jueves, 27 de marzo de 2008

Sabios perezosos

Que me perdonen Sancho Panza, los taxistas, los peluqueros y los filósofos de taberna. Lo siento, pero cada vez me resulta más antipático el recurso de aludir a la presunta sabiduría popular por medio de refranes, chascarrillos y topicazos coloquiales.
Siempre he pensado que el refranero y demás frases hechas del habla común no reflejan el saber, sino simplemente las costumbres del pueblo. No hablo ya de la reveladora circunstancia de que cada refrán tenga siempre una versión opuesta o que lo contradice. Voy más al hecho de que exaltar la interpretación de la realidad a base de fórmulas categóricas y porciones de lugares comunes no puede sino inducir a la pereza o la abulia intelectual.
Hoy se han publicado en la prensa algunas declaraciones de los vecinos de ese pueblo de Cuenca donde se ha detenido a los sospechosos de la muerte de la niña Mari Luz. Una mujer ha declarado aquello de “No parecían estar muy católicos”, refiriéndose a la apariencia de dudosa salud mental que a su juicio presentaba el matrimonio inculpado. Al cronista del diario le ha parecido que esta expresión revelaba “la sabiduría popular que enseña la vida”.
Os confieso que eso de “no estar católico” lo llevo oyendo toda mi vida. Los más veteranos de mi tierra lo usaban a menudo y aún hoy lo emplean para referirse a quien no anda bien de salud o tiene aspecto de no ir muy fino. Es una expresión que me resulta simpática, entrañable si queréis. Pero desde luego que no lo consideraría una muestra de sabiduría. En primer lugar, porque su origen proviene innegablemente de la mentalidad de una época en la que no estar bautizado era sinónimo de ser el maligno en persona. Evidentemente, toda la buena gente que conozco y que utiliza estos términos lo hace movida por la inercia de la costumbre, porque constituye una de tantas construcciones lingüísticas cuya semántica implícita se ha acabado imponiendo con el tiempo a la literalidad de sus formas (pasa con otros muchos dichos populares asociados a la religión: “como Dios manda”, “pasar un calvario”, “estar endemoniado”, “ser un Judas”, “mano de santo”… hay cientos).
Por otra parte, que un vecino diga de otro que no lo ve católico no creo yo que sea como para nombrarle inmediatamente el sucesor de Sherlock Holmes o Colombo.
Es más, si tan sabia es la charlatanería popular, no entiendo cómo no se ha acabado ya la sequía que tanto nos preocupa. Lo digo porque toda la vida se ha dicho eso de que quien canta mal provoca tormentas. Cada vez que oímos a alguien desafinar le espetamos eso de “cállate, que va a llover”. Si dicha sentencia fuera en verdad sabia y concluyente, hoy por hoy estaríamos sufriendo el periodo más lluvioso de la historia de España y parte del universo planetario.
Voy a dejar de lado al famoso Chikilicuatre. Me basta con sumar la cantidad de castings y pruebas eliminatorias en ciernes a lo largo y ancho de la geografía nacional para seleccionar talentos (o adefesios) que formarán parte de Operación Triunfo y sus sucedáneos. Vayas donde vayas te encuentras con una convocatoria para reclutar cantantes, cantarines, canturreros y cantamañanas. El éxito del invento ha trascendido el ámbito amateur, y lo que comenzó como un concursito para aspirantes anónimos se ha visto multiplicado en numerosas versiones que abarcan la totalidad de ámbitos y grupos sociales: inmigrantes, famosos venidos a menos y hasta presidiarios. Casi todas las categorías mencionadas tienen, además de la modalidad concurso, su versión en karaoke.
Con tanto tarareo y gorgorito, tendrían que estar nuestras calles como los canales de Venecia o Ámsterdam… pero qué más quisiéramos. Seguimos clamando a ese cielo de nubes estériles porque la meteorología se parece cada vez más a la parapsicología, y esa lluvia que tanto nos molestaba y nos jodía el día o las vacaciones se busca ahora en las páginas del Tiempo igual que si fuera la combinación numérica de la Primitiva.
En resumen: que el que no está católico es el clima. Pobrecico.

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