sábado, 26 de abril de 2008

Teoría del suplente

Solemos asumir que el enamoramiento implica exclusividad sentimental, cuando quizá deberíamos matizarlo, y no hablar de exclusividad, sino más bien de “preferencia”.
Se entiende que el compromiso de pareja va acompañado de una promesa de fidelidad sexual, pero esto no quiere decir que los destinatarios de nuestros sentimientos de cariño tengan que reducirse exclusivamente al cónyuge (y tampoco hablo de los afectos familiares o fraternales, de tener amigos y seres queridos con quienes no nos acostamos).
Hoy quiero ir un poco más allá, porque he pensado en las veces en que me he sentido el suplente o la segunda opción (o la tercera o la undécima, ya me entendéis), algo que sin duda muchas otras personas habrán experimentado igual que yo.
Lo primero que pienso es si acaso todo el mundo tiene siempre un candidato reserva, lo mismo que si contratamos un seguro de vida o nos hacemos unas gafas de repuesto; o sea, un sustituto, un remedio por si acaso el idilio se trunca o nuestra pareja se cansa de nosotros o nosotros de ella y queremos probar otras pieles y respirar nuevos aires.
Tener un suplente puede hacernos sentir culpables porque, aun sin quererlo o sin voluntad de ello, la mayoría hemos mamado una cultura de la pareja heredera de la tradición cristiana y conservadora, donde la monogamia es más una cuestión de apariencias que de verdadero respeto a una promesa. Seguro que el mero hecho de saber con nombre y apellidos quién sería la segunda en nuestra lista provocaría los celos inmediatos de nuestra pareja actual y accionaría el mecanismo de sus dudas. ¿Con razón? Seguramente no. ¿Hacernos un seguro significa que deseemos el accidente? ¿Nombrar un heredero significa que queramos morirnos?
Otra cosa es ponerse uno mismo en el lado opuesto, en el papel del suplente. Aquí el tema se complica, y distinguiría entre dos variantes.
Por un lado, está el saber que somos el hipotético aspirante cuando quien nos ha nombrado como tal está felizmente emparejado. Puede sonar extraño, pero en este caso la condición de suplente acostumbra a tomarse como elogio. Saberse la fantasía o la esperanza futura de alguien sin que ello conlleve compromiso ni responsabilidad añadida funciona como vitamina para el ego. Cuando representamos este rol no nos paramos a pensar en que somos tan sólo el subcampeón o el finalista. Muy al contrario, tendemos a interpretar nuestra posición como la posible causante de los celos de ese presunto rival, el novio o marido oficial, el aspirante a cornudo. Y esto, aunque es insano y tal vez pueril, nos da gustillo.
Por otra parte, y por paradójico que suene, lo peor es cuando efectivamente somos elegidos y sabemos que no éramos la primera opción. Aun ganando la partida nos sentimos una sobra, un parche, no creemos en la solidez de la elección. Concede mayor halago y seguridad en uno mismo el saberse protagonista de los sueños imposibles que el reconocerse como pieza de recambio o producto de una resignada derrota.
Siempre queremos que nos elijan por encima y no por ausencia de otros. Queremos ser la primera opción, la mejor, la única, y no la más accesible o la más sencilla.
Especular o incluso fantasear con posibles sustitutos no tiene por qué implicar inseguridad respecto a los sentimientos presentes. Tampoco la voluntad de establecer nuevos contactos debe interpretarse como un pretexto para justificar tentativas de infidelidad, si bien la experiencia nos dice que la consolidación de la pareja a menudo avanza de forma inversamente proporcional al mantenimiento de las viejas amistades.
Seguro que todos llegamos a pensar en alguna ocasión: “Si ahora fuera soltero ligaría con esta persona”; o incluso: “Si la hubiera conocido antes, a lo mejor sería ella mi pareja actual”.
Está claro que la experiencia personal condiciona la percepción sobre el particular, y mi visión, como la de cualquiera, estará intoxicada, pero es posible que, en el fondo, ocurra simplemente que el miedo a ser abandonados cotiza por encima del placer de ser elegidos.
Si acostumbráramos a hablar de estas cosas más libremente a lo mejor las relaciones convencionales no serían tan rígidas, seríamos todos más permeables a los afectos externos al entorno conyugal, y además nos tomaríamos el desengaño con un espíritu menos trágico.
Porque la posibilidad de que el amor se desintegre o se escape no es ajena a ningún tipo de relación, formal o informal, excéntrica o tradicional. Les puede ocurrir por igual a románticos entregados o a celosos compulsivos. Nos pasa a todos.
La naturaleza veleidosa del enamoramiento es una ecuación demasiado compleja para nuestro deseo puramente racional de encontrarle explicación a todo lo que acontece mientras vivimos. Aun así, siempre nos gusta saber por qué nos eligen, o más bien por qué se elige a otro antes que a uno mismo.
En cualquier caso, sea por morbo, necesidad, narcisismo o romanticismo, no viene mal eso de pensar de vez en cuando que alguien por ahí nos tiene en su lista y que fantasea con nosotros… pero que nunca nos elija, claro, porque entonces la ensoñación se tornaría ortopedia, y dejaríamos de ser una quimera para convertirnos en una prótesis.

