jueves, 7 de agosto de 2008

Vacaciones de misionero

Al hilo del comentario de Alejandro en la entrada anterior de este blog, seguiré hoy hablando del turismo o la práctica viajera o las costumbres vacacionales o como demonios queramos llamarlo.
Concretamente, insistiré sobre una de mis principales alergias contemporáneas: la afición a “la pose”.
En mis críticas de cine ya he aludido repetidamente a esta epidemia que afecta a muchos de nuestros conciudadanos, hasta el punto de que su propagación se extiende a todo tipo de disciplinas y ámbitos, del que no podía escaparse tampoco el que ahora nos ocupa.
Como tantos de vosotros, durante mis años juveniles realicé viajes al extranjero cuyo presupuesto escasamente garantizaba el billete de tren o autobús, más una salchicha al día y una cerveza por la noche. Daba igual. Uno era consciente de sus limitaciones monetarias y el deseo de salir de casa y descubrir nuevos mundos estaba por encima de cualquier penuria hostelera o contingencia logística.
Esto quiere decir que en su día me tocó dormir en los pétreos bancos del vestíbulo de una estación, en el incómodo asiento de un autocar, en un saco apostado en la orilla de una playa o directamente en la puta calle, sobre la misma acera o amparado mínimamente por el relativo cobijo de un portal.
Por entonces no importaba. La compensación estaba en lo que se obtenía a cambio. Pero tampoco nos engañemos. La razón por la que se asumía aquel vagabundeo transitorio era estrictamente económica.
No sé vosotros, pero yo no dormí tirado en la calle por convicción, ni por motivos reivindicativos, ideológicos o de conciencia de clase viajera. No era una protesta anti sistema ni una forma de alardear un modo de vida puro y libre de la esclavitud capitalista. Y tampoco creo que el hecho de querer dormir en una cama me convierta necesariamente en un asqueroso burgués.
Esto viene al caso de ciertos comentarios que me he encontrado en ocasiones al respecto del destino que uno elige para viajar. Me ha sorprendido que determinadas personas renieguen, por ejemplo, de la posibilidad de conocer Nueva York, San Francisco o el Gran Cañón, argumentando que eso sería visitar “El Imperio” (también me topé una vez con un pintoresco personaje que me echó en cara la fruslería de beberme una Coca Cola, precisamente porque era “la bebida del Imperio”, como si eso fuera hacer apología del imperialismo o, peor aún, de la destrucción del planeta. Hace falta ser cazurro).
Aclaro que lo que me extraña no es que no les parezcan atractivos los mencionados destinos. Eso lo veo perfectamente normal, del mismo modo que a mí nunca me ha llamado la atención viajar a Cuba, a pesar de que durante la última década la humanidad turística en pleno ha decidido que era imprescindible dejarse caer por allí.
Manías personales aparte, quisiera recalcar una vez más que, para reconocer a alguien como un intelectual, no me basta con que afirme cosas como “Bush es malo y los yanquis son tontos”. Ser tan categóricamente simplista es justo lo contrario de lo que identifico con la inteligencia o la sabiduría.
No deja de ser curioso que, los mismos que rugen como hienas cuando les dices que viajarás a los Estados Unidos, no esgriman censura alguna a tu decisión de ir, por ejemplo, a Turquía (el Otomano también fue un imperio, y no olvidemos el genocidio de los armenios).
Parece ser que queda muy bien presumir de vacaciones en países pobres o tercermundistas, o como mínimo exentos de cualquier resquicio de occidentalismo.
Nada que objetar (faltaría más). Lo que me sorprende es que a nadie en estos casos se le ocurra considerar que en muchos de esos países se aplica la pena de muerte, o se discrimina a la mujer hasta límites vejatorios o criminales, o se fomentan prácticas y costumbres “ejemplares” como las lapidaciones o la ablación del clítoris, o que buena parte de ellos están gobernados por tiranos bananeros, algunos de ellos aficionados a los juicios sumarísimos que terminan con un reo ahorcado, decapitado o descuartizado...
Por supuesto que no me olvido de Guantánamo, del Eje del Mal, de la Tormenta del Desierto, de Vietnam, de Iraq, de Kuwait, de Afganistán, de la bochornosa pasividad ante la destrucción de la antigua Yugoslavia, y de todo el largo etcétera que no cabría en esta página y que debemos imputarle a la lista negra del señor Bush y sus antecesores.
Así que tan digno o indigno me parece ir de vacaciones a Los Ángeles como a Tailandia, a Boston como a Marruecos. Es ridículo sacar a colación aquello de “El Imperio” para presumir luego de vacaciones presuntamente solidarias, o comprometidas, o de misionero (pura pose), y sentirnos los líderes de la revolución universal por visitar un país exótico, pero que se muere de hambre o que vive sometido por un sistema corrupto que destruye a sus objetores y margina a los más débiles.
Yo confieso que viajo por placer. Si eso me convierte en un esclavo capitalista o en un esbirro involuntario del imperio yanqui, vayan por adelantado mis disculpas.
Un personaje de una película de Woody Allen decía que cada vez que escuchaba a Wagner le entraban ganas de invadir Polonia. Puedo juraros que cuando me bebo una Coca Cola nunca he sentido la necesidad de bombardear Oriente Medio o Centroamérica. Lo hago porque tengo sed. Palabra de peatón.

