lunes, 30 de junio de 2008

Que me pellizquen

Mi comentario de hoy va dedicado, en primer lugar, a todas esas tiendas y cadenas de grandes almacenes que se marcaron la bravuconada de prometer descuentos astronómicos o incluso de afirmar que regalarían el género comprado si la selección ganaba la Eurocopa. Que la crisis les pille confesados.
En segundo lugar, quiero dedicar este artículo a todos esos ilustres tertulianos que viven de tirarse el pisto acuñando citas literales, evocando figuras y episodios de la mitología o demostrándonos al vulgar populacho su infalible memoria para recordar fechas y nombres de la Historia Universal.
Va por ellos, que durante el último mes se han despachado incansablemente con algunos de sus latiguillos favoritos, ya sabéis, eso de “el opio del pueblo”, “pan y circo”, y cosas así, dolidos en su erudito corazón por el protagonismo de ese fenómenos de masas llamado fútbol.
Desconozco si el fútbol es o no el opio del pueblo. De ser así, no quiero ni pensar qué sustancias serían la política (¿el garrafón?) o la religión (¿el cianuro?).
No me preocupa. El fútbol es un entretenimiento, un espectáculo, una evasión que de vez en cuando nos da la oportunidad de disfrutar de una reunión animada con los amigos y bebernos un barril o dos de cerveza. Además, no hay que olvidar que a algunos nos sirve como alivio para redimirnos de ese paradigma de la crueldad depresiva conocido como “tarde de domingo”.
Asimismo, brindo estas letras a los acérrimos testarudos que aún andan por ahí diciendo que sin Raúl y sin Guti no se puede ganar nada. Equivocarse es humano y rectificar es de sabios. Lo tienen a huevo.
Y es que hacía casi un cuarto de siglo que la selección española no nos regalaba un campeonato como éste (en el 84 no ganaron, pero casi). Justo es celebrarlo. Yo sufrí la época de Naranjito, la maldición de los penaltis, la cantada de Arconada, el codazo a Luis Enrique, el atraco en Corea y toda la retahíla de calamidades históricas del balompié ibérico, así que ahora me daré el gustazo de glorificar al señor Aragonés, el Zapatones de Hortaleza.
A Luis nunca lo recomendaría para dar una conferencia, seguir un protocolo o narrar un serial en la radio, es cierto. Por el contrario, es un hombre cien por cien futbolero, un forofo en chándal, un ex jugador que lo sabe todo de este deporte, y además el entrenador más veterano de este país.
Parece que lo que se lleva ahora es la prosa florida y la retórica seudocientífica para hablar de algo tan simple como el fútbol. Brotan como champiñones los gurús de la pizarra electrónica y los entrenamientos psicopedagógicos. Pero el amigo Zapatones pasa de todo eso. Y ha ganado, por mucho que les pese a los más esnobs. Zapatones se presenta en la rueda de prensa y habla de ganar y perder, de jugar bien o mal, de correr y de cansarse, de meterla o no (la pelota), o sea, de fútbol, y no de pamplinas. (Bueno, a veces también habla del culo de la pipera y de su amigo el sexador de pollos, pero eso forma parte de la excentricidad inherente a cualquier artista.)

Se rasca la oreja, el sobaco, la coronilla, se hurga la nariz… Y es del Atleti. ¿Casualidad? Yo creo que no. El equipo del Manzanares ejemplifica como ninguno la personalidad de la selección española. Eso de jugar como nunca y perder como siempre. El eterno quiero y no puedo que de vez en cuando se burla para dar una alegría al respetable. Italia y Alemania nos recuerdan al Milán y al Bayern, pero la selección española nunca había estado a la altura del Real Madrid o el Barça. Eso se acabó. Ya era hora.

miércoles, 25 de junio de 2008

Llámame Chino

Los restaurantes chinos no tienen nombre.
Ya, de acuerdo, hay como cien mil que se llaman La Gran Muralla, pero no se trata de eso.
Yo me refiero a que siempre decimos “Vamos a comer al Chino”, y da igual que se llame Jardín Pekín, La casa de Lee, El loto azul, El pato feliz o Los cojones de Mao. Es siempre “el Chino”. El Chino del barrio, el Chino de la plaza, el Chino del centro comercial, el Chino de la calle tal o cual.
Alguien debería decirles a los inmigrantes de aquel país que no hace falta que se esfuercen (bueno, tampoco es que se maten a pensar, la verdad); que no es necesario que bauticen sus negocios de restauración, del mismo modo que los bazares pueden denominarse Todo a un euro sin que nadie reclame un nombre propio para reconocerlos.
Sobre los restaurantes chinos hay infinidad de mitos y leyendas urbanas. No voy a ahondar en las más escabrosas, tranquilos. Voy a obviar la considerable retahíla de anécdotas, ciertas o inventadas, acerca de cuerpos extraños o sustancias sospechosas, de animales intrusos en la ensalada o de especies zoológicas más propias de cloacas que de carnicerías.
Olvidándonos de lo más morboso, uno de los tópicos sobre los restaurantes chinos que más gracia me ha hecho siempre es el que podríamos denominar como el síndrome de la saciedad engañosa o de la saturación precoz. Me explico: supongo que os suena eso de que “Si comes en un Chino, al poco rato vuelves a tener hambre”.
Dejando al margen la circunstancia de que se conocen casos de personas que no han vuelto a probar bocado en varios días después de haber comido según qué cosas en un restaurante chino, lo cierto es que no sé de dónde puede venir semejante creencia, la de que la comida oriental quita el hambre al instante, aunque no logra espantarla del todo. Confieso que, aunque no comparto dicha afirmación como algo categórico, si pienso en ello detenidamente me provoca, como mínimo, ciertas dudas.
Yo diría que, por lógica, debería ocurrir justo lo contrario. Teniendo en cuenta que la mayoría de los restaurantes chinos son más baratos que los de otras nacionalidades, esto nos tendría que dar la oportunidad de comer más cantidad de platos, de llenar la barriga a base de arroz, pasta, verduras, carne, mariscos, frutas y el licor ese con el que bañan a los lagartos, para quedar ahítos y sin ganas de echarnos nada al gaznate hasta el día siguiente.
Sin embargo, es cierto que los ágapes del Chino nunca son como una boda de pueblo o una muestra de matanza castellana, y que, por extrañas razones que nunca he logrado adivinar, uno puede sentirse francamente lleno tras haber almorzado o cenado en un Chino, pero jamás se alcanza el grado de abotargamiento que sí nos puede dejar un banquete convencional con productos de nuestra tierra.
A ver si al final va a resultar que la comida china es más sana y delicada con nuestro organismo, y por eso se evapora nada más tragarla. Es un enigma, no cabe duda. Por ello, creo que lo mejor es seguir como estaba, es decir, en la más pura ignorancia, sin plantearme cuestiones como de qué estarán rellenos realmente los rollitos de primavera o qué son esos filamentos marrones y pringosos que le ponen a la salsa de la ternera. Quizá la magia de los restaurantes chinos resida en el factor misterio, y tal vez por eso me guste frecuentarlos, a pesar de todo.
Caso aparte es la ambientación musical, ese clin-clin monocorde como de joyero de mesilla o de vaivén cascabelero, que unido al gorgoteo de la fuente artificial que tampoco puede faltar como parte de la decoración, le acaba a uno perforando el tímpano y crispando la vejiga.
No digo yo que pongan a los Ramones mientras se come, pero un poco de originalidad tampoco les vendría mal. En vez de perder el tiempo pensando un nombre que nadie va a utilizar, podrían replantearse lo del repertorio musical. Es una idea.

