sábado, 10 de mayo de 2008

Dando el cante

A menudo me meto aquí con los vicios retóricos del periodismo actual y, sobre todo, con la nefasta influencia que ejercen sobre los hábitos parlantes de la ciudadanía.
He reparado en que no es justo cargar con toda la culpa a los medios de comunicación y a sus loros replicantes (conocidos vulgarmente como políticos), ya que existen otras manifestaciones y modos de expresión cotidianos, como los relativos al mundo del arte, el espectáculo y la cultura, que se contaminan y a su vez infectan nuestro vocabulario coloquial con toda clase de deslices y muletillas, y que, dada su enorme repercusión, merecen también la correspondiente colleja.
Sobra decir que encontrar una falta de ortografía o error gramatical en un libro resulta siempre improcedente y hasta escandaloso en según qué casos. Sin embargo, algo inexplicable hace que seamos plenamente permisivos con las aberraciones lingüísticas cuando éstas se producen en la letra de una canción.
Bien es verdad que el lenguaje oral admite una mayor flexibilidad que el escrito en este sentido, especialmente en lo referente al uso del argot o de determinadas jergas, además de las peculiaridades fonéticas de cada región o de ciertas licencias sintácticas que se permiten en aras del ritmo, el énfasis, la armonía sonora o lo que sea.
Pero aunque una canción se escriba para ser escuchada más que leída, no creo que eso deba eximirla de una mínima fidelidad a las normas, al menos en el aspecto gramatical básico.
En su día, el grupo de rock Extremoduro decidió presentar su disco titulado Iros todos a tomar por culo en una casa okupada, supongo que para ser coherentes con su filosofía de banda (la k de okupada la he escrito adrede, para ser también coherente con el contexto). Durante la singular rueda de prensa, uno de los reporteros llamó la atención sobre el contundente título del álbum, si bien, lejos de lo que estaréis imaginando, su pregunta no tenía que ver con la chusca metáfora de la sodomía, sino con el uso erróneo de la forma verbal conocida como imperativo. Y es que, en este caso, el imperativo de Ir sería Id, y, por tanto, la frase del título tendría que haberse escrito como Idos todos a tomar por culo (reseñar asimismo que el líder del grupo respondió como de él se esperaba, afirmando que “idos” son los que están idos, o sea, los pirados).
Pero tranquilos, que hay para todos. O sea, que los más carcas no se empiecen a frotar las manos y se ensañen con los rockeros, porque os puedo mostrar otro ejemplo que se remonta a los años de Maricastaña, extraído concretamente del ingente repertorio coplero nacional. Me refiero al archiconocido tema Y sin embargo te quiero, en cuyo estribillo podemos leer (u oír, más bien):

Eres mi vía y mi muerte,
te lo juro, compañero;
no debía de quererte,
no debía de quererte,
y sin embargo te quiero.

Lo primero que quizás llame la atención sea el uso de la palabra vía, que en este caso no quiere decir que la persona a quien se dirige la canción sea el camino o la guía de nadie, sino que se trata de una contracción muy cañí que encaja sin chirriar en el contexto, del mismo modo que en la lírica de un grupo de rock duro no desentona un vulgarismo del tipo “a tomar por culo”. Además, lo normal es que cuando se reproduzca el texto de esta copla por escrito se use la palabra vida correctamente; yo la he puesto aquí tal y como la cantan las folclóricas porque supongo que es así como estáis acostumbrados a oírla (y no disimuléis, que aunque no seáis fans de Cine de barrio, estamos hablando de una canción bastante popular y seguro que os suena).
Así pues, la colleja en este caso no tiene que ver con ese giro fonético propio de “la grasia y el tronío”. Aquí, lo que da la nota (nunca mejor dicho) es el uso de la forma “debería de” para expresar una obligación (o la intención de esa obligación, para ser más exactos), cuando el hecho de añadirle la preposición de al verbo deber está convirtiendo la frase en una duda o suposición.
Así, lo que la letra de la canción dice literalmente es “Se ve que no te quería” o “Supongo que no te quería” o “A lo mejor no te quería”, cuando sabemos que lo que quiere decir en realidad es “No tendría que quererte” o “No mereces que te quiera”, para lo cual, el verbo deber no ha de ir nunca seguido de la preposición de. El compositor, pues, tendría que haber escrito “No debería quererte”, en lugar de “No debía de quererte”.
Esta confusión, muy común, por cierto, aparece también en un tema de la legendaria banda Leño. No sólo está en el texto de la canción, sino que figura ya en el propio título: Como debe de ser. Dice así:

Echamos nuestro polvo,
nos ponemos muy bien,
y a nadie molestamos,
como debe de ser.

Estamos en las mismas. Lo de echar el polvo es jerga popular, aceptable en los cánones dialécticos del rock. Pero esa sentencia sobre lo que es correcto u obligado necesita excluir la preposición para no convertir lo categórico en dudoso. Rosendo y compañía no hicieron bien los deberes, y deberían haber escrito “Como debe ser”.
Cambiando de tercio, si a cualquiera poco iniciado en materia rockera nacional le decimos que en tiempos existió un grupo llamado Los Burros, es seguro que esa persona no espere grandes alardes literarios de las letras de sus canciones. Sin embargo, y muy lejos de lo que su nombre pudiera sugerir, dicha banda no fue sino el antecedente inmediato de otra bien conocida, El último de la fila, una de cuyas señas de identidad más destacadas era la de componer unos textos cuidadísimos, ricos en vocabulario y recursos estilísticos, hasta el punto de que la mayor parte de ellos podrían leerse directamente como poemas, sin necesidad de una música de fondo. Y esta virtud se remonta ya a la época en que se promocionaban bajo el apelativo de Los Burros.
Pero como nadie es perfecto, resulta que en la canción titulada Conflicto armado podemos oír la inconfundible voz de Manolo García entonando lo que sigue:

La suerte me acompañó,
andamos hasta el portal.
Su mirada me mató,
mi cuerpo por fin salvé.

El cantante nos habla en pasado, como así lo verifican todas las formas verbales empleadas (“acompañó”, “mató”, “salvé”) Todas... menos una, claro. Ese “andamos”, que sin duda responde a un empleo espontáneamente lógico del lenguaje (del mismo modo que parecería más lógico decir “no cabo” que “no quepo”), no rompe la armonía melódica, pero sí la gramatical. La forma correcta sería “anduvimos hasta el portal”.
Habría muchos más ejemplos, pero terminaré con uno al que le tengo especial antipatía. Desde la primera vez que escuché la canción La fuerza del destino, de Mecano, tengo clavada esta estrofa cual estaca en corazón de vampiro:

Y nos metimos en el coche,
mi amigo, tu amiga, tú y yo.
Te dije: nena, dame un beso;
y tú contestastes que no.

Bueno, ya imaginaréis el motivo de mi desazón. Ese horriblemente cacofónico “contestastes”... me saca de quicio.
Esta manía que tiene tanta gente de terminar cualquier palabra con la letra ese es algo que me ha intrigado toda la vida y de lo que aún sigo sin obtener una explicación convincente. La canción de Mecano no hace sino reproducir un hábito ciertamente extendido. Un día sí y otro también oímos a alguien que dice “fuistes”, “volvistes”, “llegastes” o “dijistes”. Pero esta especie de virus de la ese contagiosa no se limita a los verbos. Seguro que, igual que yo, habéis oído a no pocas personas decir “cogeré un taxis”, “ponerse de pies”, “oyes, tú”, o, para los que seáis de Madrid, “me voy a Useras” o “me bajo en Iglesias”. En todos los casos sobra la ese final.
Sé que esto no es tan grave y que además es de lo más común. Pero aun así no me acostumbro. Rarito que es uno.

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