lunes, 21 de abril de 2008

El peatón en el Día del Libro


El próximo miércoles, 23 de abril, como ya sabéis, es día de comprar y regalar lectura, especialmente en Barcelona, donde al Día del Libro se le une la festividad de San Jordi (lo de festividad es un decir, claro, ya que se curra igual que cualquier otro día laborable).

Podéis hacer lo que todo el mundo, y comprar el nuevo de Ruiz Zafón, o el de Ken Follet, o el del premio Planeta.

Pero si queda alguien por ahí con ganas de ser original y de sorprender realmente al destinatario de su regalo, tal vez quiera intentar el riesgo de elegir un libro de un autor menos conocido...

En fin, que el miércoles la editorial Hijos del Hule montará su modesto chiringuito en la Plaza de Nicolás Salmerón (al principio de Mayor de Gracia), y que en algún momento de la tarde yo mismo estaré por allí y será un placer dedicar en persona un ejemplar de mi novela "Bolero envenenado" a todo aquél que lo desee.
(A quienes os quede lejos el barrio de Gracia, os recuerdo que el libro está a la venta también en El Corte Inglés.)


Asimismo, y coincidiendo con la fiebre librera y literaria que se desata por todas partes en tan señalada fecha, el programa de radio "El café del Bruc" (Radio Kanal Barcelona - 106.9 FM) me hará una entrevista el mismo día 23 a eso de las 11 horas, en la cual hablaré sobre mi recién estrenada faceta de profesor de taller literario y (por supuesto) también sobre mi libro, como diría quien ya sabéis.

Feliz Día del Libro a todos.

