viernes, 30 de mayo de 2008

El mal gusto del macho ibérico

He sintonizado una entrevista a una sexóloga que, entre otras cosas, comentaba el resultado de un estudio de esos que no valen para nada pero que tiene bastante coña.
Según parece, sondearon a hombres y mujeres heterosexuales por separado para saber hasta qué punto tanto unas como otros estarían dispuestos a mantener relaciones con alguien de su mismo sexo, si la alternativa a ello fuese alguien del sexo contrario, pero muy feo.
Para que se vea más claro: se preguntó a las mujeres que, si hubieran de elegir entre liarse con Angelina Jolie o darse un revolcón con Michael Jackson, cuál de las dos opciones escogerían.
La mayoría de las féminas encuestadas se inclinaron por la exuberante y recauchutada esposa de Brad Pitt, argumentando que su criterio se basaba en un concepto de la belleza o el atractivo más allá de la identidad sexual. O sea, que para ellas era tan sencillo como elegir entre el más bello de los dos, algo bastante fácil de dilucidar dados los personajes propuestos.
El caso de los hombres, sin embargo, se resolvió de manera bien distinta. Nosotros damos más importancia al hecho de que la persona con quien nos enrollemos sea mujer. Al parecer, tenemos más prejuicios de cara a mantener incólume nuestra presunción de inocencia ante sospechosas debilidades viriles, y preferimos hembras de todo a cien antes que ser acusados de perder aceite.
Por eso, cuando a los hombres encuestados se les dio a elegir entre Camilla Parker Bowles (tela marinera) o Brad Pitt, eligieron casi unánimemente a la princesa consorte de Gales, a pesar de ser algo así como una fotocopia arrugada de Giorgio Aresu.
Todos los hombres, mujeres, niños, animales, alimañas del desierto e incluso alienígenas saben que Brad Pitt es más guapo que Camilla Parker Bowles (mejor dicho, que Brad Pitt es guapo y la otra no). El problema para nosotros es que sabemos que Pitt es un tío.
Dicho esto, del resultado de este singular estudio se puede concluir que la heterosexualidad masculina es más bien rígida y parece supeditada a determinados principios ancestrales, mientras que la heterosexualidad femenina sería más flexible y menos superficial a la hora de identificar el placer y la belleza.
Mucho habría que hurgar aquí, y este espacio es demasiado pequeño para abarcarlo todo, pero una cosa sí puedo aseguraros: si Brad Pitt tuviera una hermana gemela (y por tanto idéntica a él), no os quepa duda de que todos la elegiríamos a ella en vez de a la señora Parker Bowles.
He ahí el dilema.

P.D.
Ah, claro, queréis saber qué hubiera contestado yo, ¿no es eso? Pues bien, si me hubieran dado a elegir entre Camilla y Brad Pitt, mi respuesta, sin duda alguna, habría sido ésta: "ninguno de los dos".
Y estoy convencido de que hubo más de uno que contestó lo mismo que yo.

miércoles, 28 de mayo de 2008

Abuelitos en forma

En estos días oiréis a los habituales cenizos sibaritas de filmoteca y a la ceñuda cinefilia vegetariana indignarse al unísono por el éxito popular de la última película de Steven Spielberg, la esperada Indiana Jones y el reino de la calavera de cristal.
Pobrecitos.
Mucho enterado que va por ahí de sabio del celuloide parece ignorar que gran parte de los títulos a los que a menudo se refiere con el vello erizado y la baba caída como “clásicos inmortales del séptimo arte” fueron en su día obras ideadas para llenar las salas y entusiasmar a las masas.
Venerados directores como Hawks o Hitchcock fueron en su tiempo defenestrados o reducidos a la tópica e injusta etiqueta de artesanos competentes, del mismo modo que la arrogancia elitista de algunos críticos y pretenciosos espectadores desprecia hoy por sistema a profesionales como Spielberg, por el simple hecho de haber nacido en el mismo país que Bush.
Allá ellos. Supongo que irían con nueve años a ver películas de Pasolini, mientras que los demás, sin prisa pero sin pausa, nos iniciábamos en la filmofilia a base de sesiones continuas de Tarzanes sucedáneos y romanos de cartón piedra, además (no hay que olvidarlo) de los clásicos del cine de acción y aventuras, películas más que dignas protagonizadas por Errol Flynn, John Wayne, Burt Lancaster, Charlton Heston o Robert Taylor, que se veían por puro placer, sin condicionantes intelectuales de ningún tipo.
Hoy soy capaz de disfrutar por igual con el cine de autor y con el más espectacular, con la tragedia y con la comedia, con propuestas clásicas o vanguardistas, y sin prejuicios de nacionalidad o género, mientras que los fatuos puristas del arte con mayúsculas siguen reclamando que una película debe contener, como mínimo, la respuesta al sentido de la vida, y si no, es basura comercial (como si fuera gratis tragarse los ladrillos de Aronofsky o Angelopoulos, que ésa es otra).
Para muchos de sus detractores, el fútbol es “veinte tíos en calzones corriendo detrás de una pelota”. Os suena, ¿verdad? Pues bien, no sabéis la de aspirantes a erudito cinematográfico que caen en el mismo absurdo y simplista estilo de definición al hablar del cine de Spielberg. Sólo parecen acordarse de Hook, 1941, Amistad, Always, La terminal y los muchos otros productos de consumo rápido que ha producido para ganar pasta, pero en los que no se puso detrás de la cámara.
Si redujéramos la obra de Hitchcock a Yo confieso, La trama, Topaz y sus primeros filmes británicos, si bien nos parecería un autor respetable, tal vez nadie pensaría en él como un genio. Del mismo modo, Spielberg, además de un sucedáneo de Walt Disney, es también (y sobre todo) el ejemplar narrador de historias como Tiburón, En busca del arca perdida, ET, La lista de Schindler, El imperio del sol, Salvar al soldado Ryan, Inteligencia Artificial, Minority report, Atrápame si puedes y Munich.
Se le atribuyen como únicas virtudes la fantasía y la fanfarria pirotécnica, pero es un maestro de la sugerencia y la sugestión (hecho demostrado con creces ya en su opera prima, Duel, así como en las posteriores Tiburón o La guerra de los mundos, e incluso en la primera parte del metraje de Parque Jurásico), además de un virtuoso de la estructura narrativa y la dosificación óptima de la información para crear interés o intriga. Éste es el rasgo principal que lo diferencia de sus múltiples imitadores. Basta ver fallidos pastiches como La búsqueda, Independence day o El código Da Vinci para darse cuenta de quién es el maestro y quiénes los incompetentes súbditos. Tan sólo Zemeckis (Regreso al futuro, Náufrago, Forrest Gump, Quién engañó a Roger Rabbit) parece un digno discípulo, si bien siempre con la garantía del señor Spielberg en labores del producción.
Tanto su impronta creativa como sus referencias explícitas apuntan al cine de los años dorados, a tipos como John Ford y Frank Capra, autores que ahora serían tildados de fachas, ingenuos, superficiales o ñoños por los listos que ya sabéis.
No hay que olvidar que la pandilla de colegas de Spielberg fue la formada por Coppola, De Palma, Scorsese, Lucas y Milius, y que, generacionalmente hablando, pertenece a la saga de los ilustres abuelillos, como Eastwood, Polanski, Scott, Cimino, Schrader, Parker, Lumet, Malick o el recién fallecido Pollack, por mucho que algunos se empeñen en asociarlo con la peor facción del Hollywood actual, la de la comedia bobalicona y el videojuego frenético.
Para los jóvenes de hace 20 años, las películas de Indiana Jones eran lo que las sagas de El señor de los anillos o Matrix son para el público contemporáneo. La imagen de Harrison Ford con sombrero y látigo es ya un icono para la posteridad, igual que un Charlot con bombín y bastón o un Bogart con gabardina fumando su pitillo.
A pesar de que hoy se cuenta con una tecnología distinta para los efectos especiales, en su último trabajo Spielberg sigue recurriendo mayoritariamente a lo material, a los extras de carne y hueso y a los decorados, sin abusar de la infrografía y la ambientación digital, lo que concede, para mi gusto, mayor autenticidad al invento. Cuando hablo de autenticidad no me refiero, obviamente, a la verosimilitud. Las peripecias de Indiana Jones son tan hiperbólicas e inverosímiles como las de Gandalf, Frodo y compañía, aunque no estén encuadradas en universos paralelos o virtuales, y transcurran en los años 40 y 50 del siglo pasado. La diferencia está en que el tono que imprime Spielberg es el de la comedia. En Indiana Jones no hay trascendencia mística ni discursos proféticos, por mucho que las aventuras giren en torno a ídolos o leyendas más o menos sagrados. Incluso los guiños cinéfilos están revestidos también de esa cierta ironía desmitificadora (en la última entrega hay claros homenajes a Tarzán, El planeta de los simios o Cuando ruge la marabunta, además de la aparición estelar de Shia Labeouf ataviado como Marlon Brando en Salvaje, o las referencias casi paródicas al propio universo spielbergiano). Esa capacidad para reírse de uno mismo es tal vez la mejor virtud y la razón de su popularidad. El espectador sabe que está ante un pasatiempo de lujo y no ante un desafío para su reputación intelectual.
Si sois capaces de entrar en un cine con la única intención de disfrutar, lo más seguro es que paséis un buen rato con Indiana Jones y el reino de la calavera de cristal. Si, por el contrario, vuestra idea del entretenimiento es inseparable de los artificios made in Nintendo, o si pertenecéis a esa clase privilegiada que sólo ve películas que pretenden cambiar el mundo, mejor que elijáis otra cosa. Pero, eso sí, dejad a Spielberg en paz, que algunos aún le deseamos una larga vida.

