domingo, 6 de abril de 2008

Fuenteovejunismo invertido


Se supone que uno de los cimientos sobre los que se aposenta el pensamiento democrático es la aceptación de que cualquier criminal, desde el más inofensivo hasta el más despreciable, debe ser juzgado por los tribunales, y nunca bajo el amparo de leyes tácitas y ancestrales como las del Talión o la del tal Lynch (cuyo legado ha quedado para los restos en la expresión derivada de una mutación de su apellido: linchamiento).
Una vez más, el tratamiento que los medios de comunicación están dando al caso de Mari Luz —la pequeña onubense víctima de un execrable crimen que lleva meses ocupando páginas y espacios informativos— ha provocado una agitación colectiva insana, un sentimiento masivo de venganza y de justicia espontánea peligroso y desproporcionadamente irracional.


He visto en al menos dos programas las imágenes de la paliza que un grupo exaltado de vecinos le propinaron a un familiar (creo que era un hermano) del presunto asesino. Que algo así ocurra ya pone los pelos de punta, pero lo más grave es que ninguno de los contertulios y comentaristas presentes en sendos programas se dignó condenar lo que estaba viendo. Se limitaron a manifestar su contrariedad de un modo más o menos tibio, pero en ningún momento expresaron indignación y menos aún demostraron la cordura necesaria para censurar la actitud de la turba justiciera. Yo sí que me indigné, porque ese tipo de lamento desabrido es similar al que emplean los militantes de ANV o Partido de las Tierras Vascas o como diablos se llame (antes Euskal Herritarrok, antes Herri Batasuna; siempre ETA) cada vez que hay un atentado terrorista, calificando la muerte de cualquier víctima inocente con canallescos eufemismos del tipo “lamentable accidente”, pero sin condenar nunca el crimen.


Salvando las distancias obvias, los tertulianos y supuestos informadores a los que me refiero obraron igual en las formas: lamentaron las consecuencias del incidente, pero no condenaron su naturaleza.


Debo insistir en que no se trataba de los padres de la niña muerta agrediendo al inculpado del crimen (esto, que en modo alguno es plausible, sería igualmente comprensible en según qué circunstancias), sino de unos simples paisanos de la criatura apalizando como salvajes a una persona cuyo teórico delito es el de compartir apellido con el acusado.


El caso de Mari Luz es ya una suerte de “Alcásser 2”, una terrible noticia que terminará mudando su hogar de las páginas de sucesos más o menos serias para instalarse y perpetuarse en los apestosos abrevaderos del sector más carroñero de la prensa.
Cómo no solidarizarse con esa familia destrozada. Cómo no rebosar compasión y rabia a partes iguales por la desgraciada suerte de esa pobre niña. Cómo no sentir desprecio y malsano odio por el acusado. Cómo no desearle el peor de los sufrimientos a un monstruo semejante, capaz de vejar hasta a su propia hija, según cuentan.


Pero tales sentimientos —humanos, justificables y lógicos en esta tesitura— deben quedar para nuestra civilizada intimidad, y nunca para redactar con ellos la letra de la ley.
También ahora, azuzados por el clamor de tertulianos y columnistas lenguaraces, nos han entrado las prisas por condenar las presuntas negligencias de los magistrados o instituciones implicados tanto en el caso en sí como en sus, al parecer, determinantes prolegómenos. No digo que no sea necesario. Es más, como ciudadanos debemos exigirles eso y no menos a quienes trabajan para protegernos y defendernos de la injusticia y el delito. Pero me temo que hemos despertado tarde, una vez más. Que yo sepa, llevamos años leyendo y sabiendo sobre detenidos con decenas de antecedentes: maltratadores que se permitieron incluso proferir amenazas de muerte en directo y en horario de máxima audiencia; terroristas con una buena ristra de muescas en la culata de su pistola por los delitos de sangre acumulados; malnacidos que coleccionan órdenes de alejamiento y delincuentes incurables que aprovechan sus permisos carcelarios para jugar a la reincidencia; sentencias que prescriben en las salas de espera por culpa de vergonzosos colapsos burocráticos del sistema judicial… En resumen, criminales de todas las clases que se mofan de nosotros a diario, pero cuyos casos, al carecer de repercusión mediática y manipulación emocional, no terminan arrastrando al pueblo enfebrecido a repartir justicia a hostia limpia por las calles.


Y es que, por increíble que os parezca, la clave de todo este fenómeno bien podría estar en esa tendencia necrófila que de un tiempo a esta parte predomina entre los paladines de la prensa antes conocida como rosa. Fijaos que aquellos casos delictivos que no derivan en meandros del cotilleo tampoco provocan nunca estos estallidos de agitación multitudinaria. Se convocan manifestaciones, homenajes, se protesta y se piden responsabilidades, todo lo que queráis, pero es aplicar el manual de estilo de la prensa chafardera a la sección de sucesos, y ya tenemos otra vez a los de siempre hablando de penas de muerte, cadenas perpetuas, torturas malayas y demás disciplinas ejemplares, propias de dictaduras y tiranías.


Por desgracia, hace tiempo que los tomates y las salsas rosas diversas descubrieron que podían ganar audiencia si ampliaban el abanico de sus sensacionalismos y no los limitaban al batiburrillo sentimental de los famosos; y así, nos hemos acostumbrado a que la crónica negra tiña también los guiones tradicionalmente purpúreos de los programas del corazón (Y, claro, el caso de una niña violada y asesinada es como una arteria jugosa para la vampírica glotonería de nuestros ávidos reporteros.) Asimismo, los espacios informativos se divorciaron hace mucho de las cinco uves dobles y demás directrices canónicas del periodismo, optando por imitar la estrategia de sus parientes rosados y nutrirse así de la misma carroña.


Conclusión: Los informativos amarillean y los programas rosas se ennegrecen. Esa parece ser la fórmula cromática del éxito y la popularidad.

2 comentarios:

Mujeres y qué dijo...

Tienes razón en que por desgracia somos carroñeros por naturaleza. Y en que los males del sistema judicial no son nuevos. Sólo nos queda rezar para que no nos toque a nosotros la próxima vez, ni ser víctimas ni parientes de asesinos.

Marg

Las3Musas dijo...

El mundo está en manos de unos locos con carnét (como diría J.M. Serrat)

Con cualquier excusa esta sociedad vomita mosntruos. Son producto de esta cultura occidental, no son extraterrestres.

Abrazos conmovidos
musa