martes, 17 de junio de 2008

Consejo para escritores enamorados

La persona que amamos es aquélla que vemos precisamente cuando cerramos los ojos. La última en quien pensamos antes de dormirnos y la primera que nos viene a la cabeza en el momento de despertarnos.
Todo precioso y solemne, pero con fecha de caducidad. Una especie de soberbia de animal racional nos induce a creer en la eternidad del amor, cuando sabemos que ni siquiera la propia vida dura para siempre.
¿De quién es la culpa? Está claro: de la literatura. Reconozcámoslo.
Siempre que me ha tocado dar alguna charla para estudiantes, alumnos de talleres de escritura y foros similares, han salido a relucir determinados estereotipos y creencias sobre el trabajo creativo que aún abundan entre el veleidoso saber popular, y que en mi opinión conviene desechar tajantemente.
Me refiero a ciertos hábitos como el de incordiar a los amigos y conocidos para que lean lo que escribimos (un acto de egolatría encubierta y disfrazado de anhelo autocrítico), o a esa manía que tiene tanta gente (generosa, eso sí) de “prestarte” sus anodinas anécdotas cotidianas como si todas ellas contuvieran el germen de una historia genial, y que rara vez merecen utilizarse como parte de un cuento o de una novela.
Pero, sin duda, uno de los defectos más comunes y peligrosos del entregado literato es el de sucumbir a la tentación de redactar lo que su animoso corazón le dicta a grito pelado durante ese momento de idiótico hechizo que marca el inicio de un enamoramiento convencional.
Por supuesto que nadie —más allá de la profesión o la formación estudiantil de cada cual— está libre de pruritos líricos y cursilerías retóricas una vez puesto en la tesitura correspondiente, ya que, por alguna poderosa razón, el individuo enamorado de cualquier condición (culto o analfabeto, obrero o tecnócrata) recurre al poema romántico con la misma facilidad que el médico garabatea la receta de turno nada más oír los síntomas del paciente.
Esto, obviamente, presenta un riesgo multiplicado cuando dicho enamorado es un autor literario o aspirante a ello. Existen centenares de opciones en la ortodoxia del cortejo, pero nada como aunar sentimiento y talento para encandilar a la persona de nuestros sueños. Eso creemos, claro, si bien casi siempre es mejor, ya puestos a no abandonar el tópico, quedarnos en el socorrido repertorio de floristería o en una sencilla invitación a cenar o al teatro. Pero algo hay en el ego del escritor principiante imposible de dominar, un combinado del peor garrafón emocional que le lleva a convencerse estúpidamente de que lo que más desea el objeto seducible es alabar la producción laboral del sujeto cortejador. Otro solemne disparate. (Conste que he matizado lo de “escritor principiante” porque doy fe de que esto se cura con el tiempo. Menos es nada.)
No vayáis a creer que lo peor es que los impulsos iniciales de toda relación terminen entibiándose y serenando el ritmo de nuestra pulsión amorosa. No se trata sólo de que, con el tiempo, aquello que plasmamos sobre el papel resulte empalagoso o timorato por haberse salido del apasionado contexto inicial. Si fuera tan sólo cuestión de esto, tampoco sería tan grave.
Lo más ridículo, en realidad, es leer el texto de marras cuando el sentimiento ha desaparecido o incluso se ha envenenado. Porque el impulso de escribir el poema o el cuento quizá fuera espontáneo, pero tened por seguro que las pomposas palabras que lo componen fueron elegidas con exaltada premeditación, calculado su impacto como si en vez de un puñado de versos se tratara de la fórmula científica para poner en órbita un cohete.
Ay, amigos; es lo malo de la literatura. Tanto afán por embellecer la realidad es un arma de doble filo serrado. Puede que la verdad sea eterna e implacable, pero la realidad es voluble y efímera. Nada de lo que sucedió ayer (o hace un segundo) es ya real, porque ha pasado automáticamente a pertenecer a la dimensión etérea de los recuerdos y las ensoñaciones. Así de simple.
Si se le diera al ex enamorado la oportunidad de releer lo que en su día parió bajo el influjo del ladino Cupido —y si, por supuesto, sobreviviera a semejante impacto— entendería esa diferencia fundamental entre la realidad literaria y la vida misma, que, dicho así de corrido, pueden parecer ciertamente la misma cosa, aunque ya sabemos que no.
Al revisar nuestras viejas odas de enamorados, aquellas frases emperifolladas de antaño se desnudan para enseñar su esencia prosaica. Es cuando "El recio azote del viento" se convierte en que "Hace un frío de cojones", o cuando "Acostarse bajo las estrellas" significa, sencillamente, "Dormir en la puta calle".
Tal vez le dedicasteis a ella o a él un poema, imaginando que era el preludio del nirvana, y después echasteis un polvo que fue más bien una paja con espectáculo.
Por eso siempre recomiendo repasar con suma atención todo lo que hayamos escrito poseídos por esa cosa tan fabulesca y sospechosa llamada amor. Cualquier párrafo, frase o monosílabo. Da igual si es una obra ambientada en la España visigoda o una novela fantástica sobre la colonización de Urano y Plutón. Cuidadito.
Y, por supuesto, no cometáis nunca la arrogante torpeza de dedicarle un texto a la persona amada. Si lográis reprimir tan apabullante impulso, os habréis ahorrado un lamentable episodio de vergüenza ajena futura.
De nada.