lunes, 26 de mayo de 2008

Con la música a otra parte

Siempre que le regalaba una prenda procuraba elegir adrede una talla menor de la que realmente gastaba. Le daba a entender así que mi forma de mirarla estilizaba su figura, y sabía que eso le hacía sentirse halagada, aunque no es ni ha sido nunca una mujer gorda.
Siempre tuve una palabra para secar sus lágrimas y una sonrisa para celebrar su ánimo.
Nunca dejé de escuchar, fui sincero en la discrepancia, cortés en las obligaciones y dulce en el aburrimiento.
No adulé con empalagosa gratuidad, no juzgué sus costumbres como manías ni sus deseos como caprichos. Me reí de mis celos y saludé a sus amigos como si fueran los míos.
Siempre soñé con ella, aunque dormía con ella a diario.
Y ahora, pese a todo, o a causa de todo ello, se acabó.
Tres horas de conversación apasionada sólo sirvieron para que ella me regalara una retahíla de elogios que ni la más dadivosa de las abuelas sería capaz de recopilar para referirse a su nieto favorito.
Según sus palabras, yo reunía un muestrario de cualidades entre las que destacaban la sinceridad, la comprensión, la inteligencia, la honestidad, la sensibilidad, la ternura, la simpatía, la cordura, el sentido del humor, la responsabilidad, la solidaridad, la confianza, la complicidad, la tolerancia, y alguna otra más que soy incapaz de recordar.
Pero se iba. Me dejaba porque cuando estaba conmigo ya no oía la llamada de la selva (supongo que lo que escuchaba ahora era la llamada de la gripe, o algo por el estilo).
El caso es que mi supuesto cargamento de virtudes pesaba menos en el cómputo de sus deseos que algo tan etéreo e irracional como la música de las feromonas.
Uno no puede elegir el destino de quien le abandona, pero, puestos a imaginar, me hubiera gustado que su huída respondiera a un anhelo de libertad o de independencia, y no al más que probable descubrimiento de un nuevo rey de la jungla, puede que un Tarzán aburrido o un Conan demasiado bárbaro, pero qué más da si es o no sincero, comprensivo, inteligente, honesto, sensible, tierno, simpático, cuerdo, divertido, responsable, solidario, confiado, cómplice, tolerante o cariñoso; qué más da, me digo, mientras sepa tocar la melodía que yo he desafinado en todo este tiempo, tal vez más pendiente de la partitura que del instrumento.
Terminar así es como despertar de golpe en lo mejor de un sueño agradable. Al principio nos exaspera, quisiéramos reengancharnos a toda costa aun sabiendo que la dicha es falsa. Pero en poco tiempo descubres que no hay nada como la realidad, y que, además, si uno aprende a silbar su propia canción, al final importa un bledo adónde demonios se hayan llevado la orquesta.

