miércoles, 30 de julio de 2008

Me parto

Este artículo fue publicado el pasado 6 de febrero. Me he permitido rescatarlo dada la incontestable actualidad del tema que aborda. No es que me las quiera dar de clarividente ni nada parecido; más bien pretendo, una vez más, reivindicar el derecho a que la retórica mediática no nos deforme la realidad.

Me río por no llorar cada vez que los periodistas y expertos en economía —también los ministros del gremio— hablan de “la preocupación de los ciudadanos por la situación económica”.
Bonita frase, propia de la jerga institucional, pero tan refinadamente retórica como escasamente elocuente.
La “situación económica”, como ellos dicen (o la crisis, la recesión y demás terminología especializada), no es la verdadera preocupación de la gente que compra el pan y se levanta cada mañana a golpe de despertador.
Que la bolsa caiga o se incorpore es importante desde una perspectiva global informativa, como análisis del escenario socio-político-económico mundial, y sin duda será un dato que apasione por igual a historiadores y empresarios.
Pero a mí, sencillo peatón, la bonanza del mercado de los negocios o la obesidad mórbida de las arcas del estado me importan bastante menos que las ridículas subidas salariales y los criminales encarecimientos de los costes básicos de cualquier manutención o supervivencia ciudadana.
Como ni soy experto ni me interesa eso tan feo que se publica en los periódicos de color naranja (o salmón, para los más tiquismiquis), me resisto a tragarme el cuento de que las subidas estratosféricas del café, los huevos, la leche, el pollo, el metro, el teléfono, el alquiler, el seguro, el ocio, la hipoteca o los zapatos, son un síntoma de prosperidad que invita al optimismo.
Ya digo que soy un tarugo en la materia, y quizá por eso creí en su momento que la expresión “riqueza de España” pretendía resumir la suma de las riquezas individuales de todos los ciudadanos españoles. Ahora ya sé que esa presunta riqueza estatal a la que tanto se aferran algunos para justificar sus prebendas y chanchullos no es en absoluto la suma de nuestras humildes aportaciones, sino más bien justo lo contrario, es decir, la interpretación manipulada e interesada de la desproporción evidente entre la minoría pudiente y la vulgaridad restante.
Daos cuenta de que es el mismo criterio que se utiliza en la mayoría de las encuestas. Por ejemplo, cuando vemos publicado en la prensa un estudio que afirma “El salario medio de un trabajador español es de 2.300 euros” (¿mande?), o “Los españoles practican el sexo 1,7 veces a la semana” (¿me lo explica? No sólo lo de la frecuencia, sino qué carajo significan los decimales en el contexto de un caliqueño).
Así pues, los cuatro o cinco espabilaos que viven a cuerpo de rey aportan las cifras necesarias para que el cómputo general salga bien en la foto, y nosotros, encima, nos tenemos que creer que eso quiere decir que somos ricos y nos quejamos por pura afición.
Vamos, que me parto. Me troncho (sobre todo cada vez que me agacho para coger diez céntimos del suelo).

martes, 29 de julio de 2008

Por fin, otra vez

Hará unos setecientos años (bueno, puede que alguno menos), La 2 de Televisión Española programó un ciclo de películas del director germano Fritz Lang, uno de los maestros del cine de todos los tiempos.
A este hombre se le conoce sobre todo por títulos clásicos como Metrópolis, M (el vampiro de Düsseldorf), La mujer del cuadro, Los contrabandistas de Moonfleet, Furia, Los sobornados, Mientras Nueva York duerme o El testamento del Doctor Mabuse.
Además de todas las mencionadas, aquel ciclo de La 2 emitió una auténtica joya del género de suspense o de lo que hoy conocemos como thriller, Más allá de la duda, rodada como guinda a la suculenta etapa americana del director.
No me explico cómo esta excelente película, ya por entonces no muy conocida, ha permanecido en ese injusto ostracismo a lo largo de los años. Ni el VHS, ni el DVD, ni José Luis Garci, ni los canales temáticos por satélite, ni nadie sobre la superficie del planeta parece haberse preocupado por rescatarla (ni siquiera La 2 ha vuelto a programarla desde mediados de los años 80, cuando este peatón la descubrió).
La prueba concluyente de que Más allá de la duda es una obra sumergida en el olvido está en la inexistencia (esperemos que prolongada eternamente) de un remake, algo a lo que los productores del Hollywood actual son adictos y que siguen perpetrando continuamente, aun con títulos de posibilidades infinitamente menores que las de este thriller de Lang.
El milagro se produjo hace cinco años, cuando el heroico cine Méliès del ensanche barcelonés —especializado en reestrenos y reposiciones— se dignó incluir Más allá de la duda en su cartelera durante una semana. Por fin pude volver a ver la película, y mi idealizado recuerdo se vio reforzado. Abandoné el cine con la sensación del que ha asistido al funeral de un ser querido al que conservará en la memoria con cariño y gratitud, pero al que no volverá a ver ni a tocar.
Por suerte, me equivoqué. Hoy, un lustro después, compruebo con gozo que la Filmoteca de Barcelona, dentro de su ciclo titulado “Fritz Lang en América”, me invita esta semana al reencuentro con este viejo amor cinéfilo.
Más allá de la duda es un filme modélico en lo que a los cánones del género se refiere. Una trama que va de más a menos, una intriga creciente con un par de giros sorprendentes y un clímax de los que dejan muesca. Además, posee la virtud añadida de provocar la reflexión del espectador de la mejor manera posible, integrando las cuestiones de peso en la corriente narrativa con naturalidad y elegante sutileza, y, por supuesto, sin pose de artista comprometido ni pretensión de leerle la cartilla a nadie.
Todo ello en poco más de 75 minutos, un dato demoledor en nuestros días, donde abundan los directores que necesitan tres horas y media para contar una historia que a los veinte minutos ya sabes cómo acabará. La película de Lang es de 1956, y puedo aseguraros que el noventa por ciento del cine de suspense y de intriga judicial que se ha filmado desde entonces es deudor en mayor o menor medida de Más allá de la duda.
Puede que a los espectadores de hoy no les impresione ni les sorprenda tanto, y no compartan así mi entusiasmo. Si esto ocurre, no será nunca por debilidades de la película, sino más bien por el uso abusivo de la fórmula en que han incurrido posteriormente tantos otros cineastas.
La facultad de saber contextualizar lo que se está viendo es fundamental a la hora de disfrutar de cualquier obra de arte del pasado. Por poner un ejemplo cualquiera, si un lector de nuestro siglo interpretara el comportamiento de los personajes de una novela de Stendhal o de Balzac con una óptica estrictamente contemporánea, podría sacar la conclusión de que se ha tragado un simple culebrón pasteloso plagado de carcamales, remilgados y mojigatas.
Digo esto porque me temo que puede estar perdiéndose poco a poco la capacidad de interpretar o “entender” el cine antiguo. La sofisticación tecnológica es a menudo el único cebo o atractivo de muchas producciones actuales (algunas de ellas estupendas; ya sabéis que yo no soy precisamente un cinéfilo vegetariano de los que sólo consumen mercancía oriental y documentales minimalistas). El cartón piedra y las transparencias rudimentarias aparecen constantemente en las películas de Wilder o de Hitchcock, de Welles o de Ford, y por desgracia ese detalle puramente superficial empieza a provocar la mofa o el desdén del público más joven (días atrás escuché algunos testimonios ciertamente lamentables en un programa de radio). Esto me hace reflexionar sobre si determinados filmes venerados por millones de espectadores gracias a su trama sorprendente (desde Seven o El sexto sentido hasta Sospechosos habituales o Cadena perpetua) no hubieran sido hoy despreciados masivamente de haberse rodado en blanco y negro hace cuarenta años.
En fin. Para los libres de todo prejuicio estético o cronológico, me permitiré reivindicar Más allá de la duda, una obra que espero reciba algún día el reconocimiento que se merece. Por mí, que no quede.