sábado, 19 de abril de 2008

Satisfechos y pastiches

No soy exactamente un fan de los Rolling Stones, pero admiro su música, así como el hecho innegable de que son la banda de rock más importante y carismática de los últimos 30 años.
También tiene su mérito que cuatro tíos tan categóricamente feos sean a su vez auténticos ídolos y arrastren legiones de devotos seguidores de todos los sexos, tribus y edades allá donde vayan. En especial, siempre me ha llamado la atención que alguien tan poco agraciado como Mick Jagger, y cuyos movimientos sobre el escenario se debaten entre lo ambiguo y lo amanerado, aparezca a menudo como un icono de la lujuria heterosexual.
Pero, posiblemente, lo que más me agrade de sus satánicas majestades sea que no huyen de lo que son, a saber: un cuarteto de millonarios excéntricos.
Por supuesto que su imagen y su música remiten a la mitología canallesca propia de los cánones rockeros; ellos son sexo, droga y rock and roll, pero a la vez se pasean por el mundo sin esconder sus caprichos lujosos o sus manías de celebridad. Ya sabéis que circula por ahí el mito de que cada año se renuevan la sangre, y de vez en cuando se filtran a la prensa testimonios sobre sus extraños o veleidosos comportamientos durante las giras, en los hoteles o cuando atienden una entrevista. Se fotografían al lado de políticos o de famosos pijos, y no por ello su leyenda se desmorona.
Incido sobre este punto porque dicha actitud, cuestionable tal vez desde según qué punto de vista, me parece mucho más honesta que las arrogantes y calculadas poses que acostumbran a defender otros muchos rockeros con ínfulas de ser sus sucesores o sus aventajados discípulos (en España tenemos unos cuantos).
Hablo de ciertos personajes que presumen a diario de cambiar el mundo con su arte, de ser la voz lúcida y alternativa del pueblo. Nos dan lecciones de conciencia solidaria y de integridad ciudadana. Se definen con sentencias como “Viajo al Tercer Mundo”, “Doy conciertos en la cárcel”, “Mis mejores amigos son inmigrantes” o “Salgo de copas por barrios marginales donde no entra ni la policía”. Nos afean que compremos en El Corte Inglés y que bebamos Cocacola, pero con lo que cuesta uno de sus calcetines me pagaba yo las vacaciones, y su presupuesto en gafas de sol equivale al producto interior bruto de cualquier país de la Europa del Este; no sé si me explico. Como son esclavos de su look artístico, llenan su armario con piezas de diseñadores elitistas. Comen de puta madre en restaurantes para sibaritas que luego decoran las paredes con una foto del dueño posando junto a ellos. Todo esto y más, pero, claro, con una cámara o un micrófono delante se les despierta la habilidad de sacar al tirao o al pasota, al coleguilla de barrio de toda la vida que pasa de las marcas, de la tecnología y de los bienes de consumo. Me troncho.
Los Stones no necesitan fingir marginalidades o campechanías inverosímiles, quizá porque ellos sí que son grandes de verdad. Ahora se han unido a otro grande de su generación, el cineasta Scorsese, y los tenemos dando brincos e inyectando adrenalina al cuerpo en la vibrante Shine a Light, que no es exactamente un documental pero sí un documento valioso para amantes del rock. Caña y espectáculo en pantalla grande.

miércoles, 16 de abril de 2008

En busca del tiempo perdido

Esta mañana animaban en un programa de radio a que los oyentes enviaran mensajes explicando cuál era su actividad favorita para perder el tiempo. Aclaro que la expresión “perder el tiempo” es literal, así lo pedían los locutores (no decían “pasar el rato” o “entretenerse”).
Ante tal sugerencia, uno se imagina una retahíla de variantes renovadas de las clásicas de siempre: mirar a las musarañas, marear la perdiz, pelar la pava, rascarse los huevos... Pero —oh, sorpresa—, resulta que la mayoría de los mensajes recibidos hablaban de aficiones o actividades lúdicas como ir al cine, al fútbol, jugar a los marcianitos o a las cartas, tomarse algo en una terraza, etcétera.
O sea, parece que se ha confundido “perder el tiempo” con “emplear el tiempo libre”, y el equívoco me parece lo suficientemente grave como para elevar mi humilde voz peatonal desde esta acera.
Porque, no os engañéis; no se trata de una confusión estrictamente lingüística. Hace ya tiempo que me voy dando cuenta de la falta de consideración que este mundo de competitividad y lucro instantáneo nos impone respecto a la idea del ocio o el tiempo libre.
Os remito a la entrada titulada Apología del ocio sedentario para no extenderme aquí sobre mi opinión acerca de este asunto.
Añadiré, eso sí, que si hay algo que nos hace perder el tiempo a diario no son los hobbys, las aficiones, los juegos o los pasatiempos, sino más bien todo lo contrario, es decir, las obligaciones. Enumeraré sólo una ínfima parte de ellas: los tiempos de espera en el metro, en las paradas del autobús o en el aeropuerto; las colas para renovar el carnet de identidad, entregar la declaración de la renta y otras insufribles burocracias; las crispadas y a menudo esperpénticas reuniones de comunidad de vecinos, las tediosas e interminables horas muertas en las salas de espera de ambulatorios u hospitales, las caravanas kilométricas de operaciones salida o retorno en puentes y temporadas de vacaciones... Y trabajar, claro. Tengamos en cuenta que no todo el mundo tiene la suerte de currar en una profesión vocacional o en una empresa que él mismo haya elegido. Nos hace falta el dinero para comer, vestirnos y pagar las facturas, pero no vayamos a creer por ello que sólo es tiempo aprovechado el empleado en sufrir, mientras que el que destinemos a pasarlo bien es tiempo malgastado. Que nadie os confunda, por favor.