viernes, 23 de mayo de 2008

Compartir el aburrimiento

Llevábamos mi novia y yo tres o cuatro días regañados por culpa de una tontería. Siempre es así. Cuando el motivo de la discrepancia es verdaderamente importante, nuestras discusiones son diálogos civilizados y argumentativos; sin embargo, cuando nos peleamos por cualquier nimiedad, sacamos a relucir el repertorio de infantiladas, exabruptos barriobajeros y desplantes ñoños propios de los amantes de novelilla de quiosco.
Ayer tarde me llamó y me anunció que se pasaría por casa para enseñarme unas fotos que acababa de revelar. Los dos sabíamos que era una excusa como otra cualquiera para firmar por fin el armisticio, ya que ambos somos poco amigos de las tensiones duraderas, por muy impetuosas que sean a veces en su origen.
Media hora antes de que apareciera, yo estaba ya ensayando un amago de conversación aparentemente aséptica que destapara, paulatinamente y en último término, la deseada voluntad de reconciliación. Por supuesto, no quería que ella adivinara que mi recuperado estado de ánimo era un producto nada espontáneo y debidamente teatralizado, con lo que decidí encender la tele y ponerme a verla para simular que era eso lo que estaba haciendo, en vez de elaborar patéticamente el sainete de mi rendición de enamorado.
En el canal que sintonicé estaban poniendo una serie anodina sobre dos hermanas jovencísimas, la una enfermera y la otra pasante de juzgados, o algo así. Una de ellas tenía poderes paranormales para conectar con los muertos, y la otra, para no ser menos, poseía la capacidad de adivinar el futuro de la gente con sólo cerrar los ojos y sudar mucho. Al parecer, ambas componían un tándem infalible para resolver casos criminales o misteriosos. A pesar de esta premisa, la serie, como digo, era light a más no poder, un tanto bobalicona, con efectos especiales de barraca y unos diálogos más cutres y sosainas que los de mis discusiones de pareja. Un ladrillo de órdago.
Mi novia llegó por fin, y me encontró, según mi estudiada preparación, sentado frente al televisor. “¿Qué haces?”, me preguntó absurdamente (esa clase de preguntas que nos obliga a hacer la incomodidad de un ambiente aún espeso y cargado de recelos pasados). Estuve por contestar “Arreglando el filtro del lavavajillas”, o algo así; la típica respuesta injustamente borde que se utiliza para dejar en evidencia al otro, como si uno mismo no estuviera igualmente contagiado de las secuelas propias del enfado romántico.
Pero no estoy tan mal, por suerte, así que le dije “Nada, viendo esta serie que no había visto nunca. Un petardo, por cierto”. Este comentario, lejos de disuadirla, pareció alimentar su curiosidad. Ahora sé que fue su muestra de debilidad, la evidencia de que ella, tanto o más que yo, anhelaba el regreso de la calma.
Se sentó junto a mí en el sofá, y como un par de imbéciles atolondrados por los efectos de sabe Dios qué sustancia, nos quedamos acoplados entre cojines observando las insulsas peripecias de aquellas hermanas superpoderosas.
Lo que son las cosas. Al poco rato estábamos los dos intercambiando opiniones con jocosa ironía, poniendo a caldo al guionista y al par de pijas visionarias, despellejando a los creativos de los anuncios durante los veinte minutos que duró el intermedio, y así, como sin quererlo y sin grotescos ensayos, volvieron la complicidad y el calentón a nuestro recientemente interrumpido idilio.
Muchas veces he oído o pensado que todos terminamos unidos a alguien más por miedo a la soledad que por verdadero amor, pero nunca hasta ayer había reparado en el papel tan relevante que juega también el aburrimiento en todo esto. Diría que el aburrimiento, al fin y al cabo, es como un hijo prosaico de la soledad, y por eso a veces se produce el milagro de la felicidad cuando compartimos el tedio con otra persona.
Os aseguro que en mi vida volvería a tragarme un solo minuto de aquella estúpida serie, pero tan cierto como eso es el hecho de que, haber compartido su visionado con mi chica, terminó convirtiendo el bodrio el medicina, y que esta noche, como el par de pánfilos que volvemos a ser una vez recuperada nuestra rutina conyugal, terminaremos el uno amorrado al otro a ritmo de zapping.
Qué bonito es el amor.

jueves, 22 de mayo de 2008

Una retirada a tiempo es una victoria

Hoy he estado nuevamente a punto de ser atropellado mientras cruzaba un semáforo en verde para mí y en ámbar para los coches. (¿Cuándo se decidirán de una puñetera vez a eliminar el dichoso color naranja, que no respeta vehículo alguno, ya sea bicicleta u hormigonera, y reducir las luces de tráfico al rojo y verde?)
Por si el susto en sí no fuera suficiente, resulta que el coche que casi me aplasta era un pedazo de todoterreno inmenso, como un edificio de doce plantas con ruedas, para que os hagáis una idea.
Como este tipo de lance es por desgracia corriente en mi rutina peatonal cotidiana, el gesto de reacción me sale ya de forma mecánica: un aspaviento de la mano, ceño fruncido, cara de tertuliano político, y como guinda un taco o exabrupto cualquiera, que es lo único que varía según la ocasión (desde pedir calma airadamente hasta cagarme en su puta calavera, dependiendo del día que tenga).
La sorpresa de hoy es que el imprudente conductor no era un niñato descerebrado, ni un guiri alelado, ni un ejecutivo fantasmón, sino un hombre viejo, un señor ciertamente anciano, octogenario en el mejor de los casos.
Una vez expuse aquí mi peculiar criterio sobre la edad recomendable para obtener el carnet de conducir. Sé que no es una opinión popular, pero me da igual. Para quien no lo sepa, este peatón sostiene que la edad actual permitida, dieciocho años, es demasiado temprana, y que algo demostradamente tan dañino para la tasa de mortalidad como los accidentes de tráfico debería hacernos reflexionar sobre esa insistencia de los publicitarios en relacionar juventud con velocidad. El colmo del horror se alcanzó en cierta ocasión, cuando alguien insinuó que se podría llegar a imitar la legislación estadounidense, la cual, como muchos ya sabréis, concede el permiso de conducir a partir de los dieciséis años. A mí me parece una locura, pero en fin.
Al margen de mi susto de hoy, he de decir que, del mismo modo que considero conveniente retrasar la edad mínima para conceder el carnet, creo que debería haber igualmente un mayor rigor a la hora de establecer hasta cuándo una persona está verdaderamente capacitada para seguir conduciendo.
No es normal que a algunos ya se nos empiece a considerar viejos a partir de los 40 para según qué trabajos, o que cada vez haya más empleados considerados “prejubilables” al pasar de los 50, y sin embargo no parezca existir un límite real de edad para retirarse de la conducción activa.
No se trata de un tema de salud. Por muy sano que esté uno a según que edad, hay otras cuestiones, como la vista o los reflejos, que estarán obligatoriamente mermadas. Tengo entendido que los conductores deben pasar exámenes médicos cada vez que renuevan el permiso, pero visto lo que circula por ahí, no parece que sean muy estrictos.
Por supuesto que tampoco pretendo que se discrimine a nadie por su edad, sobra decirlo. De hecho, no depende tanto de que exista una norma o no al respecto. Tal vez deberíamos ser nosotros mismos, a partir del momento indicado, quienes tendríamos que ser conscientes de nuestras limitaciones y del mal que podríamos ocasionar a los demás. Pero me temo que el coche es tan adictivo como la nicotina, el alcohol o cualquier sustancia psicotrópica prohibida o legal, y desengancharse de ello cuesta un horror.
Me consta que en algunos centros de la tercera edad se dan cursillos de seguridad vial para evitar determinados accidentes, ya que al parecer las estadísticas abundan en atropellos de peatones ancianos por culpa de despistes o carencias de agilidad. ¿Por qué no se hace lo mismo con los conductores?
A lo mejor la culpa es nuestra por tratar tan mal a nuestros mayores, por arrinconarlos y descuidarlos en esta sociedad de lo urgente y lo instantáneo. Por eso tienen que aferrarse a lo que sea para no sentirse inútiles; ya que no les dejan trabajar, al menos que puedan darse una vuelta en coche. El transporte público tampoco se lo pone fácil, todo sea dicho (frenazos y empellones salvajes del autobús, escaleras interminables del metro...). Tal vez los ayuntamientos tendrían que habilitar un servicio especial de taxis para abuelos, o algo parecido. Se admiten sugerencias.

