sábado, 26 de julio de 2008

La pobre señora de Matusalén

Cada día encuentro referencias a algún estudio, sondeo o investigación que, lejos de fomentar mi interés por la ciencia o seudociencia conocida como Estadística, me acercan cada vez más al convencimiento de que dicha disciplina se inventó para dar una coartada matemática al entretenimiento inútil de ciertos individuos que, en vista de los frutos obtenidos, deben de aburrirse soberanamente.
Fijaos en el titulito en cuestión: “Una rencilla ocasional con el cónyuge puede prolongar la vida, según un estudio”.
Más adelante, encontramos en el redactado de la noticia perlas como “Pelear de vez en cuando con su cónyuge no solo puede resolver algún problema, también puede dar más años de vida”; o “Cuando ambos cónyuges suprimen su indignación ante un ataque o una crítica injusta del otro, la muerte prematura es el doble más probable que en los otros tipos”; o aún más tajante: “En los matrimonios en que sus miembros se tragan su indignación puede esperarse una muerte prematura”.
Esto ha sido perpetrado por la Escuela de Salud Pública y del Departamento de Psicología de la Universidad de Michigan, y fue divulgado para el bien común por la revista Journal of Familily Communication.
Si nos dicen que desahogarse beneficia a nuestra salud ninguno lo vamos a negar. No creo que nadie cuestione los beneficios orgánicos de sacar para afuera todo el mal que nos corroe por dentro. Todos sabemos que no conviene guardarse las emociones (sobre todo si son malas) y que es mejor airearlas para espantarlas lo antes posible.
Lo que no puede hacerse es circunscribir dicha práctica al entorno limitado de la pareja y, peor aún, hacerlo sinónimo de pelea en un contexto tan delicado. La palabra pelea posee unas connotaciones físicas que no tienen por qué derivarse de otras expresiones más apropiadas para lo que se nos quiere describir, como discutir, intercambiar pareceres, quejarse, discrepar, decirse las verdades a la cara o incluso mandarse a hacer puñetas.
Afirmar además que pelearse alarga la vida es todavía más desaprensivamente ridículo, cuando cada día se producen decenas de noticias sobre violencia conyugal, cuyas tristes protagonistas son mujeres que han muerto precisamente porque sus maridos deciden que sea ésa la forma de culminar una discusión de pareja.
Me parece perfectamente lícito que un psicólogo o un especialista nos aconseje el desahogo o la extroversión, si eso repercute positivamente en nuestra salud o nos redime de ciertas dolencias o traumas. Lo que no entiendo es que nadie pueda recomendarnos discutir o montar bronca exclusivamente con nuestra pareja (¿por qué no discutir con el jefe, con el vecino o con el pescadero?). ¿Regañar con alguien que no nos follemos no alarga también la vida o qué? Ya me diréis.
Decir barbaridades como que una rencilla con el cónyuge puede “dar más años de vida” es una interpretación de los hechos que podríamos calificar de pueril, siendo inmensamente benévolos (dan ganas de llamarles otra cosa, sobre todo pensando que, como bien afirman ellos mismos, provocar una bronca nos alargará la vida).
Imaginemos que a alguien se le ocurre la tontería de verificar el color de pelo de las personas que mueren de un infarto. Por fuerza habrá de obtenerse un número, un dato. Ahora sigamos imaginando que el resultado del recuento efectuado entre 100 fallecidos por ataque cardíaco es el siguiente: 44 morenos, 32 castaños, 13 rubios, 9 pelirrojos, 2 calvos. Aun sabiendo que esto no vale absolutamente para nada, continuemos imaginando que el estudio se publica en un periódico con el titular: “Ser moreno es más peligroso para el corazón y puede causar la muerte”; o bien: “Ser calvo alarga la vida”. Pues eso.
Me parece que los medios de comunicación deberían empezar a ignorar este tipo de estudios botarates que, al margen de su inutilidad manifiesta, pueden en algún caso llegar a crear peligrosas confusiones y, sobre todo, faltar al respeto a aquellos que verdaderamente padecen según qué problemas.
Por mucho aval universitario que tenga la escuela que ha hecho el estudio mencionado hoy aquí, y por mucho nombre americano que ostente la revista que lo ha publicado, su rigor y credibilidad son absolutamente nulos, y la presunta labor divulgativa que debería desprenderse del mismo estará, como mucho, escondida en algún lugar viscoso y maloliente de semejante excremento estadístico.
Según consta en las sagradas escrituras, Matusalén vivió hasta los 969 años. Gracias a la Universidad de Michigan, ahora sabemos el calvario que tuvo que soportar su pobre esposa...

3 comentarios:

Anónimo dijo...

Madre mía, qué poca faena debe tener esta gente. Con los problemas que hay en el mundo y perdiendo el tiempo con estas estadísticas, es para cagarse.
Saludos de Antonia.-

Eduardo dijo...

o nome do pinto
e da pintura

Anónimo dijo...

Отличная статья! большое спасибо автору за интересный материал. Удачи в развитии!!! :)
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