viernes, 6 de junio de 2008

El mejor actor de la década

Sin apenas ruido ni alharacas promocionales se ha estrenado Antes que el diablo sepa que has muerto, de Sidney Lumet —la mejor película que he visto en lo que va de año, junto a La noche es nuestra, de James Gray—, una de esas obras que ya sólo por el reparto llaman la atención (Philip Seymour Hoffman, Ethan Hawke, Albert Finney y Marisa Tomei). Cine negro del bueno, con un guión demoledoramente moderno que se combina a la perfección con una sustancia dramática que bebe de lo mejor de los clásicos. He oído y leído infinidad de veces aquello de que si Shakesperare viviera hoy, con toda seguridad sería guionista de cine. Nada mejor que esta película del octogenario Lumet para corroborar el tópico. Y además, protagonizada por el mejor actor de la década.
Sí, habéis leído bien. Lo he proclamado así, unilateralmente, y atendiendo a criterios subjetivos, como es natural, si bien me he molestado igualmente en apoyar mi veredicto con argumentos objetivos o, cuando menos, profesionalmente irrefutables.
Me explicaré.
El premio al más regular es una distinción frecuente en competiciones deportivas, hasta el punto de que algunas de ellas, como la Liga de fútbol, son en sí mismas un torneo de la regularidad.
En el mundo del cine parece contar más el éxito inmediato, el impacto puntual. Profesionales que destacan en un momento concreto por un solo trabajo son a veces premiados y multitudinariamente elogiados, mientras que otros de sus colegas que cumplen invariablemente sus cometidos permanecen casi en el anonimato y con sus vitrinas vacías (baste reseñar que Andrés Pajares tiene un Goya y Federico Luppi no, por citar sólo un ejemplo).
Nombres sagrados del oficio como De Niro o Pacino viven de las rentas desde hace siglos, y aun así siguen constituyendo un reclamo infalible para los espectadores. Tanto uno como otro se han ganado con creces la efectividad de su carisma —faltaría más­—, pero del mismo modo, su bajo estado de forma de los últimos tiempos provoca continuas decepciones en el público (De Niro no hace un trabajo de altura desde Casino (1995), y los últimos grandes papeles que recuerdo de Pacino son los que bordó en Donnie Brasco, que se remonta a 1996, y El dilema, de 1999).
No es el caso de otros intérpretes —cuyos nombres quizá os cueste relacionar con un rostro conocido, o bien cuyas caras os resulten familiares aunque seríais incapaces de decir cómo se llaman—, los cuales nunca bajan el listón y se ganan el sueldo, a pesar de que les cueste más trabajo alcanzar la gloria.
Puede que el nombre de Philip Seymour Hoffman ya no suene tan extraño para el gran público, ya que su peculiar fisonomía es un elemento cada vez más presente en los estrenos cinematográficos de los últimos años (es él, como ya habréis adivinado, el actor de la década para este peatón). Sin duda, este reconocimiento creciente se debe sobre todo al Oscar que recibió en 2006 por meterse literalmente en la piel del escritor Truman Capote, pero eso del talento le venía ya de largo a este buen señor.
Repasando su filmografía, uno encuentra trabajos de lo más variopinto, tanto en géneros como en registros interpretativos. A la notable versatilidad, hemos de añadirle además la privilegiada capacidad para encontrar la justa medida. Puede ser intenso o sutil, dar el tipo de hombre vulgar o de canalla depravado, es creíble como heterosexual canónico y como homosexual libertino, sabe dar miedo o lástima, según convenga… Domina, en definitiva, su oficio, con la particularidad de que destaca igual como protagonista que como actor de reparto.
Este buen puñado de cualidades bastaría para reconocerlo como el actor de la década, pero aún hay más. Los principales títulos que ilustran su carrera en los últimos dos lustros son nada menos que Boogie Nights, Happiness, El gran Lebowski, El talento de Mr. Ripley, Magnolia, State and main, El dragón rojo, Cold Mountain, La última noche, Truman Capote, Misión imposible 3, La guerra de Charlie Wilson, La familia Savages y Antes que el diablo sepa que has muerto. Casi nada.
Esto demuestra que no sólo tiene buen tino a la hora de interpretar sus papeles, sino también a la hora de escogerlos.
No es exactamente una estrella, pero hoy por hoy su presencia en los créditos de cualquier película garantiza casi sin margen de error una cita con el buen cine. Que dure la racha, señor Hoffman.

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