sábado, 21 de junio de 2008

Decálogo de la novela como ser vivo

No soy el único autor que se ha referido alguna vez al hecho de que escribir una novela se asemeja al acto hipotético de crear un ser vivo. La idea nos pertenece enteramente mientras la retenemos en nuestra mente, pero en el momento en que empezamos a convertirla en una sucesión de letras, palabras, frases y páginas, la propia obra cobra vida por sí misma y a veces es ella la que nos marca el camino a seguir, la que reivindica como si gozara de libre albedrío cuál debe ser su destino.
Partiendo de esta idea, un día confeccioné el siguiente decálogo (algo también muy típico), que muestra las distintas formas animales que puede adoptar una novela durante el proceso de creación.

1. Un cerdo – Todo se aprovecha. Esta concepción nos viene muy bien para llevar mejor los descartes y la supresión de material a la hora de corregir. En ocasiones, nos cuesta trabajo descartar de la versión final fragmentos que creemos bien escritos o que recordamos haber elaborado con gran pasión. Esto no debe suponer ningún problema. Lo único que hay que hacer es no tirar nada a la basura. Esos descartes, como cualquier parte de la anatomía porcina, podrán ser de provecho en un futuro, para un cuento, un artículo, otra novela…

2. Un ornitorrinco – En el ornitorrinco conviven las aves, los reptiles y los mamíferos. Una novela admite cambios de tono, permite compaginar o incluir otros géneros como el cuento o el poema; nos ofrece la posibilidad de abrir puertas y tomar atajos o dar rodeos. También, aunque suene poco ortodoxo, se puede escribir de forma desordenada, del mismo modo en que se rueda una película, y componer la versión definitiva en un “montaje” final.

3. Un camaleón – Se mimetiza con su entorno. Esto puede ser peligroso, ya que puede verse intoxicada por nuestro estado emocional o por las cosas que leemos. Hay que saber distinguir muy bien entre el entorno personal y el literario antes de ponernos a escribir, para que el uno no invada al otro.

4. Un simio – Juan José Millás explicaba en cierta ocasión que, cuando se atascaba en un punto determinado de la novela que estaba escribiendo, la solución era empezar a leerla desde el principio, pues la lógica interna del relato le daría la pauta para saber por dónde continuar. Los humanos de hoy somos lo que somos como resultado de una evolución. A veces, para entender a nuestros contemporáneos, hemos de remontarnos al origen de la especie, al hombre de las cavernas o aun a los simios. También la novela tiene un origen, y la clave para hallar su final pasa por conocer perfectamente todo el recorrido.

5. Una mosca cojonera – Nos dará la tabarra en el lugar más insospechado. Da igual que estemos en una reunión de trabajo, haciendo el amor o en un funeral. Cuando la idea aparece nos asalta sin pudor ni miramiento alguno. Ante esto, es bueno tener nuestros propios trucos para registrar una idea cuando no tenemos papel y lápiz a mano: grabar un mensaje en el contestador automático, escribir un borrador en SMS; entrar en un bar a tomar un café y pedir un bolígrafo (si el presupuesto no es muy boyante para gastarlo en bares, existen alternativas gratuitas como las administraciones de loterías, donde hay papel y boli a discreción y sin coste alguno)…

6. Una solitaria – Devora todo lo que comemos y es insaciable. Por más que trabajemos, nunca será suficiente. Por más que corrijamos, la última versión siempre será la penúltima.

7. Un pavo real – Toda la humildad que debemos mostrar una vez publicada la novela, conviene omitirla mientras escribimos. Hay que aprovechar los momentos inspirados y entregarnos a ellos; no podemos escribir estando inseguros o dudando de la calidad de lo que hacemos.

8. El monstruo del Lago Ness – Recomiendo evitar hablar de la novela hasta haberla acabado o incluso publicado. Sólo dejarla leer a quien de veras le interese la lectura. Evitar dejarla a alguien para satisfacer nuestro ego o su morbo. Es mejor que piensen que se trata de una leyenda como la del Yeti o el monstruo del Lago Ness a que adulteren su naturaleza con comentarios impropios, por mucho que puedan ser elogiosos.

9. Una cucaracha – Dicen que en caso de ataque nuclear sólo un ser vivo del plantea sobreviviría: la cucaracha. Como el mencionado bicho, la novela nos sobrevivirá y estará ahí siempre. Los libros no caducan.

