domingo, 18 de mayo de 2008

Trabajos forzados

Si el cine fuera una ciencia exacta, Casual day (Max Lemcke, 2008) sería de largo la película española más taquillera del año. Y no me refiero sólo a sus aciertos puramente cinematográficos —que en mi opinión los posee en gran cantidad—, sino al simple hecho de que habla de algo que atañe a un porcentaje sumamente elevado de la población currante ibérica.
Si algo abunda en nuestras ciudades son los oficinistas, los empleados de empresas medianas, grandes o multinacionales que han asistido progresivamente al proceso de invasión (por no decir infección) de una serie de tendencias apoyadas en entelequias y sofisticadas vacuidades importadas del mundo anglosajón, las cuales han trascendido la cultura tradicional del trabajo propiamente dicho, convirtiendo las reuniones y actividades profesionales en simulacros más o menos vanguardistas de las colonias de verano, los juegos florales o las terapias de grupo para adictos.
De todo esto habla Casual day, con un sentido del humor ácido, sutilmente sarcástico, minimalista y a la vez contundentemente testimonial, intimista y al mismo tiempo aplicable a la realidad cotidiana de millones de personas.
Ojo, no nos confundamos. A simple vista podría parecer una traslación a formato grande de la notable comedia televisiva Camera café. Sin menospreciar en absoluto las peripecias de Quesada, Antúnez y compañía, Casual day es cine, como lo hubiera hecho Woody Allen si fuera español, para entendernos. Se la ha comparado con filmes recientes de temática similar, como Smoking room o El método (ambas estupendas), aunque la película de Max Lemcke renuncia a las virguerías formales de la primera y al cierto aire surrealista o simbólico de la segunda. Quizá por ello pega más fuerte. Porque rebosa autenticidad por todos sus poros (si es que el celuloide es poroso). Puede que quien no conozca este ambiente crea que algunas situaciones estén exageradas o manipuladas con fines puramente cómicos o dramáticos, pero puedo aseguraros que conozco muy bien ese universo de competencia, envidia, frustración y lucha de poderes que refleja la película, y es tal cual aparece en la pantalla. Palabra de peatón asalariado.
Todo, hasta lo que aparenta ser más esperpéntico o extremo, es verosímil. Para empezar, el propio concepto que da título a la película. Aquello de sacar a la gente de sus despachos, llevarlos a retozar por el monte, darles un par de sermones proselitistas y hacerles creer inútilmente que el cambio de escenario significa también la anulación de las jerarquías, es el pan de cada día en las empresas de hoy. Se supone que este tipo de actividades sirven para poner en práctica y fomentar conceptos como la cooperación, la confianza, la conciencia de equipo o el afán de superación. No es que tenga nada de malo en cuanto a intenciones, pero el problema es que estamos hablando de personas adultas con más de media vida recorrida y con un petate a sus espaldas repleto de experiencias, facturas y desengaños, y que, por tanto, lo que sin duda representaría una práctica de gran valor aplicada a un público infantil o adolescente, en el caso de individuos preocupados por su hipoteca, el futuro de sus hijos, sus achaques de salud, sus divorcios, sus líos amorosos, etcétera, termina convertido en un grotesco teatrillo que, lejos de motivar, llega a exasperar y acrecentar las tensiones en vez de curarlas.
Pero hay más, y está todo contemplado en los provechosos 90 minutos de proyección. El restaurante como templo para predicar la buena vida y como símbolo de distinción clasista, o el inevitable fin de fiesta en el putiferio, o, quizá lo más revelador: el hecho de que nadie se cree nada. Ni el jefazo chapado a la antigua, que sólo cree en la dedicación exclusiva y en la tiranía del poderoso; ni los mandos intermedios chusqueros, que viven de imponer el miedo al castigo y de la rancia nostalgia de la era pretecnológica; ni el personal de base, que bastante tiene ya con sufrir la presión diaria a cambio de paupérrimos sueldos como para que vengan a montarles un teatro de absurdas florituras; ni siquiera el consultor que organiza la sesión parece creerlo, y se intuye sin esfuerzo que se dedica a lo que se dedica por la pasta que se lleva a cambio.
Todo está revestido de una ceremoniosa hipocresía que a nadie escapa pero que, con mayor o menor capacidad de aguante, todo el mundo traga. Todos los protagonistas de la farsa parecen asumir que semejante paripé es el precio que han de pagar para conservar sus privilegios, sus aspiraciones profesionales o sencillamente sus puestos de trabajo.
A ratos comedia y a ratos docudrama, Casual day constituye uno de los trabajos más interesantes que ha dado el cine español en el último ejercicio. Aunque sólo sea por el hecho de jugar a las adivinanzas con vuestros compañeros de oficina (éste es fulanito, éste otro menganito, ésta otra es fulanita…), ya vale la pena acercarse al cine.
El plano interpretativo es otra de las bazas fuertes de la película. Destaca Juan Diego —inmenso como siempre—, en la piel del alto directivo que sólo cree en sus cojones, muy bien secundado por Luis Tosar, que está perfecto en la piel del mando intermedio cabrón, un tipo quizá no muy preparado pero con la suficiente mala uva como para ser la mano derecha del jefe, y que se hace respetar por medio del ruin poder de la amenaza. También sorprende positivamente Secun de la Rosa, fuera de su rol cómico habitual, haciendo aquí del hombre corriente por antonomasia, de aquél que nunca llegará a nada aunque se esfuerce lo mismo o más que sus colegas; un oficinista gris que no tiene la suficiente mala leche ni la arrogancia necesaria para hacerse respetar en ese entorno pérfido y paleolítico. Estíbaliz Gabilondo es la chica, la mujer (“la hembra”, incluso, si nos ceñimos a lo que representa en ese lugar concreto), que posee el valor de reivindicar un mínimo impulso de cambio, pero que esconde al mismo tiempo una cierta ingenuidad detrás de su barroca fachada de masters y títulos (uno adivina que, si quiere prosperar, tendrá que convertirse en “un hombre” de negocios, pues a ciertos niveles nadie va a verla como otra cosa que como una intrusa, haga lo que haga o sepa lo que sepa, en esa jungla regida por las leyes del machismo ancestral). Álex Angulo es el tibio, el tapado, también un hombre corriente, pero a la vez un superviviente nato que sabe sacarle partido a sus debilidades y hace la rosca taimadamente, sin ruido, en beneficio propio, aunque perjudique a sus compañeros; nunca será un gran directivo, pero tampoco estorbará a los mandamases. Finalmente, Alberto San Juan representa con escalofriante credibilidad al psicólogo o consultor, al perverso maestro de ceremonias: todo en él suena a falso, a teatral, a impostado; hace uso de su cordialidad sibilina para que los empleados terminen sintiéndose culpables de sus desgracias o problemas personales, muchos de los cuales pueden tener origen en la propia actividad profesional.
En determinados foros, conferencias y libros se habla también en términos más o menos críticos de todo esto. La cuestión es que siempre son charlas y libros impartidas y escritos por jefes, directivos, empresarios o consultores. De este modo, lo más valioso de Casual day es que parece realmente parida por un elemento de la clase de tropa, por un sufrido y escéptico peón y no por un rey de la paparrucha rentable.

1 comentario:

Las3Musas dijo...

Vengo a invitarte a una expo fotográfica.

http://barcelona.photobloggers.org/2008/05/20/fotofesta-2008/

Supongo que puede estar bien, me lo ha comentado una amiga y es el viernes 22hs.

Si vas nos vemos allí.
Saludos
musa