lunes, 2 de junio de 2008

El hogar de la violencia

Una pelea por el control del mando a distancia de la tele o una discusión demasiado subida de tono acerca de un partido de fútbol pueden desembocar a veces en reyertas sangrientas o incuso en brutales crímenes. De vez en cuando nos encontramos con sucesos de esta índole en la prensa, y seguro que todos estamos de acuerdo en que ni la tele ni el fútbol son los verdaderos responsables de la tragedia.
En cierta ocasión presencié una bronca nacida de un absurdo pique entre dos personas durante una partida de Trivial Pursuit, el conocido juego de mesa de preguntas y respuestas. La cosa se quedó en un nutrido reparto de insultos por ambas partes y algún que otro cristal hecho añicos, pero por suerte la sangre se quedó donde debía, revuelta y calentita, pero dentro de las venas.
No hace falta aclarar que el Trivial pertenece a la familia de los llamados juegos educativos o culturales. La intención de su inventor, supongo, no era la de generar rivalidades extremas, sino la de invitar a la gente a pasar un buen rato repasando su culturilla general.
Sé que existen muchas personas que se oponen categóricamente a los denominados “juguetes bélicos”. Este peatón, para variar, tiene una opinión sobre el particular ligeramente distinta a la de la mayoría.
Los niños de mi quinta hemos jugado con pistolas, hachas, arcos y flechas de plástico; con soldados, tanques y cañones en miniatura. Nos disfrazamos de sheriff del Lejano Oeste o de jefe Sioux, y todo ello mientras crecíamos en un entorno mucho menos invadido por las campañas preventivas de lo que fuera, y libre por tanto de la bendición de los apóstoles de lo políticamente correcto.
Sin embargo, profesores y padres se alarman cada día un poco más por los crecientes síntomas de agresividad infantil y adolescente, precisamente ahora, en la conspicuamente conocida como era de la comunicación. Dicen los entendidos que gran parte de esa violencia precoz proviene de la naturaleza agresiva de muchos videojuegos. Estoy seguro de que no les falta razón, pero me sigue pareciendo una forma de quedarse sólo en lo aparente, en la superficie.
Pensemos que el inocente y ya anticuado juego de los barquitos no es otra cosa que la simulación de una batalla naval. Eso por no hablar del ajedrez, paradigma del juego intelectual y pasatiempo pacífico por antonomasia, que no es sino una alegoría de la guerra, de la lucha por el poder o la conquista de un reino por la fuerza.
Que las reglas de un juego contengan matices más o menos bélicos es un aspecto secundario que no debería dar lugar a conflicto alguno, salvo que el deseo de trifulca habite ya de antemano en los genes de los participantes, o bien que éstos adolezcan de la capacidad de aguante necesaria para no saltar como energúmenos a las primeras de cambio.
Esta semana comentaré y recomendaré aquí la excelente novela Tenemos que hablar de Kevin, de Lionel Shriver. De momento, haré mención simplemente a un breve pasaje de la misma, ya que ilustra perfectamente el tema que nos ocupa. Pensemos en un matrimonio que discute la conveniencia de regalarle a su hijo una pistola de agua. El padre se muestra reticente por el hecho de tratarse de un juguete que imita a un arma en su diseño, mientras que la madre opina que disparar un chorro de agua con dicho trasto no tiene por qué ser un signo de violencia mayor que el que supondría que su hijo les apuntara con un hueso de pollo mientras grita “¡Pam, pam!”.
En este caso, estoy con la madre. El hogar de la violencia es nuestra mente o nuestra personalidad. Su naturaleza reside en un deseo, una intención, un sentimiento, una idea o un instinto. Nunca en el instrumento, al cual convertimos en arma a nuestro antojo, sea o no ésa la intención de su fabricante.

6 comentarios:

Palimp dijo...

Se habla mucho de la violencia actual, pero todos los que hablan o no han sido niños, o tienen muy mala memoria.

Cuando yo era zagal -y no hace tanto- los juegos eran bastante bestias. Nos hacíamos tirachinas -que hoy en día se siguen usando en la kale borroka- y arcos de madera. Más suaves eran las gomas con el muelle de la pinza. Estos artilugios eran para pelear con ellos y cuando no habían estaban las piedras -clásico desde el neardenthal. No sé como no había más heridos -debe ser verdad que los ángeles de la guardia existen.

Por otro lado, en el recreo teníamos juegos muy educativos. La taba, por ejemplo. Si caía hoyo el rey mandaba pegar unos cintazos al verdugo. La 'gracia' estaba en los piques y yo he visto pegar veinte cintazos con mala hostia. Con las cartas había juegos parecidos: dependiendo del palo te daban un golpe, un pellizco o un manotazo. La cantidad la determinaba el número.

Eso en nuestra generación. Ayer, como quien dice. Porque yo he oído a mi padre historias mucho más truculentas, y no sólo de niños. Y no hace tanto de los duelos.

Yo no sé si ahora los jóvenes son más o menos violentos que nosotros a su edad o que sus bisabuelos. Pero si alguien lo afirma, por favor, pruebas y datos en la mano. Que estas cantinelas se repiten desde mesopotamia.

El último peatón dijo...

Hombre, tal vez la clave esté en los datos, o en la manipulación de los mismos, para ser más exacto. Estoy seguro de que esa idea sobre la supuesta mayor agresividad de la juventud actual es una consecuencia en parte del tratamiento que los medios de comunicación dan a determinados sucesos, convirtiendo una simple reyerta de patio de colegio en el titular de apertura de un informativo, por el hecho de que ahora se pueden grabar en el móvil.
Pero también es cierto que cuando he hablado con profesores y padres, ambos coinciden generalmente en sostener esta teoría tan pesimista.
A lo mejor es cuestión de hurgar un poco más hondo en la semántica. Estoy totalmente de acuerdo en que lo de hacer el burro es inherente a la infancia desde que el mundo es mundo. Ahora bien, una cosa es jugar todos juntos a hacer el bestia y otra pegarle una paliza a otra persona. Cuando hoy decimos “niños violentos” quizá no hablamos de “brutos”, sino de “malintencionados” o “maleducados”. Parece un hecho que la autoridad del profesorado ha menguado respecto a tiempos pasados, aunque aquí tampoco parece estar todo muy claro, pues los propios maestros acusan a menudo a los padres de las criaturas como los verdaderos propiciadores de este deterioro del respeto.
Lo que sí parece claro es que los juguetes son el chivo expiatorio más cómodo, porque son los únicos que no pueden defenderse...
Por cierto, Palimp, me has hecho recordar un rito que practicaban los niños de un pueblo cercano al mío. Cuando tenían que elegir al jefe de la pandilla, llenaban un bote vacío con piedras y se juntaban todos al estilo de una melé de rugby. Entonces, alguien lanzaba el bote al aire, y aquél al que le cayera en la cabeza, era nombrado automáticamente nuevo jefe.
Qué suerte no tener madera de líder...

cacho de pan dijo...

es gracioso tu comentario sobre "vernos en la acera".
recién acabo de leerlo y me parece, por lo que dices en tus posts, que no concidiríamos nunca en la misma.

El último peatón dijo...

Bueno, ya nos saludaremos desde nuestras respectivas aceras cuando nos crucemos en la calle.

Las3Musas dijo...

Acabo de abrir el periódico. Un padre borracho vendía a su hija de cinco meses por 50€ o €60 con carrito. Si esto no es violencia sin pistola, que se caiga el cielo raso.

Las manos también pueden ser armas y los niños no acostumbran a estrangularse. En todo caso, jugar siempre debe estar permitido, el tema siempre es el acompañamiento y el ejemplo por parte de los adultos.

No sirve de mucho no tener pistola de plástico y escuchar los insultos de los padres o la violencia ejercida con los abuelos, etc.

He dicho.

Abrazos
musa

El último peatón dijo...

Me alegra comprobar que los que visitáis esta acera virtual sois personas cabales y pacíficas.
Vuestros hijos y amigos se beneficiarán de ello.
Gracias a todos.