10. Un zoológico (o un acuario, o un parque natural…) – Si publicamos un libro es porque queremos que otros lo lean y lo disfruten. Sin confundir el entretenimiento con el cachondeo ni el placer con la frivolidad, una novela no deja de ser un objeto pensado para el ocio, para divertirnos o emocionarnos, para deleitarnos y hacer partícipe de ello a los demás.

martes, 17 de junio de 2008

Consejo para escritores enamorados

La persona que amamos es aquélla que vemos precisamente cuando cerramos los ojos. La última en quien pensamos antes de dormirnos y la primera que nos viene a la cabeza en el momento de despertarnos.
Todo precioso y solemne, pero con fecha de caducidad. Una especie de soberbia de animal racional nos induce a creer en la eternidad del amor, cuando sabemos que ni siquiera la propia vida dura para siempre.
¿De quién es la culpa? Está claro: de la literatura. Reconozcámoslo.
Siempre que me ha tocado dar alguna charla para estudiantes, alumnos de talleres de escritura y foros similares, han salido a relucir determinados estereotipos y creencias sobre el trabajo creativo que aún abundan entre el veleidoso saber popular, y que en mi opinión conviene desechar tajantemente.
Me refiero a ciertos hábitos como el de incordiar a los amigos y conocidos para que lean lo que escribimos (un acto de egolatría encubierta y disfrazado de anhelo autocrítico), o a esa manía que tiene tanta gente (generosa, eso sí) de “prestarte” sus anodinas anécdotas cotidianas como si todas ellas contuvieran el germen de una historia genial, y que rara vez merecen utilizarse como parte de un cuento o de una novela.
Pero, sin duda, uno de los defectos más comunes y peligrosos del entregado literato es el de sucumbir a la tentación de redactar lo que su animoso corazón le dicta a grito pelado durante ese momento de idiótico hechizo que marca el inicio de un enamoramiento convencional.
Por supuesto que nadie —más allá de la profesión o la formación estudiantil de cada cual— está libre de pruritos líricos y cursilerías retóricas una vez puesto en la tesitura correspondiente, ya que, por alguna poderosa razón, el individuo enamorado de cualquier condición (culto o analfabeto, obrero o tecnócrata) recurre al poema romántico con la misma facilidad que el médico garabatea la receta de turno nada más oír los síntomas del paciente.
Esto, obviamente, presenta un riesgo multiplicado cuando dicho enamorado es un autor literario o aspirante a ello. Existen centenares de opciones en la ortodoxia del cortejo, pero nada como aunar sentimiento y talento para encandilar a la persona de nuestros sueños. Eso creemos, claro, si bien casi siempre es mejor, ya puestos a no abandonar el tópico, quedarnos en el socorrido repertorio de floristería o en una sencilla invitación a cenar o al teatro. Pero algo hay en el ego del escritor principiante imposible de dominar, un combinado del peor garrafón emocional que le lleva a convencerse estúpidamente de que lo que más desea el objeto seducible es alabar la producción laboral del sujeto cortejador. Otro solemne disparate. (Conste que he matizado lo de “escritor principiante” porque doy fe de que esto se cura con el tiempo. Menos es nada.)
No vayáis a creer que lo peor es que los impulsos iniciales de toda relación terminen entibiándose y serenando el ritmo de nuestra pulsión amorosa. No se trata sólo de que, con el tiempo, aquello que plasmamos sobre el papel resulte empalagoso o timorato por haberse salido del apasionado contexto inicial. Si fuera tan sólo cuestión de esto, tampoco sería tan grave.
Lo más ridículo, en realidad, es leer el texto de marras cuando el sentimiento ha desaparecido o incluso se ha envenenado. Porque el impulso de escribir el poema o el cuento quizá fuera espontáneo, pero tened por seguro que las pomposas palabras que lo componen fueron elegidas con exaltada premeditación, calculado su impacto como si en vez de un puñado de versos se tratara de la fórmula científica para poner en órbita un cohete.
Ay, amigos; es lo malo de la literatura. Tanto afán por embellecer la realidad es un arma de doble filo serrado. Puede que la verdad sea eterna e implacable, pero la realidad es voluble y efímera. Nada de lo que sucedió ayer (o hace un segundo) es ya real, porque ha pasado automáticamente a pertenecer a la dimensión etérea de los recuerdos y las ensoñaciones. Así de simple.
Si se le diera al ex enamorado la oportunidad de releer lo que en su día parió bajo el influjo del ladino Cupido —y si, por supuesto, sobreviviera a semejante impacto— entendería esa diferencia fundamental entre la realidad literaria y la vida misma, que, dicho así de corrido, pueden parecer ciertamente la misma cosa, aunque ya sabemos que no.
Al revisar nuestras viejas odas de enamorados, aquellas frases emperifolladas de antaño se desnudan para enseñar su esencia prosaica. Es cuando "El recio azote del viento" se convierte en que "Hace un frío de cojones", o cuando "Acostarse bajo las estrellas" significa, sencillamente, "Dormir en la puta calle".
Tal vez le dedicasteis a ella o a él un poema, imaginando que era el preludio del nirvana, y después echasteis un polvo que fue más bien una paja con espectáculo.
Por eso siempre recomiendo repasar con suma atención todo lo que hayamos escrito poseídos por esa cosa tan fabulesca y sospechosa llamada amor. Cualquier párrafo, frase o monosílabo. Da igual si es una obra ambientada en la España visigoda o una novela fantástica sobre la colonización de Urano y Plutón. Cuidadito.
Y, por supuesto, no cometáis nunca la arrogante torpeza de dedicarle un texto a la persona amada. Si lográis reprimir tan apabullante impulso, os habréis ahorrado un lamentable episodio de vergüenza ajena futura.
De nada.

