miércoles, 11 de junio de 2008

Piquetes, esquiroles y masocas

Como cualquier currante que se precie, valoro enormemente el derecho a la huelga como una de las pocas armas a nuestra disposición para defendernos de posibles abusos o explotaciones.
Se supone que es un descendiente directo de la libertad, la igualdad y toda la familia de los valores esenciales y universales. Pero algo funciona mal. Cada vez que se convoca una huelga, quienes más afectados resultan son, precisamente, los currantes, los ciudadanos corrientes y del montón, los consumidores habituales y los usuarios de servicios públicos.
No digo que los patronos y magnates boten de alegría ante la expectativa de una huelga, pero cuando no circula el metro o no se recoge la basura de las calles, lo que menos nos importa es que bajen las acciones de la bolsa o se deteriore la imagen de marca de una empresa.
Y, lo siento, pero no termino de entender la figura del piquete. Me parece que contradice la idea antes reseñada del parentesco con la libertad, la igualdad y todas sus primas hermanas. Ya sé que en teoría la misión del piquete es “informativa”, pero sabemos que, en la práctica, su labor suele equivaler más bien a la de una patrulla urbana de control y coacción o un grupo inducido de caza de brujas y esquiroles, lo que provoca a menudo que el carácter presuntamente informativo se torne finalmente agresivo.
Claro que la figura del esquirol tampoco es que sea un paradigma de la solidaridad y el buen rollo. Son ellos a veces quienes provocan las trifulcas, no conformándose con su derecho (legítimo y respetable) a no secundar la huelga, y metiendo cizaña para desestabilizar y censurar a quienes no comparten su opinión.
Como en tantas cosas, la postura ideal se encuentra lejos de los extremos. Ni los piquetes violentos ni los esquiroles impertinentes gozan de mi agrado, de igual modo que el feminismo no es la solución al machismo, ni el GAL fue en su día la mejor respuesta al terrorismo de ETA, ni la castidad que pregonan los obispos es la mejor vacuna contra el sida, ni los Boixos Nois del Barça son el mejor remedio contra los Ultrasur del Real Madrid.
La reciente huelga de transportistas ha vuelto a evidenciar la existencia de otra figura extrema para sumar a las ya mencionadas del esquirol y el piquete. Es la del consumidor masoquista o ciudadano adicto al sufrimiento, un rol por desgracia cada vez más abundante (gracias, entre otros muchos, a insignes “comunicadores” como el señor Losantos, o a ejemplares tertulianos como las señoras Isabel San Sebastián y María Antonia Iglesias, un tándem siniestro sólo superado por las hermanas Izquierdo de Puerto Hurraco).
Pasó cuando la Guerra del Golfo en los 90, y volvió a ocurrir en el famoso cambio de milenio con esa inexplicable paranoia que se dio en llamar el Efecto 2000. Se ve que más o menos cada diez años nos toca una dosis de histeria colectiva, y allá hemos ido los ciudadanos masoquistas del siglo XXI, invadiendo tiendas y mercadillos, y arrasando con el género cual preludio apocalíptico.
Al contemplar los cajones y mostradores de la fruta, el pollo y el pescado, lógicamente vacíos por culpa del paro de los camioneros, a algunos no se les ha ocurrido otra cosa que vaciar también los estantes de conservas, agotar las existencias de galletas y macarrones, y acumular garrafas de agua y víveres como si estuviera a punto de caer un meteorito o la mismísima bomba atómica.
No digo que la situación no sea grave. Por supuesto que es un problema que nos afecta, además, a los de siempre, a los consumidores diarios y al funcionamiento óptimo de la vida cotidiana. Pero, en fin, no tengamos tanta prisa en invocar a los demonios, digo yo.
Parece que estemos deseosos de catástrofes y que no podamos resistir la tentación de dramatizarlo todo hasta el límite de lo razonable. Si algo es leve, lo hacemos grave. Y si es grave, lo convertimos en trágico. Y si es trágico, lo traducimos en un anticipo del fin del mundo.
Una cosa es la prevención y otra la hipocondría. Mantengamos la calma, por favor.
Y ya veremos lo que pasa cuando se arreglen las cosas en los próximos días. Me veo a algunos de mis vecinos improvisando un rastrillo en la escalera o el parque del barrio para deshacerse del excedente de productos y evitar caducidades o putrefacciones.

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