domingo, 18 de mayo de 2008

Trabajos forzados

Si el cine fuera una ciencia exacta, Casual day (Max Lemcke, 2008) sería de largo la película española más taquillera del año. Y no me refiero sólo a sus aciertos puramente cinematográficos —que en mi opinión los posee en gran cantidad—, sino al simple hecho de que habla de algo que atañe a un porcentaje sumamente elevado de la población currante ibérica.
Si algo abunda en nuestras ciudades son los oficinistas, los empleados de empresas medianas, grandes o multinacionales que han asistido progresivamente al proceso de invasión (por no decir infección) de una serie de tendencias apoyadas en entelequias y sofisticadas vacuidades importadas del mundo anglosajón, las cuales han trascendido la cultura tradicional del trabajo propiamente dicho, convirtiendo las reuniones y actividades profesionales en simulacros más o menos vanguardistas de las colonias de verano, los juegos florales o las terapias de grupo para adictos.
De todo esto habla Casual day, con un sentido del humor ácido, sutilmente sarcástico, minimalista y a la vez contundentemente testimonial, intimista y al mismo tiempo aplicable a la realidad cotidiana de millones de personas.
Ojo, no nos confundamos. A simple vista podría parecer una traslación a formato grande de la notable comedia televisiva Camera café. Sin menospreciar en absoluto las peripecias de Quesada, Antúnez y compañía, Casual day es cine, como lo hubiera hecho Woody Allen si fuera español, para entendernos. Se la ha comparado con filmes recientes de temática similar, como Smoking room o El método (ambas estupendas), aunque la película de Max Lemcke renuncia a las virguerías formales de la primera y al cierto aire surrealista o simbólico de la segunda. Quizá por ello pega más fuerte. Porque rebosa autenticidad por todos sus poros (si es que el celuloide es poroso). Puede que quien no conozca este ambiente crea que algunas situaciones estén exageradas o manipuladas con fines puramente cómicos o dramáticos, pero puedo aseguraros que conozco muy bien ese universo de competencia, envidia, frustración y lucha de poderes que refleja la película, y es tal cual aparece en la pantalla. Palabra de peatón asalariado.
Todo, hasta lo que aparenta ser más esperpéntico o extremo, es verosímil. Para empezar, el propio concepto que da título a la película. Aquello de sacar a la gente de sus despachos, llevarlos a retozar por el monte, darles un par de sermones proselitistas y hacerles creer inútilmente que el cambio de escenario significa también la anulación de las jerarquías, es el pan de cada día en las empresas de hoy. Se supone que este tipo de actividades sirven para poner en práctica y fomentar conceptos como la cooperación, la confianza, la conciencia de equipo o el afán de superación. No es que tenga nada de malo en cuanto a intenciones, pero el problema es que estamos hablando de personas adultas con más de media vida recorrida y con un petate a sus espaldas repleto de experiencias, facturas y desengaños, y que, por tanto, lo que sin duda representaría una práctica de gran valor aplicada a un público infantil o adolescente, en el caso de individuos preocupados por su hipoteca, el futuro de sus hijos, sus achaques de salud, sus divorcios, sus líos amorosos, etcétera, termina convertido en un grotesco teatrillo que, lejos de motivar, llega a exasperar y acrecentar las tensiones en vez de curarlas.
Pero hay más, y está todo contemplado en los provechosos 90 minutos de proyección. El restaurante como templo para predicar la buena vida y como símbolo de distinción clasista, o el inevitable fin de fiesta en el putiferio, o, quizá lo más revelador: el hecho de que nadie se cree nada. Ni el jefazo chapado a la antigua, que sólo cree en la dedicación exclusiva y en la tiranía del poderoso; ni los mandos intermedios chusqueros, que viven de imponer el miedo al castigo y de la rancia nostalgia de la era pretecnológica; ni el personal de base, que bastante tiene ya con sufrir la presión diaria a cambio de paupérrimos sueldos como para que vengan a montarles un teatro de absurdas florituras; ni siquiera el consultor que organiza la sesión parece creerlo, y se intuye sin esfuerzo que se dedica a lo que se dedica por la pasta que se lleva a cambio.
Todo está revestido de una ceremoniosa hipocresía que a nadie escapa pero que, con mayor o menor capacidad de aguante, todo el mundo traga. Todos los protagonistas de la farsa parecen asumir que semejante paripé es el precio que han de pagar para conservar sus privilegios, sus aspiraciones profesionales o sencillamente sus puestos de trabajo.
A ratos comedia y a ratos docudrama, Casual day constituye uno de los trabajos más interesantes que ha dado el cine español en el último ejercicio. Aunque sólo sea por el hecho de jugar a las adivinanzas con vuestros compañeros de oficina (éste es fulanito, éste otro menganito, ésta otra es fulanita…), ya vale la pena acercarse al cine.
El plano interpretativo es otra de las bazas fuertes de la película. Destaca Juan Diego —inmenso como siempre—, en la piel del alto directivo que sólo cree en sus cojones, muy bien secundado por Luis Tosar, que está perfecto en la piel del mando intermedio cabrón, un tipo quizá no muy preparado pero con la suficiente mala uva como para ser la mano derecha del jefe, y que se hace respetar por medio del ruin poder de la amenaza. También sorprende positivamente Secun de la Rosa, fuera de su rol cómico habitual, haciendo aquí del hombre corriente por antonomasia, de aquél que nunca llegará a nada aunque se esfuerce lo mismo o más que sus colegas; un oficinista gris que no tiene la suficiente mala leche ni la arrogancia necesaria para hacerse respetar en ese entorno pérfido y paleolítico. Estíbaliz Gabilondo es la chica, la mujer (“la hembra”, incluso, si nos ceñimos a lo que representa en ese lugar concreto), que posee el valor de reivindicar un mínimo impulso de cambio, pero que esconde al mismo tiempo una cierta ingenuidad detrás de su barroca fachada de masters y títulos (uno adivina que, si quiere prosperar, tendrá que convertirse en “un hombre” de negocios, pues a ciertos niveles nadie va a verla como otra cosa que como una intrusa, haga lo que haga o sepa lo que sepa, en esa jungla regida por las leyes del machismo ancestral). Álex Angulo es el tibio, el tapado, también un hombre corriente, pero a la vez un superviviente nato que sabe sacarle partido a sus debilidades y hace la rosca taimadamente, sin ruido, en beneficio propio, aunque perjudique a sus compañeros; nunca será un gran directivo, pero tampoco estorbará a los mandamases. Finalmente, Alberto San Juan representa con escalofriante credibilidad al psicólogo o consultor, al perverso maestro de ceremonias: todo en él suena a falso, a teatral, a impostado; hace uso de su cordialidad sibilina para que los empleados terminen sintiéndose culpables de sus desgracias o problemas personales, muchos de los cuales pueden tener origen en la propia actividad profesional.
En determinados foros, conferencias y libros se habla también en términos más o menos críticos de todo esto. La cuestión es que siempre son charlas y libros impartidas y escritos por jefes, directivos, empresarios o consultores. De este modo, lo más valioso de Casual day es que parece realmente parida por un elemento de la clase de tropa, por un sufrido y escéptico peón y no por un rey de la paparrucha rentable.

viernes, 16 de mayo de 2008

Informalidad forzada (redifusión)

Aprovechando el estreno de Casual day (cuya crítica publicaré aquí este fin de semana), y como además es viernes, me ha parecido interesante recuperar este artículo de hace algunos meses, y que viene bastante al caso, como podréis comprobar.