domingo, 15 de junio de 2008

Fantasía no es imaginación

Ayer mantuve con una amiga un interesante debate acerca de lo sobrevalorado que está, en mi opinión, el concepto “fantasía sexual”.
Concretamente, abordábamos el espinoso asunto de cómo evitar la monotonía en nuestras relaciones domésticas, en el día a día de una pareja cualquiera.
Estoy convencido de que casi todo el mundo reconoce que el lugar más cómodo para practicar el sexo es la cama, pero a menudo nos sentimos obligados a responder, en el caso de que nos pregunten sobre nuestras preferencias, que lo más emocionante y placentero es hacerlo en la sección de congelados del supermercado, en un probador de Zara o en el sarcófago de una momia del museo de arte egipcio.
De acuerdo que la imaginación es una baza ganadora en las artes amatorias, si bien a veces su función es más la de ponernos a tono, la de provocarnos la excitación, la de agitar la libido y revolver los apetitos morbosos, y no exactamente la de obligarnos a escenificar un teatrillo picante al estilo del legendario Molino Rojo.
No hablo de un coito que se consuma en el lugar más insospechado debido a una espontánea incontinencia. Me refiero a la fantasía prefabricada y a la excentricidad premeditada.
Esto vino al caso porque mi amiga me confesó que una vez estuvo a punto de hacérselo con su novio en el váter del TALGO, y yo, que os puedo asegurar que conozco con minuciosidad casi pericial las prestaciones de nuestra red ferroviaria de largo recorrido, supe antes de que acabara de contarme su anécdota que aquel amago de polvo habría terminado por fuerza en un interruptus.
Los servicios del tren son incómodos y estrechos, y su exiguo espacio apenas concede la debida comodidad para los menesteres que le son propios.
Yo le dije a mi amiga que ese tipo de cosas no se hacen por el placer físico consecuente de toda relación sexual, sino por el placer posterior de su relato, porque siempre queda bien presumir de audacia en esas lides, porque queda mojigato y aburrido decir que sólo lo hacemos en el catre, porque nunca se sabe si nos vendrá bien una anécdota así para salir airosos en una reunión de amigos o colegas (al fin y al cabo, me estaba relatando los detalles de un polvo frustrado, algo que nadie osaría contar si no fuera porque lo atrevido del escenario elegido —que no improvisado— lo compensa).
Llegados a este punto sin un acuerdo, nos dimos cuenta de que tal vez ocurría, sencillamente, que no hablábamos de lo mismo. Y así era.
Ella hablaba de “fantasía” y yo de “imaginación”. Son dos términos éstos que coinciden en numerosas localizaciones de su campo semántico, pero que, igualmente y como todas las palabras de nuestro vocabulario, sinónimas o no, poseen sus propios matices que las hacen únicas.
Dicha confusión es también bastante común cuando se habla de arte. A menudo se tilda de imaginativa a una obra por el sólo hecho de pertenecer al género fantástico. Hoy por hoy circulan decenas de novelas y películas cuya acción transcurre en mundos imaginarios paralelos a éste, epopeyas que narran la eterna batalla entre el bien y el mal en reinos que mezclan lo medieval con lo mitológico, habitados por guerreros valientes, encantadoras princesas, magos, brujos, monstruos infernales, animales mutantes, criaturas híbridas de cualquier especie, árboles sabios, insectos gigantes, qué sé yo… Todas estas historias, es a lo que voy, forman parte de la narrativa fantástica, pero eso no significa necesariamente que sus autores hayan exprimido su imaginación para crearlas. Gran parte de ellos se han limitado a copiar los cuatro o cinco elementos clave de las más antiguas y genuinas, y los han reproducido con escasas variaciones, sabiendo que, cuando algo se pone de moda, la rentabilidad pasa por ser el más rápido, y no precisamente el más creativo.
Pues eso mismo nos pasa con nuestras fantasías sexuales. Si una escena tórrida surge como consecuencia de una provocación no calculada, seguro que la experiencia merecerá la pena, aunque su consumación no alcance una nota muy alta. Pero si, por el deseo superfluo de ser original o por la arrogante bobada de querer presumir ante los amigos, forzamos el coito sobre la pila de los cacharros de fregar o la fotocopiadora de la oficina (para terminar además con la crónica de un gatillazo anunciado o con los riñones destrozados), en fin, habiendo sofás, camas, alfombras y otras superficies mullidas, qué queréis que os diga.
Aclaro, por si acaso, que tanto a mi amiga como a mí hace años que se nos pasó la edad de vivir en casa de los padres y tener que darnos el filete en las butacas del cine o en el asiento trasero del coche prestado por un amigo.
A pesar de todo, ella sigue afirmando divertirse más si busca localizaciones exóticas para sus relaciones íntimas. Y digo yo, ¿no será que necesita adornar sus crónicas para disimular la insulsa realidad? Otro día se lo pregunto.

viernes, 13 de junio de 2008

Perdonen las disculpas

“El fútbol es como el ajedrez, pero sin dados”.
Esta frase no es una cita extraída del último espectáculo de Faemino y Cansado, aunque ciertamente lo parezca. Semejante perla dialéctica es propiedad del futbolista de la selección alemana Lukas Podolski, jugador de origen polaco, como su propio nombre sugiere sin atisbo de duda.
Pero no voy a meterme con él por acuñar este verso digno de Jesulín de Ubrique, sino por otra cosa que tiene que ver con su nacionalidad (y tampoco es que me haya vuelto de repente un xenófobo o un nazi).
El domingo se enfrentaron las selecciones nacionales de Polonia y Alemania en un partido de la Eurocopa de fútbol que se está celebrando este mes en Austria y Suiza. Alemania ganó por dos a cero, y ambos tantos fueron conseguidos por nuestro protagonista de hoy. En el momento de marcar sus goles, Podolski compuso un gesto que se ha puesto relativamente de moda entre los futbolistas: juntar las manos cual retrato de primera comunión para pedir perdón por meter gol.
Esta cosa tan surrealista de disculparse por hacer bien su trabajo la empezaron a perpetrar jugadores que le marcaban al equipo donde habían militado anteriormente, que en muchos casos era el club de sus amores desde la infancia, pero al que renunciaron en su día, bien porque el entrenador les ninguneaba o el presidente no les quería, o bien porque otro club les había tentado con un contrato millonario.
(Imaginaos que cada vez que le dais un beso a vuestra pareja actual, sentís la necesidad de llamar a vuestros ex para pedirles disculpas. Se me afloja el esfínter sólo de pensarlo.)
Sea como sea, el oficio del futbolista es el que es, y si uno acepta cambiar de equipo, no valen melindres ni gazmoñerías para la galería. En el caso de Podolski, el acto de contrición no tenía que ver con simples gestiones contractuales, sino con supuestos remordimientos patrióticos.
Desconozco la razón por la que este señor —originalmente paisano de Lech Walesa y Juan Pablo II— decidió convertirse en ciudadano teutón, aunque puedo imaginarla (siendo alemán, la posibilidad de ganar campeonatos se multiplica por cien o incluso por mil). Y si no, da igual. La razón no importa. La cuestión es que, pidiendo perdón a sus ex compatriotas, está ofendiendo a la vez, y aunque sea involuntariamente, a sus compañeros actuales y a aquéllos que le pagan. Qué manera más tonta de complicarse la existencia.
Porque supongo que, al final, ni unos ni otros, ni los de antes ni los de ahora, ni polacos ni alemanes, quedarán contentos con la actitud del renegado penitente. En un tiempo como el actual, donde cada vez nos cuesta más protagonizar nobles gestos como el reconocimiento de un error o la petición de disculpas, ya es triste que se ponga de moda una forma tan falaz y exhibicionista de suplicar el perdón.
La pantomima de Podolski y sus imitadores no me resulta sincera. Me recuerda más bien a esos beatos que intentan decorar con vehementes rezos la fachada de su inmunda pocilga interior.
Aun así, este joven germano-polaco me despierta cierta simpatía gracias a la estrambótica frase con la que he comenzado mi comentario de hoy. Además, la asociación de ideas entre el humor del absurdo y el perdón me ha hecho recordar un letrero que vi en el escaparate de una tienda, y en el cual se podía leer: “Cerrado por asunto familiar. Perdonen las disculpas” (no es difícil deducir que en realidad quisieron escribir “Disculpen las molestias”).
Un inocente lapsus que da lugar a un chiste involuntario, como ese otro que recogió la banda de rock Siniestro Total en una de sus canciones, a partir del mensaje que los propietarios de un bar dirigieron a sus clientes: “Cerrado los lunes por cansancio del personal”.
Lo habitual es que se nos advierta de un día de “descanso” para el personal de un comercio, pero lo de aludir directamente al cansancio, sea intencionadamente o no, merece un premio a la autenticidad y el sentido del humor.
Y nada más. Si os ha molestado o aburrido este artículo, ruego aceptéis mis disculpas por ello.

miércoles, 11 de junio de 2008

Piquetes, esquiroles y masocas

Como cualquier currante que se precie, valoro enormemente el derecho a la huelga como una de las pocas armas a nuestra disposición para defendernos de posibles abusos o explotaciones.
Se supone que es un descendiente directo de la libertad, la igualdad y toda la familia de los valores esenciales y universales. Pero algo funciona mal. Cada vez que se convoca una huelga, quienes más afectados resultan son, precisamente, los currantes, los ciudadanos corrientes y del montón, los consumidores habituales y los usuarios de servicios públicos.
No digo que los patronos y magnates boten de alegría ante la expectativa de una huelga, pero cuando no circula el metro o no se recoge la basura de las calles, lo que menos nos importa es que bajen las acciones de la bolsa o se deteriore la imagen de marca de una empresa.
Y, lo siento, pero no termino de entender la figura del piquete. Me parece que contradice la idea antes reseñada del parentesco con la libertad, la igualdad y todas sus primas hermanas. Ya sé que en teoría la misión del piquete es “informativa”, pero sabemos que, en la práctica, su labor suele equivaler más bien a la de una patrulla urbana de control y coacción o un grupo inducido de caza de brujas y esquiroles, lo que provoca a menudo que el carácter presuntamente informativo se torne finalmente agresivo.
Claro que la figura del esquirol tampoco es que sea un paradigma de la solidaridad y el buen rollo. Son ellos a veces quienes provocan las trifulcas, no conformándose con su derecho (legítimo y respetable) a no secundar la huelga, y metiendo cizaña para desestabilizar y censurar a quienes no comparten su opinión.
Como en tantas cosas, la postura ideal se encuentra lejos de los extremos. Ni los piquetes violentos ni los esquiroles impertinentes gozan de mi agrado, de igual modo que el feminismo no es la solución al machismo, ni el GAL fue en su día la mejor respuesta al terrorismo de ETA, ni la castidad que pregonan los obispos es la mejor vacuna contra el sida, ni los Boixos Nois del Barça son el mejor remedio contra los Ultrasur del Real Madrid.
La reciente huelga de transportistas ha vuelto a evidenciar la existencia de otra figura extrema para sumar a las ya mencionadas del esquirol y el piquete. Es la del consumidor masoquista o ciudadano adicto al sufrimiento, un rol por desgracia cada vez más abundante (gracias, entre otros muchos, a insignes “comunicadores” como el señor Losantos, o a ejemplares tertulianos como las señoras Isabel San Sebastián y María Antonia Iglesias, un tándem siniestro sólo superado por las hermanas Izquierdo de Puerto Hurraco).
Pasó cuando la Guerra del Golfo en los 90, y volvió a ocurrir en el famoso cambio de milenio con esa inexplicable paranoia que se dio en llamar el Efecto 2000. Se ve que más o menos cada diez años nos toca una dosis de histeria colectiva, y allá hemos ido los ciudadanos masoquistas del siglo XXI, invadiendo tiendas y mercadillos, y arrasando con el género cual preludio apocalíptico.
Al contemplar los cajones y mostradores de la fruta, el pollo y el pescado, lógicamente vacíos por culpa del paro de los camioneros, a algunos no se les ha ocurrido otra cosa que vaciar también los estantes de conservas, agotar las existencias de galletas y macarrones, y acumular garrafas de agua y víveres como si estuviera a punto de caer un meteorito o la mismísima bomba atómica.
No digo que la situación no sea grave. Por supuesto que es un problema que nos afecta, además, a los de siempre, a los consumidores diarios y al funcionamiento óptimo de la vida cotidiana. Pero, en fin, no tengamos tanta prisa en invocar a los demonios, digo yo.
Parece que estemos deseosos de catástrofes y que no podamos resistir la tentación de dramatizarlo todo hasta el límite de lo razonable. Si algo es leve, lo hacemos grave. Y si es grave, lo convertimos en trágico. Y si es trágico, lo traducimos en un anticipo del fin del mundo.
Una cosa es la prevención y otra la hipocondría. Mantengamos la calma, por favor.
Y ya veremos lo que pasa cuando se arreglen las cosas en los próximos días. Me veo a algunos de mis vecinos improvisando un rastrillo en la escalera o el parque del barrio para deshacerse del excedente de productos y evitar caducidades o putrefacciones.

