sábado, 19 de abril de 2008

Satisfechos y pastiches

No soy exactamente un fan de los Rolling Stones, pero admiro su música, así como el hecho innegable de que son la banda de rock más importante y carismática de los últimos 30 años.
También tiene su mérito que cuatro tíos tan categóricamente feos sean a su vez auténticos ídolos y arrastren legiones de devotos seguidores de todos los sexos, tribus y edades allá donde vayan. En especial, siempre me ha llamado la atención que alguien tan poco agraciado como Mick Jagger, y cuyos movimientos sobre el escenario se debaten entre lo ambiguo y lo amanerado, aparezca a menudo como un icono de la lujuria heterosexual.
Pero, posiblemente, lo que más me agrade de sus satánicas majestades sea que no huyen de lo que son, a saber: un cuarteto de millonarios excéntricos.
Por supuesto que su imagen y su música remiten a la mitología canallesca propia de los cánones rockeros; ellos son sexo, droga y rock and roll, pero a la vez se pasean por el mundo sin esconder sus caprichos lujosos o sus manías de celebridad. Ya sabéis que circula por ahí el mito de que cada año se renuevan la sangre, y de vez en cuando se filtran a la prensa testimonios sobre sus extraños o veleidosos comportamientos durante las giras, en los hoteles o cuando atienden una entrevista. Se fotografían al lado de políticos o de famosos pijos, y no por ello su leyenda se desmorona.
Incido sobre este punto porque dicha actitud, cuestionable tal vez desde según qué punto de vista, me parece mucho más honesta que las arrogantes y calculadas poses que acostumbran a defender otros muchos rockeros con ínfulas de ser sus sucesores o sus aventajados discípulos (en España tenemos unos cuantos).
Hablo de ciertos personajes que presumen a diario de cambiar el mundo con su arte, de ser la voz lúcida y alternativa del pueblo. Nos dan lecciones de conciencia solidaria y de integridad ciudadana. Se definen con sentencias como “Viajo al Tercer Mundo”, “Doy conciertos en la cárcel”, “Mis mejores amigos son inmigrantes” o “Salgo de copas por barrios marginales donde no entra ni la policía”. Nos afean que compremos en El Corte Inglés y que bebamos Cocacola, pero con lo que cuesta uno de sus calcetines me pagaba yo las vacaciones, y su presupuesto en gafas de sol equivale al producto interior bruto de cualquier país de la Europa del Este; no sé si me explico. Como son esclavos de su look artístico, llenan su armario con piezas de diseñadores elitistas. Comen de puta madre en restaurantes para sibaritas que luego decoran las paredes con una foto del dueño posando junto a ellos. Todo esto y más, pero, claro, con una cámara o un micrófono delante se les despierta la habilidad de sacar al tirao o al pasota, al coleguilla de barrio de toda la vida que pasa de las marcas, de la tecnología y de los bienes de consumo. Me troncho.
Los Stones no necesitan fingir marginalidades o campechanías inverosímiles, quizá porque ellos sí que son grandes de verdad. Ahora se han unido a otro grande de su generación, el cineasta Scorsese, y los tenemos dando brincos e inyectando adrenalina al cuerpo en la vibrante Shine a Light, que no es exactamente un documental pero sí un documento valioso para amantes del rock. Caña y espectáculo en pantalla grande.

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