P.D. Lo del título proustiano era sólo para tirarme un poco el pisto, ya veis. No obstante, le oí a cierto escritor afirmar una vez que una de sus mayores pérdidas de tiempo había sido, precisamente, intentar leer En busca del tiempo perdido. Yo no lo he leído, así que no puedo opinar.

lunes, 14 de abril de 2008

Desconecte, por favor

Llama la atención observar cómo términos casi sagrados del tipo emergencia o necesidad se han visto adulterados y banalizados desde que se inventó el teléfono móvil.
No es necesario que insista de nuevo en la clamorosa falta de educación que supone no apagar el dichoso telefonillo en un teatro, un cine o un concierto.
Más allá de esto, existen, creo yo, muchas otras tesituras cotidianas que exigirían nuestra consideración al respecto, ya que estoy comprobando que la esclavitud del móvil invade cada vez más nuestros hábitos, hasta el punto de haberlo convertido en algo así como en nuestro jefe de protocolo doméstico.
Por así decirlo, ocupa el primer puesto en el ranking tácito de prioridades, aunque nos cueste admitirlo. Da igual si estamos hablando con nuestra pareja o con un vecino que nos hemos encontrado en la calle; no importa si la llamada nos entra en el momento más emocionante del partido o la película que estamos viendo en la tele. Suena el teléfono, y el mundo se para.
Me cuenta alguien acostumbrado a realizar entrevistas de trabajo que en más de una ocasión se ha encontrado con un candidato al que le ha sonado el móvil en mitad de la entrevista y, lejos de atribularse o de sobreponerse a ello, le ha pedido excusas y ha contestado la llamada. No voy a entrar en si ese gesto sería ya determinante para excluir al individuo del proceso de selección, pero desde luego que no es lo que se llama ponerle interés al asunto (entrar a la entrevista sin haber desconectado el aparato ya dice mucho, pero aun en caso de descuido seguimos creyéndonos en la necesidad imperiosa de responder, en lugar se sentirnos culpables o avergonzados).
Yo mismo presencié en cierta ocasión, en una peluquería, cómo al sonarle el teléfono al señor que estaba siendo rapado, éste obligó al peluquero a interrumpir su faena para atender la llamada. Lo mejor de todo es lo que le dijo a su interlocutor al otro lado de la línea: “Perdona, pero ahora no puedo hablar contigo porque me estoy cortando el pelo”. (“Pues entonces para qué contestas, cretino”; lo pensé, claro, pero no se lo dije.)
Asimismo, me asombra la cantidad de gente que no apaga el móvil cuando se va a dormir. La excusa de que no tienen teléfono fijo en casa no me sirve. Las malas noticias poseen la facultad de ser implacables e infalibles a la hora de encontrar su destino (porque una llamada de madrugada sólo puede ser sinónimo de accidente o tragedia, y no hay fatalidad alguna que podamos enmendar por haberla conocido a las tres de la mañana en vez de a las siete o las ocho o incluso las diez).
En un cuento de Juan José Millás se narra una escena impagable con el móvil como protagonista. Es un entierro, y mientras los empleados funerarios están bajando el ataúd a la fosa suena el teléfono del muerto. La viuda ordena abrir la caja para contestar, y al hacerlo se encuentra con la voz de la supuesta amante de su difunto esposo. Creo recordar que intercambian sendos insultos, y, tras colgar, la mujer vuelve a introducir el móvil en el bolsillo del traje del cadáver y pide a los operarios de las pompas fúnebres que se complete por fin la inhumación. El cuento termina cuando la viuda, ya en casa esa misma noche, no puede resistir la tentación de marcar el número de su marido. Después de dos tonos, se sorprende oyendo la señal inequívoca de que alguien contesta, y entonces cuelga inmediatamente, y añade: “Sólo quería comprobar que el infierno existe”.

