viernes, 16 de mayo de 2008

Informalidad forzada (redifusión)

Aprovechando el estreno de Casual day (cuya crítica publicaré aquí este fin de semana), y como además es viernes, me ha parecido interesante recuperar este artículo de hace algunos meses, y que viene bastante al caso, como podréis comprobar.

Informalidad forzada

Recuerdo a un antiguo compañero de trabajo que un día apareció en una reunión con chanclas, bermudas y una camiseta que imitaba las de los presos del corredor de la muerte. Ahora mismo no sabría decir si era martes, o jueves, o viernes, o a lo mejor lunes.
¿Importa mucho eso?, os preguntaréis. Pues, vista mi experiencia reciente, yo diría que sí.
Durante muchos años he ido a trabajar vestido casi invariablemente con traje y corbata. No es que en mi empresa exista normativa alguna al respecto —como imagino sucede en la mayoría de los trabajos de oficinista—, si bien a veces la fuerza de la costumbre nos arrastra a mantener ciertos hábitos como si fuesen algo obligatorio.
Lo que también pasa en la práctica totalidad de las oficinas autóctonas es que el viernes se convierte —a resultas de una ley igualmente no escrita— en el día de la ropa de sport, de paisano, informal o casual, como más os guste.
Imagino que esta costumbre de dejar la corbata en el armario el último día laborable de la semana tiene un origen romántico, de tintes moderadamente reivindicativos, como si fuera un acto simbólico que reafirmara nuestra libertad, alentados por el lógico optimismo que nos embarga en las inmediaciones del fin de semana.
Pero, ¿qué ha pasado? Pues lo de siempre. Y lo de siempre es que cuando la espontaneidad se vuelve afición, y ésta, a su vez, se hace costumbre, aquello que iniciamos amparados en el libre albedrío termina convirtiéndose en una obligación.
Como os he dicho antes, estuve bastante tiempo yendo a mi oficina trajeado, y un día, no hace demasiado, decidí cambiar el hábito, hacerle un regate a la monotonía, y me pasé a la ropa informal.
De este modo, el único día de la semana que coincido con mis compañeros en lo que a vestimenta se refiere es el viernes. Pensando en ello, se me ocurrió que sería divertido hacer un experimento para demostrar mi teoría de que la presunta informalidad de antaño se ha transformado en consigna de obligado cumplimiento.
Así que, anteayer, el viernes, decidí ir al trabajo con el uniforme reglamentario de los otros cuatro días, traje oscuro y corbata a juego, a ver qué pasaba.
No quisiera pecar de arrogante, pero el objetivo de mi experimento se cumplió en apenas treinta segundos. En ese tiempo, nada más aparecer por las dependencias de la empresa, ya recibí tres o cuatro comentarios de sorpresa, interrogación o curiosidad acerca de mi aspecto. Era como si me hubiera presentado a la boda de mi hermano con el chándal de Fidel Castro, o como si hubiera acudido a un funeral disfrazado de mariachi.
No es un buen síntoma, creedme. Me recuerda a eso de “al que no sea libre, le obligaremos a ser libre”. Espantoso.
Además, me consta que ya hay empresas que han institucionalizado lo de los “viernes de paisano”, con lo que terminaremos pasando de la obligación a algo todavía peor: la imposición.
No está de más recordar que, cuando identificamos a alguien como “raro”, se debe a que, en consecuencia, nosotros seremos exactamente lo mismo para él. O sea, que la rareza posee cualidades recíprocas, y que, a veces, quien nos parece extraño está siendo, sencillamente, libre.
Sólo puedo deciros que os vistáis como os dé la gana si os lo permiten, y que no olvidéis que eso va para todos, y que ello incluye a los que no compartan vuestros gustos o costumbres.
La cuestión es, ¿cuál de los dos hubiera sido objeto de más comentarios el viernes, el colega de las chanclas o un servidor? Nunca lo sabremos.

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