sábado, 26 de julio de 2008

La pobre señora de Matusalén

Cada día encuentro referencias a algún estudio, sondeo o investigación que, lejos de fomentar mi interés por la ciencia o seudociencia conocida como Estadística, me acercan cada vez más al convencimiento de que dicha disciplina se inventó para dar una coartada matemática al entretenimiento inútil de ciertos individuos que, en vista de los frutos obtenidos, deben de aburrirse soberanamente.
Fijaos en el titulito en cuestión: “Una rencilla ocasional con el cónyuge puede prolongar la vida, según un estudio”.
Más adelante, encontramos en el redactado de la noticia perlas como “Pelear de vez en cuando con su cónyuge no solo puede resolver algún problema, también puede dar más años de vida”; o “Cuando ambos cónyuges suprimen su indignación ante un ataque o una crítica injusta del otro, la muerte prematura es el doble más probable que en los otros tipos”; o aún más tajante: “En los matrimonios en que sus miembros se tragan su indignación puede esperarse una muerte prematura”.
Esto ha sido perpetrado por la Escuela de Salud Pública y del Departamento de Psicología de la Universidad de Michigan, y fue divulgado para el bien común por la revista Journal of Familily Communication.
Si nos dicen que desahogarse beneficia a nuestra salud ninguno lo vamos a negar. No creo que nadie cuestione los beneficios orgánicos de sacar para afuera todo el mal que nos corroe por dentro. Todos sabemos que no conviene guardarse las emociones (sobre todo si son malas) y que es mejor airearlas para espantarlas lo antes posible.
Lo que no puede hacerse es circunscribir dicha práctica al entorno limitado de la pareja y, peor aún, hacerlo sinónimo de pelea en un contexto tan delicado. La palabra pelea posee unas connotaciones físicas que no tienen por qué derivarse de otras expresiones más apropiadas para lo que se nos quiere describir, como discutir, intercambiar pareceres, quejarse, discrepar, decirse las verdades a la cara o incluso mandarse a hacer puñetas.
Afirmar además que pelearse alarga la vida es todavía más desaprensivamente ridículo, cuando cada día se producen decenas de noticias sobre violencia conyugal, cuyas tristes protagonistas son mujeres que han muerto precisamente porque sus maridos deciden que sea ésa la forma de culminar una discusión de pareja.
Me parece perfectamente lícito que un psicólogo o un especialista nos aconseje el desahogo o la extroversión, si eso repercute positivamente en nuestra salud o nos redime de ciertas dolencias o traumas. Lo que no entiendo es que nadie pueda recomendarnos discutir o montar bronca exclusivamente con nuestra pareja (¿por qué no discutir con el jefe, con el vecino o con el pescadero?). ¿Regañar con alguien que no nos follemos no alarga también la vida o qué? Ya me diréis.
Decir barbaridades como que una rencilla con el cónyuge puede “dar más años de vida” es una interpretación de los hechos que podríamos calificar de pueril, siendo inmensamente benévolos (dan ganas de llamarles otra cosa, sobre todo pensando que, como bien afirman ellos mismos, provocar una bronca nos alargará la vida).
Imaginemos que a alguien se le ocurre la tontería de verificar el color de pelo de las personas que mueren de un infarto. Por fuerza habrá de obtenerse un número, un dato. Ahora sigamos imaginando que el resultado del recuento efectuado entre 100 fallecidos por ataque cardíaco es el siguiente: 44 morenos, 32 castaños, 13 rubios, 9 pelirrojos, 2 calvos. Aun sabiendo que esto no vale absolutamente para nada, continuemos imaginando que el estudio se publica en un periódico con el titular: “Ser moreno es más peligroso para el corazón y puede causar la muerte”; o bien: “Ser calvo alarga la vida”. Pues eso.
Me parece que los medios de comunicación deberían empezar a ignorar este tipo de estudios botarates que, al margen de su inutilidad manifiesta, pueden en algún caso llegar a crear peligrosas confusiones y, sobre todo, faltar al respeto a aquellos que verdaderamente padecen según qué problemas.
Por mucho aval universitario que tenga la escuela que ha hecho el estudio mencionado hoy aquí, y por mucho nombre americano que ostente la revista que lo ha publicado, su rigor y credibilidad son absolutamente nulos, y la presunta labor divulgativa que debería desprenderse del mismo estará, como mucho, escondida en algún lugar viscoso y maloliente de semejante excremento estadístico.
Según consta en las sagradas escrituras, Matusalén vivió hasta los 969 años. Gracias a la Universidad de Michigan, ahora sabemos el calvario que tuvo que soportar su pobre esposa...

