lunes, 5 de mayo de 2008

El siglo de los frikis (segunda parte)

Se acaba de estrenar Lars y una chica de verdad, de Craig Gillespie, filme que llega avalado por el orgasmo generalizado de la crítica más afín a los apóstoles del frikismo, y además cuenta con el presumible atractivo de una candidatura al mejor guión original en la pasada edición de los Oscar de Hollywood.
Pese a mis reticencias respecto a este universo posmoderno de raritos de diseño, las buenas experiencias vividas con películas como las que mencioné el otro día en la primera parte de esta entrada, u otras como Olvídate de mí (Michael Gondry) o Adaptation (Spike Jonze), además de mi admiración por directores de carisma singularmente excéntrico como Tim Burton, Joel y Ethan Coen, David Cronenberg o Quentin Tarantino (y excluyo aquí Death proof, que no me gusta nada), constituían motivo suficiente para interesarme por esta historia de un treintañero introvertido, solitario y con un hervor de menos, que decide pasear y presentar en sociedad a una muñeca de plástico como si fuera su novia.
Semejante idea argumental sólo podría sostenerse por la vía de la comedia disparatada, y así se las promete la cinta en sus primeros compases. Pero esto dura cinco minutos, al cabo de los cuales la peli toma un inexplicable giro sentimental del que ya no se recupera, sumida en una espesa parsimonia que imagino forzada para demostrarnos lo serio que es todo lo que cuenta, y que no sirve sino para acusar aún más el rumbo hacia la vergüenza ajena.
En lugar de una comedia mordaz nos encontramos con una especie de melodramón indie plagado de monstruitos, y en el que todo chirría hasta la exasperación. Como el tono no es el adecuado y el director se recrea en la (presunta) complicidad de una (también presunta) audiencia tan friki como él, la cosa no cuela por ningún lado. No se puede contar algo así poniéndose solemne, trascendental, existencialista, ceñudo y hasta ñoño. Teóricamente, la baza del absurdo debería favorecer la verosimilitud en la ficción de lo improbable en el contexto de la realidad, cosa que aquí se desperdicia, ya sea por negligencia o por exceso de pretensiones (o por todo a un tiempo). Ni la inconmensurable ternura de la cuñada, ni la sabia condescendencia de la doctora, ni la magnánima indulgencia del cura (por no mencionar lo de la ambulancia de urgencias o lo del funeral), nada se sostiene, porque no funciona ni como broma ni como drama. Tampoco cuela lo de la compañera de trabajo enamorada, básicamente porque todo indica que es boba (boba en sí misma y también por enamorarse de un espécimen semejante). Para remate, todo aquel personaje que demuestra un ápice de cordura (el hermano, uno de los invitados a la fiesta de cumpleaños) se nos presenta como si fuera poco menos que un fascista insensible. Gillespie fracasa en su intento de hacernos sentir empatía (no digamos ya cariño) por esa galería de ingenuos iluminados que se putean en el trabajo escondiéndose los muñequitos de superhéroes o los ositos de peluche (os juro que es así, no me invento nada). Esto tendría su gracia si se explicara en tono de farsa, pero el tipo se lo toma como si fuera “El diario de Patricia”, o sea, quiere conmovernos, y ahí patina clamorosamente.
Estoy seguro de que su pretencioso objetivo artístico pasaba por componer una metáfora de la necesidad del ser humano de redimir la soledad a través del amor romántico. Pero, tras casi dos horas de sufrido visionado, diría que la historia se puede resumir con eslóganes como “los tarados también tienen su corazoncito”, o “los chiflados también follan” (menuda novedad).
De hecho, lejos de inspirarme compasión, al tal Lars me lo imagino en un futuro no muy lejano irrumpiendo en una hamburguesería metralleta en ristre y acribillando a decenas de personas para demostrarnos lo mal que le sienta la incomprensión del mundo.
Lo de que el guión de esta película fuera candidato al Oscar sólo lo puedo concebir como un toque de atención a la industria, que vean lo que puede suceder si vuelven a dejar que los escritores se crucen de brazos (recordaréis que el 2007 fue el año de la huelga de guionistas y que ello hizo peligrar, entre otras cosas, la celebración de la gala de los Oscar).