sábado, 12 de abril de 2008

Destellos de ingenio y antipatías líricas

Se ve a un señor en camiseta frente al espejo del cuarto de baño. Sujeta en la mano un cepillo de dientes untado ya con la correspondiente crema dentífrica, posada como una cresta esponjosa sobre la parte superior de las cerdas. El hombre expande los labios convenientemente y deja al descubierto una dentadura cochina y amarillenta. Parece extraño que alguien que se nos presenta supuestamente acostumbrado al saludable hábito del cepillado pueda lucir semejante estropicio bucal, pero en fin.
El individuo ejecuta la maniobra con fruición, frota con denuedo de arriba abajo y de abajo arriba, la pasta agitada se le escapa hecha espuma y mezclada con saliva por las comisuras, un hilillo lánguido de caldo jabonoso se precipita hacia el mentón como la lava chorrea alrededor de la boca del volcán, o mejor como la leche que en el punto máximo de cocción rebosa y escapa por los costados del cazo mansamente, como un llanto espeso y vaporoso.
Cumplido el trámite higiénico, el señor se enjuaga con agua del grifo y deposita el cepillo y el tubo de pasta en un vaso situado a un extremo del lavabo. Sale del cuarto de baño, pero la cámara no lo sigue a él. El plano permanece fijo hacia el espejo, que ahora, desaparecido el protagonista, refleja tan sólo una puerta cerrada. La cámara se acerca al lavabo mediante un zoom para mostrarnos con mayor nitidez y detalle aquel microuniverso cotidiano y sanitario. Los grifos, la pastilla de jabón sobre una bandejita de plástico, un frasco de loción para después del afeitado… Poco a poco avanza con mayor decisión hacia el verdadero objeto de su interés: el vaso donde reposan, aún húmedos, el cepillo y el tubo de crema dental. El primer plano de ambos llena ahora la pantalla, y es entonces cuando en un costado del tubo podemos leer: “POMADA PARA LAS HEMORROIDES”.
A continuación, sobre el fondo de pantalla oscuro, se sobreimprime el eslogan, la publicidad propiamente dicha:

“¿Necesita graduarse la vista? Acuda a nuestros centros ópticos” (y, por supuesto, el nombre de la empresa anunciante, que no recuerdo).

Éste es el tipo de anuncio que me gusta de veras. Es el tipo de creatividad aplicada a lo publicitario que aporta algo más que la simple coacción mercantil o el exagerado autobombo promocional.
No como ese anuncio repelente de BMW, con una voz afectada y gutural como de película Dogma que me pregunta si me gusta conducir. Un engañabobos, un truco barato que se vale de la impostura poética para vender coches; coches obscenamente caros, además. Un anuncio clasista y relamido, fruto del matrimonio pretencioso entre el emperador empresarial y el publicista con ínfulas de artista.
Ya que a veces no nos queda más remedio que soportar abusivos desfiles de anuncios o publirreportajes (en los intermedios de la tele, en los minutos previos a la proyección de una película en el cine, en los marcadores electrónicos de los estadios durante el tiempo de descanso del partido), al menos que nos distraigan con ocurrencias ingeniosas o divertidas, que está uno harto ya de que todos los anunciantes (de lo que sea) sean los mejores, los líderes, los números uno, los más baratos, los más exclusivos… Los más presuntuosos, eso es lo que son. Aparte de los más pelmazos, claro.

miércoles, 9 de abril de 2008

Jueves fabuloso y Viernes de Pasión

Como en los antiguos cines de barrio o reestreno, mi apreciado colega Palimp (capo y padrone de esa cosa nostra llamada Cuchitril Literario) ofrece esta semana un suculento programa doble como contador de cuentos, faceta en la que suma experiencia y rebosa talento, según me apuntan personas de fiar que ya han disfrutado en vivo de sus actuaciones.

