viernes, 2 de mayo de 2008

El siglo de los frikis (primera parte)

El absurdo es un recurso que puede dar mucho juego si se sabe manejar con tiento y buen criterio. El teatro lo adoptó hace siglos, y posteriormente se fueron subiendo al carro otras disciplinas.
Humoristas como Faemino y Cansado o Les Luthiers, y películas como Amanece que no es poco, El gran Lebowski o Cómo ser John Malkovich han demostrado que una buena combinación de ironía y surrealismo puede traducirse a menudo en un placer para nuestra materia gris.
Pero no menos cierto es que el absurdo transita por un terreno demasiado colindante con el del ridículo, y es por ello que, si no se sabe aplicar en la justa medida, lo más fácil es que se invada dicha frontera, pudiendo convertir lo genial en grotesco en cuestión de milésimas.
Algo así es lo que me pasa cada vez que me enfrento a una película de esos nuevos y emergentes autores tan en boga, abanderados de una tendencia que podríamos denominar “Frikismo de vanguardia”, “Neofrikismo” o “Nouvelle frik”.
A estas alturas ya no será necesario aclarar que la forma coloquial “friki” proviene de una adaptación castiza de la voz inglesa freak, cuyo significado vendría a ser “monstruo”, “anormal” o “bicho raro”. Dicho término, de marcado carácter peyorativo en su origen, se ha ido revistiendo de cierta dignidad con el curso de los nuevos tiempos y con la aceptación implícita que otorga la fuerza de la costumbre. De este modo, el friki ya no es sólo el pringao, el toli, el raro o el siniestro de turno.
Normalmente, un servidor asociaba la etiqueta de friki a —por decir algo— hombres hechos y derechos que van al estreno de La guerra de las galaxias disfrazados de Darth Vader, o a individuos de cualquier raza, sexo o condición que se comunican entre sí con un dialecto onomatopéyico y seudojaponés heredado de su pasión por los tebeos Manga. Supongo que me entendéis.
Pero las cosas han cambiado. Ahora hay artistas más o menos consagrados que ostentan y aun reivindican los cánones estéticos y filosóficos (sic) del frikismo, hasta el punto de haberlo convertido casi en una religión que suma devotos en todos los ámbitos profesionales y sociales, y no sólo ya entre los habituales receptores de apodos y collejas en los recreos y patios de colegio a lo largo y ancho del planeta.
Incluso, empiezo a tener la vaga impresión de que la noción de friki está invadiendo progresivamente el territorio semántico de los sufijos –filo y –mano, indicativos de la devoción o afición incondicional hacia cualquier cosa. De este modo, y bajo el influjo del nuevo concepto, los melómanos, mitómanos, bibliófilos y cinéfilos pasarían a ser directamente bibliofrikis, discofrikis o filmofrikis, y así sucesivamente.
En fin. Aquél que carezca de rareza alguna que dé un paso al frente, como suele decirse.
No se trata de predicar la intransigencia y demonizar a todo el que destaque por ser diferente. Y menos aún pasaré por alto el hecho de que este peatón que suscribe no tiene carné de conducir, ni paga hipoteca como la gran mayoría de los mortales de este siglo. O, ya puestos, que tiene pánico a las norias y demás engendros mecánicos de los parques de atracciones, que nunca ha jugado a la PlayStation ni ha estado casado ni ha esnifado cocaína ni ha leído El código Da Vinci ni ha cantado en un karaoke… Y además me cae gordo Fernando Alonso.
En resumen: que para raro, cualquiera vale. Pero, ah, lo que no me trago ya son según qué cuentos y entelequias. Es un truco muy viejo tratar de vender lo inaccesible, intrincado y gratuitamente complejo como si fuera el arte supremo y recriminar nuestra supuesta cazurrería a quienes no comulgamos con ello.
Pongo un ejemplo: admiro al David Lynch de El hombre elefante, Terciopelo azul y Una historia verdadera, pero cuando he visto Carretera perdida, Mulholland Drive o Inland Empire he tenido la inconfundible sensación de que me estaban tomando el pelo.
Oh, cielos, ¿soy un cateto? (más que probablemente lo sea, pero seguro que por otras razones).

Continuará…

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