Informalidad forzada

Recuerdo a un antiguo compañero de trabajo que un día apareció en una reunión con chanclas, bermudas y una camiseta que imitaba las de los presos del corredor de la muerte. Ahora mismo no sabría decir si era martes, o jueves, o viernes, o a lo mejor lunes.
¿Importa mucho eso?, os preguntaréis. Pues, vista mi experiencia reciente, yo diría que sí.
Durante muchos años he ido a trabajar vestido casi invariablemente con traje y corbata. No es que en mi empresa exista normativa alguna al respecto —como imagino sucede en la mayoría de los trabajos de oficinista—, si bien a veces la fuerza de la costumbre nos arrastra a mantener ciertos hábitos como si fuesen algo obligatorio.
Lo que también pasa en la práctica totalidad de las oficinas autóctonas es que el viernes se convierte —a resultas de una ley igualmente no escrita— en el día de la ropa de sport, de paisano, informal o casual, como más os guste.
Imagino que esta costumbre de dejar la corbata en el armario el último día laborable de la semana tiene un origen romántico, de tintes moderadamente reivindicativos, como si fuera un acto simbólico que reafirmara nuestra libertad, alentados por el lógico optimismo que nos embarga en las inmediaciones del fin de semana.
Pero, ¿qué ha pasado? Pues lo de siempre. Y lo de siempre es que cuando la espontaneidad se vuelve afición, y ésta, a su vez, se hace costumbre, aquello que iniciamos amparados en el libre albedrío termina convirtiéndose en una obligación.
Como os he dicho antes, estuve bastante tiempo yendo a mi oficina trajeado, y un día, no hace demasiado, decidí cambiar el hábito, hacerle un regate a la monotonía, y me pasé a la ropa informal.
De este modo, el único día de la semana que coincido con mis compañeros en lo que a vestimenta se refiere es el viernes. Pensando en ello, se me ocurrió que sería divertido hacer un experimento para demostrar mi teoría de que la presunta informalidad de antaño se ha transformado en consigna de obligado cumplimiento.
Así que, anteayer, el viernes, decidí ir al trabajo con el uniforme reglamentario de los otros cuatro días, traje oscuro y corbata a juego, a ver qué pasaba.
No quisiera pecar de arrogante, pero el objetivo de mi experimento se cumplió en apenas treinta segundos. En ese tiempo, nada más aparecer por las dependencias de la empresa, ya recibí tres o cuatro comentarios de sorpresa, interrogación o curiosidad acerca de mi aspecto. Era como si me hubiera presentado a la boda de mi hermano con el chándal de Fidel Castro, o como si hubiera acudido a un funeral disfrazado de mariachi.
No es un buen síntoma, creedme. Me recuerda a eso de “al que no sea libre, le obligaremos a ser libre”. Espantoso.
Además, me consta que ya hay empresas que han institucionalizado lo de los “viernes de paisano”, con lo que terminaremos pasando de la obligación a algo todavía peor: la imposición.
No está de más recordar que, cuando identificamos a alguien como “raro”, se debe a que, en consecuencia, nosotros seremos exactamente lo mismo para él. O sea, que la rareza posee cualidades recíprocas, y que, a veces, quien nos parece extraño está siendo, sencillamente, libre.
Sólo puedo deciros que os vistáis como os dé la gana si os lo permiten, y que no olvidéis que eso va para todos, y que ello incluye a los que no compartan vuestros gustos o costumbres.
La cuestión es, ¿cuál de los dos hubiera sido objeto de más comentarios el viernes, el colega de las chanclas o un servidor? Nunca lo sabremos.

miércoles, 14 de mayo de 2008

Quiénes somos, adónde vamos

En el aula hay 24 niños, repartidos en seis filas de cuatro pupitres cada una. El profesor ocupa su mesa presidencial, que está vacía, impoluta, diáfana; no se ve un solo papel sobre ella, ni una carpeta, ni siquiera un triste bolígrafo BIC.
Los alumnos tampoco portan material de escritura alguno, ni cuadernos, ni folios, ni lápices, ni nada que se les parezca.
Pese a todo, es el día; nada ha cambiado ni nadie ha alterado la fecha prevista.
A la espalda del maestro hay una pizarra clásica, de color verde oscuro y cubierta de una capa como lechosa o canosa que es el resultado del último borrado de tiza, quizá apresurado o sencillamente displicente.
El profesor coge una tiza de la repisa anexa a la pizarra por su parte inferior y escribe cuatro números en el encerado.
¿Una hora? ¿Una fecha? ¿La combinación de su caja fuerte? ¿El Código Da Vinci? ¿El cupón de la ONCE?
Acto seguido, hurga en el bolsillo interior de su chaqueta y extrae del mismo un pequeño artefacto. Con una inclinación de la cabeza da a entender a los alumnos que ellos pueden proceder ya a imitar su último gesto.
Los chicos se echan mano a sus bolsillos, bolsos, mochilas o bandoleras, y en unos segundos todos sujetan obedientes su propio artefacto ante la mirada imponente del maestro.
Éste posa su artefacto sobre la mesa y, señalando en dirección a la pizarra, se dirige por fin a su audiencia:
“Bien, a partir de este momento comienza el examen. Tenéis veinte minutos para redactar vuestro SMS y, una vez terminado, deberéis enviarlo a ese número que acabo de escribir ahí”.
Transcurridos los minutos concedidos, el móvil del profesor empieza a vibrar y a trotar sobre la mesa como una cucaracha histérica recién rociada de insecticida o como un ratoncillo poseído por el espíritu de Chiquito de la Calzada.
Mira su reloj, recoge el teléfono de la mesa, y les comunica a sus pupilos que el tiempo se ha terminado, a la vez que presiona el botón de desconexión del móvil. Uno de los alumnos levanta el brazo solicitando permiso para hacer una pregunta. Permiso concedido:
“Profe, ¿cuándo estarán corregidos?”.
“El lunes mandaré un SMS al móvil de vuestros padres con la nota del examen”.
La clase se va vaciando paulatinamente, entre murmullos y risas de los colegiales. El profesor se dispone a borrar el código escrito en la pizarra, y en ese mismo instante se oye una música repelente y pachanguera que proviene del fondo del aula. Camina hasta allí, echa un vistazo por los alrededores y encuentra por fin, en el suelo, entre las patas de una silla, el aparato causante de aquella insolente melodía. La música cesa. El maestro lee el texto escrito en la pantalla del teléfono y masculla: “Jodidas chuletas. A éste lo cateo”, tras lo cual, abandona la clase refunfuñando.

sábado, 10 de mayo de 2008

Dando el cante

A menudo me meto aquí con los vicios retóricos del periodismo actual y, sobre todo, con la nefasta influencia que ejercen sobre los hábitos parlantes de la ciudadanía.
He reparado en que no es justo cargar con toda la culpa a los medios de comunicación y a sus loros replicantes (conocidos vulgarmente como políticos), ya que existen otras manifestaciones y modos de expresión cotidianos, como los relativos al mundo del arte, el espectáculo y la cultura, que se contaminan y a su vez infectan nuestro vocabulario coloquial con toda clase de deslices y muletillas, y que, dada su enorme repercusión, merecen también la correspondiente colleja.
Sobra decir que encontrar una falta de ortografía o error gramatical en un libro resulta siempre improcedente y hasta escandaloso en según qué casos. Sin embargo, algo inexplicable hace que seamos plenamente permisivos con las aberraciones lingüísticas cuando éstas se producen en la letra de una canción.
Bien es verdad que el lenguaje oral admite una mayor flexibilidad que el escrito en este sentido, especialmente en lo referente al uso del argot o de determinadas jergas, además de las peculiaridades fonéticas de cada región o de ciertas licencias sintácticas que se permiten en aras del ritmo, el énfasis, la armonía sonora o lo que sea.
Pero aunque una canción se escriba para ser escuchada más que leída, no creo que eso deba eximirla de una mínima fidelidad a las normas, al menos en el aspecto gramatical básico.
En su día, el grupo de rock Extremoduro decidió presentar su disco titulado Iros todos a tomar por culo en una casa okupada, supongo que para ser coherentes con su filosofía de banda (la k de okupada la he escrito adrede, para ser también coherente con el contexto). Durante la singular rueda de prensa, uno de los reporteros llamó la atención sobre el contundente título del álbum, si bien, lejos de lo que estaréis imaginando, su pregunta no tenía que ver con la chusca metáfora de la sodomía, sino con el uso erróneo de la forma verbal conocida como imperativo. Y es que, en este caso, el imperativo de Ir sería Id, y, por tanto, la frase del título tendría que haberse escrito como Idos todos a tomar por culo (reseñar asimismo que el líder del grupo respondió como de él se esperaba, afirmando que “idos” son los que están idos, o sea, los pirados).
Pero tranquilos, que hay para todos. O sea, que los más carcas no se empiecen a frotar las manos y se ensañen con los rockeros, porque os puedo mostrar otro ejemplo que se remonta a los años de Maricastaña, extraído concretamente del ingente repertorio coplero nacional. Me refiero al archiconocido tema Y sin embargo te quiero, en cuyo estribillo podemos leer (u oír, más bien):

