jueves, 10 de julio de 2008

Cochina envidia

Ayer por la tarde me abordó una joven en la calle Aribau, solicitando mi colaboración para contestar a una encuesta. El sondeo tenía un título tan sugerente y morboso que no pude resistirme a acceder. Se trataba de un estudio para decidir quién es la persona más envidiada del mundo.
A pesar de mi buena voluntad, el cogerme de improviso me impedía decidir con claridad, así que le pedí a la chica que me orientara un poco, y con esa excusa pude saciar de paso mi curiosidad acerca de aquéllos que habían sido elegidos como objetos de la envidia de mis conciudadanos.
La tendencia dominante era tópica y previsible. Lo que más envidiamos no es la belleza, ni la suerte, ni el talento ajeno. Es la pasta, la tela, el frumisiano, la pela. El dinero. Por eso abundaban entre las respuestas los nombres de multimillonarios reconocidos y ostentosos, desde el Sultán de Brunei hasta la Reina de Inglaterra, desde Bill Gates o Donald Trump hasta Amancio Ortega o Emilio Botín, incluyendo también las alusiones a la inevitable vertiente hortera de la familia potentada, con especímenes del tipo Michael Jackson o Paris Hilton.
Más interesante era otra de las tendencias, menos numerosa que la anterior, pero englobada de alguna manera en la misma categoría. La envidia hacia los emperadores anónimos, aquellos personajes cuyos nombre y físico nos son desconocidos, pero de cuya existencia sabemos con certeza: propietarios y magnates de corporaciones o negocios demostradamente lucrativos, pero cuya naturaleza les exime de la esclavitud de la popularidad. El dueño de los almacenes tal, de la firma automovilística cual, de la emisora ésa o de la planta petrolífera aquélla.
Es decir, que al margen del dinero acumulado, también nos da envidia la independencia, la posibilidad de hacer lo que nos dé la gana cuando nos salga de las narices. El mundo sin despertadores, sin jefes y sin calendarios. O, como decía el gran Pèrich: “La diferencia entre un rico y un pobre es que el rico se entera del precio de las cosas sólo en el momento de pagarlas”.
Pero, ojo. No es que la fama no nos provoque pelusa hacia el prójimo. Tal vez sea en parte porque la asociamos inseparablemente con el dinero, pero aun así la autoestima es la autoestima, y no hay nada mejor para curar nuestra propia envidia que provocarle la ajena al vecino de al lado.
El porcentaje de estrellas de cine, de la música o de la tele es casi tan numeroso como el de millonarios, todo ello sin olvidarnos de los Ronaldinhos, Nadales, Alonsos, Beckhams y Gasoles.
El sexo es otro de los anhelos que nos corroe las entrañas cuando les es próspero a los demás. Actores porno, playboys y caraduras de la prensa rosa circulaban con proliferación a lo largo y ancho de la encuesta.
Asimismo, resultaba curiosa la aparición de personajes cuya existencia es poco más que presunta, pero que resultan ideales a la hora de proyectar nuestros deseos imposibles de venganza. Me refiero a figuras como el proctólogo de George Bush o el dentista de Bin Laden. Ahí queda eso.
El resto de la muestra se componía de un batiburrillo heterogéneo a base de ex presidentes de gobierno y ex ministros, ganadores de la lotería primitiva, funcionarios ociosos, gestores inmobiliarios…
Curiosamente (o más bien tristemente), la cultura parece despertarnos menos envidia que las hemorroides. Apenas figuraban en la encuesta uno o dos escritores. La autora de Harry Potter sí había sido muy nombrada, pero la gente se había referido a ella directamente como millonaria, y no como artista, y lo mismo sucedía con Paul McCartney o Steven Spielberg. Por supuesto, nadie dijo envidiar el talento de Leonardo da Vinci, aunque muchos se manifestaron deseosos de ser el hombre aquél que escribió aquello del Código…
En fin.
Como el tiempo apremiaba, no fui capaz de hallar una respuesta meditada, y fue mi corazón el que habló. Así, mi grotesca contestación a la pregunta “¿Quién es la persona que más envidia le despierta?”, fue: “El marido de mi ex novia”.
La joven debió de ver mi cara de panoli y trató entonces de tranquilizarme: “No se preocupe” —me dijo— “No es el único que ha respondido eso”.
Vaya. No es que sea precisamente un consuelo, pero menos es nada.
Además, la persona que más envidio no es ni millonario, ni famoso, ni actor pornográfico, ni empresario, ni futbolista, ni urólogo de políticos.
Como mínimo, original sí que soy.

4 comentarios:

Encarna-poesiaintimista dijo...

No es más rico el que más tiene, sino el que menos necesita.
Si me hubiesen parado a mí en la calle con ese tipo de pregunta, quizá hubiese contestado... la Madre Teresa de Calcuta o tal vez, Vicente ferrer, gente que hacen el bién a cambio de nada, cosa que hoy en día no es muy común, pues el dinero, según parece, lo mueve todo. B7s, Encarna.

El último peatón dijo...

El altruismo puede despertarme admiración, pero no exactamente envidia.
Yo creo que la envidia tiene que ver con algo más primario y terrenal, y por eso este simple peatón envidia, sobre todo, a la gente que no necesita madrugar o seguir un horario para ganarse la vida. Parece una aspiración pequeña, pero no os dejéis engañar por las apariencias...

Las3Musas dijo...

Yo me envidio a mí misma cuando era feliz...


(( me hisciste reir mucho, me dieron ganas de ser encuestadora))

bso de musa

El último peatón dijo...

Oye, pues con tu buen tino para proponer respuestas jugosas (recordemos los deberes de "Bitácoras y libros") a lo mejor nos lo pasábamos de coña haciendo encuestas por ahí.
Cuenta conmigo para el bisnes.
:)
Besos estadísticos.