lunes, 14 de abril de 2008

Desconecte, por favor

Llama la atención observar cómo términos casi sagrados del tipo emergencia o necesidad se han visto adulterados y banalizados desde que se inventó el teléfono móvil.
No es necesario que insista de nuevo en la clamorosa falta de educación que supone no apagar el dichoso telefonillo en un teatro, un cine o un concierto.
Más allá de esto, existen, creo yo, muchas otras tesituras cotidianas que exigirían nuestra consideración al respecto, ya que estoy comprobando que la esclavitud del móvil invade cada vez más nuestros hábitos, hasta el punto de haberlo convertido en algo así como en nuestro jefe de protocolo doméstico.
Por así decirlo, ocupa el primer puesto en el ranking tácito de prioridades, aunque nos cueste admitirlo. Da igual si estamos hablando con nuestra pareja o con un vecino que nos hemos encontrado en la calle; no importa si la llamada nos entra en el momento más emocionante del partido o la película que estamos viendo en la tele. Suena el teléfono, y el mundo se para.
Me cuenta alguien acostumbrado a realizar entrevistas de trabajo que en más de una ocasión se ha encontrado con un candidato al que le ha sonado el móvil en mitad de la entrevista y, lejos de atribularse o de sobreponerse a ello, le ha pedido excusas y ha contestado la llamada. No voy a entrar en si ese gesto sería ya determinante para excluir al individuo del proceso de selección, pero desde luego que no es lo que se llama ponerle interés al asunto (entrar a la entrevista sin haber desconectado el aparato ya dice mucho, pero aun en caso de descuido seguimos creyéndonos en la necesidad imperiosa de responder, en lugar se sentirnos culpables o avergonzados).
Yo mismo presencié en cierta ocasión, en una peluquería, cómo al sonarle el teléfono al señor que estaba siendo rapado, éste obligó al peluquero a interrumpir su faena para atender la llamada. Lo mejor de todo es lo que le dijo a su interlocutor al otro lado de la línea: “Perdona, pero ahora no puedo hablar contigo porque me estoy cortando el pelo”. (“Pues entonces para qué contestas, cretino”; lo pensé, claro, pero no se lo dije.)
Asimismo, me asombra la cantidad de gente que no apaga el móvil cuando se va a dormir. La excusa de que no tienen teléfono fijo en casa no me sirve. Las malas noticias poseen la facultad de ser implacables e infalibles a la hora de encontrar su destino (porque una llamada de madrugada sólo puede ser sinónimo de accidente o tragedia, y no hay fatalidad alguna que podamos enmendar por haberla conocido a las tres de la mañana en vez de a las siete o las ocho o incluso las diez).
En un cuento de Juan José Millás se narra una escena impagable con el móvil como protagonista. Es un entierro, y mientras los empleados funerarios están bajando el ataúd a la fosa suena el teléfono del muerto. La viuda ordena abrir la caja para contestar, y al hacerlo se encuentra con la voz de la supuesta amante de su difunto esposo. Creo recordar que intercambian sendos insultos, y, tras colgar, la mujer vuelve a introducir el móvil en el bolsillo del traje del cadáver y pide a los operarios de las pompas fúnebres que se complete por fin la inhumación. El cuento termina cuando la viuda, ya en casa esa misma noche, no puede resistir la tentación de marcar el número de su marido. Después de dos tonos, se sorprende oyendo la señal inequívoca de que alguien contesta, y entonces cuelga inmediatamente, y añade: “Sólo quería comprobar que el infierno existe”.

5 comentarios:

Servidores dijo...

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Mi caso es el contrario. Tengo móvil porque me lo regalaron, pero reconozco que es muy útil. Nunca más he quedado con alguien y no nos hemos encontrado por equívocos de hora o sitio.

Pero un día lo puse en modo silencio -sólo vibración- porque esperaba una llamada mientras daba una clase y desde entonces no he vuelto a activar el sonido. Siempre lo tengo en modo silencio. Como complemento nunca respondo si no conozco el número y si lo conozco sólo si no estoy ocupado y además me apetece. Mis clientes se subían por las paredes, pero ya se han acostumbrado.

Palimp dijo...

Se me olvidaba, el cuento me lo apunto para las sesiones: genial para concienciar a la gente.

El último peatón dijo...

Yo también soy de los del "modo silencio".
De hecho, lo establecería como obligatorio para todos los usuarios, porque caray con las musiquitas que se pone la gente... ¡Y a qué volumen!... Qué mayor estoy.

Vigo dijo...

No soy tan estricto con los teléfono adicto. Yo mismo nunca apago el móvil, más que nada porque se me hace pesado tener que estar encendiéndolo y apagándolo (sólo lo hago en cines, conferencias y semejantes). Ahora eso sí tampoco es que le haga demasiado caso. A veces lo he llegado a llevar un par de dias sin batería y no me he dado cuenta. El ejemplo que pones del de la peluquería yo lo disculparía, cretino sería si el que contesta el teléfono comenzara a hablar de cosas intrascendentes interrumpiendo el trabajo del peluquero.
Otro asunto. Generalmente evito hablar por teléfono mientras camino, otros en cambio parece que no les importa hacer partícipes de sus conversaciones a otros "peatones". El otro día cambinaba yo tranquilamente y cuando me di cuenta, me encontré entre un fuego cruzado de un manos libres y otro conversación con un móvil. La fotografía me pareció curiosa. Pensé en sacar el móvil y ponérmelo en la oreja para no desentonar.