Para empezar, mañana jueves, 10 de abril, estrena el espectáculo individual titulado El poder de la palabra, con motivo de la cuarta Muestra de Unipersonales de Narración Oral de Alumnos del Taller Cuenta Conmigo y Atrapa la Paraula, que se lleva celebrando toda esta semana en el Centre Cívic Pati Llimona (C/Regomir, 3 - Barcelona). ¿Puede la poesía cambiar el mundo? Si queréis descubrirlo, pasaos mañana por allí a las 20 horas. Es gratis, por cierto (¿qué más queréis?).

Por si una sola dosis no fuera suficiente para satisfaceros, el viernes repite, acompañado por otros narradores, en el Valentina (Plaza Regomir, 2 - Barcelona), esta vez en una sesión de cuentos eróticos bautizada como Viernes de Pasión. Por el irrisorio precio de 5 euros, sonrisas horizontales garantizadas a costa de sonrisas verticales y demás fantasías de bajo vientre.

Ciertas obligaciones peatonales me impedirán asistir a la sesión del jueves, pero haré lo posible por darme un paseo hasta allí el viernes.
Espero que nos veamos (y si no, id vosotros, y así me lo podéis contar después).

domingo, 6 de abril de 2008

Fuenteovejunismo invertido


Se supone que uno de los cimientos sobre los que se aposenta el pensamiento democrático es la aceptación de que cualquier criminal, desde el más inofensivo hasta el más despreciable, debe ser juzgado por los tribunales, y nunca bajo el amparo de leyes tácitas y ancestrales como las del Talión o la del tal Lynch (cuyo legado ha quedado para los restos en la expresión derivada de una mutación de su apellido: linchamiento).
Una vez más, el tratamiento que los medios de comunicación están dando al caso de Mari Luz —la pequeña onubense víctima de un execrable crimen que lleva meses ocupando páginas y espacios informativos— ha provocado una agitación colectiva insana, un sentimiento masivo de venganza y de justicia espontánea peligroso y desproporcionadamente irracional.


He visto en al menos dos programas las imágenes de la paliza que un grupo exaltado de vecinos le propinaron a un familiar (creo que era un hermano) del presunto asesino. Que algo así ocurra ya pone los pelos de punta, pero lo más grave es que ninguno de los contertulios y comentaristas presentes en sendos programas se dignó condenar lo que estaba viendo. Se limitaron a manifestar su contrariedad de un modo más o menos tibio, pero en ningún momento expresaron indignación y menos aún demostraron la cordura necesaria para censurar la actitud de la turba justiciera. Yo sí que me indigné, porque ese tipo de lamento desabrido es similar al que emplean los militantes de ANV o Partido de las Tierras Vascas o como diablos se llame (antes Euskal Herritarrok, antes Herri Batasuna; siempre ETA) cada vez que hay un atentado terrorista, calificando la muerte de cualquier víctima inocente con canallescos eufemismos del tipo “lamentable accidente”, pero sin condenar nunca el crimen.


Salvando las distancias obvias, los tertulianos y supuestos informadores a los que me refiero obraron igual en las formas: lamentaron las consecuencias del incidente, pero no condenaron su naturaleza.


Debo insistir en que no se trataba de los padres de la niña muerta agrediendo al inculpado del crimen (esto, que en modo alguno es plausible, sería igualmente comprensible en según qué circunstancias), sino de unos simples paisanos de la criatura apalizando como salvajes a una persona cuyo teórico delito es el de compartir apellido con el acusado.


El caso de Mari Luz es ya una suerte de “Alcásser 2”, una terrible noticia que terminará mudando su hogar de las páginas de sucesos más o menos serias para instalarse y perpetuarse en los apestosos abrevaderos del sector más carroñero de la prensa.
Cómo no solidarizarse con esa familia destrozada. Cómo no rebosar compasión y rabia a partes iguales por la desgraciada suerte de esa pobre niña. Cómo no sentir desprecio y malsano odio por el acusado. Cómo no desearle el peor de los sufrimientos a un monstruo semejante, capaz de vejar hasta a su propia hija, según cuentan.


Pero tales sentimientos —humanos, justificables y lógicos en esta tesitura— deben quedar para nuestra civilizada intimidad, y nunca para redactar con ellos la letra de la ley.
También ahora, azuzados por el clamor de tertulianos y columnistas lenguaraces, nos han entrado las prisas por condenar las presuntas negligencias de los magistrados o instituciones implicados tanto en el caso en sí como en sus, al parecer, determinantes prolegómenos. No digo que no sea necesario. Es más, como ciudadanos debemos exigirles eso y no menos a quienes trabajan para protegernos y defendernos de la injusticia y el delito. Pero me temo que hemos despertado tarde, una vez más. Que yo sepa, llevamos años leyendo y sabiendo sobre detenidos con decenas de antecedentes: maltratadores que se permitieron incluso proferir amenazas de muerte en directo y en horario de máxima audiencia; terroristas con una buena ristra de muescas en la culata de su pistola por los delitos de sangre acumulados; malnacidos que coleccionan órdenes de alejamiento y delincuentes incurables que aprovechan sus permisos carcelarios para jugar a la reincidencia; sentencias que prescriben en las salas de espera por culpa de vergonzosos colapsos burocráticos del sistema judicial… En resumen, criminales de todas las clases que se mofan de nosotros a diario, pero cuyos casos, al carecer de repercusión mediática y manipulación emocional, no terminan arrastrando al pueblo enfebrecido a repartir justicia a hostia limpia por las calles.


Y es que, por increíble que os parezca, la clave de todo este fenómeno bien podría estar en esa tendencia necrófila que de un tiempo a esta parte predomina entre los paladines de la prensa antes conocida como rosa. Fijaos que aquellos casos delictivos que no derivan en meandros del cotilleo tampoco provocan nunca estos estallidos de agitación multitudinaria. Se convocan manifestaciones, homenajes, se protesta y se piden responsabilidades, todo lo que queráis, pero es aplicar el manual de estilo de la prensa chafardera a la sección de sucesos, y ya tenemos otra vez a los de siempre hablando de penas de muerte, cadenas perpetuas, torturas malayas y demás disciplinas ejemplares, propias de dictaduras y tiranías.


Por desgracia, hace tiempo que los tomates y las salsas rosas diversas descubrieron que podían ganar audiencia si ampliaban el abanico de sus sensacionalismos y no los limitaban al batiburrillo sentimental de los famosos; y así, nos hemos acostumbrado a que la crónica negra tiña también los guiones tradicionalmente purpúreos de los programas del corazón (Y, claro, el caso de una niña violada y asesinada es como una arteria jugosa para la vampírica glotonería de nuestros ávidos reporteros.) Asimismo, los espacios informativos se divorciaron hace mucho de las cinco uves dobles y demás directrices canónicas del periodismo, optando por imitar la estrategia de sus parientes rosados y nutrirse así de la misma carroña.


Conclusión: Los informativos amarillean y los programas rosas se ennegrecen. Esa parece ser la fórmula cromática del éxito y la popularidad.

miércoles, 2 de abril de 2008

Seducir leyendo


Carmen Lafay, colega de letras y micrófonos, presenta su nueva novela, Nosotras y ellos (seducir en Barcelona), mañana jueves, 3 de abril, en el Teatre del Centre (C/ Ros de Olano, 9 - Barcelona; en el meollo lúdico-cultural del barrio de Gràcia).

El acto se cerrará con una actuación musical a cargo de Toni Cano, Felipe Alba y Giovanni Gálvez, con lo que la cosa promete ser original, amena e inetersante a partes iguales.

Por si fuera poco, la entrada libre y gratuita incluye el derecho a refrigerio. Habrá que pasarse por allí...

