miércoles, 28 de mayo de 2008

Abuelitos en forma

En estos días oiréis a los habituales cenizos sibaritas de filmoteca y a la ceñuda cinefilia vegetariana indignarse al unísono por el éxito popular de la última película de Steven Spielberg, la esperada Indiana Jones y el reino de la calavera de cristal.
Pobrecitos.
Mucho enterado que va por ahí de sabio del celuloide parece ignorar que gran parte de los títulos a los que a menudo se refiere con el vello erizado y la baba caída como “clásicos inmortales del séptimo arte” fueron en su día obras ideadas para llenar las salas y entusiasmar a las masas.
Venerados directores como Hawks o Hitchcock fueron en su tiempo defenestrados o reducidos a la tópica e injusta etiqueta de artesanos competentes, del mismo modo que la arrogancia elitista de algunos críticos y pretenciosos espectadores desprecia hoy por sistema a profesionales como Spielberg, por el simple hecho de haber nacido en el mismo país que Bush.
Allá ellos. Supongo que irían con nueve años a ver películas de Pasolini, mientras que los demás, sin prisa pero sin pausa, nos iniciábamos en la filmofilia a base de sesiones continuas de Tarzanes sucedáneos y romanos de cartón piedra, además (no hay que olvidarlo) de los clásicos del cine de acción y aventuras, películas más que dignas protagonizadas por Errol Flynn, John Wayne, Burt Lancaster, Charlton Heston o Robert Taylor, que se veían por puro placer, sin condicionantes intelectuales de ningún tipo.
Hoy soy capaz de disfrutar por igual con el cine de autor y con el más espectacular, con la tragedia y con la comedia, con propuestas clásicas o vanguardistas, y sin prejuicios de nacionalidad o género, mientras que los fatuos puristas del arte con mayúsculas siguen reclamando que una película debe contener, como mínimo, la respuesta al sentido de la vida, y si no, es basura comercial (como si fuera gratis tragarse los ladrillos de Aronofsky o Angelopoulos, que ésa es otra).
Para muchos de sus detractores, el fútbol es “veinte tíos en calzones corriendo detrás de una pelota”. Os suena, ¿verdad? Pues bien, no sabéis la de aspirantes a erudito cinematográfico que caen en el mismo absurdo y simplista estilo de definición al hablar del cine de Spielberg. Sólo parecen acordarse de Hook, 1941, Amistad, Always, La terminal y los muchos otros productos de consumo rápido que ha producido para ganar pasta, pero en los que no se puso detrás de la cámara.
Si redujéramos la obra de Hitchcock a Yo confieso, La trama, Topaz y sus primeros filmes británicos, si bien nos parecería un autor respetable, tal vez nadie pensaría en él como un genio. Del mismo modo, Spielberg, además de un sucedáneo de Walt Disney, es también (y sobre todo) el ejemplar narrador de historias como Tiburón, En busca del arca perdida, ET, La lista de Schindler, El imperio del sol, Salvar al soldado Ryan, Inteligencia Artificial, Minority report, Atrápame si puedes y Munich.
Se le atribuyen como únicas virtudes la fantasía y la fanfarria pirotécnica, pero es un maestro de la sugerencia y la sugestión (hecho demostrado con creces ya en su opera prima, Duel, así como en las posteriores Tiburón o La guerra de los mundos, e incluso en la primera parte del metraje de Parque Jurásico), además de un virtuoso de la estructura narrativa y la dosificación óptima de la información para crear interés o intriga. Éste es el rasgo principal que lo diferencia de sus múltiples imitadores. Basta ver fallidos pastiches como La búsqueda, Independence day o El código Da Vinci para darse cuenta de quién es el maestro y quiénes los incompetentes súbditos. Tan sólo Zemeckis (Regreso al futuro, Náufrago, Forrest Gump, Quién engañó a Roger Rabbit) parece un digno discípulo, si bien siempre con la garantía del señor Spielberg en labores del producción.
Tanto su impronta creativa como sus referencias explícitas apuntan al cine de los años dorados, a tipos como John Ford y Frank Capra, autores que ahora serían tildados de fachas, ingenuos, superficiales o ñoños por los listos que ya sabéis.
No hay que olvidar que la pandilla de colegas de Spielberg fue la formada por Coppola, De Palma, Scorsese, Lucas y Milius, y que, generacionalmente hablando, pertenece a la saga de los ilustres abuelillos, como Eastwood, Polanski, Scott, Cimino, Schrader, Parker, Lumet, Malick o el recién fallecido Pollack, por mucho que algunos se empeñen en asociarlo con la peor facción del Hollywood actual, la de la comedia bobalicona y el videojuego frenético.
Para los jóvenes de hace 20 años, las películas de Indiana Jones eran lo que las sagas de El señor de los anillos o Matrix son para el público contemporáneo. La imagen de Harrison Ford con sombrero y látigo es ya un icono para la posteridad, igual que un Charlot con bombín y bastón o un Bogart con gabardina fumando su pitillo.
A pesar de que hoy se cuenta con una tecnología distinta para los efectos especiales, en su último trabajo Spielberg sigue recurriendo mayoritariamente a lo material, a los extras de carne y hueso y a los decorados, sin abusar de la infrografía y la ambientación digital, lo que concede, para mi gusto, mayor autenticidad al invento. Cuando hablo de autenticidad no me refiero, obviamente, a la verosimilitud. Las peripecias de Indiana Jones son tan hiperbólicas e inverosímiles como las de Gandalf, Frodo y compañía, aunque no estén encuadradas en universos paralelos o virtuales, y transcurran en los años 40 y 50 del siglo pasado. La diferencia está en que el tono que imprime Spielberg es el de la comedia. En Indiana Jones no hay trascendencia mística ni discursos proféticos, por mucho que las aventuras giren en torno a ídolos o leyendas más o menos sagrados. Incluso los guiños cinéfilos están revestidos también de esa cierta ironía desmitificadora (en la última entrega hay claros homenajes a Tarzán, El planeta de los simios o Cuando ruge la marabunta, además de la aparición estelar de Shia Labeouf ataviado como Marlon Brando en Salvaje, o las referencias casi paródicas al propio universo spielbergiano). Esa capacidad para reírse de uno mismo es tal vez la mejor virtud y la razón de su popularidad. El espectador sabe que está ante un pasatiempo de lujo y no ante un desafío para su reputación intelectual.
Si sois capaces de entrar en un cine con la única intención de disfrutar, lo más seguro es que paséis un buen rato con Indiana Jones y el reino de la calavera de cristal. Si, por el contrario, vuestra idea del entretenimiento es inseparable de los artificios made in Nintendo, o si pertenecéis a esa clase privilegiada que sólo ve películas que pretenden cambiar el mundo, mejor que elijáis otra cosa. Pero, eso sí, dejad a Spielberg en paz, que algunos aún le deseamos una larga vida.

