domingo, 6 de julio de 2008

Extraños juegos mercantiles

Hace ahora diez años, se estrenaba casi de tapadillo Funny games, del director austriaco Michael Haneke.
Para que os hagáis una idea, en Barcelona sólo se distribuyó una copia, que fue a parar a una sala minúscula (la ya extinta sala Alexis de los Cines Alexandra) y fue proyectada en la pantalla literalmente más pequeña de toda la ciudad (hoy en día hay televisores más grandes que aquella difunta pantalla. Palabra).
Estaba claro que se trataba de un filme categóricamente minoritario. Cine de autor europeo, excéntrico y radical, sólo apto para espeleólogos filmotecarios y de exhibición limitada a festivales o ciclos de eso que antes llamaban arte y ensayo.
Aquel ninguneo en la distribución era toda una declaración de intenciones, un aviso del espíritu genuinamente sectario de la propuesta de Haneke, pero los responsables del cine donde se estrenó hace una década aún se encargaron de añadir un elemento disuasorio más. Recuerdo que, sobre el cartel publicitario de la película, la dirección del Cine Alexandra había colocado un letrero que advertía de que Funny games podía herir gravemente la sensibilidad de los espectadores, en particular la de aquéllos que tuvieran hijos.
Nunca antes ni después he visto una advertencia de ese tipo. Ni siquiera en cines donde ponían películas de gore extremo, sangrientas, salvajes o truculentas.
Personalmente, creo que aquella medida provocó el efecto contrario, y lo que produjo fue un interés repentino en algunos espectadores por ver la película, llamémosle morbo, masoquismo o como sea.
Aun así, desde luego que no fue ningún taquillazo, y apenas duró unas semanas en cartel, si bien los éxitos posteriores de su director con títulos como La pianista o Caché han reforzado el aura de Funny games como obra de culto.
Y ahora, dos lustros después, esa misma película se estrena a bombo y platillo, con cerca de veinte copias en toda Barcelona, en las salas multitudinarias de Cinesa, Filmax, Lauren y el Grup Balañá, donde no sólo podrán verla padres de familia, sino también sus propios hijos.
¿A qué se debe este inexplicable giro? Pues a la pasta, supongo. Haneke ha vuelto a rodar la misma película, exacta, plano a plano, diálogo a diálogo, pero esta vez lo ha hecho en Estados Unidos y con actores más o menos conocidos. Y ya está. No parece muy lógico, pero es lo que hay.
Presiento oleadas de decepción masiva entre las legiones de adolescentes palomiteros que irán a verla creyendo que es un thriller con acción. También presumo indignaciones por su descarada crueldad, pero sobre todo por su estilo recalcitrantemente austero y por el desconcierto de un público mayoritariamente acostumbrado al estruendo y el montaje frenético, que se escandalizará ante las señas de identidad propias de este autor: silencio sepulcral de fondo, planos fijos eternos en los que aparentemente no ocurre nada y planos-secuencia igualmente interminables en los que los personajes apenas se mueven.
Esto no tiene que ver con que unas películas sean mejores o peores que otras. En lo que a mí respecta, me encantan filmes como Seven, Misery, El silencio de los corderos, Psicosis, Tesis o Zodiac, y de igual manera disfruto con propuestas menos accesibles, como ésta de Haneke. Pero no creo que espectador tipo de una sala como las mencionadas opine lo mismo que este peatón filmófilo.
Lo más curioso de todo es que en Funny games apenas hay violencia explícita. La mayoría de las agresiones ocurren fuera de plano, sólo hay una escena en la que vemos brotar la sangre, y tampoco hay pornografía. Hay centenares de películas infinitamente más excesivas en la exhibición de la carne y las vísceras. ¿Dónde está el truco, entonces?
La clave está en que Haneke experimentó con algo tan simple como cambiar radicalmente las convenciones. La intención de su película era demostrar que los espectadores nos hemos acostumbrado a un tratamiento de la violencia basado en unos patrones estéticos que no han hecho sino banalizar su significado. Pero el hecho de que lo aceptemos no se debe a que seamos unos seres viles y desaprensivos. Aquí entrarían en juego otros esquemas convencionales, que son los que tienen que ver con la resolución de las tramas y el destino de los personajes, y es ahí (y no en la muestra ostentosa de casquería) donde Funny games resulta rompedora. A la hora de decidir quién se salva o quién muere, Haneke se olvida de los estereotipos del bueno, el malo, el débil, el héroe, el inocente, etc., y nos empuja a la cruda realidad sin concesiones de tipo moral o sentimental.
No obstante, y como ya he dicho, esta nueva versión es calcada a la anterior, salvo en el reparto, por lo que sólo se me ocurren un par de razones para ir a verla. Una, que no se haya visto la primera versión. Y dos, el innegable placer que supone la contemplación de esa maravilla de la naturaleza llamada Naomi Watts.

1 comentario:

Encarna-poesiaintimista dijo...

Bienvenido de nuevo.
Yo creo en el refrén que dice, Poderoso caballero es don dinero.
Y si he de ser sincera, aunque hijos no tengo, me asusta a veces, que mis sobrinos vean o escuchen cosas, que yo no ví ni oí hasta pasada la veintena.
Todo a su debido tiempo.....
B7s.