Eres mi vía y mi muerte,
te lo juro, compañero;
no debía de quererte,
no debía de quererte,
y sin embargo te quiero.

Lo primero que quizás llame la atención sea el uso de la palabra vía, que en este caso no quiere decir que la persona a quien se dirige la canción sea el camino o la guía de nadie, sino que se trata de una contracción muy cañí que encaja sin chirriar en el contexto, del mismo modo que en la lírica de un grupo de rock duro no desentona un vulgarismo del tipo “a tomar por culo”. Además, lo normal es que cuando se reproduzca el texto de esta copla por escrito se use la palabra vida correctamente; yo la he puesto aquí tal y como la cantan las folclóricas porque supongo que es así como estáis acostumbrados a oírla (y no disimuléis, que aunque no seáis fans de Cine de barrio, estamos hablando de una canción bastante popular y seguro que os suena).
Así pues, la colleja en este caso no tiene que ver con ese giro fonético propio de “la grasia y el tronío”. Aquí, lo que da la nota (nunca mejor dicho) es el uso de la forma “debería de” para expresar una obligación (o la intención de esa obligación, para ser más exactos), cuando el hecho de añadirle la preposición de al verbo deber está convirtiendo la frase en una duda o suposición.
Así, lo que la letra de la canción dice literalmente es “Se ve que no te quería” o “Supongo que no te quería” o “A lo mejor no te quería”, cuando sabemos que lo que quiere decir en realidad es “No tendría que quererte” o “No mereces que te quiera”, para lo cual, el verbo deber no ha de ir nunca seguido de la preposición de. El compositor, pues, tendría que haber escrito “No debería quererte”, en lugar de “No debía de quererte”.
Esta confusión, muy común, por cierto, aparece también en un tema de la legendaria banda Leño. No sólo está en el texto de la canción, sino que figura ya en el propio título: Como debe de ser. Dice así:

Echamos nuestro polvo,
nos ponemos muy bien,
y a nadie molestamos,
como debe de ser.

Estamos en las mismas. Lo de echar el polvo es jerga popular, aceptable en los cánones dialécticos del rock. Pero esa sentencia sobre lo que es correcto u obligado necesita excluir la preposición para no convertir lo categórico en dudoso. Rosendo y compañía no hicieron bien los deberes, y deberían haber escrito “Como debe ser”.
Cambiando de tercio, si a cualquiera poco iniciado en materia rockera nacional le decimos que en tiempos existió un grupo llamado Los Burros, es seguro que esa persona no espere grandes alardes literarios de las letras de sus canciones. Sin embargo, y muy lejos de lo que su nombre pudiera sugerir, dicha banda no fue sino el antecedente inmediato de otra bien conocida, El último de la fila, una de cuyas señas de identidad más destacadas era la de componer unos textos cuidadísimos, ricos en vocabulario y recursos estilísticos, hasta el punto de que la mayor parte de ellos podrían leerse directamente como poemas, sin necesidad de una música de fondo. Y esta virtud se remonta ya a la época en que se promocionaban bajo el apelativo de Los Burros.
Pero como nadie es perfecto, resulta que en la canción titulada Conflicto armado podemos oír la inconfundible voz de Manolo García entonando lo que sigue:

La suerte me acompañó,
andamos hasta el portal.
Su mirada me mató,
mi cuerpo por fin salvé.

El cantante nos habla en pasado, como así lo verifican todas las formas verbales empleadas (“acompañó”, “mató”, “salvé”) Todas... menos una, claro. Ese “andamos”, que sin duda responde a un empleo espontáneamente lógico del lenguaje (del mismo modo que parecería más lógico decir “no cabo” que “no quepo”), no rompe la armonía melódica, pero sí la gramatical. La forma correcta sería “anduvimos hasta el portal”.
Habría muchos más ejemplos, pero terminaré con uno al que le tengo especial antipatía. Desde la primera vez que escuché la canción La fuerza del destino, de Mecano, tengo clavada esta estrofa cual estaca en corazón de vampiro:

Y nos metimos en el coche,
mi amigo, tu amiga, tú y yo.
Te dije: nena, dame un beso;
y tú contestastes que no.

Bueno, ya imaginaréis el motivo de mi desazón. Ese horriblemente cacofónico “contestastes”... me saca de quicio.
Esta manía que tiene tanta gente de terminar cualquier palabra con la letra ese es algo que me ha intrigado toda la vida y de lo que aún sigo sin obtener una explicación convincente. La canción de Mecano no hace sino reproducir un hábito ciertamente extendido. Un día sí y otro también oímos a alguien que dice “fuistes”, “volvistes”, “llegastes” o “dijistes”. Pero esta especie de virus de la ese contagiosa no se limita a los verbos. Seguro que, igual que yo, habéis oído a no pocas personas decir “cogeré un taxis”, “ponerse de pies”, “oyes, tú”, o, para los que seáis de Madrid, “me voy a Useras” o “me bajo en Iglesias”. En todos los casos sobra la ese final.
Sé que esto no es tan grave y que además es de lo más común. Pero aun así no me acostumbro. Rarito que es uno.

miércoles, 7 de mayo de 2008

¡Se acostumbren, coño!

