sábado, 21 de junio de 2008

Decálogo de la novela como ser vivo

No soy el único autor que se ha referido alguna vez al hecho de que escribir una novela se asemeja al acto hipotético de crear un ser vivo. La idea nos pertenece enteramente mientras la retenemos en nuestra mente, pero en el momento en que empezamos a convertirla en una sucesión de letras, palabras, frases y páginas, la propia obra cobra vida por sí misma y a veces es ella la que nos marca el camino a seguir, la que reivindica como si gozara de libre albedrío cuál debe ser su destino.
Partiendo de esta idea, un día confeccioné el siguiente decálogo (algo también muy típico), que muestra las distintas formas animales que puede adoptar una novela durante el proceso de creación.

1. Un cerdo – Todo se aprovecha. Esta concepción nos viene muy bien para llevar mejor los descartes y la supresión de material a la hora de corregir. En ocasiones, nos cuesta trabajo descartar de la versión final fragmentos que creemos bien escritos o que recordamos haber elaborado con gran pasión. Esto no debe suponer ningún problema. Lo único que hay que hacer es no tirar nada a la basura. Esos descartes, como cualquier parte de la anatomía porcina, podrán ser de provecho en un futuro, para un cuento, un artículo, otra novela…

2. Un ornitorrinco – En el ornitorrinco conviven las aves, los reptiles y los mamíferos. Una novela admite cambios de tono, permite compaginar o incluir otros géneros como el cuento o el poema; nos ofrece la posibilidad de abrir puertas y tomar atajos o dar rodeos. También, aunque suene poco ortodoxo, se puede escribir de forma desordenada, del mismo modo en que se rueda una película, y componer la versión definitiva en un “montaje” final.

3. Un camaleón – Se mimetiza con su entorno. Esto puede ser peligroso, ya que puede verse intoxicada por nuestro estado emocional o por las cosas que leemos. Hay que saber distinguir muy bien entre el entorno personal y el literario antes de ponernos a escribir, para que el uno no invada al otro.

4. Un simio – Juan José Millás explicaba en cierta ocasión que, cuando se atascaba en un punto determinado de la novela que estaba escribiendo, la solución era empezar a leerla desde el principio, pues la lógica interna del relato le daría la pauta para saber por dónde continuar. Los humanos de hoy somos lo que somos como resultado de una evolución. A veces, para entender a nuestros contemporáneos, hemos de remontarnos al origen de la especie, al hombre de las cavernas o aun a los simios. También la novela tiene un origen, y la clave para hallar su final pasa por conocer perfectamente todo el recorrido.

5. Una mosca cojonera – Nos dará la tabarra en el lugar más insospechado. Da igual que estemos en una reunión de trabajo, haciendo el amor o en un funeral. Cuando la idea aparece nos asalta sin pudor ni miramiento alguno. Ante esto, es bueno tener nuestros propios trucos para registrar una idea cuando no tenemos papel y lápiz a mano: grabar un mensaje en el contestador automático, escribir un borrador en SMS; entrar en un bar a tomar un café y pedir un bolígrafo (si el presupuesto no es muy boyante para gastarlo en bares, existen alternativas gratuitas como las administraciones de loterías, donde hay papel y boli a discreción y sin coste alguno)…

6. Una solitaria – Devora todo lo que comemos y es insaciable. Por más que trabajemos, nunca será suficiente. Por más que corrijamos, la última versión siempre será la penúltima.

7. Un pavo real – Toda la humildad que debemos mostrar una vez publicada la novela, conviene omitirla mientras escribimos. Hay que aprovechar los momentos inspirados y entregarnos a ellos; no podemos escribir estando inseguros o dudando de la calidad de lo que hacemos.

8. El monstruo del Lago Ness – Recomiendo evitar hablar de la novela hasta haberla acabado o incluso publicado. Sólo dejarla leer a quien de veras le interese la lectura. Evitar dejarla a alguien para satisfacer nuestro ego o su morbo. Es mejor que piensen que se trata de una leyenda como la del Yeti o el monstruo del Lago Ness a que adulteren su naturaleza con comentarios impropios, por mucho que puedan ser elogiosos.

9. Una cucaracha – Dicen que en caso de ataque nuclear sólo un ser vivo del plantea sobreviviría: la cucaracha. Como el mencionado bicho, la novela nos sobrevivirá y estará ahí siempre. Los libros no caducan.

10. Un zoológico (o un acuario, o un parque natural…) – Si publicamos un libro es porque queremos que otros lo lean y lo disfruten. Sin confundir el entretenimiento con el cachondeo ni el placer con la frivolidad, una novela no deja de ser un objeto pensado para el ocio, para divertirnos o emocionarnos, para deleitarnos y hacer partícipe de ello a los demás.

3 comentarios:

Encarna-poesiaintimista dijo...

Y una persona, pues somos animales razocinios, aunque a veces, no lo parezca. Un saludo, Encarna. Te puedo añadir a mis blogs de enlace?

Encarna-poesiaintimista dijo...

No me expresé bien, quise decir,en que momento la novela se convierte en persona, ser, esencia??. Cuando nos olvidamos de nosotros mismos y nos metemos dentro del personaje? Uyss, mejor que no siga, que te liaré más. Un saludo.

El último peatón dijo...

Bienvenida a la zona peatonal, Encarna.
Yo creo que la novela empieza a ser algo vivo desde el momento en que nos surge como simple idea. Es un proceso casi equivalente al de una gestación cualquiera: hay una primera concepción (la idea) que va creciendo como un feto (el borrador) y que finalmente se alumbra cual criatura anumal (el libro).
Ah, y por supuesto que puedes añadirme a tus enlaces. Será un placer.
Saludos.