martes, 1 de abril de 2008

Sentido del humor y mal humor sin sentido

Nos gusta presumir a los españoles de ser los ciudadanos del mundo con más sentido del humor, y no termino yo de verlo claro.
Una cosa es que seamos los más simpáticos, fiesteros, dicharacheros, juerguistas y cachondos. Eso es casi seguro una verdad incuestionable. Nos gusta divertirnos, apreciamos nuestro tiempo de ocio, consideramos sagradas las vacaciones e imprescindibles los días festivos, tenemos el calendario con los puentes más largos del mundo mundial, nuestras ciudades están repletas de bares, de tiendas, de restaurantes, de discotecas, de parques tomados por las hordas del botellón; nos va la marcha, así, en términos generales. Y es fantástico. Yo no lo cambio por nada.
Sin embargo, creo que el sentido del humor es otra cosa. No tiene que ver tanto con el hecho de ser chistosos como con la forma de encajar según qué chistes. Y quien dice chistes dice cualquier otra cosa: reírnos de nuestro trabajo, nuestra familia, nuestro pueblo o nuestro propio careto.
Ahí creo yo que flaqueamos y que otros países de talante más serio nos llevan ventaja a la hora de aplicar el sentido del humor a la autocrítica (tendré que decir por enésima vez aquello de que divertido no es lo contrario de serio, sino de aburrido).
Para empezar, encajamos fatal que se metan con nuestro pueblo, región o ciudad natal, así como con sus tradiciones más sagradas (el término “sagrado”, ya de entrada, es incompatible con la tolerancia humorística). Uno puede ser la estrella de las sesiones de chistes en el bar de la esquina, pero cuando alguien hace intento de befa respecto a sus paisanos, a lo mejor el gracioso se convierte de repente en un energúmeno vengativo.
Esta especie de bipolaridad extrema es bastante común. Me he topado no pocas veces con personas sin capacidad para el término medio: llevan la voz cantante cuando se trata de hacer bromas, pero se cabrean hasta la agresión cuando algo les sienta mal. Hace tiempo que desconfío de las buenas referencias en este sentido. Cuando alguien me advierte de que un tipo que conoce “es un cachondo” me echo a temblar, porque es muy posible que el individuo en cuestión acabe siendo sencillamente un pesado narcisista o un juerguista desmesurado que confunde el sentido del humor con la guasa (generalmente soez), y que jamás tolerará que otra persona lo eclipse o le arrebate el título tácito (y absurdo) del más cachondo del lugar.
No digamos ya de aquellos que se coronan a sí mismos, que se autodenominan “cachondos” como si semejante honor les concediera a su vez licencias o permisos prohibidos para el resto de los mortales. Cuando alguien os diga “yo es que soy un cachondo”, lo que estará afirmando realmente es que “va cachondo”, o sea, salido. Este tipo de autodefinición suele emplearse para justificar chistes burdamente sexuales o de mal gusto en general. El autonombrado cachondo se cree con derecho a mentar el coño de tu novia o las tetas de tu hermana, y encima te impone la obligación de reírte, y te reprochará tu presunta mojigatería o ausencia de sentido del humor si no lo celebras igual que él.
Ahora bien, del mismo modo, que no se te ocurra insinuarle al cachondo de turno que su novia es promiscua, o que los de su pueblo son tacaños o incultos o racistas, o que él es homosexual (suelen ser bastante machistas, por cierto).
Si éste es el estereotipo de español con sentido del humor que exportamos allende nuestras fronteras, más vale que empecemos a arreglarlo.
Individualidades aparte, no nos olvidemos de ese corporativismo ñoño y quejica tan de moda (y en alza, me temo). Cada día sale un colectivo profesional, regional o social rasgándose las vestiduras por un chiste, un anuncio, un personaje de una serie o película, o un comentario informal en algún medio de comunicación. Dar por sentado que un médico, un bombero, un taxista, un tenista, un riojano o un parado representa a la totalidad de los médicos, los bomberos, los taxistas, los tenistas, los riojanos o los parados (más aún cuando el rol es ficticio, un personaje de película o un figurante de un anuncio) es un síntoma de enfermizo egocentrismo (bueno, policentrismo o colectivocentrismo, para ser más exactos), de manía persecutoria gratuita y de profunda inmadurez para la convivencia. De continuar en auge el avance de esta estúpida corriente de susceptibilidad gremial, llegaremos al absurdo de obligar a los guionistas y escritores a omitir por norma la profesión, la nacionalidad o la condición social de los villanos; los ladrones, estafadores, asesinos en serie, cobardes, infieles, traidores, violadores, terroristas y pederastas serán todos, sin excepción, vagos sin oficio ni ocupación aparente, y así nadie se ofenderá por verse representado. Qué ridiculez.

3 comentarios:

Las3Musas dijo...
Este comentario ha sido eliminado por el autor.
Las3Musas dijo...

Es muy interesante lo que planteás y cómo lo planteás.
El sentido del humor requiere inteligencia, ser "cachondo" no. Y la inteligencia no pasa por lo academicista ni mucho menos, sino por heber desarrollado la capacidad de mirarse a sí mismo con honestidad: la autocrítica.
Los porteños tenemos el "karma" de la ironía, lo aplicamos a todo hasta el punto de ser crueles muchas veces. Tampoco se trata de esto. El sentido del humor es estar más allá de uno mismo, es tomarse lo que se es con naturalidad y sin complejo.

Me hiciste pensar en todo esto.
Gracias...
Ahora me acuerdo de la lápida de Groucho Marx que reza "Perdónenme que no me levante"

:)
beso
musa

El último peatón dijo...

Qué difícil eso de hacer humor sobre la muerte. es sin duda nuestra asignatura pendiente de temerosos mortales.
El gran Rafael Azcona, recientemente fallecido, comentaba en una de sus últimas entrevistas:
"Tengo un amigo que me dice: 'Lo que a mí me gustaría cuando me muera es que me enterraran, y, una vez que esté mi cadáver bajo tierra, provocar una epidemia'".
Es insuperablemente macabro, pero me parto.