jueves, 24 de julio de 2008

Afrodita era una gamba

El término “afrodisíaco” proviene del nombre de la diosa griega del amor, Afrodita, figura que representa la sensualidad y el placer amoroso según la mitología clásica (y “una pájara de cuidao”, según el libro La fiambrera prieta. Manual de estilo del macho supremo, editado por Cifuentes y Hnos.).
Una chica que conocí tenía, sin embargo, su propia versión sobre la etimología del término. Para ella, estaba fuera de toda duda que “afrodisíaco” era el resultado de combinar los conceptos “africano” y “paradisíaco”, teniendo en cuenta, sobre todo, la legendaria dotación genital de los aborígenes de aquel continente. Del mismo modo que los estadounidenses han sustituido la palabra “negro” por el eufemismo “afroamericano”, aquella vieja amiga empleaba “afrodisíaco” cuando en realidad quería decir “negro bien dotado”.
Recuerdo que a la buena mujer la encandilaban especialmente los libros sobre pasiones turcas, orientales y exóticas en general; historias de señoras maduras occidentales que un buen día renegaban drásticamente de su acomodada vida burguesa para retirarse a algún rincón inhóspito del planeta donde retozar con un brioso nativo a la sombra de una ruina cualquiera o al amparo de un chamizo en mitad de la jungla. Soñar es gratis.
Mi primera conciencia del término “afrodisíaco” se remonta (como la de todo el mundo, supongo) a la adolescencia. Me acuerdo especialmente de uno de los mitos más populares al respecto: el del marisco. A menudo oíamos a los más mayores alabar las propiedades excitantes del marisco, y hay que tener en cuenta que esto ocurría mucho antes de que se inventaran la Viagra y el Ciripolen.
Claro que, a esa edad de revolución hormonal aguda, la necesidad de agentes externos para provocar la estimulación sonaba literalmente a cuento de viejas. Se levantaba uno cada mañana cual Sandokán con la cimitarra en ristre, sin excepción de lunes a domingo, poseído por una turbación en la que el cuerpo aún mandaba sobre la mente.
Por aquel entonces, la posibilidad de probar el marisco se reducía a los langostinos con mayonesa que de vez en cuando caían al buche cuando te invitaban a la boda de algún primo o pariente cercano.
Poco después, entrado ya en la juventud, la cosa cambia. Cuando uno se incorpora al mundo laboral y empieza a cobrar sus primeras nóminas, se da cuenta de que el presupuesto permite ciertos dispendios esporádicos, más aún si se está en plena fase de noviazgo o seducción. Curiosamente, durante esos primeros años juveniles se le da una importancia capital al entorno romántico, al escenario de las citas. De pronto uno descubre el porqué de las propiedades afrodisíacas del marisco. Es una ecuación de lo más simple: el marisco es afrodisíaco por la misma razón que no lo es el chopped. Invitar a una chica a cenar una mariscada con vino blanco y fino equivale a un porcentaje elevado de culminar el encuentro entre las sábanas o en el asiento trasero del Seat Panda (el de ella en mi caso, claro está). Por otra parte, quedar con ella en la tasca grasienta del barrio para comer un bocata de fiambre supone, a los veinte añitos, una herejía erótica y un antídoto fulminante contra la lujuria.
Pero, afortunadamente, el camino hacia la madurez nos va volviendo menos superficiales y más pragmáticos. La relevancia del contexto espacial de las citas pasa a ser relativa (salvo que uno sea Arturo Fernández o un castigador profesional de baile de salón). Empieza a invadirnos una especie de pereza imaginativa, mezclada al mismo tiempo con el lógico escepticismo que otorga la experiencia.
La plenitud física ya queda atrás, y por tanto las turbaciones de la mente no tienen por qué ir acompasadas con los impulsos biológicos. Lo afrodisíaco comienza a adquirir matices racionales, y termina por ser un estado de ánimo más que una pulsión hormonal.
Es decir, el hecho de que nuestro grado de excitación sea más o menos elevado ya no importa tanto. Sandokán sigue oyendo el rugido del tigre, pero ha desarrollado la capacidad de regular el mando del volumen en función de sus intereses o según la procedencia o no de dar rienda suelta a sus instintos.
Así que ya da igual si quedamos con ella en el palacio de la fritanga, o en una cafetería franquiciada, o en un buffet libre de comida japonesa. Vamos a lo que vamos; al grano.
Parece que hemos mejorado respecto a nuestras correrías de juventud, aunque hay un inconveniente a tener muy en cuenta. Así como hemos sido capaces de restar importancia a los adornos y los protocolos superfluos, de igual modo hemos sabido lo que es experimentar el miedo al fracaso. Eso es porque, aunque el tigre de Malasia podrá rugir hasta que muera, a partir de un momento dado de su vida lo que ya no puede es morder.
Y así, en el último tramo, en la recta final, el atractivo del marisco se reduce a la violación del código de salud que nos impone el médico. La excitación de comer una gamba o un percebe equivale a lo que siente un niño cuando aprueba un examen copiando de una chuleta. El enemigo ya no es la calentura no sofocada, sino el ácido úrico.
Es lo que tiene hacerse mayor.