11 comentarios:

letras de arena dijo...

Qué razón tienes, en la escritura es más efectivo el amor inventado que describir uno verdadero, no es lo mismo ficción que realidad que siempre es más exagerada. Aunque ya sabemos que muchos creen verdad la mentira más increíble...
Saludos.

C. Martín dijo...

No hace falta estar enamorado para que lo que escribes un día lo leas una semana después y veas la porquería que te ha salido, je, aunque sí es cierto que cuando se mete el enamoramiento por medio el resultado es especialmente sonrojante.
En cualquier caso, me ha gustado eso de la paja con espectáculo, me has puesto nombre a..., bueno, eso.
:-P

El último peatón dijo...

Gracias por vuestros comentarios, amigas.
Por cierto, hablar de este tema me ha despertado otra curiosidad: ¿Os ha pedido alguien alguna vez que le escribáis un poema amoroso para seducir a otra persona? Es decir, ¿habéis tenido que hacer de Cyrano de Bergerac (o del negro de Ana Rosa Quintana, según se mire)?

satxoska dijo...

JAJA qué puntazo!
las kanciones que me escribía mi exzagal por entonces me parecían cursis y relamidas, pero es que ahora llegan a ser hasta ridículas y desagradables
saludicos

El último peatón dijo...

Ya sabes. Si alguna vez quieres vengarte de un ex novio, publica sus cartas de amor o sus canciones en tu página web, y se le caerá la cara de vergüenza... Pobret.

C. Martín dijo...

A mí nadie me ha pedido, ni me he ofrecido yo, con lo que todos hemos salido ganando, je.
Y consejos..., bueno, nada que se pueda considerar como artes de Celestina para atraer a los hombres: nunca he creído que los hombres son tan tontos o por lo menos lo he creído de los que me gustaban a mí.

letras de arena dijo...

Respecto a tu pregunta, me han pedido que escriba muchas cosas diferentes, felicitaciones, cartas comerciales, dedicatorias de todo tipo, pero cartas de amor ni poesías para la conquista no.

Las3Musas dijo...

Debo confesarlo: yo sí fui la escriba oficial del colegio primario. No me costaba nada porque casi todas iban remitidas a mi mejor amigo, del cual yo también estaba profundamente enamorada... :) Así que, gracias a mi causa, se armaron varias parejas... Solidaridad pura.

Mi opinión es que la literatura habla de amores maravillosos que sólo a veces ocurren. Pero EXISTEN, claro que sí. Doy fe.

besos,
musa

El último peatón dijo...

C. Martín: gracias por la parte que me toca. Reconforta saber que aún hay mujeres que no nos consideran tontos, ya que con la moda esta del Sexo en Nueva York, las Mujeres Desesperadas y demás contubernios feministoides, empezaba a temerme lo peor.

Letras de arena: oye, qué promiscuidad literaria. Anoto tus referencias por si algún día me apetece fichar a un "negro". Nunca se sabe...

Musa Cyrana: no es que seas una autora prolija y solidaria... ¡Eres una oenegé!
Me gustaría ser menos escéptico, pero me temo que hay cosas que sólo existen porque las escribimos... que no es poco, por otra parte.

Besos a las tres.

Anónimo dijo...

Después de leer tu artículo repaso de memoria los poemas que más me emocionaron y, por lo tanto recuerdo: Neruda en sus arrebatos nocturnos de "Puedo escribir los versos más tristes esta noche", Quevedo en su voluntad de sobrevivir a la muerte en el soneto que concluye "polvo serán más polvo enamorado", rimas de Becquer que acompañaron mi adolescencia " pero mudo y absorto y de rodillas, como se adora a un dios ante su altar, como yo te he querido, asi, no te querrán", las "Nanas a la cebollla " de M. Hernández, los minimalistas poemas de Salinas,el amor místico-erótico de San Juan de la Cruz, etc, etc. Y después de todo, me pregunto: los tengo que desechar por cursis? Y una m...!!!!Cuando se escribe bien, como es tu caso, querido Pascual,la cursileria se sublima para goce y disfrute de los que no tenemos talento- y puede que ni valor-para expresarlo. De manera que no te des golpecitos de pecho y escribe lo que te te salga de los c... o del corazón. Pero escribe... Ya lo dijo Pascal: el corazón tiene razones que la razón no conoce.

El último peatón dijo...

Lo que dices es cierto, amiga Patrocinio. No obstante, yo no me refería a esos poemas, como los que citas, que se escribieron como obra literaria propiamente dicha. Los textos que nos provocan esa esapecie de grima retrospectiva son los que se crean para impresionar, seducir, epatar o cautivar a la persona objeto de nuestros deseos. El poema de amor como obra de arte está fuera de toda sospecha cuando se hace bien. Otra cosa es el poema romántico como arma o estrategia de seducción, que entraría ya en el terreno de lo patético, salvo que uno sea un verdadero poeta, cosa que este peatón, me temo, no lo es.
Pero te haré caso y seguiré escribiendo lo que salga de las partes correspondientes.
Un placer saludarte desde mi acera virtual.