5 comentarios:

Anónimo dijo...

Buenas noches Pascual,
Veo que habeis entrado en una discusión semántica que está dando mucho jugo en este blog. Esta diferencia entre viajero y turista, veranear y pasar el verano daría para un tratado de sociología y costumbres varias. Hay qué ver cómo han cambiado las cosas! Hace 30 años nos dábamos con un canto en los dientes si conseguíamos ir al pueblo en agosto....
De entrada, pues, leo que nadie quiere pasar por turista , tampoco visitar la península ( antes muerto que sensillo!) y prefieren el término viajero en lugares recónditos y muy muy lejanos donde no llega Macdonald's. Supongo que viajero tiene connotaciones más románticas y aventureras- véase literatura de viajes en el s. XIX
Pero, la verdad, es que ninguno de nosotros sale de sus casa para descubrir las fuentes del lago Victoria, ni tampoco para ponerse a prueba en la Antártida. Todos compramos billetes de avión en una agencia, buscamos información en internet y tenemos dos mapas y una buena guía de la librería del Corte Inglés.
No nos engañemos: por muy exótico que sea el destino, ya está explorado, pisoteado, colonizado y evangelizado. De manera que, a estas alturas, cuando uno viaja, pasea, se introduce, con más o menos pericia en otra cultura, lo que hace es turismo. Lo de ir con chanclas y calcetines o vestido a lo Cuadra Salsedo es irrelevante. Lo que importa es que es una actividad placentera y muy, muy cara y que sólo se pueden permitir los que no tienen que pagar colegios e hipotecas o los que aparcan el yate en vados muy caros.
Una servidora, sin embargo, este año ha hecho de turista "comme il faut" y me he ido a París. Así, sin complejos, porque me da la gana, porque se lo prometí a mi hija que un día vería la ciudad donde su madre, con menos años y quilos, pasó el verano del 89.
He pateado calles,toda la "France et sa grandeur" en metro, bus y tren sin aire acondicionado,sin escaleras mecánicas ni ascensores, en compañía de los muchísimos parisinos asqueados que viven amontonados en banlieus. He zampado comida basura- baguettes y crèpes, de nouvelle cuisine, rien de rien-, estuve en Les Champs Elysées el día que ganamos el tour y me he discutido a gritos con un parisino en plena Tour Eiffel- en francés los insultos son más chics...
En fin, que ahora, ya de vuelta, estoy pintando el comedor, que pá tó no llega.
En cualquier caso, cuando cualquiera de vosostros tenga un par de churumbeles y le apetezca darse una vuelta por ahí, ya me contará si le importa un carajo ser viajero o turista, irse a Tanzania o a Vilanova i la Geltrú... Lo único que querrá es perderse.

Patrocinio Magefesa

Anónimo dijo...