martes, 22 de julio de 2008

Escatología de diseño

Estaba esperando la cola para pagar en la caja del supermercado. La persona que había delante de mí era una mujer joven, acompañada de dos niños, probablemente sus hijos. Ni siquiera hacía falta mirarles a ellos para saberlo. Quiero decir que bastaba con observar los productos que había sobre el mostrador, en espera de ser facturados por el cajero: cereales para el desayuno, una de esas cajas de color blanco con una letra k enorme y roja; una bolsa de la sección de frutería con un kilo de kiwis, un paquete de galletitas de chocolate y una bolsa de chucherías, gusanitos de esos de color naranja que saben ligeramente a queso.
Centremos nuestra atención en los dos primeros artículos. Los cereales de la k y los kiwis (cuyo nombre empieza también por la misma letra, y empiezo a sospechar que no es en vano).
Parece que la preocupación por cagar se haya convertido últimamente en algo cool, fashion, de moda, imprescindible para la gente del siglo veintiuno, especialmente para las mujeres.
Como en la época revolucionaria de la publicidad de compresas —cuando a alguien se le ocurrió que nadie debía avergonzarse por tener la regla, y los anuncios invitaban a las féminas a salir a la calle y gritar que se sentían orgullosas de sus flujos viscosos—, como en aquellos tiempos, decía, ahora cualquiera diría que las mentes creativas del marketing han cambiado la menstruación por el estreñimiento, como si éste fuera la preocupación mayor de las mujeres de hoy, con el añadido de que más o menos sutilmente acostumbran a asociar una figura esbelta y un cuerpo perfecto con la necesidad de gozar de un tránsito intestinal fluido.
Curioso.
La escatología era tradicionalmente una disciplina de rango inferior y ordinario, un tema de conversación reservado a foros muy particulares, como el patio del colegio o las letrinas de un cuartel. Nuestros padres y abuelos lo esquivaban con retóricos eufemismos, y hablaban de “hacer de cuerpo” o “hacer de vientre”.
Pero un día apareció el galán José Coronado comiendo un yogur e invitando a aliviar las tripas, y el concepto pasó del lado oscuro a las tendencias de vanguardia.
Hace escasamente una década no existían el bífidus activo, ni el omega K, ni el L Casei, ni el Special K, ni siquiera los kiwis, que todavía hay quien los ve como inmigrantes o incluso marcianos en los cajones de las fruterías, pues no hace tanto que comenzaron a importarse (supongo que actualmente ya se cultivan aquí, pero no siempre fue así).
Con ello, se ha dado un paso más (un paso atrás, seguramente), pasando del eufemismo de nuestros abuelos a la omisión supuestamente elegante de las chicas esculturales. Porque ahora es éste el patrón a seguir en los anuncios mencionados: señorita de buen ver (tirando a escuálida más que a jamona, claro), vestida con ropa ajustada (un maillot, una camiseta ceñida, un pijama escueto) o coquetamente informal (un pantalón de chándal holgado y una camiseta que deja a la vista el ombligo), sosteniendo un yogur o un tazón con los cereales de turno (ensopados en cualquier tipo de leche que no sea de vaca; ésa es otra), saliendo del cuarto de baño y acomodándose en el sofá con una sonrisa de oreja a oreja, exultante, pletórica, orgullosa, con la satisfacción del deber cumplido.
Es decir, que ha cagado.
Y todo ello sin una sola alusión escatológica. No me refiero (es obvio) a que se eviten expresiones como “retortijón”, o vulgarismos del tipo “giñar”, “plantar un pino” o “irse de vareta”. Es lógico. Lo que de verdad me asombra son esos guiones elípticos y sugerentes, esa manera educada y remilgada al mismo tiempo que emplean los publicitarios para que una chica guapa nos confiese que antes iba estreñida y ahora celebra el momento de la defecación con gritos de aleluya, pero sin decirlo, estimulando nuestra imaginación como si se tratara de un juego erótico en lugar de escatológico.
Recuerdo que en cierta ocasión, un viejo amigo resentido por la reciente ruptura con su novia, me confesó: “Como ahora necesito olvidarla, me la imagino cagando”. Esto era hace años, claro, antes de que se inventaran los yogures milagrosos. Si hoy se imaginara a su chica en el váter, seguro que corría de nuevo a sus brazos pidiendo una segunda oportunidad.