Películas como Election, A propósito de Schmidt y Entre copas (las tres de Alexander Payne; éste sí que sabe), o las recientes Pequeña Miss Sunshine y Juno, conseguían ese equilibrio admirable entre el disparate y la ternura, pero en Lars y una chica de verdad todo se queda estancado en el puro patetismo.
Es más, si lo que se busca es una diversión radicalmente desenfadada y esperpéntica, me quedo con la británica Un funeral de muerte, de Frank Oz, que aún aguanta heroicamente en la cartelera desde octubre del año pasado, un dato que hoy en día es digno de tenerse en cuenta.
Y no es que el mundo de los perdedores, los incomprendidos, los fracasados, los sufridores, los desengañados o los inadaptados no sea interesante o no pueda ser susceptible de un tratamiento cinematográfico atractivo. Si hay un director capaz de mostrarnos con tanta precisión como mordacidad ese universo marginal de los monstruitos, los acomplejados y los “raritos” de la clase que sufren el acoso y derribo de una mayoría que ni les acepta ni se esfuerza en comprenderles, ése es Todd Solondz (un bicho raro auténtico, podéis creerme). Ahí están sus películas Bienvenidos a la casa de muñecas, Storytelling, Palíndromos y, sobre todo, Happiness, historias incómodas y decadentes, sin concesiones a lo políticamente correcto y a la vez sin ánimo alguno de llamar a la rebelión de los frikis. Mucho le debe Solondz a un clásico del cine de todos los tiempos, la terrible y sobrecogedora Freaks, de otro Todd (Browning, en este caso), un filme de culto que ha influido igualmente a autores como Tim Burton o David Lynch.
El tal Gillespie, de momento y hasta que demuestre lo contrario, se me queda en el lado oscuro del frikismo, en la orilla más cutre y también la más ingenuamente contestataria, allí donde vegeta desde hace siglos el veterano John Waters, un tipo que nunca me ha hecho ni pizca de gracia. Puede que en tiempos fuera provocador enseñar travestidos tirándose pedos, pero así como Almodóvar sí que ha evolucionado ejemplarmente desde los numeritos petarderos de Pepi, Luci, Bom y compañía, Waters sigue anclado en su anacronismo escatológico y semipornográfico.
La vertiente intelectual (sic) de este reverso tenebroso la lideran emergentes espabilaos como Wes Anderson o Michael Gondry, además de las películas-engendro de Austin Powers y ese programa televisivo de humor juvenil (y de culto, cómo no), Muchachada nui (antes La hora chanante), que me vendieron como la cúspide del humor inteligente, transgresor, vanguardista, dadaísta, nihilista (y sabe Dios cuántos “istas” más), y que, bueno, en fin, no es para tanto, vamos.
Viaje a Darjeeling, de Wes Anderson, vino bendecida por lo más moderno y alternativo, y me aburrí como una marmota chutada de Valium (ya en su día no supe encontrarle la gracia ni a Los Tennembaums ni a Life Aquatic, pero me dije aquello de que no hay dos sin tres, no fuera a ser que se produjera el milagro. Y nada. Lo mismo de siempre. Todo tan sofisticado como vacío).
Lo mismo me pasó con la reciente Rebobine, por favor, del sobrevalorado Michael Gondry (de quien, insisto, me gusta mucho Olvídate de mí, aunque Human nature y La ciencia del sueño me den igual), un ejemplo de cómo una idea estupenda puede echarse a perder por el deseo de ser el más enrollado y gamberro del barrio (mención especial para el actor Jack Black, uno de los más firmes iconos del neofrikismo, que en esta peli está literalmente insoportable). Tampoco soporto el payasismo marciano de la saga Austin Powers, y puedo aseguraros que la peor película que vi durante el año pasado fue Clerks II (del también frikigurú Kevin Smith), compuesta por una sarta de chistes de caca, culo, tetas y polla tan pueriles, que a su lado una despedida de soltero en un puticlub de carretera parece la entrega de los premios Nobel.
A lo mejor, sencillamente, es que ya no tengo edad para ser tan friki o para comulgar con esta nueva tendencia en alza que salpica a todos los ámbitos del panorama sociocultural, desde los propios autores hasta un sector cada vez más numeroso de la crítica y, por supuesto, una parte sustancial del público.
En fin, cuando me toque el próximo reconocimiento médico le pediré al doctor que me haga el test del frikismo... ya veremos.

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