Imagina que estás en Berlín, en Milán o en Glasgow, a la diez de la noche, tranquilamente en tu casa, comiendo una tortilla, un sándwich o media docena de croquetas. De pronto llaman a la puerta, y es la poli. Un par de agentes uniformados te preguntan qué haces y dices que cenar, y entonces te leen tus derechos porque allí se cena a las siete.
Se trata de un ejemplo resumido de lo que podría ocurrirle a cualquier ciudadano extranjero que resida en la Comunidad Valenciana, si es que por fin sale adelante la futura Ley de Integración del Inmigrante que el Conseller de Inmigración y Ciudadanía, un tal Rafael Blasco, se ha empeñado en instaurar para, según él, demostrar que su comunidad es una “tierra de oportunidades” (le ha faltado añadir lo del marco incomparable, el crisol de culturas, la encrucijada de caminos, y, ya puestos, aquello de “Murcia, qué bonita eres”).
El caso es que este señor pretende regular legalmente algo tan relativo como que todo el que viva en su territorio debe respetar los hábitos y costumbres autóctonos, y apoya su descabellado proyecto en pomposas vaguedades del tipo “Asumir nuestro modelo de convivencia y nuestra escala de valores”, o “No perder la cohesión social de la región”.
Creo que ya he explicado aquí alguna vez el infausto efecto que la jerga política y periodística habitual ejerce sobre nuestra consideración hacia los extranjeros. La repetida acuñación del término inmigrante como alusivo exclusivamente a los extranjeros pobres o marginales, ha consolidado una manera discriminatoria de clasificar a aquéllos que nos visitan procedentes de otros países.
De este modo, inmigrantes serían los africanos de las pateras, los chinos de los bazares, los marroquíes del top manta o los sudamericanos que nos sirven el café o nos limpian la casa cada día. Por su parte, a ver quién es el guapo que llama “inmigrante” a Ronaldinho o a Boris Izaguirre, por poner sólo un par de ejemplos.
(No creo que si el Valencia ficha a un delantero camerunés, o a un extremo uruguayo, o a un portero coreano, le vayan a enchironar por no comer paella o no tirar petardos.)
Así que lo peor no es ya la chaladura de querer formalizar lo informal, de querer encasillar y limitar algo tan intrínsecamente voluble como la costumbre (por muy arraigadas que estén algunas de ellas, las costumbres condicionan, pero nunca imponen); lo más grave quizá sea que el señor Blasco no haya reparado en que, en el fondo, está lanzando su advertencia a un sector concreto de la extranjería, y que, por consiguiente, lejos de incidir en el fomento de la igualdad, está reforzando ese cierto espíritu clasista respecto a quienes no son de su pueblo.
Una cosa es que si visitamos Gran Bretaña o cualquier país de la Commonwealth nos veamos obligados a conducir por el carril izquierdo, o que allá donde uno viaje tenga que acostumbrarse a los horarios comerciales (no pidas que te abran un restaurante a las 11 de la noche en según qué sitios). Es decir, puedes asumir que te sirvan la cerveza caliente en un pub irlandés, pero no creo que nadie pueda quitarte el derecho a pedirla fría. No sé si me explico.

lunes, 5 de mayo de 2008

El siglo de los frikis (segunda parte)

Se acaba de estrenar Lars y una chica de verdad, de Craig Gillespie, filme que llega avalado por el orgasmo generalizado de la crítica más afín a los apóstoles del frikismo, y además cuenta con el presumible atractivo de una candidatura al mejor guión original en la pasada edición de los Oscar de Hollywood.
Pese a mis reticencias respecto a este universo posmoderno de raritos de diseño, las buenas experiencias vividas con películas como las que mencioné el otro día en la primera parte de esta entrada, u otras como Olvídate de mí (Michael Gondry) o Adaptation (Spike Jonze), además de mi admiración por directores de carisma singularmente excéntrico como Tim Burton, Joel y Ethan Coen, David Cronenberg o Quentin Tarantino (y excluyo aquí Death proof, que no me gusta nada), constituían motivo suficiente para interesarme por esta historia de un treintañero introvertido, solitario y con un hervor de menos, que decide pasear y presentar en sociedad a una muñeca de plástico como si fuera su novia.
Semejante idea argumental sólo podría sostenerse por la vía de la comedia disparatada, y así se las promete la cinta en sus primeros compases. Pero esto dura cinco minutos, al cabo de los cuales la peli toma un inexplicable giro sentimental del que ya no se recupera, sumida en una espesa parsimonia que imagino forzada para demostrarnos lo serio que es todo lo que cuenta, y que no sirve sino para acusar aún más el rumbo hacia la vergüenza ajena.
En lugar de una comedia mordaz nos encontramos con una especie de melodramón indie plagado de monstruitos, y en el que todo chirría hasta la exasperación. Como el tono no es el adecuado y el director se recrea en la (presunta) complicidad de una (también presunta) audiencia tan friki como él, la cosa no cuela por ningún lado. No se puede contar algo así poniéndose solemne, trascendental, existencialista, ceñudo y hasta ñoño. Teóricamente, la baza del absurdo debería favorecer la verosimilitud en la ficción de lo improbable en el contexto de la realidad, cosa que aquí se desperdicia, ya sea por negligencia o por exceso de pretensiones (o por todo a un tiempo). Ni la inconmensurable ternura de la cuñada, ni la sabia condescendencia de la doctora, ni la magnánima indulgencia del cura (por no mencionar lo de la ambulancia de urgencias o lo del funeral), nada se sostiene, porque no funciona ni como broma ni como drama. Tampoco cuela lo de la compañera de trabajo enamorada, básicamente porque todo indica que es boba (boba en sí misma y también por enamorarse de un espécimen semejante). Para remate, todo aquel personaje que demuestra un ápice de cordura (el hermano, uno de los invitados a la fiesta de cumpleaños) se nos presenta como si fuera poco menos que un fascista insensible. Gillespie fracasa en su intento de hacernos sentir empatía (no digamos ya cariño) por esa galería de ingenuos iluminados que se putean en el trabajo escondiéndose los muñequitos de superhéroes o los ositos de peluche (os juro que es así, no me invento nada). Esto tendría su gracia si se explicara en tono de farsa, pero el tipo se lo toma como si fuera “El diario de Patricia”, o sea, quiere conmovernos, y ahí patina clamorosamente.
Estoy seguro de que su pretencioso objetivo artístico pasaba por componer una metáfora de la necesidad del ser humano de redimir la soledad a través del amor romántico. Pero, tras casi dos horas de sufrido visionado, diría que la historia se puede resumir con eslóganes como “los tarados también tienen su corazoncito”, o “los chiflados también follan” (menuda novedad).
De hecho, lejos de inspirarme compasión, al tal Lars me lo imagino en un futuro no muy lejano irrumpiendo en una hamburguesería metralleta en ristre y acribillando a decenas de personas para demostrarnos lo mal que le sienta la incomprensión del mundo.
Lo de que el guión de esta película fuera candidato al Oscar sólo lo puedo concebir como un toque de atención a la industria, que vean lo que puede suceder si vuelven a dejar que los escritores se crucen de brazos (recordaréis que el 2007 fue el año de la huelga de guionistas y que ello hizo peligrar, entre otras cosas, la celebración de la gala de los Oscar).
Películas como Election, A propósito de Schmidt y Entre copas (las tres de Alexander Payne; éste sí que sabe), o las recientes Pequeña Miss Sunshine y Juno, conseguían ese equilibrio admirable entre el disparate y la ternura, pero en Lars y una chica de verdad todo se queda estancado en el puro patetismo.
Es más, si lo que se busca es una diversión radicalmente desenfadada y esperpéntica, me quedo con la británica Un funeral de muerte, de Frank Oz, que aún aguanta heroicamente en la cartelera desde octubre del año pasado, un dato que hoy en día es digno de tenerse en cuenta.
Y no es que el mundo de los perdedores, los incomprendidos, los fracasados, los sufridores, los desengañados o los inadaptados no sea interesante o no pueda ser susceptible de un tratamiento cinematográfico atractivo. Si hay un director capaz de mostrarnos con tanta precisión como mordacidad ese universo marginal de los monstruitos, los acomplejados y los “raritos” de la clase que sufren el acoso y derribo de una mayoría que ni les acepta ni se esfuerza en comprenderles, ése es Todd Solondz (un bicho raro auténtico, podéis creerme). Ahí están sus películas Bienvenidos a la casa de muñecas, Storytelling, Palíndromos y, sobre todo, Happiness, historias incómodas y decadentes, sin concesiones a lo políticamente correcto y a la vez sin ánimo alguno de llamar a la rebelión de los frikis. Mucho le debe Solondz a un clásico del cine de todos los tiempos, la terrible y sobrecogedora Freaks, de otro Todd (Browning, en este caso), un filme de culto que ha influido igualmente a autores como Tim Burton o David Lynch.
El tal Gillespie, de momento y hasta que demuestre lo contrario, se me queda en el lado oscuro del frikismo, en la orilla más cutre y también la más ingenuamente contestataria, allí donde vegeta desde hace siglos el veterano John Waters, un tipo que nunca me ha hecho ni pizca de gracia. Puede que en tiempos fuera provocador enseñar travestidos tirándose pedos, pero así como Almodóvar sí que ha evolucionado ejemplarmente desde los numeritos petarderos de Pepi, Luci, Bom y compañía, Waters sigue anclado en su anacronismo escatológico y semipornográfico.
La vertiente intelectual (sic) de este reverso tenebroso la lideran emergentes espabilaos como Wes Anderson o Michael Gondry, además de las películas-engendro de Austin Powers y ese programa televisivo de humor juvenil (y de culto, cómo no), Muchachada nui (antes La hora chanante), que me vendieron como la cúspide del humor inteligente, transgresor, vanguardista, dadaísta, nihilista (y sabe Dios cuántos “istas” más), y que, bueno, en fin, no es para tanto, vamos.
Viaje a Darjeeling, de Wes Anderson, vino bendecida por lo más moderno y alternativo, y me aburrí como una marmota chutada de Valium (ya en su día no supe encontrarle la gracia ni a Los Tennembaums ni a Life Aquatic, pero me dije aquello de que no hay dos sin tres, no fuera a ser que se produjera el milagro. Y nada. Lo mismo de siempre. Todo tan sofisticado como vacío).
Lo mismo me pasó con la reciente Rebobine, por favor, del sobrevalorado Michael Gondry (de quien, insisto, me gusta mucho Olvídate de mí, aunque Human nature y La ciencia del sueño me den igual), un ejemplo de cómo una idea estupenda puede echarse a perder por el deseo de ser el más enrollado y gamberro del barrio (mención especial para el actor Jack Black, uno de los más firmes iconos del neofrikismo, que en esta peli está literalmente insoportable). Tampoco soporto el payasismo marciano de la saga Austin Powers, y puedo aseguraros que la peor película que vi durante el año pasado fue Clerks II (del también frikigurú Kevin Smith), compuesta por una sarta de chistes de caca, culo, tetas y polla tan pueriles, que a su lado una despedida de soltero en un puticlub de carretera parece la entrega de los premios Nobel.
A lo mejor, sencillamente, es que ya no tengo edad para ser tan friki o para comulgar con esta nueva tendencia en alza que salpica a todos los ámbitos del panorama sociocultural, desde los propios autores hasta un sector cada vez más numeroso de la crítica y, por supuesto, una parte sustancial del público.
En fin, cuando me toque el próximo reconocimiento médico le pediré al doctor que me haga el test del frikismo... ya veremos.