martes, 1 de abril de 2008

Sentido del humor y mal humor sin sentido

Nos gusta presumir a los españoles de ser los ciudadanos del mundo con más sentido del humor, y no termino yo de verlo claro.
Una cosa es que seamos los más simpáticos, fiesteros, dicharacheros, juerguistas y cachondos. Eso es casi seguro una verdad incuestionable. Nos gusta divertirnos, apreciamos nuestro tiempo de ocio, consideramos sagradas las vacaciones e imprescindibles los días festivos, tenemos el calendario con los puentes más largos del mundo mundial, nuestras ciudades están repletas de bares, de tiendas, de restaurantes, de discotecas, de parques tomados por las hordas del botellón; nos va la marcha, así, en términos generales. Y es fantástico. Yo no lo cambio por nada.
Sin embargo, creo que el sentido del humor es otra cosa. No tiene que ver tanto con el hecho de ser chistosos como con la forma de encajar según qué chistes. Y quien dice chistes dice cualquier otra cosa: reírnos de nuestro trabajo, nuestra familia, nuestro pueblo o nuestro propio careto.
Ahí creo yo que flaqueamos y que otros países de talante más serio nos llevan ventaja a la hora de aplicar el sentido del humor a la autocrítica (tendré que decir por enésima vez aquello de que divertido no es lo contrario de serio, sino de aburrido).
Para empezar, encajamos fatal que se metan con nuestro pueblo, región o ciudad natal, así como con sus tradiciones más sagradas (el término “sagrado”, ya de entrada, es incompatible con la tolerancia humorística). Uno puede ser la estrella de las sesiones de chistes en el bar de la esquina, pero cuando alguien hace intento de befa respecto a sus paisanos, a lo mejor el gracioso se convierte de repente en un energúmeno vengativo.
Esta especie de bipolaridad extrema es bastante común. Me he topado no pocas veces con personas sin capacidad para el término medio: llevan la voz cantante cuando se trata de hacer bromas, pero se cabrean hasta la agresión cuando algo les sienta mal. Hace tiempo que desconfío de las buenas referencias en este sentido. Cuando alguien me advierte de que un tipo que conoce “es un cachondo” me echo a temblar, porque es muy posible que el individuo en cuestión acabe siendo sencillamente un pesado narcisista o un juerguista desmesurado que confunde el sentido del humor con la guasa (generalmente soez), y que jamás tolerará que otra persona lo eclipse o le arrebate el título tácito (y absurdo) del más cachondo del lugar.
No digamos ya de aquellos que se coronan a sí mismos, que se autodenominan “cachondos” como si semejante honor les concediera a su vez licencias o permisos prohibidos para el resto de los mortales. Cuando alguien os diga “yo es que soy un cachondo”, lo que estará afirmando realmente es que “va cachondo”, o sea, salido. Este tipo de autodefinición suele emplearse para justificar chistes burdamente sexuales o de mal gusto en general. El autonombrado cachondo se cree con derecho a mentar el coño de tu novia o las tetas de tu hermana, y encima te impone la obligación de reírte, y te reprochará tu presunta mojigatería o ausencia de sentido del humor si no lo celebras igual que él.
Ahora bien, del mismo modo, que no se te ocurra insinuarle al cachondo de turno que su novia es promiscua, o que los de su pueblo son tacaños o incultos o racistas, o que él es homosexual (suelen ser bastante machistas, por cierto).
Si éste es el estereotipo de español con sentido del humor que exportamos allende nuestras fronteras, más vale que empecemos a arreglarlo.
Individualidades aparte, no nos olvidemos de ese corporativismo ñoño y quejica tan de moda (y en alza, me temo). Cada día sale un colectivo profesional, regional o social rasgándose las vestiduras por un chiste, un anuncio, un personaje de una serie o película, o un comentario informal en algún medio de comunicación. Dar por sentado que un médico, un bombero, un taxista, un tenista, un riojano o un parado representa a la totalidad de los médicos, los bomberos, los taxistas, los tenistas, los riojanos o los parados (más aún cuando el rol es ficticio, un personaje de película o un figurante de un anuncio) es un síntoma de enfermizo egocentrismo (bueno, policentrismo o colectivocentrismo, para ser más exactos), de manía persecutoria gratuita y de profunda inmadurez para la convivencia. De continuar en auge el avance de esta estúpida corriente de susceptibilidad gremial, llegaremos al absurdo de obligar a los guionistas y escritores a omitir por norma la profesión, la nacionalidad o la condición social de los villanos; los ladrones, estafadores, asesinos en serie, cobardes, infieles, traidores, violadores, terroristas y pederastas serán todos, sin excepción, vagos sin oficio ni ocupación aparente, y así nadie se ofenderá por verse representado. Qué ridiculez.