miércoles, 7 de mayo de 2008

¡Se acostumbren, coño!

Imagina que estás en Berlín, en Milán o en Glasgow, a la diez de la noche, tranquilamente en tu casa, comiendo una tortilla, un sándwich o media docena de croquetas. De pronto llaman a la puerta, y es la poli. Un par de agentes uniformados te preguntan qué haces y dices que cenar, y entonces te leen tus derechos porque allí se cena a las siete.
Se trata de un ejemplo resumido de lo que podría ocurrirle a cualquier ciudadano extranjero que resida en la Comunidad Valenciana, si es que por fin sale adelante la futura Ley de Integración del Inmigrante que el Conseller de Inmigración y Ciudadanía, un tal Rafael Blasco, se ha empeñado en instaurar para, según él, demostrar que su comunidad es una “tierra de oportunidades” (le ha faltado añadir lo del marco incomparable, el crisol de culturas, la encrucijada de caminos, y, ya puestos, aquello de “Murcia, qué bonita eres”).
El caso es que este señor pretende regular legalmente algo tan relativo como que todo el que viva en su territorio debe respetar los hábitos y costumbres autóctonos, y apoya su descabellado proyecto en pomposas vaguedades del tipo “Asumir nuestro modelo de convivencia y nuestra escala de valores”, o “No perder la cohesión social de la región”.
Creo que ya he explicado aquí alguna vez el infausto efecto que la jerga política y periodística habitual ejerce sobre nuestra consideración hacia los extranjeros. La repetida acuñación del término inmigrante como alusivo exclusivamente a los extranjeros pobres o marginales, ha consolidado una manera discriminatoria de clasificar a aquéllos que nos visitan procedentes de otros países.
De este modo, inmigrantes serían los africanos de las pateras, los chinos de los bazares, los marroquíes del top manta o los sudamericanos que nos sirven el café o nos limpian la casa cada día. Por su parte, a ver quién es el guapo que llama “inmigrante” a Ronaldinho o a Boris Izaguirre, por poner sólo un par de ejemplos.
(No creo que si el Valencia ficha a un delantero camerunés, o a un extremo uruguayo, o a un portero coreano, le vayan a enchironar por no comer paella o no tirar petardos.)
Así que lo peor no es ya la chaladura de querer formalizar lo informal, de querer encasillar y limitar algo tan intrínsecamente voluble como la costumbre (por muy arraigadas que estén algunas de ellas, las costumbres condicionan, pero nunca imponen); lo más grave quizá sea que el señor Blasco no haya reparado en que, en el fondo, está lanzando su advertencia a un sector concreto de la extranjería, y que, por consiguiente, lejos de incidir en el fomento de la igualdad, está reforzando ese cierto espíritu clasista respecto a quienes no son de su pueblo.
Una cosa es que si visitamos Gran Bretaña o cualquier país de la Commonwealth nos veamos obligados a conducir por el carril izquierdo, o que allá donde uno viaje tenga que acostumbrarse a los horarios comerciales (no pidas que te abran un restaurante a las 11 de la noche en según qué sitios). Es decir, puedes asumir que te sirvan la cerveza caliente en un pub irlandés, pero no creo que nadie pueda quitarte el derecho a pedirla fría. No sé si me explico.

2 comentarios:

Las3Musas dijo...
Este comentario ha sido eliminado por el autor.
Las3Musas dijo...

Están muy preocupados porque seamos todos iguales. Intentar equiparar artificialmente una cultura a otra es lo mismo que matarla.

Señores: las musas que festejan la diferencias entre pueblos porque esa es la base de la vida, el convite a lo nuevo y la renovación.
A la cárcel, Musas!

besos transeúntes
musa