sábado, 19 de julio de 2008

El respeto al gusto ajeno

Hay una diferencia importante entre afirmar que una película no nos gusta y decir que es “mala”.
Esta última fórmula es, curiosamente, la más empleada y popular, supongo que porque nos otorga una posición de mayor fuerza a la hora de defender nuestro argumento, o bien porque nos hace parecer más entendidos, o sencillamente porque en el fondo disfrutamos más opinando negativamente que positivamente sobre lo que sea (esto vale para el cine, la política, el fútbol o el trabajo).
Me parece perfecto que todo el mundo pueda expresar libremente sus gustos. Cualquiera tiene derecho a decir que algo no le gusta aunque esa obra sea venerada por el resto de la humanidad. Sin embargo, creo que para permitirse calificar de “mala” a una película se requiere un mínimo conocimiento del tema.
Estoy harto de escuchar el dichoso latiguillo a personas que han ido al cine cuatro veces en su vida, y por ahí no paso.
No se trata de querer imponer mis gustos, huelga decirlo. Lo que sí censuro es que se falte al respeto a las demás personas a quienes les gusta la película, la canción o la novela en cuestión. No cuesta nada decir “Esto no me gusta” sin necesidad de recrearse en muletillas despectivas del estilo de “Qué malo es” o “Vaya puta mierda”, que son, por desgracia, las más habituales.
Si lo aplicamos al terreno de la gastronomía se ve más fácilmente. Imaginaos que estáis comiendo vuestro plato favorito, y que ese alimento en concreto no le gusta al comensal que tenéis sentado enfrente. Pues bien, ¿cómo os sentaría que el tipo empezara a hacer muecas de asco y a exclamar “¡Vaya mierda de comida, qué porquería, me dan ganas de vomitar!”?
Creo que, de igual manera, no deberíamos despreciar tan vehementemente un libro o una película que no nos gusta delante de los demás. Primero, por simple educación. Segundo, porque los demás tienen derecho a no compartir sus gustos con los nuestros. Y tercero, porque esa manera categórica y agresiva de denostar una obra provoca una situación irremediablemente incómoda. Yo la he vivido en innumerables ocasiones, y sé de lo que hablo.
Decenas de veces ha salido a colación el título de una película en el transcurso de una conversación y, antes de que los presentes pudiéramos dar nuestra opinión, alguien se ha despachado con un “Vaya puto coñazo de mierda”, o “Es malísima, para tontos”, o “Menuda gilipollez de película”, y entonces ha anulado cualquier posibilidad de defender lo contrario sin riesgo de iniciar una acalorada discusión.
Es más, si se intenta contrarrestar el comentario de marras de forma educada y tranquila, parecerá que es uno el que quiere provocar la situación incómoda y dejar al bravucón en evidencia (lo mismo que cuando alguien afirma con rotundidad algo como: “Los funcionarios son unos vagos mantenidos”, y otra persona le responde a continuación, con serenidad y casi con miedo: “Mi padre es funcionario”. Pensad en cuál de los dos se sentirá más incómodo).
En el encabezamiento de este blog podéis leer que “El diálogo sin discrepancia es muy aburrido”. Desde luego que mantengo dicha máxima, pero parece ser que hay quien confunde discrepancia con bronca, con radicalismo. O tal vez sólo utilicen su reaccionario sentido crítico para defenderse de su ignorancia.
Hace unos meses vi una intervención del director Fernando Trueba en un programa de televisión donde se discutía (civilizadamente, por supuesto) sobre la situación actual del cine español. De entrada, mi opinión estaba más del lado de los que sostenían que la producción cinematográfica nacional estaba aún a años luz de las de otros países como el Reino Unido, Francia, o no digamos ya de la industria norteamericana. Eso no quiere decir que aquí no haya buenos profesionales ni creadores con talento, que los hay, pero parece que sólo existan dos posibles posturas a adoptar: la de arrogante superioridad o la de patético victimismo (unos hacen anuncios un tanto grotescos tratando de ridiculizar el cine americano y otros se pasan la vida llorando por las propinas gubernamentales). En fin, el programa proponía también una encuesta entre los espectadores (que debían contestar enviando un SMS), y la pregunta era “¿Debería recibir más subvenciones estatales el cine español?”. El resultado fue aplastantemente mayoritario a favor del NO. Pues bien, a pesar de que dicho resultado se ajustaba más o menos a lo que yo mismo pensaba, y mientras los invitados defensores del NO se regodeaban en sus asientos de tertulianos, Trueba salió del trance con una reflexión que no sólo era defensiva, sino también enormemente acertada: “Es normal que salga el NO”, y añadió: “A estas cosas sólo llaman los que están en contra”.
Absolutamente cierto. Comparto plenamente la apreciación de Trueba, aunque aquel día no pensara lo mismo que él sobre otros asuntos puestos a debate.
Está claro que nos va la marcha, y que nos motiva mucho más el voto destructivo y censor que el afirmativo y de apoyo.
Quizá por eso se ve a tan poca gente defender apasionadamente sus películas favoritas y, sin embargo, no paro de toparme con individuos que, haciendo gala de pésimos modales (y a veces de un escandaloso desconocimiento de la materia), me insultan (explícita o implícitamente, tanto da) dando por hecho que sus juicios airados e irrespetuosos son la verdad absoluta e incuestionable.
Una pena.

