontrolable expansión.
En el apartado “Amigos del último peatón”, que encontraréis en la franja derecha vuestra pantalla, tenéis un puñado de vínculos a diversas páginas que ilustran muy bien lo que acabo de contaros. Hay verdaderos especialistas en la materia, autores que van más allá de los cánones literarios o periodísticos al uso y que además compaginan a la perfección los elementos puramente narrativos con las prestaciones gráficas, audiovisuales e interactivas que proporciona este medio. No os extrañe que en breve los talleres de escritura añadan una nueva modalidad a sus programas formativos: “Curso de escritura en Internet”, “Taller de blog”, “Narrativa on line”, etc. (puede que algunos ya lo hagan, de hecho).
Lo que está por ver es si este peatón terminará aprendiendo o no el nuevo oficio…

jueves, 11 de septiembre de 2008

Ñoño futuro

Siempre nos gusta pensar que a medida que avanza el tiempo todos evolucionamos y vamos aprendiendo de la vida, superando prejuicios y definiendo sólidamente nuestra personalidad con la suma de experiencias, y que eso a la fuerza nos ha de convertir en seres más libres y despiertos, más sabios y consecuentes.
Esta reflexión debería valer igualmente si la aplicamos a una sociedad, una comunidad o una civilización. Así tendría que ser, y especialmente en nuestro caso, un país que no hace tanto aún estaba gobernado por un dictador y que ha pasado los últimos treinta años sacándose de encima viejas reminiscencias para poder presumir, entre otras muchas cosas, de un valor fundamental como la libertad de expresión.
Pero no sé qué está pasando. Parece como si ya nos hubiéramos cansado de hacer ese mínimo esfuerzo que supone el respetar el pensamiento ajeno y hacer gala de un sentido del humor imprescindible para encajar las críticas u objeciones hacia lo propio.
Hoy por hoy, los publicistas ya no pueden sacar en sus anuncios a un médico, un bombero, un mecánico o un frutero sin que al día siguiente los gremios correspondientes a cada una de dichas profesiones protesten airadamente por considerar que la ironía o el chiste de turno expresados en el anuncio atentan contra la imagen global de su oficio.
Lo mismo empieza a pasar con series de televisión, canciones o películas, todas ellas obras de ficción que sin embargo provocan corporativismos quejicas que rara vez tienen que ver con una verdadera solidaridad gremial, y que son más bien el producto de una sociedad que hemos vuelto entre todos así de ñoña, melindrosa, mojigata y susceptible.
No voy a hacer una exaltación tópica y melancólica de mi juventud ni a ponerme la barba del abuelo Cebolleta para soltar aquello de que lo de antes sí que era auténtico y lo de ahora es todo copia o directamente basura, ni ninguna monserga por el estilo. Sólo os diré que, a pesar de que aquella época gloriosa de los primeros años ochenta se ha terminado convirtiendo en un cliché por culpa tal vez de una excesiva exaltación, si la comparamos con nuestros días en términos de tolerancia y sentido del humor, uno llega a la conclusión de que se ha retrocedido preocupantemente.
Ciñéndome al aspecto musical de la célebre y megasobada Movida Madrileña, me pregunto cómo se recibiría hoy el ultrapatriotismo gamberro de Los Nikis, o la estética seudo nazi de Glutamato Ye-Ye y los primeros Gabinete Caligari, o las consignas radicales de Siniestro Total, o las bacanales de ultratumba y la pornografía macabra de Parálisis Permanente, o la apología pronuclear del Aviador Dro y sus Obreros Especializados. Por si fuera poco, uno de los personajes más carismáticos de La Movida fue Fernando Márquez, alias El Zurdo, vocalista de grupos como Kaka de Luxe, Paraíso o La Mode, y el cual, por surrealista que parezca, llegó a presentarse como candidato a la alcaldía de Madrid por la Falange Española. Aun así, puedo aseguraros que no conozco a nadie que quemara sus discos (o casetes) por ello.
Todo esto sería hoy impensable, intolerable, estaríamos saturados de denuncias, quejas, querellas y protestas en las secciones de cartas al director de los periódicos, en las tertulias de la radio y la tele, se convocarían manifestaciones y se abrirían los informativos con las letras de las canciones o las portadas de los discos.
Los jóvenes de entonces estábamos mayoritariamente ilusionados con el cambio que se venía encima, adorábamos a Tierno Galván aunque no supiera pronunciar bien el apellido de Lennon (él decía “Lennox”), estábamos encantados porque al fin se veían tetas en el cine y proliferaban los conciertos de rock gratuitos, paseábamos por las calles y los parques cerveza de litro en ristre (sí, amigos, lo del botellón es más antiguo que las bragas de esparto), y lo mejor de todo era la sensación de que se podía hacer lo que a uno le diera la gana en un entorno heterogéneo y abierto a la diversidad, pese a que las crónicas posteriores puedan haber provocado la impresión errónea de que se trataba de una especie de movimiento masivo organizado.
No niego que había mucho de candor en todo aquello. Sin embargo, metidos de lleno ya en el nuevo milenio, en lugar de haberle sacado provecho a aquella materia prima, parece que la hayamos arrojado al retrete para que se pudra en las cloacas.
Hemos crecido, es verdad, y algunas cosas deben cambiar. Es normal que nos hayamos vuelto escépticos con la izquierda, pero seguimos estando a años luz de la derecha. Seguimos queriendo que nos sorprendan, que una banda de rock nos haga vibrar o dar brincos descontrolados sin que tengan que pasar su lírica por el filtro de lo políticamente correcto. Estoy seguro de que la canción Sí, sí de Los Ronaldos estaría hoy censurada y prohibida en nuestros medios de comunicación, y que secuencias cinematográficas como aquella de El maquinista de la General, en la que Buster Keaton zarandea a su chica para luego besarla, o aquella otra al principio de Historias de Filadelfia, cuando Cary Grant sujeta por el mentón a Katherine Hepburn y ésta acaba con sus posaderas sobre el suelo, se sacarían ahora de contexto y calentarían el caldo de la ofensa y la reivindicación.
Creo que deberíamos ejercer un poco más de lo que somos, adultos con capacidad para pensar libremente, y saber distinguir entre una apología y una parodia.
Es más fácil protestar que pensar, ya lo sé, pero un mundo de cascarrabias no lo quiere nadie. ¿O sí?

martes, 9 de septiembre de 2008

De la pluma a la tecla


Hago un breve y obligado inciso en mi periodo vacacional para anunciaros que el próximo miércoles, 10 de septiembre, a partir de las 21,30 horas, participaré en la charla-coloquio titulada “Escriure en temps digitals” (Escribir en tiempos digitales), que tendrá lugar en la Biblioteca Tecla Sala de L’ Hospitalet de Llobregat, en Barcelona.

Estaré gratamente acompañado por Neus Arqués, Iván Humanes, Marcela Sabbatiello y El veí de dalt.
A modo de terapia de grupo desenfadada y cordial, trataremos de explicar nuestras experiencias como usuarios de las nuevas tecnologías y cómo éstas han influido en nuestra labor literaria o en la relación con los lectores.

Gracias a Palimp y Sfer por la invitación, y para todos aquellos que estéis interesados en asistir, os facilito el vínculo a la página de la Biblioteca Tecla Sala, donde encontraréis la información completa sobre este evento y las demás actividades programadas para la noche más larga (e intensa) de los bibliotecarios y los lectores barceloneses.

Os espero por allí.