sábado, 12 de abril de 2008

Destellos de ingenio y antipatías líricas

Se ve a un señor en camiseta frente al espejo del cuarto de baño. Sujeta en la mano un cepillo de dientes untado ya con la correspondiente crema dentífrica, posada como una cresta esponjosa sobre la parte superior de las cerdas. El hombre expande los labios convenientemente y deja al descubierto una dentadura cochina y amarillenta. Parece extraño que alguien que se nos presenta supuestamente acostumbrado al saludable hábito del cepillado pueda lucir semejante estropicio bucal, pero en fin.
El individuo ejecuta la maniobra con fruición, frota con denuedo de arriba abajo y de abajo arriba, la pasta agitada se le escapa hecha espuma y mezclada con saliva por las comisuras, un hilillo lánguido de caldo jabonoso se precipita hacia el mentón como la lava chorrea alrededor de la boca del volcán, o mejor como la leche que en el punto máximo de cocción rebosa y escapa por los costados del cazo mansamente, como un llanto espeso y vaporoso.
Cumplido el trámite higiénico, el señor se enjuaga con agua del grifo y deposita el cepillo y el tubo de pasta en un vaso situado a un extremo del lavabo. Sale del cuarto de baño, pero la cámara no lo sigue a él. El plano permanece fijo hacia el espejo, que ahora, desaparecido el protagonista, refleja tan sólo una puerta cerrada. La cámara se acerca al lavabo mediante un zoom para mostrarnos con mayor nitidez y detalle aquel microuniverso cotidiano y sanitario. Los grifos, la pastilla de jabón sobre una bandejita de plástico, un frasco de loción para después del afeitado… Poco a poco avanza con mayor decisión hacia el verdadero objeto de su interés: el vaso donde reposan, aún húmedos, el cepillo y el tubo de crema dental. El primer plano de ambos llena ahora la pantalla, y es entonces cuando en un costado del tubo podemos leer: “POMADA PARA LAS HEMORROIDES”.
A continuación, sobre el fondo de pantalla oscuro, se sobreimprime el eslogan, la publicidad propiamente dicha:

“¿Necesita graduarse la vista? Acuda a nuestros centros ópticos” (y, por supuesto, el nombre de la empresa anunciante, que no recuerdo).

Éste es el tipo de anuncio que me gusta de veras. Es el tipo de creatividad aplicada a lo publicitario que aporta algo más que la simple coacción mercantil o el exagerado autobombo promocional.
No como ese anuncio repelente de BMW, con una voz afectada y gutural como de película Dogma que me pregunta si me gusta conducir. Un engañabobos, un truco barato que se vale de la impostura poética para vender coches; coches obscenamente caros, además. Un anuncio clasista y relamido, fruto del matrimonio pretencioso entre el emperador empresarial y el publicista con ínfulas de artista.
Ya que a veces no nos queda más remedio que soportar abusivos desfiles de anuncios o publirreportajes (en los intermedios de la tele, en los minutos previos a la proyección de una película en el cine, en los marcadores electrónicos de los estadios durante el tiempo de descanso del partido), al menos que nos distraigan con ocurrencias ingeniosas o divertidas, que está uno harto ya de que todos los anunciantes (de lo que sea) sean los mejores, los líderes, los números uno, los más baratos, los más exclusivos… Los más presuntuosos, eso es lo que son. Aparte de los más pelmazos, claro.

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