jueves, 17 de julio de 2008

Horario comercial doméstico


A todos os sonarán conceptos muy propios de nuestros días como “marketing agresivo” o “publicidad agresiva”. Para quien no lo sepa, y por simplificarlo, esto vendría a ser una traslación en términos comerciales de aquella célebre cita que dice “Si la montaña no viene a Mahoma, Mahoma irá a la montaña”.
Estas campañas “agresivas” suelen potenciarse por medio de dos armas implacables: la insistencia y la provocación. No es que me guste precisamente el término, pero también es verdad que nunca he tenido problemas para interpretar que lo agresivo en este contexto no es sinónimo de “violento”, sino más bien de “pelmazo”.
Pero —oh, cielos— de repente alguien inventó eso que se conoce como el telemarketing, y se acabó la paz.
Cada tarde al volver a casa me dedico a borrar los tres o cuatro mensajes de rigor que me han dejado grabados en el contestador automático sendas compañías o empresas, por regla general de telefonía móvil, televisión por cable, conexiones a Internet, tarjetas de crédito y otras veleidades bancarias.
Hasta aquí todo va bien. Es un engorro, ya lo he dicho. Una molestia; pero no pasa de eso.
Ahora bien, de un tiempo a esta parte, Mahoma se ha tomado muy en serio eso de invadir la montaña y clavar su bandera en la cumbre. No sé si os pasa a vosotros, pero últimamente estoy recibiendo no pocas de esas llamadas comerciales a las ocho, las nueve o incluso las diez de la noche. Siempre contesto de mala manera, pero da igual. Las personas que atienden el teléfono tienen la obligación de insistir, de hacer oídos sordos a las quejas, las imprecaciones o los insultos que el agraviado consumidor pueda proferirles por llamar a horas intempestivas. Son unos mandados, ya lo sé.
Sé de sobra que tienen un guión que deben seguir al dedillo y en el que están contempladas todas nuestras reacciones, por lo que siempre hay un plan B, y luego un plan C, y así sucesivamente, hasta que se salgan con la suya y logren endosarte el producto en cuestión.
No seré yo quien cuestione la efectividad de estas técnicas, que seguro han sido ideadas por una eminencia en la materia, pero como cliente en potencia os puedo asegurar que también tengo un “horario comercial”, y que ese horario es prácticamente el mismo que el de las tiendas de la calle. Si me llaman a la hora de la cena para venderme lo que sea, mi reacción será invariablemente la misma: agresividad.
Pero en este caso real. Mala leche, vamos

lunes, 14 de julio de 2008

Los ojos de los amigos

La historia nos la sabemos de memoria. Un joven va cargado con su saco de ropa sucia a la lavandería del barrio. El local es un autoservicio, lo que significa que las lavadoras funcionan echándoles una moneda y que el detergente corre por cuenta del cliente.
Como el programa de lavado dura su tiempo, el establecimiento ofrece servicios y comodidades añadidas, como una máquina de café o sillas típicas de sala de espera, de color naranja butano y de pétreo plástico machacaculos.
En la lavandería hay más gente, por supuesto. Cómo no, siempre hay una chica de la edad de nuestro protagonista, leyendo un libro o haciendo globos con un chicle para espantar o domesticar el aburrimiento.
También prolifera la típica situación conocida como “Me he olvidado el suavizante, ¿te importaría prestarme el tuyo?”, o “Creo que has metido un tanga rojo entre tu colada blanca”.
Da igual. La cuestión es que lo que viene después está más cantado que la Macarena. Flechazo, flirteo y romance asegurado.
Bien.
La escena descrita, por muy familiar que nos resulte, no deja de ser una irrealidad tramposa, una de esas costumbres que creemos reales por un simple efecto de acumulación, sobre todo a fuerza de verlas repetidas hasta la saciedad en películas o series de televisión.
Siempre me ha fascinado esta imagen idealizada de las lavanderías. Parece que en estos sitios se ligue más que en los bares o las fiestas. Claro que hablamos de las lavanderías norteamericanas, porque las de aquí, que son las que conozco, puedo asegurar que carecen de todo encanto.
Hay contadas excepciones, como siempre. Alguna que otra vez he visto en mi ciudad lavanderías como las del cine, pero el ambiente que se respira es cualquier cosa menos el propicio para dedicarse al alterne.
Lo que me ha llamado la atención últimamente es comprobar que en los pocos locales mencionados han empezado a instalar pantallas de Internet. Como idea comercial me parece estupenda, aunque rompe el romanticismo del icono cinematográfico. Ya no habrá tediosas esperas ni jovencitas mascando chicle o leyendo a Henry Miller. Ahora la gente ligará, eso sí, pero será virtualmente, a través de los chats o las páginas de contactos.
Como sabéis que cada día me estoy volviendo más antiguo, yo sigo prefiriendo que mis amigos tengan ojos y conocerles por sus nombres del DNI, en lugar de por sus alias cibernéticos.
Un texto bien escrito puede enmascarar a un perfecto cretino (mejorando lo presente) y, de igual manera, un redactado desastroso puede disuadirnos de conocer a una persona maravillosa. Los ojos casi nunca engañan, aunque mis admirados Golpes Bajos afirmaran lo contrario.
Ya sé que seducir es, básicamente, mentir. Por eso mismo, quien quiera engañarme, que al menos dé la cara, ¿no?

