martes, 22 de julio de 2008

Escatología de diseño

Estaba esperando la cola para pagar en la caja del supermercado. La persona que había delante de mí era una mujer joven, acompañada de dos niños, probablemente sus hijos. Ni siquiera hacía falta mirarles a ellos para saberlo. Quiero decir que bastaba con observar los productos que había sobre el mostrador, en espera de ser facturados por el cajero: cereales para el desayuno, una de esas cajas de color blanco con una letra k enorme y roja; una bolsa de la sección de frutería con un kilo de kiwis, un paquete de galletitas de chocolate y una bolsa de chucherías, gusanitos de esos de color naranja que saben ligeramente a queso.
Centremos nuestra atención en los dos primeros artículos. Los cereales de la k y los kiwis (cuyo nombre empieza también por la misma letra, y empiezo a sospechar que no es en vano).
Parece que la preocupación por cagar se haya convertido últimamente en algo cool, fashion, de moda, imprescindible para la gente del siglo veintiuno, especialmente para las mujeres.
Como en la época revolucionaria de la publicidad de compresas —cuando a alguien se le ocurrió que nadie debía avergonzarse por tener la regla, y los anuncios invitaban a las féminas a salir a la calle y gritar que se sentían orgullosas de sus flujos viscosos—, como en aquellos tiempos, decía, ahora cualquiera diría que las mentes creativas del marketing han cambiado la menstruación por el estreñimiento, como si éste fuera la preocupación mayor de las mujeres de hoy, con el añadido de que más o menos sutilmente acostumbran a asociar una figura esbelta y un cuerpo perfecto con la necesidad de gozar de un tránsito intestinal fluido.
Curioso.
La escatología era tradicionalmente una disciplina de rango inferior y ordinario, un tema de conversación reservado a foros muy particulares, como el patio del colegio o las letrinas de un cuartel. Nuestros padres y abuelos lo esquivaban con retóricos eufemismos, y hablaban de “hacer de cuerpo” o “hacer de vientre”.
Pero un día apareció el galán José Coronado comiendo un yogur e invitando a aliviar las tripas, y el concepto pasó del lado oscuro a las tendencias de vanguardia.
Hace escasamente una década no existían el bífidus activo, ni el omega K, ni el L Casei, ni el Special K, ni siquiera los kiwis, que todavía hay quien los ve como inmigrantes o incluso marcianos en los cajones de las fruterías, pues no hace tanto que comenzaron a importarse (supongo que actualmente ya se cultivan aquí, pero no siempre fue así).
Con ello, se ha dado un paso más (un paso atrás, seguramente), pasando del eufemismo de nuestros abuelos a la omisión supuestamente elegante de las chicas esculturales. Porque ahora es éste el patrón a seguir en los anuncios mencionados: señorita de buen ver (tirando a escuálida más que a jamona, claro), vestida con ropa ajustada (un maillot, una camiseta ceñida, un pijama escueto) o coquetamente informal (un pantalón de chándal holgado y una camiseta que deja a la vista el ombligo), sosteniendo un yogur o un tazón con los cereales de turno (ensopados en cualquier tipo de leche que no sea de vaca; ésa es otra), saliendo del cuarto de baño y acomodándose en el sofá con una sonrisa de oreja a oreja, exultante, pletórica, orgullosa, con la satisfacción del deber cumplido.
Es decir, que ha cagado.
Y todo ello sin una sola alusión escatológica. No me refiero (es obvio) a que se eviten expresiones como “retortijón”, o vulgarismos del tipo “giñar”, “plantar un pino” o “irse de vareta”. Es lógico. Lo que de verdad me asombra son esos guiones elípticos y sugerentes, esa manera educada y remilgada al mismo tiempo que emplean los publicitarios para que una chica guapa nos confiese que antes iba estreñida y ahora celebra el momento de la defecación con gritos de aleluya, pero sin decirlo, estimulando nuestra imaginación como si se tratara de un juego erótico en lugar de escatológico.
Recuerdo que en cierta ocasión, un viejo amigo resentido por la reciente ruptura con su novia, me confesó: “Como ahora necesito olvidarla, me la imagino cagando”. Esto era hace años, claro, antes de que se inventaran los yogures milagrosos. Si hoy se imaginara a su chica en el váter, seguro que corría de nuevo a sus brazos pidiendo una segunda oportunidad.

3 comentarios:

Las3Musas dijo...

jajajajaja

La foto es genial y el texto hace honor a ella.

Evacuemos el mundo, señor peatón. Es un mensaje subliminal que habla de que no nos queda mucho tiempo...

Escatología suena a ciencia antropológica.

bss
musa

satxoska dijo...

genial! destakando la parte tabú-eufemismo: por qué hay gente a la que le molesta la simple pronunciación de una palabra referente al cuerpo humano? (especialmente si se trata del aparato digestivo o reproductor)

El último peatón dijo...

Musa:
Teniendo en cuenta que, como bien dices, tarde o temprano nos desintegraremos cual excremento o banquete de gusanos, no es descabellado asignar la escatología al terreno de las ciencias antropológicas. Así que, ya sabes, disfrutemos de la vida para no hacerla una mierda antes de tiempo...

Satxoska:
Ya he visto que te has dado un garbeo por el blog y has hecho parada en todas las estaciones y apeaderos, como los trenes de antes. Me daré una vuelta por el tuyo.

Besos a las dos.