domingo, 16 de marzo de 2008

La coartada solidaria

Me ha decepcionado enormemente Buda explotó por vergüenza, la película de Hana Makhmalbaf que viene cosechando elogios sin parar de parte de la crítica y la cinefilia más selecta. Es una de esas películas creadas para agitar conciencias, para abrirnos los ojos y provocarnos didácticas desazones. La protagonista es una niña de 6 años (no confundir con la de Rajoy) aún inocente, aún con los límpidos sueños propios de la infancia casi intactos, un exiguo punto luminoso en el turbulento Afganistán de nuestros días.
Sin embargo, y pese a su incontestable valor documental y su loable intención reivindicativa, el filme, como he dicho, me parece que se queda a medias. Creo que la coartada de la conciencia humanitaria no es suficiente. Tampoco me basta el hecho de que la directora sólo tenga 18 años, aunque puedo imaginarme su constante pelea contra la incomprensión machista y me quito el sombrero ante su valentía para denunciar la injusticia en un entorno tan peligrosamente radical.
Creo que si nos revelara algo que no conocemos, tal vez la forma de hacerlo quizá importara menos. Pero lo que muestra, por desgracia, es el menú del día de noticiarios, reportajes y programas informativos. Es más, también lo hemos visto en películas de algunos de sus compatriotas y vecinos, quienes, además de blandir su alegato reivindicativo y de desafiar a la intolerancia, optaban por contar una historia estimulante, bien construida y dramáticamente consistente. Ahí están Las tortugas también vuelan, de Bahman Ghobadi; Osama, de Siddiq Barman, o El círculo, de Jafar Panahi.
Credibilidad y emoción no pasan necesariamente por elegir un estilo hiperrealista, una estética modesta o una puesta en escena austera. Tal vez si la joven directora iraní hubiera optado directamente por el documental mi percepción sería otra bien distinta.
Pero la película de Makhmalbaf me parece autocomplaciente desde una perspectiva puramente cinematográfica, y la crítica, me temo, ha sido demasiado condescendiente con sus defectos, no sé si por miedo a que el público confunda las churras con las merinas, la gimnasia con la magnesia o el tocino con la velocidad. Es decir, puede que declarar públicamente que no nos gusta esta película sea interpretado por algunos como una censura contra sus valores éticos y no como una simple opinión sobre su presunta pobreza narrativa. Allá cada cual con sus máscaras o sus estúpidos esnobismos.
Es verdad que la niña es encantadora, que te la comerías y todo eso, pero al cabo de veinte minutos pides más, una historia, algo que ilustre las virtudes ideológicas más allá del conformismo de quien seguramente se sabe respaldada por la mentalidad tolerante del espectador progresista de filmoteca y festival europeo.
Sólo un par de secuencias se me quedan grabadas con especial fuerza: los niños afganos que, como los de cualquier otro sitio, juegan a imitar a sus mayores, lo que en este caso se traduce en imitar la guerra y la lucha contra la invasión yanqui, además de simular lapidaciones contra sus pequeñas compañeras de juegos. También conmueve observar durante los primeros minutos la desesperación de la pobre protagonista mientras mendiga humillantemente para poder comprarse un cuaderno y cumplir el sueño de ir a la escuela.
Lo demás, secuencias alargadas hasta los límites de la paciencia (en especial esa última escena del pintalabios circulando de pupitre en pupitre y de mejilla en mejilla), circunstancia que me ha inspirado el comentario que publicaré aquí mañana, y el cual aludirá a esos tediosos videos domésticos cuyo único interés reside en si detrás de las anodinas imágenes se esconde una historia con verdadera enjundia.
No siempre que vamos al cine buscamos entretenimientos superficiales o evasiones instantáneas. Cómo no agradecer que nos regalen una ficción enriquecida con ingredientes que estimulen nuestros sentidos y nuestro pensamiento. Pero eso no significa que haya que preferir el tedio ilustrado a la sencilla amenidad, el feísmo calculado a la brillantez formal o la austeridad pretenciosa a la certera elocuencia. Se puede hacer cine de espíritu comprometido y ser generoso a la vez con quienes se sientan en el patio de butacas. Os apunto algunos nombres: Fernando Meirelles (Ciudad de Dios, El jardinero fiel), Costa Gavras (Z, Desaparecido, La caja de música), Terry George (Hotel Rwanda), Florian Henckel-Donnersmarck (La vida de los otros), George Clooney (Buenas noches y buena suerte), Atom Egoyan (Ararat), Michael Mann (El dilema), Ken Loach (Lloviendo piedras, Mi nombre es Joe, Sweet sixteen), Jim Sheridan (En el nombre del padre), Tony Kaye (American History X), Nicija Zemlja (En tierra de nadie), Goran Pascaljevic (El polvorín), Laurent Cantet (Recursos Humanos, El empleo del tiempo), Robert Redford (Quiz show), Sydney Lumet (Network), Adolfo Aristarain (Tiempo de revancha, Últimos días de la víctima, Martín (Hache), Un lugar en el mundo)… Y unos mil o dos mil títulos más.

No hay comentarios: