jueves, 24 de julio de 2008

Afrodita era una gamba

El término “afrodisíaco” proviene del nombre de la diosa griega del amor, Afrodita, figura que representa la sensualidad y el placer amoroso según la mitología clásica (y “una pájara de cuidao”, según el libro La fiambrera prieta. Manual de estilo del macho supremo, editado por Cifuentes y Hnos.).
Una chica que conocí tenía, sin embargo, su propia versión sobre la etimología del término. Para ella, estaba fuera de toda duda que “afrodisíaco” era el resultado de combinar los conceptos “africano” y “paradisíaco”, teniendo en cuenta, sobre todo, la legendaria dotación genital de los aborígenes de aquel continente. Del mismo modo que los estadounidenses han sustituido la palabra “negro” por el eufemismo “afroamericano”, aquella vieja amiga empleaba “afrodisíaco” cuando en realidad quería decir “negro bien dotado”.
Recuerdo que a la buena mujer la encandilaban especialmente los libros sobre pasiones turcas, orientales y exóticas en general; historias de señoras maduras occidentales que un buen día renegaban drásticamente de su acomodada vida burguesa para retirarse a algún rincón inhóspito del planeta donde retozar con un brioso nativo a la sombra de una ruina cualquiera o al amparo de un chamizo en mitad de la jungla. Soñar es gratis.
Mi primera conciencia del término “afrodisíaco” se remonta (como la de todo el mundo, supongo) a la adolescencia. Me acuerdo especialmente de uno de los mitos más populares al respecto: el del marisco. A menudo oíamos a los más mayores alabar las propiedades excitantes del marisco, y hay que tener en cuenta que esto ocurría mucho antes de que se inventaran la Viagra y el Ciripolen.
Claro que, a esa edad de revolución hormonal aguda, la necesidad de agentes externos para provocar la estimulación sonaba literalmente a cuento de viejas. Se levantaba uno cada mañana cual Sandokán con la cimitarra en ristre, sin excepción de lunes a domingo, poseído por una turbación en la que el cuerpo aún mandaba sobre la mente.
Por aquel entonces, la posibilidad de probar el marisco se reducía a los langostinos con mayonesa que de vez en cuando caían al buche cuando te invitaban a la boda de algún primo o pariente cercano.
Poco después, entrado ya en la juventud, la cosa cambia. Cuando uno se incorpora al mundo laboral y empieza a cobrar sus primeras nóminas, se da cuenta de que el presupuesto permite ciertos dispendios esporádicos, más aún si se está en plena fase de noviazgo o seducción. Curiosamente, durante esos primeros años juveniles se le da una importancia capital al entorno romántico, al escenario de las citas. De pronto uno descubre el porqué de las propiedades afrodisíacas del marisco. Es una ecuación de lo más simple: el marisco es afrodisíaco por la misma razón que no lo es el chopped. Invitar a una chica a cenar una mariscada con vino blanco y fino equivale a un porcentaje elevado de culminar el encuentro entre las sábanas o en el asiento trasero del Seat Panda (el de ella en mi caso, claro está). Por otra parte, quedar con ella en la tasca grasienta del barrio para comer un bocata de fiambre supone, a los veinte añitos, una herejía erótica y un antídoto fulminante contra la lujuria.
Pero, afortunadamente, el camino hacia la madurez nos va volviendo menos superficiales y más pragmáticos. La relevancia del contexto espacial de las citas pasa a ser relativa (salvo que uno sea Arturo Fernández o un castigador profesional de baile de salón). Empieza a invadirnos una especie de pereza imaginativa, mezclada al mismo tiempo con el lógico escepticismo que otorga la experiencia.
La plenitud física ya queda atrás, y por tanto las turbaciones de la mente no tienen por qué ir acompasadas con los impulsos biológicos. Lo afrodisíaco comienza a adquirir matices racionales, y termina por ser un estado de ánimo más que una pulsión hormonal.
Es decir, el hecho de que nuestro grado de excitación sea más o menos elevado ya no importa tanto. Sandokán sigue oyendo el rugido del tigre, pero ha desarrollado la capacidad de regular el mando del volumen en función de sus intereses o según la procedencia o no de dar rienda suelta a sus instintos.
Así que ya da igual si quedamos con ella en el palacio de la fritanga, o en una cafetería franquiciada, o en un buffet libre de comida japonesa. Vamos a lo que vamos; al grano.
Parece que hemos mejorado respecto a nuestras correrías de juventud, aunque hay un inconveniente a tener muy en cuenta. Así como hemos sido capaces de restar importancia a los adornos y los protocolos superfluos, de igual modo hemos sabido lo que es experimentar el miedo al fracaso. Eso es porque, aunque el tigre de Malasia podrá rugir hasta que muera, a partir de un momento dado de su vida lo que ya no puede es morder.
Y así, en el último tramo, en la recta final, el atractivo del marisco se reduce a la violación del código de salud que nos impone el médico. La excitación de comer una gamba o un percebe equivale a lo que siente un niño cuando aprueba un examen copiando de una chuleta. El enemigo ya no es la calentura no sofocada, sino el ácido úrico.
Es lo que tiene hacerse mayor.

3 comentarios:

Las3Musas dijo...

Tu disertación escrita me ha impresionado, debo reconocerlo.
Es un buceo interesante por la cabeza de un adulto joven, una antropología del delito para ser más clara :)

El mito de los mariscos... En el fondo radica en que son lo más parecido a una cucaracha marina y te pueden matar si sos alérgico ¿en eso se parecen al deseo, no? :)

Hoy estoy incrédula... me desperté así

Un beso peatonal!!
musa

El último peatón dijo...

No sería descabellado imaginar que el origen del mito afrodisíaco del marisco provenga de tu tierra pampera y patagónica.
Piensa que una de las propiedades significativas de ciertos mariscos es que tienen concha, y, si mis datos no me fallan, tus paisanos llaman "concha" al aparato sexual femenino.

En fin. Será por los calores que me da por pensar en estas cosas...

Besos desde la acera escalfada.

Anónimo dijo...

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