jueves, 10 de julio de 2008

Cochina envidia

Ayer por la tarde me abordó una joven en la calle Aribau, solicitando mi colaboración para contestar a una encuesta. El sondeo tenía un título tan sugerente y morboso que no pude resistirme a acceder. Se trataba de un estudio para decidir quién es la persona más envidiada del mundo.
A pesar de mi buena voluntad, el cogerme de improviso me impedía decidir con claridad, así que le pedí a la chica que me orientara un poco, y con esa excusa pude saciar de paso mi curiosidad acerca de aquéllos que habían sido elegidos como objetos de la envidia de mis conciudadanos.
La tendencia dominante era tópica y previsible. Lo que más envidiamos no es la belleza, ni la suerte, ni el talento ajeno. Es la pasta, la tela, el frumisiano, la pela. El dinero. Por eso abundaban entre las respuestas los nombres de multimillonarios reconocidos y ostentosos, desde el Sultán de Brunei hasta la Reina de Inglaterra, desde Bill Gates o Donald Trump hasta Amancio Ortega o Emilio Botín, incluyendo también las alusiones a la inevitable vertiente hortera de la familia potentada, con especímenes del tipo Michael Jackson o Paris Hilton.
Más interesante era otra de las tendencias, menos numerosa que la anterior, pero englobada de alguna manera en la misma categoría. La envidia hacia los emperadores anónimos, aquellos personajes cuyos nombre y físico nos son desconocidos, pero de cuya existencia sabemos con certeza: propietarios y magnates de corporaciones o negocios demostradamente lucrativos, pero cuya naturaleza les exime de la esclavitud de la popularidad. El dueño de los almacenes tal, de la firma automovilística cual, de la emisora ésa o de la planta petrolífera aquélla.
Es decir, que al margen del dinero acumulado, también nos da envidia la independencia, la posibilidad de hacer lo que nos dé la gana cuando nos salga de las narices. El mundo sin despertadores, sin jefes y sin calendarios. O, como decía el gran Pèrich: “La diferencia entre un rico y un pobre es que el rico se entera del precio de las cosas sólo en el momento de pagarlas”.
Pero, ojo. No es que la fama no nos provoque pelusa hacia el prójimo. Tal vez sea en parte porque la asociamos inseparablemente con el dinero, pero aun así la autoestima es la autoestima, y no hay nada mejor para curar nuestra propia envidia que provocarle la ajena al vecino de al lado.
El porcentaje de estrellas de cine, de la música o de la tele es casi tan numeroso como el de millonarios, todo ello sin olvidarnos de los Ronaldinhos, Nadales, Alonsos, Beckhams y Gasoles.
El sexo es otro de los anhelos que nos corroe las entrañas cuando les es próspero a los demás. Actores porno, playboys y caraduras de la prensa rosa circulaban con proliferación a lo largo y ancho de la encuesta.
Asimismo, resultaba curiosa la aparición de personajes cuya existencia es poco más que presunta, pero que resultan ideales a la hora de proyectar nuestros deseos imposibles de venganza. Me refiero a figuras como el proctólogo de George Bush o el dentista de Bin Laden. Ahí queda eso.
El resto de la muestra se componía de un batiburrillo heterogéneo a base de ex presidentes de gobierno y ex ministros, ganadores de la lotería primitiva, funcionarios ociosos, gestores inmobiliarios…
Curiosamente (o más bien tristemente), la cultura parece despertarnos menos envidia que las hemorroides. Apenas figuraban en la encuesta uno o dos escritores. La autora de Harry Potter sí había sido muy nombrada, pero la gente se había referido a ella directamente como millonaria, y no como artista, y lo mismo sucedía con Paul McCartney o Steven Spielberg. Por supuesto, nadie dijo envidiar el talento de Leonardo da Vinci, aunque muchos se manifestaron deseosos de ser el hombre aquél que escribió aquello del Código…
En fin.
Como el tiempo apremiaba, no fui capaz de hallar una respuesta meditada, y fue mi corazón el que habló. Así, mi grotesca contestación a la pregunta “¿Quién es la persona que más envidia le despierta?”, fue: “El marido de mi ex novia”.
La joven debió de ver mi cara de panoli y trató entonces de tranquilizarme: “No se preocupe” —me dijo— “No es el único que ha respondido eso”.
Vaya. No es que sea precisamente un consuelo, pero menos es nada.
Además, la persona que más envidio no es ni millonario, ni famoso, ni actor pornográfico, ni empresario, ni futbolista, ni urólogo de políticos.
Como mínimo, original sí que soy.

martes, 8 de julio de 2008

La fama que salpica

Tal como están las cosas, no cabe duda de que ser famoso es hoy un concepto sobrevalorado.
Aún podemos recordar los tiempos en que la fama era la consecuencia de algún mérito o logro destacado. La esencia y el prestigio de la fama residían precisamente en su carácter minoritario y extraordinario; era un reconocimiento reservado a los protagonistas y autores de una proeza inusual, de una heroicidad poco frecuente, de un descubrimiento científico innovador, de un pensamiento genial o revolucionario, de una obra de arte inmortal…
Asimismo, la celebridad le otorgaba al famoso un carisma que se traducía en una cierta distancia marcada por el respeto. Muy al contrario de lo que sucede en nuestros días, ciertamente. Hemos pasado de tener a nuestros ídolos sobre un pedestal a considerarlos nuestras marionetas, a creernos con derecho a manejar sus destinos, a olisquear sus privacidades y a exigir la crónica de sus miserias amparados en un chusco y lamentable concepto del derecho a la información.
La parafernalia tradicional de autógrafos, posters y revistas ha sido reemplazada por una nueva burocracia de denuncias, querellas, demandas e informes judiciales de variopinta índole, a la que hay que sumar la proliferación incontrolada de gacetas virtuales y rondos televisivos.
Así que ahora la fama es más peligrosa que nunca. Por supuesto que el riesgo de los juguetes rotos y los ídolos de barro siempre existió, pero a eso habría que añadirle hoy el nuevo peligro de la fama salpicada o por rebote involuntario.
Imaginaos que un ex amigo, ex amante, ex compañero o ex loquesea vuestro se apunta a participar en un concurso de televisión de esos que, más allá del programa en sí, deriva posteriormente en una peregrinación masiva a lo largo y ancho de la parrilla de canales.
Y, lo que es más grave, imaginaos también que le da por largar intimidades que os atañen, o, peor aún, mentiras escandalosas en las que os veis involucrados por el sólo hecho de aumentar su caché y prolongar la demanda de sus testimonios en los platós.
Imaginad que un ex loquesea vuestro acude a uno de esos programas de sorpresas que son más bien sustos para exclamar a los cuatro vientos el daño que le hicisteis, o los cuernos que le pusisteis, o los que os puso él o ella a vosotros, o que aún se muere por vuestro amor, o que ha intentado quitarse la vida por culpa de vuestro desdén, o que hay un hijo que lleva vuestro apellido, o que todavía le debéis cien mil pesetas, o cualquiera de esas confesiones que os provocarán un brote de vergüenza ajena corrosiva e irreparable.
Así que, para nuestra desgracia, ser famoso ya no es exactamente un premio, ni tampoco algo a lo que podamos renunciar por propia voluntad. Ahora basta con tener un pasado. ¿Y quién no lo tiene?