martes, 10 de junio de 2008

Qué bueno soy


Qué bueno estoy siendo.
Qué digo bueno; ¡un santo!
Vista la ruinosa temporada que está protagonizando el ínclito Alonso (recuerdo, para los más fanáticos u olvidadizos, que la anterior tampoco se comió un colín), daban ganas de ir todas las noches en plan pesadilla tunera a cantarle a Lobato que saliera al balcón a llorar sus penas y pedirnos disculpas por su forofismo empalagoso, que nos ha torturado incansablemente durante el último par de años. Me temo que se ha agotado ya el repertorio de excusas: que si Hamilton es más malo que el hombre del saco, que si los jueces son miopes, que si la climatología no acompaña, que si la FIA es corrupta, que si los mecánicos son unos inútiles… Si se pierde, se aguanta el chaparrón, y a callar.
Tampoco me vale la milonga de que el coche de este año es peor que el de sus rivales, sobre todo porque eso significaría que cuando Alonso ganó sus campeonatos lo hizo porque los coches de sus rivales eran peores, y, por tanto, su mérito seguiría siendo nulo.
Pero se ve que Tele 5 es demasiado orgullosa y fanfarrona como para reconocer que alguien en quien se ha gastado sus millones pueda ser un deportista como los demás, corriente y vulgar, de esos que también pierden. Lejos de ello, su fórmula rastrera para curar el fracaso Alonsiano pasa por ignorar los éxitos de los demás.
El domingo, Rafael Nadal ganaba su cuarto Roland Garros consecutivo, una hazaña sólo conseguida hasta hoy por el legendario Borg. Por otra parte, Pau Gasol (también campeón del mundo y también multimillonario) está disputando por primera vez para un español la final de la NBA. Y como no hay dos sin tres, resulta que el ciclista Alberto Contador ha ganado el Giro de Italia, después de haberse proclamado el año pasado vencedor de la última edición del Tour de Francia (algo que no sucedía desde los tiempos de Indurain).
Y ese mismo domingo, la sección de deportes del informativo de Tele 5 se abre con la cantinela rabiosa de costumbre: Hamilton es muy burro y muy malo y muy borde y muy tonto (ya sólo faltará que digan que gana “por negro”; tiempo al tiempo).
Así que me he estado aguantando, pero ya no puedo más.
Sé que en estos días queda mejor meterse con Luis Aragonés, pero me permitiréis que reserve mi agujón para Lobato y toda su camarilla de gacetilleros aduladores y mamporreros, intoxicadores (que diría el difunto Gil y Gil) y sesgadores profesionales.
Dicen que el año que viene la Fórmula 1 se retransmitirá en La Sexta. Esto podría venirle bien a la imagen pública de Fernando Alonso, salvo que el señor Milikito tenga la osadía de tentar a los acérrimos telecinqueros para que se pasen a la competencia. Por favor, señor Aragón, deje a Lobato en Tele 5, que ya le encontrarán un Gran Hermano o un Salsa Rosa para que no se aburra.

lunes, 9 de junio de 2008

VI Encuentro Bitácoras y Libros en Barcelona


Por enésima vez lo diré: pobre de aquél que aún piense que reunir a un grupo de lectores, escritores y autores de páginas web dedicadas a las letras es el equivalente a una terapia de grupo enfermiza y sólo apta para sesudos pelmazos, marisabidillos y anacoretas de universo interior atormentado.

Nada mejor para renegar de tan apolillada etiqueta que asistir al VI Encuentro Bitácoras y Libros en Barcelona, promovido por Cuchitril Literario, que se celebrará el próximo viernes 13 de junio. Os animo a visitar su página para conocer todos los detalles del evento.

Dada mi grata experiencia en el encuentro anterior, éste tampoco me lo pierdo. Palabra de peatón.

viernes, 6 de junio de 2008

El mejor actor de la década

Sin apenas ruido ni alharacas promocionales se ha estrenado Antes que el diablo sepa que has muerto, de Sidney Lumet —la mejor película que he visto en lo que va de año, junto a La noche es nuestra, de James Gray—, una de esas obras que ya sólo por el reparto llaman la atención (Philip Seymour Hoffman, Ethan Hawke, Albert Finney y Marisa Tomei). Cine negro del bueno, con un guión demoledoramente moderno que se combina a la perfección con una sustancia dramática que bebe de lo mejor de los clásicos. He oído y leído infinidad de veces aquello de que si Shakesperare viviera hoy, con toda seguridad sería guionista de cine. Nada mejor que esta película del octogenario Lumet para corroborar el tópico. Y además, protagonizada por el mejor actor de la década.
Sí, habéis leído bien. Lo he proclamado así, unilateralmente, y atendiendo a criterios subjetivos, como es natural, si bien me he molestado igualmente en apoyar mi veredicto con argumentos objetivos o, cuando menos, profesionalmente irrefutables.
Me explicaré.
El premio al más regular es una distinción frecuente en competiciones deportivas, hasta el punto de que algunas de ellas, como la Liga de fútbol, son en sí mismas un torneo de la regularidad.
En el mundo del cine parece contar más el éxito inmediato, el impacto puntual. Profesionales que destacan en un momento concreto por un solo trabajo son a veces premiados y multitudinariamente elogiados, mientras que otros de sus colegas que cumplen invariablemente sus cometidos permanecen casi en el anonimato y con sus vitrinas vacías (baste reseñar que Andrés Pajares tiene un Goya y Federico Luppi no, por citar sólo un ejemplo).
Nombres sagrados del oficio como De Niro o Pacino viven de las rentas desde hace siglos, y aun así siguen constituyendo un reclamo infalible para los espectadores. Tanto uno como otro se han ganado con creces la efectividad de su carisma —faltaría más­—, pero del mismo modo, su bajo estado de forma de los últimos tiempos provoca continuas decepciones en el público (De Niro no hace un trabajo de altura desde Casino (1995), y los últimos grandes papeles que recuerdo de Pacino son los que bordó en Donnie Brasco, que se remonta a 1996, y El dilema, de 1999).
No es el caso de otros intérpretes —cuyos nombres quizá os cueste relacionar con un rostro conocido, o bien cuyas caras os resulten familiares aunque seríais incapaces de decir cómo se llaman—, los cuales nunca bajan el listón y se ganan el sueldo, a pesar de que les cueste más trabajo alcanzar la gloria.
Puede que el nombre de Philip Seymour Hoffman ya no suene tan extraño para el gran público, ya que su peculiar fisonomía es un elemento cada vez más presente en los estrenos cinematográficos de los últimos años (es él, como ya habréis adivinado, el actor de la década para este peatón). Sin duda, este reconocimiento creciente se debe sobre todo al Oscar que recibió en 2006 por meterse literalmente en la piel del escritor Truman Capote, pero eso del talento le venía ya de largo a este buen señor.
Repasando su filmografía, uno encuentra trabajos de lo más variopinto, tanto en géneros como en registros interpretativos. A la notable versatilidad, hemos de añadirle además la privilegiada capacidad para encontrar la justa medida. Puede ser intenso o sutil, dar el tipo de hombre vulgar o de canalla depravado, es creíble como heterosexual canónico y como homosexual libertino, sabe dar miedo o lástima, según convenga… Domina, en definitiva, su oficio, con la particularidad de que destaca igual como protagonista que como actor de reparto.
Este buen puñado de cualidades bastaría para reconocerlo como el actor de la década, pero aún hay más. Los principales títulos que ilustran su carrera en los últimos dos lustros son nada menos que Boogie Nights, Happiness, El gran Lebowski, El talento de Mr. Ripley, Magnolia, State and main, El dragón rojo, Cold Mountain, La última noche, Truman Capote, Misión imposible 3, La guerra de Charlie Wilson, La familia Savages y Antes que el diablo sepa que has muerto. Casi nada.
Esto demuestra que no sólo tiene buen tino a la hora de interpretar sus papeles, sino también a la hora de escogerlos.
No es exactamente una estrella, pero hoy por hoy su presencia en los créditos de cualquier película garantiza casi sin margen de error una cita con el buen cine. Que dure la racha, señor Hoffman.