4 comentarios:

C. Martín dijo...

Y El color púrpura, oiga, que todavía recuerdo los lagrimones que se me cayeron cuando fui a verla en un pre-estreno un sábado por la mañana..., sister, you've on my mind...

El último peatón dijo...

Ya lo creo. Tengo entendido que la empresa Kleenex entró en superávit a raíz del estreno de esta película...

satxoska dijo...

si ej que estos 2 cracks son maestros del impacto en la pantalla
humor, intriga, suspense, sorpresa... incluso algunas dosis moderadas de tragedia, pero de entretenimiento deskarado, si es que hasta incluso se han atrevido a conducir la investigación por derroteros paranormales!!
el secreto? además de dichos ingredientes, lo que es ya una rutina noveleska (que además está de moda): mezclar datos reales con suposiciones ficticias, y ahí han dao en el clavo!
sumemos los peazo panoramas (el paisaje al fondo y la silueta de jones en 1ª plano) y multipliquémoslo por el énfasis musikal que utiliza para realzar la escena
ya tenemos 100x100 spielberg-movie, este tío es un genio! en esta peli es que lo borda!

éso es lo que ha de ser el cine! que las 2 horas tengan parado al espectador en la butaka para disfrutar de un espectáculo (pasando de los dramas que hagan del visionado un parto, que está guay, pero VARIEDAD, qué cansinos son los que quieren hacer del cine un drama social, puf!)
éso es lo que echaba en falta, hacía años que no me lo pasaba tan bien en una sala de multicines (cuidado que viene publi) cinesa
un saludo, y perdona por el parrafón, es que la peli me ha emocionado mogollón :D

El último peatón dijo...

Comparto tu entusiasmo. Las pelis, como la comida: un día apetece un guiso de pote, otro un plato "fisno" y sofisticado, otro un bocata de salchichón, otro una mariscada... ¡Viva la diversidad!