domingo, 6 de julio de 2008

Extraños juegos mercantiles

Hace ahora diez años, se estrenaba casi de tapadillo Funny games, del director austriaco Michael Haneke.
Para que os hagáis una idea, en Barcelona sólo se distribuyó una copia, que fue a parar a una sala minúscula (la ya extinta sala Alexis de los Cines Alexandra) y fue proyectada en la pantalla literalmente más pequeña de toda la ciudad (hoy en día hay televisores más grandes que aquella difunta pantalla. Palabra).
Estaba claro que se trataba de un filme categóricamente minoritario. Cine de autor europeo, excéntrico y radical, sólo apto para espeleólogos filmotecarios y de exhibición limitada a festivales o ciclos de eso que antes llamaban arte y ensayo.
Aquel ninguneo en la distribución era toda una declaración de intenciones, un aviso del espíritu genuinamente sectario de la propuesta de Haneke, pero los responsables del cine donde se estrenó hace una década aún se encargaron de añadir un elemento disuasorio más. Recuerdo que, sobre el cartel publicitario de la película, la dirección del Cine Alexandra había colocado un letrero que advertía de que Funny games podía herir gravemente la sensibilidad de los espectadores, en particular la de aquéllos que tuvieran hijos.
Nunca antes ni después he visto una advertencia de ese tipo. Ni siquiera en cines donde ponían películas de gore extremo, sangrientas, salvajes o truculentas.
Personalmente, creo que aquella medida provocó el efecto contrario, y lo que produjo fue un interés repentino en algunos espectadores por ver la película, llamémosle morbo, masoquismo o como sea.
Aun así, desde luego que no fue ningún taquillazo, y apenas duró unas semanas en cartel, si bien los éxitos posteriores de su director con títulos como La pianista o Caché han reforzado el aura de Funny games como obra de culto.
Y ahora, dos lustros después, esa misma película se estrena a bombo y platillo, con cerca de veinte copias en toda Barcelona, en las salas multitudinarias de Cinesa, Filmax, Lauren y el Grup Balañá, donde no sólo podrán verla padres de familia, sino también sus propios hijos.
¿A qué se debe este inexplicable giro? Pues a la pasta, supongo. Haneke ha vuelto a rodar la misma película, exacta, plano a plano, diálogo a diálogo, pero esta vez lo ha hecho en Estados Unidos y con actores más o menos conocidos. Y ya está. No parece muy lógico, pero es lo que hay.
Presiento oleadas de decepción masiva entre las legiones de adolescentes palomiteros que irán a verla creyendo que es un thriller con acción. También presumo indignaciones por su descarada crueldad, pero sobre todo por su estilo recalcitrantemente austero y por el desconcierto de un público mayoritariamente acostumbrado al estruendo y el montaje frenético, que se escandalizará ante las señas de identidad propias de este autor: silencio sepulcral de fondo, planos fijos eternos en los que aparentemente no ocurre nada y planos-secuencia igualmente interminables en los que los personajes apenas se mueven.
Esto no tiene que ver con que unas películas sean mejores o peores que otras. En lo que a mí respecta, me encantan filmes como Seven, Misery, El silencio de los corderos, Psicosis, Tesis o Zodiac, y de igual manera disfruto con propuestas menos accesibles, como ésta de Haneke. Pero no creo que espectador tipo de una sala como las mencionadas opine lo mismo que este peatón filmófilo.
Lo más curioso de todo es que en Funny games apenas hay violencia explícita. La mayoría de las agresiones ocurren fuera de plano, sólo hay una escena en la que vemos brotar la sangre, y tampoco hay pornografía. Hay centenares de películas infinitamente más excesivas en la exhibición de la carne y las vísceras. ¿Dónde está el truco, entonces?
La clave está en que Haneke experimentó con algo tan simple como cambiar radicalmente las convenciones. La intención de su película era demostrar que los espectadores nos hemos acostumbrado a un tratamiento de la violencia basado en unos patrones estéticos que no han hecho sino banalizar su significado. Pero el hecho de que lo aceptemos no se debe a que seamos unos seres viles y desaprensivos. Aquí entrarían en juego otros esquemas convencionales, que son los que tienen que ver con la resolución de las tramas y el destino de los personajes, y es ahí (y no en la muestra ostentosa de casquería) donde Funny games resulta rompedora. A la hora de decidir quién se salva o quién muere, Haneke se olvida de los estereotipos del bueno, el malo, el débil, el héroe, el inocente, etc., y nos empuja a la cruda realidad sin concesiones de tipo moral o sentimental.
No obstante, y como ya he dicho, esta nueva versión es calcada a la anterior, salvo en el reparto, por lo que sólo se me ocurren un par de razones para ir a verla. Una, que no se haya visto la primera versión. Y dos, el innegable placer que supone la contemplación de esa maravilla de la naturaleza llamada Naomi Watts.

miércoles, 2 de julio de 2008

Breve historia del machismo y el feminismo


Una mujer presumió de acostarse con muchos hombres y le dijeron puta.


Un hombre presumió de acostarse con muchas mujeres y le dijeron...


...mentiroso.