miércoles, 16 de abril de 2008

En busca del tiempo perdido

Esta mañana animaban en un programa de radio a que los oyentes enviaran mensajes explicando cuál era su actividad favorita para perder el tiempo. Aclaro que la expresión “perder el tiempo” es literal, así lo pedían los locutores (no decían “pasar el rato” o “entretenerse”).
Ante tal sugerencia, uno se imagina una retahíla de variantes renovadas de las clásicas de siempre: mirar a las musarañas, marear la perdiz, pelar la pava, rascarse los huevos... Pero —oh, sorpresa—, resulta que la mayoría de los mensajes recibidos hablaban de aficiones o actividades lúdicas como ir al cine, al fútbol, jugar a los marcianitos o a las cartas, tomarse algo en una terraza, etcétera.
O sea, parece que se ha confundido “perder el tiempo” con “emplear el tiempo libre”, y el equívoco me parece lo suficientemente grave como para elevar mi humilde voz peatonal desde esta acera.
Porque, no os engañéis; no se trata de una confusión estrictamente lingüística. Hace ya tiempo que me voy dando cuenta de la falta de consideración que este mundo de competitividad y lucro instantáneo nos impone respecto a la idea del ocio o el tiempo libre.
Os remito a la entrada titulada Apología del ocio sedentario para no extenderme aquí sobre mi opinión acerca de este asunto.
Añadiré, eso sí, que si hay algo que nos hace perder el tiempo a diario no son los hobbys, las aficiones, los juegos o los pasatiempos, sino más bien todo lo contrario, es decir, las obligaciones. Enumeraré sólo una ínfima parte de ellas: los tiempos de espera en el metro, en las paradas del autobús o en el aeropuerto; las colas para renovar el carnet de identidad, entregar la declaración de la renta y otras insufribles burocracias; las crispadas y a menudo esperpénticas reuniones de comunidad de vecinos, las tediosas e interminables horas muertas en las salas de espera de ambulatorios u hospitales, las caravanas kilométricas de operaciones salida o retorno en puentes y temporadas de vacaciones... Y trabajar, claro. Tengamos en cuenta que no todo el mundo tiene la suerte de currar en una profesión vocacional o en una empresa que él mismo haya elegido. Nos hace falta el dinero para comer, vestirnos y pagar las facturas, pero no vayamos a creer por ello que sólo es tiempo aprovechado el empleado en sufrir, mientras que el que destinemos a pasarlo bien es tiempo malgastado. Que nadie os confunda, por favor.

P.D. Lo del título proustiano era sólo para tirarme un poco el pisto, ya veis. No obstante, le oí a cierto escritor afirmar una vez que una de sus mayores pérdidas de tiempo había sido, precisamente, intentar leer En busca del tiempo perdido. Yo no lo he leído, así que no puedo opinar.

3 comentarios:

letras de arena dijo...

"En busca del tiempo perdido", buen gancho para una entrada. No podría estar más de acuerdo contigo con lo que significa perder el tiempo. Muchas veces voy cargada con algún libro para recuperar esos tiempos perdidos en colas, transportes y etc. Lástima que no puedo leer cuando estoy en el trabajo, en esas ocasiones en que el tiempo se vuelve tan pesado y tan elástico como ese reloj típico de Dalí.
Un saludo

Las3Musas dijo...

Me gusta tu espacio de "Proteste ya!"

Sí señor, el tiempo es lo único que tenemos.

La verdad es que para mí las esperas se llenan de personajes. En vez "veo gente muerta" pienso "veo gente que no existe!". Yo no sé por qué estos personajes no se buscan un escritor de verdad (pobres, son un poco ingenuos)


:) jaja

besos muchos, señor peatón.

musa

El último peatón dijo...

Seguro que el verdadero tiempo perdido es el que empleamos en medir el tiempo.
Y, por cierto, ¿quién sería el mamonazo que inventó el despertador?
Besos a las dos.