miércoles, 4 de junio de 2008

Tengo que hablar de este libro


Los temas que más me interesan a la hora de leer un libro son aquellos relacionados con la exploración del comportamiento humano, especialmente con esos recovecos que, por sombríos o escondidos, nunca son previsibles y provocan por tanto nuestras dudas o nuestra sorpresa.

La trama de Tenemos que hablar de Kevin, de la escritora norteamericana Lionel Shriver, parte de algo tan presente en los debates contemporáneos como la violencia juvenil, y esta especie de macguffin sirve a su vez para componer un retrato tan certero como incómodo de las miserias cotidianas de nuestro recién estrenado siglo.


La novela está construida a base de las sucesivas cartas que una mujer le escribe a su ex marido después de que el hijo adolescente de ambos haya perpetrado una matanza masiva de alumnos en su instituto. A través de dicho material epistolar, conoceremos los prolegómenos del nacimiento y el desarrollo de la infancia de este asesino precoz, así como la tensa y desigual relación que mantiene a lo largo de los años con sus progenitores, profesores y compañeros de clase.


Seguro que con esta premisa muchos autores habrían terminado sumergidos en los tópicos telefílmicos del melodrama familiar, pero, por suerte, Shriver nos ha regalado una obra atrevida y contundente.


Para empezar, la autora rehuye y cuestiona los lugares comunes manidos y mojigatos sobre la maternidad, el embarazo y la inocencia infantil. Si a un niño recuerda el tal Kevin es al Demian de La profecía, aunque sin posesión demoníaca de por medio, lo que hace que la historia sea aún más terrorífica, ya que, al carecer de la coartada sobrenatural, la maldad del niño no sólo resulta creíble en la ficción, sino perfectamente posible en la vida real.
Habla también de nuestra obsesión por encontrar culpables a todas las tragedias, cuando muchas de ellas ocurren, triste y simplemente, por azar, por accidentes que no son culpa de nada ni de nadie. Este vicio, tan típicamente norteamericano en su origen, parece empeñado en propagarse cual plaga bíblica por todo el mundo occidental: fumadores que enferman de cáncer y denuncian a las tabacaleras por incitarles al consumo de cigarrillos, personas obesas que padecen enfermedades cardiovasculares y denuncian a las cadenas de comida rápida después de años atiborrándose de bazofia grasienta sin que nadie les obligara a ello; afectados por terremotos o huracanes que acumulan demandas contra las empresas inmobiliarias por no haber construido sus casas pensando en posibles catástrofes naturales; individuos que resbalan en la acera y denuncian al ayuntamiento por no cubrir el pavimento con moqueta…


Si un bebé muere porque se cae de la cuna, enseguida nos escandalizaremos y saldrá alguien pidiendo a voz en grito que encierren a los padres por negligencia. ¿Qué coño sabemos nosotros? ¿Por qué no puede ser un simple accidente? ¿Por qué echar más leña a ese fuego en el que se queman quienes verdaderamente más sufren; esa madre o ese padre que no llegó a tiempo o a quien se le resbaló fortuitamente el bebé de los brazos? Un estornudo mientras se conduce una moto puede provocar un accidente. ¿Convertiría eso al motorista resfriado en un asesino sin entrañas? De esto trata la novela.


Con ello, se cuestiona asimismo nuestro relativo sentido de la justicia, la mala costumbre de hacer a menudo responsables de los crímenes a aquéllos que sólo comparten sangre, apellidos o proximidad física con los culpables reales (ya comenté este asunto, en relación al caso de la niña Mari Luz, en la entrada titulada “
Fuenteovejunismo invertido”).


La figura de la madre de un asesino adolescente ofrece un punto de vista interesante y un tipo de personaje casi inédito. Normalmente, las novelas hablan de las víctimas o de los criminales. Tratan de la compasión por los afectados directos o de la fascinación por los intrincados mecanismos de la mente criminal, pero rara vez se ocupan de los que sufren por males perpetrados por quienes más quieren. Es frecuente acusar a los padres por los crímenes de sus hijos, o al menos afirmar que tales atrocidades son siempre una consecuencia de la mala educación recibida, cuando, si nos paramos a pensarlo, sabemos positivamente que no es tan simple (ojalá lo fuera; se podrían evitar la mayoría de los delitos).