Adjunto comentario sobre Paría de mi hija de 19 años. Vosotros juzgareis si son palabras propias de una turista o de una viajera. Para más informacion y fotos, la dirección es : http://blog.myspace.com/index.cfm?fuseaction=blog.view&friendID=88428605&blogID=420471063

Patrocinio Magefesa

02 ago 2008, 09:00

"Siempre nos quedará París"


… Je ne t'aime pas, París. No te comprendo. Hay que pagar un precio demasiado alto por caminar entre tus rues y boulevards, saborear un minúsculo pastelito de fresas que luce tras el cristal de un escaparate o subir hasta lo más alto de la Tour Eiffel para contemplar con una sonrisa cruel el ajetreo que viven abajo el resto de mortales. No me parece justo. En la supuesta ciudad del amor todo son paradojas y contradicciones, la primera de ellas es que, como dice Inesita, un enano quiere devolverle la grandeza a Francia.
En las tiendas de discos de la capital se preparan nuevos stands para exponer en sitio preferente el cd de la Primera Dama y suben los precios de las boissons en restaurantes de calles más o menos concurridas, mientras en el metro una niña rumana desparrama caramelos por el suelo abriendo la puerta en todas las paradas y se siguen nuevas *topografías del aislamiento* más conocidas como banlieues. Supongo que se trata de ese orgullo del que hablaba la abuela española que nos cruzamos en el cementerio del Père-Lachaise mientras buscaba la tumba de Oscar Wilda. Ella nunca quiso irse a la periferia.
Es curioso que nadie responda a tu "bonjour" mal pronunciado en el Museo d'Orsay y que, en cambio, te sujete la puerta del metropolitain un árabe a fin de que te puedas colar. Lo cierto es que me a mí se me han caído encima el edulcorado castillo de Disneyland, el glamour parisino y el extra dorado puente Alejandro III. Todo de golpe y haciendo mucho ruido. De haber nacido allí, puede que me hubiese dedicado a dibujar narices grandes y labios carmín agarrados con parches a cuerpos esqueléticos, como Lautrec, y a beber lo que fuese: absenta, cognac, vino de Borgoña, invitando siempre que tuviera un franco de más.
Sé que es sólo mi punto de vista, mi sensación atípica. Probablemente ni Carla Bruni opinará lo mismo, NI TAMPOCO mi querido Saïd viendo una bala salir a cámara lenta y en blanco y negro. Aún así, ahí está: el encanto, la magia, todo acrecentado por infinitas imágenes del beso de Doisneau o de las luces del Moulin Rouge.
Y seguiremos repitiendo lo que Bogart: siempre nos quedará París…

Anónimo dijo...

Acabo de fundar el Club de Fans de Patrocinio Magefesa !!!

Un beso. Eres Grande.

Coronel Tapioco

El último peatón dijo...

Querida Patrocinio.
Visité París por primera vez cuando era un jovenzuelo, y lo cierto es que no me impresionó demasiado. Me dediqué entonces, principalmente, a asombrarme por lo caro que era todo y a establecer paralelismos entre la capital francesa y Madrid, la ciudad donde yo vivía (supongo que pequé de esa especie de reduccionismo provinciano, típico del que aún ha viajado poco).
Años después, volví a París y me pareció literalmente espectacular y hermosa, y a día de hoy sigue siendo una de las ciudades más bonitas y estimulantes que conozco.
Será que París es como el café o la cerveza. La primera vez no terminan de convencer, pero con tiempo e insistencia pueden convertirlo a uno en adicto...

Pero, sobre todo, no me pierda usted las ganas de viajar y conocer mundo, aunque sea con la mesa camilla y el tupperguare a cuestas.
(Y eso va también por ti, Coronel Tapioco.)

Gracias por vuestro viaje cibernético a esta pequeña aldea virtual.

Alejandro Lérida dijo...

Hay que viajar siempre, aunque sea a la vuelta de la esquina. Me refiero, sobre todo, a la actitud que encierra todo viaje que se digne de serlo. El viaje a las Ítacas -viejo mito ya, ay Kavafis- es el viaje como educación. El viaje es la distancia más larga entre dos puntos. El viaje es el arte del encuentro. EL viaje como fin, no como medio. Del viaje nunca hemos de salir indemnes, sino conmovidos, transformados de tal modo que ya no seamos los mismos que partieron. Viajar es "hacerse uno, hacerse otro", al decir de Lorenzo Silva. Hay que viajar sin plan, sin propósito, sin fecha de regreso: otra cosa no es más que turismo. Viajar no es ir desde algo hacia algo, sino a través de algo. "¿Volver? Vuelva el que tenga" (ay Cernuda). Pues eso. Buen viaje.