miércoles, 4 de junio de 2008

Tengo que hablar de este libro


Los temas que más me interesan a la hora de leer un libro son aquellos relacionados con la exploración del comportamiento humano, especialmente con esos recovecos que, por sombríos o escondidos, nunca son previsibles y provocan por tanto nuestras dudas o nuestra sorpresa.

La trama de Tenemos que hablar de Kevin, de la escritora norteamericana Lionel Shriver, parte de algo tan presente en los debates contemporáneos como la violencia juvenil, y esta especie de macguffin sirve a su vez para componer un retrato tan certero como incómodo de las miserias cotidianas de nuestro recién estrenado siglo.


La novela está construida a base de las sucesivas cartas que una mujer le escribe a su ex marido después de que el hijo adolescente de ambos haya perpetrado una matanza masiva de alumnos en su instituto. A través de dicho material epistolar, conoceremos los prolegómenos del nacimiento y el desarrollo de la infancia de este asesino precoz, así como la tensa y desigual relación que mantiene a lo largo de los años con sus progenitores, profesores y compañeros de clase.


Seguro que con esta premisa muchos autores habrían terminado sumergidos en los tópicos telefílmicos del melodrama familiar, pero, por suerte, Shriver nos ha regalado una obra atrevida y contundente.


Para empezar, la autora rehuye y cuestiona los lugares comunes manidos y mojigatos sobre la maternidad, el embarazo y la inocencia infantil. Si a un niño recuerda el tal Kevin es al Demian de La profecía, aunque sin posesión demoníaca de por medio, lo que hace que la historia sea aún más terrorífica, ya que, al carecer de la coartada sobrenatural, la maldad del niño no sólo resulta creíble en la ficción, sino perfectamente posible en la vida real.
Habla también de nuestra obsesión por encontrar culpables a todas las tragedias, cuando muchas de ellas ocurren, triste y simplemente, por azar, por accidentes que no son culpa de nada ni de nadie. Este vicio, tan típicamente norteamericano en su origen, parece empeñado en propagarse cual plaga bíblica por todo el mundo occidental: fumadores que enferman de cáncer y denuncian a las tabacaleras por incitarles al consumo de cigarrillos, personas obesas que padecen enfermedades cardiovasculares y denuncian a las cadenas de comida rápida después de años atiborrándose de bazofia grasienta sin que nadie les obligara a ello; afectados por terremotos o huracanes que acumulan demandas contra las empresas inmobiliarias por no haber construido sus casas pensando en posibles catástrofes naturales; individuos que resbalan en la acera y denuncian al ayuntamiento por no cubrir el pavimento con moqueta…


Si un bebé muere porque se cae de la cuna, enseguida nos escandalizaremos y saldrá alguien pidiendo a voz en grito que encierren a los padres por negligencia. ¿Qué coño sabemos nosotros? ¿Por qué no puede ser un simple accidente? ¿Por qué echar más leña a ese fuego en el que se queman quienes verdaderamente más sufren; esa madre o ese padre que no llegó a tiempo o a quien se le resbaló fortuitamente el bebé de los brazos? Un estornudo mientras se conduce una moto puede provocar un accidente. ¿Convertiría eso al motorista resfriado en un asesino sin entrañas? De esto trata la novela.


Con ello, se cuestiona asimismo nuestro relativo sentido de la justicia, la mala costumbre de hacer a menudo responsables de los crímenes a aquéllos que sólo comparten sangre, apellidos o proximidad física con los culpables reales (ya comenté este asunto, en relación al caso de la niña Mari Luz, en la entrada titulada “
Fuenteovejunismo invertido”).


La figura de la madre de un asesino adolescente ofrece un punto de vista interesante y un tipo de personaje casi inédito. Normalmente, las novelas hablan de las víctimas o de los criminales. Tratan de la compasión por los afectados directos o de la fascinación por los intrincados mecanismos de la mente criminal, pero rara vez se ocupan de los que sufren por males perpetrados por quienes más quieren. Es frecuente acusar a los padres por los crímenes de sus hijos, o al menos afirmar que tales atrocidades son siempre una consecuencia de la mala educación recibida, cuando, si nos paramos a pensarlo, sabemos positivamente que no es tan simple (ojalá lo fuera; se podrían evitar la mayoría de los delitos).


La protagonista de esta novela representa el equivalente a lo que los señores de la guerra contemporánea denominan “daño colateral”. El horrendo suceso protagonizado por su hijo ha estigmatizado no sólo su apellido, sino también su reputación social, y le ha coartado la libertad, pese a que no es culpable de nada. Pero esa necesidad de señalar y condenar por sistema hace que la avalancha justiciera se extienda y la alcance también a ella.
El corrosivo repaso a la sociedad americana contemporánea está hecho con la distancia necesaria, con templada ironía y sin interferencias patrióticas. De hecho, la protagonista es una persona que ha viajado mucho, y eso se nota, sobre todo cuando su ideología y su visión del mundo se contraponen a las de su ex marido, republicano convencido y defensor de los valores pomposos que tantas veces hemos visto en las películas. Para remate, la novela está ambientada a principios de esta década, en pleno escándalo Clinton-Lewinsky, y justo cuando Bush estaba a punto de acceder al poder con el escándalo electoral de Florida como telón de fondo.


Aunque el trasfondo histórico que más pesa es, sin duda, el de la matanza del instituto Columbine, quintaesencia de la violencia juvenil moderna, inmortalizada en el escalofriante y efectivo documental de Michael Moore.


Por cierto, no os fiéis del presunto reclamo que han colocado en la fajita que encontraréis acoplada a la cubierta del libro, donde alguien (se supone que un respetable crítico) afirma que esta novela es como “Mujeres desesperadas escrita por Eurípides” (¡collons!). Ni puñetero caso. Esta rocambolesca cita fue la causante de que el libro no me resultara atractivo cuando lo veía en las tiendas. Imaginé que sería la típica obra seudo feminista que dejaba a los hombres como cazurros con el cerebro embotado de esperma, o algo por el estilo (ese tipo de reivindicación de la que me he quejado a menudo en este espacio, y que no le hace ningún bien al feminismo verdadero, ya que pretende, según parece, arrebatarle el poder al machismo, en lugar de erradicarlo). El personaje del ex marido aparece como un auténtico cretino, es cierto, pero eso tiene que ver con su personalidad y está más allá de su condición masculina. Es difícil que cualquier hombre medianamente cabal pueda sentirse identificado con semejante individuo.

 
En suma, una de las lecturas más gratificantes de los últimos tiempos. Qué pena haberlo terminado.

2 comentarios:

Las3Musas dijo...

Siempre podés volver a leerlo siendo otro :) Esperá un tiempo nomás, que te cambie la piel. Eso ocurre con más frecuencia de la que sospechamos.

Con respecto al "feminismo" yo creo que es el machismo al revés. Prefiero el humanismo desclasado.

Besos transeúntes,
musa

El último peatón dijo...

Está históricamente demostrado que combatir un radicalismo con otro no deriva en la cura, sino en el contagio.

Besos humanos.