La protagonista de esta novela representa el equivalente a lo que los señores de la guerra contemporánea denominan “daño colateral”. El horrendo suceso protagonizado por su hijo ha estigmatizado no sólo su apellido, sino también su reputación social, y le ha coartado la libertad, pese a que no es culpable de nada. Pero esa necesidad de señalar y condenar por sistema hace que la avalancha justiciera se extienda y la alcance también a ella.
El corrosivo repaso a la sociedad americana contemporánea está hecho con la distancia necesaria, con templada ironía y sin interferencias patrióticas. De hecho, la protagonista es una persona que ha viajado mucho, y eso se nota, sobre todo cuando su ideología y su visión del mundo se contraponen a las de su ex marido, republicano convencido y defensor de los valores pomposos que tantas veces hemos visto en las películas. Para remate, la novela está ambientada a principios de esta década, en pleno escándalo Clinton-Lewinsky, y justo cuando Bush estaba a punto de acceder al poder con el escándalo electoral de Florida como telón de fondo.


Aunque el trasfondo histórico que más pesa es, sin duda, el de la matanza del instituto Columbine, quintaesencia de la violencia juvenil moderna, inmortalizada en el escalofriante y efectivo documental de Michael Moore.


Por cierto, no os fiéis del presunto reclamo que han colocado en la fajita que encontraréis acoplada a la cubierta del libro, donde alguien (se supone que un respetable crítico) afirma que esta novela es como “Mujeres desesperadas escrita por Eurípides” (¡collons!). Ni puñetero caso. Esta rocambolesca cita fue la causante de que el libro no me resultara atractivo cuando lo veía en las tiendas. Imaginé que sería la típica obra seudo feminista que dejaba a los hombres como cazurros con el cerebro embotado de esperma, o algo por el estilo (ese tipo de reivindicación de la que me he quejado a menudo en este espacio, y que no le hace ningún bien al feminismo verdadero, ya que pretende, según parece, arrebatarle el poder al machismo, en lugar de erradicarlo). El personaje del ex marido aparece como un auténtico cretino, es cierto, pero eso tiene que ver con su personalidad y está más allá de su condición masculina. Es difícil que cualquier hombre medianamente cabal pueda sentirse identificado con semejante individuo.

 
En suma, una de las lecturas más gratificantes de los últimos tiempos. Qué pena haberlo terminado.

lunes, 2 de junio de 2008

El hogar de la violencia

Una pelea por el control del mando a distancia de la tele o una discusión demasiado subida de tono acerca de un partido de fútbol pueden desembocar a veces en reyertas sangrientas o incuso en brutales crímenes. De vez en cuando nos encontramos con sucesos de esta índole en la prensa, y seguro que todos estamos de acuerdo en que ni la tele ni el fútbol son los verdaderos responsables de la tragedia.
En cierta ocasión presencié una bronca nacida de un absurdo pique entre dos personas durante una partida de Trivial Pursuit, el conocido juego de mesa de preguntas y respuestas. La cosa se quedó en un nutrido reparto de insultos por ambas partes y algún que otro cristal hecho añicos, pero por suerte la sangre se quedó donde debía, revuelta y calentita, pero dentro de las venas.
No hace falta aclarar que el Trivial pertenece a la familia de los llamados juegos educativos o culturales. La intención de su inventor, supongo, no era la de generar rivalidades extremas, sino la de invitar a la gente a pasar un buen rato repasando su culturilla general.
Sé que existen muchas personas que se oponen categóricamente a los denominados “juguetes bélicos”. Este peatón, para variar, tiene una opinión sobre el particular ligeramente distinta a la de la mayoría.
Los niños de mi quinta hemos jugado con pistolas, hachas, arcos y flechas de plástico; con soldados, tanques y cañones en miniatura. Nos disfrazamos de sheriff del Lejano Oeste o de jefe Sioux, y todo ello mientras crecíamos en un entorno mucho menos invadido por las campañas preventivas de lo que fuera, y libre por tanto de la bendición de los apóstoles de lo políticamente correcto.
Sin embargo, profesores y padres se alarman cada día un poco más por los crecientes síntomas de agresividad infantil y adolescente, precisamente ahora, en la conspicuamente conocida como era de la comunicación. Dicen los entendidos que gran parte de esa violencia precoz proviene de la naturaleza agresiva de muchos videojuegos. Estoy seguro de que no les falta razón, pero me sigue pareciendo una forma de quedarse sólo en lo aparente, en la superficie.
Pensemos que el inocente y ya anticuado juego de los barquitos no es otra cosa que la simulación de una batalla naval. Eso por no hablar del ajedrez, paradigma del juego intelectual y pasatiempo pacífico por antonomasia, que no es sino una alegoría de la guerra, de la lucha por el poder o la conquista de un reino por la fuerza.
Que las reglas de un juego contengan matices más o menos bélicos es un aspecto secundario que no debería dar lugar a conflicto alguno, salvo que el deseo de trifulca habite ya de antemano en los genes de los participantes, o bien que éstos adolezcan de la capacidad de aguante necesaria para no saltar como energúmenos a las primeras de cambio.
Esta semana comentaré y recomendaré aquí la excelente novela Tenemos que hablar de Kevin, de Lionel Shriver. De momento, haré mención simplemente a un breve pasaje de la misma, ya que ilustra perfectamente el tema que nos ocupa. Pensemos en un matrimonio que discute la conveniencia de regalarle a su hijo una pistola de agua. El padre se muestra reticente por el hecho de tratarse de un juguete que imita a un arma en su diseño, mientras que la madre opina que disparar un chorro de agua con dicho trasto no tiene por qué ser un signo de violencia mayor que el que supondría que su hijo les apuntara con un hueso de pollo mientras grita “¡Pam, pam!”.
En este caso, estoy con la madre. El hogar de la violencia es nuestra mente o nuestra personalidad. Su naturaleza reside en un deseo, una intención, un sentimiento, una idea o un instinto. Nunca en el instrumento, al cual convertimos en arma a nuestro antojo, sea o no ésa la intención de su fabricante.