viernes, 2 de mayo de 2008

El siglo de los frikis (primera parte)

El absurdo es un recurso que puede dar mucho juego si se sabe manejar con tiento y buen criterio. El teatro lo adoptó hace siglos, y posteriormente se fueron subiendo al carro otras disciplinas.
Humoristas como Faemino y Cansado o Les Luthiers, y películas como Amanece que no es poco, El gran Lebowski o Cómo ser John Malkovich han demostrado que una buena combinación de ironía y surrealismo puede traducirse a menudo en un placer para nuestra materia gris.
Pero no menos cierto es que el absurdo transita por un terreno demasiado colindante con el del ridículo, y es por ello que, si no se sabe aplicar en la justa medida, lo más fácil es que se invada dicha frontera, pudiendo convertir lo genial en grotesco en cuestión de milésimas.
Algo así es lo que me pasa cada vez que me enfrento a una película de esos nuevos y emergentes autores tan en boga, abanderados de una tendencia que podríamos denominar “Frikismo de vanguardia”, “Neofrikismo” o “Nouvelle frik”.
A estas alturas ya no será necesario aclarar que la forma coloquial “friki” proviene de una adaptación castiza de la voz inglesa freak, cuyo significado vendría a ser “monstruo”, “anormal” o “bicho raro”. Dicho término, de marcado carácter peyorativo en su origen, se ha ido revistiendo de cierta dignidad con el curso de los nuevos tiempos y con la aceptación implícita que otorga la fuerza de la costumbre. De este modo, el friki ya no es sólo el pringao, el toli, el raro o el siniestro de turno.
Normalmente, un servidor asociaba la etiqueta de friki a —por decir algo— hombres hechos y derechos que van al estreno de La guerra de las galaxias disfrazados de Darth Vader, o a individuos de cualquier raza, sexo o condición que se comunican entre sí con un dialecto onomatopéyico y seudojaponés heredado de su pasión por los tebeos Manga. Supongo que me entendéis.
Pero las cosas han cambiado. Ahora hay artistas más o menos consagrados que ostentan y aun reivindican los cánones estéticos y filosóficos (sic) del frikismo, hasta el punto de haberlo convertido casi en una religión que suma devotos en todos los ámbitos profesionales y sociales, y no sólo ya entre los habituales receptores de apodos y collejas en los recreos y patios de colegio a lo largo y ancho del planeta.
Incluso, empiezo a tener la vaga impresión de que la noción de friki está invadiendo progresivamente el territorio semántico de los sufijos –filo y –mano, indicativos de la devoción o afición incondicional hacia cualquier cosa. De este modo, y bajo el influjo del nuevo concepto, los melómanos, mitómanos, bibliófilos y cinéfilos pasarían a ser directamente bibliofrikis, discofrikis o filmofrikis, y así sucesivamente.
En fin. Aquél que carezca de rareza alguna que dé un paso al frente, como suele decirse.
No se trata de predicar la intransigencia y demonizar a todo el que destaque por ser diferente. Y menos aún pasaré por alto el hecho de que este peatón que suscribe no tiene carné de conducir, ni paga hipoteca como la gran mayoría de los mortales de este siglo. O, ya puestos, que tiene pánico a las norias y demás engendros mecánicos de los parques de atracciones, que nunca ha jugado a la PlayStation ni ha estado casado ni ha esnifado cocaína ni ha leído El código Da Vinci ni ha cantado en un karaoke… Y además me cae gordo Fernando Alonso.
En resumen: que para raro, cualquiera vale. Pero, ah, lo que no me trago ya son según qué cuentos y entelequias. Es un truco muy viejo tratar de vender lo inaccesible, intrincado y gratuitamente complejo como si fuera el arte supremo y recriminar nuestra supuesta cazurrería a quienes no comulgamos con ello.
Pongo un ejemplo: admiro al David Lynch de El hombre elefante, Terciopelo azul y Una historia verdadera, pero cuando he visto Carretera perdida, Mulholland Drive o Inland Empire he tenido la inconfundible sensación de que me estaban tomando el pelo.
Oh, cielos, ¿soy un cateto? (más que probablemente lo sea, pero seguro que por otras razones).

Continuará…