miércoles, 26 de marzo de 2008

Injusta memoria

La inercia de su consagración mundial como actor gracias al Anton Chigurgh de No es país para viejos, ha convertido a Javier Bardem en objeto de revisión y reivindicación, propiciando reposiciones de sus películas y alusiones a sus trabajos interpretativos.
Es normal que salgan a relucir sus obras más prestigiosas y premiadas, como Antes que anochezca (su primera candidatura el Oscar), Días contados, Boca a boca, Carne trémula, Los lunes al sol y Mar adentro (entre todas suman más “Goyas” que el Museo del Prado).
Lo que me extraña más es que salgan a la palestra o incluso se reprogramen televisivamente determinadas mediocridades como Los fantasmas de Goya, Jamón jamón y Huevos de oro. Especialmente, estas dos últimas muestran la peor faceta del actor, el estereotipo prehistórico y chabacano del Homo Ibericus reventador de braguetas, del que, felizmente, logró escapar pese a que sus inicios hicieran temer que quedaría atrapado en él.
Así pues, me sorprende y decepciona que los medios y críticos parezcan haberse olvidado de algunos de sus mejores trabajos. Para enmendarlo, os refresco hoy la memoria comentando tres de ellos.
Bardem protagonizó Éxtasis, de Mariano Barroso, cuando aún era una figura más prometedora que consagrada. Por si fuera poco, el reto pasaba por compartir escena con todo un monstruo como Federico Luppi. Las interpretaciones de ambos son tan poderosas que sólo por ello merecería la pena ver la película (nunca la mirada de Bardem ha estado tan cerca de la de su admirado Al Pacino). Pero es que, además, el filme de Barroso es uno de los mejores que ha dado el cine de este país en los últimos 15 ó 20 años (y, por consiguiente, uno de los más injustamente olvidados por casi todo el mundo). Una historia sobre la ambición sin límites y las flaquezas humanas elementales (para haceros una idea, os pongo una frase que le dice Luppi a Bardem: “En el mundo hay dos clases de personas: las que quieren dinero y las que no saben lo que quieren”), y cuyos personajes poseen la poco habitual facultad de salirse de lo convencional. Si os la habéis perdido, allá vosotros.
Poco después, el actor repitió con Barroso en Los lobos de Washington. Su papel aquí ofrecía un registro con ecos del Lisardo de Días contados y con ademanes anticipados del Santa de Los lunes al sol. El reparto que lo acompañó en esta ocasión también era digno de atención: Eduard Fernández, José Sancho, Alberto San Juan y Ernesto Alterio. La película es una especie de Reservoir dogs de suburbio castizo (menos truculenta que la de Tarantino, claro está) que presenta una galería de tipejos, trapisondas, fulleros y fracasados sin desperdicio. La primera secuencia, con Bardem dando tumbos bajo la lluvia mientras habla solo, ya merecía aplauso masivo y olía a premios futuros.
Segunda piel, de Gerardo Vera, no es una obra tan notable como las dos anteriores, pero tiene a su favor el atrevimiento de abordar un asunto tan sobado como el del triángulo amoroso desde una perspectiva poco común. Bardem es aquí un médico homosexual que mantiene una aventura con un ingeniero (Jordi Mollá) aparentemente heterosexual, casado y con un hijo, y con un cacao mental considerable, víctima de sus propios prejuicios morales. En una época en que proliferaron los filmes de locas con lentejuelas o eso que algunos denominaron “la comedia petarda” (una burda imitación del estilo Almodóvar, con más perifollo que pericia), el gay de Bardem es un recital de sutileza y matices, un ejemplo de equilibrio sentimental que bordea pero nunca pisa el territorio del tópico infantiloide de la pérdida de aceite. Fue el aperitivo inmediatamente anterior al personaje que lo encumbró internacionalmente, el Reynaldo Arenas de Antes que anochezca.
Ya sabéis. Si queréis descubrir al Bardem del que nadie se acuerda, ahí está ese gran invento llamado DVD.


P.D. Ha fallecido a los 81 años Rafael Azcona, el más importante guionista de la historia del cine español. A él le debemos inmortales genialidades como El verdugo, Plácido, El cochecito, Belle Epoque o La escopeta nacional, y adaptaciones brillantes como las de La lengua de las mariposas, El bosque animado o Ay, Carmela.
Le puso humor, ironía, inteligencia y humanidad a una época especialmente sombría de la historia de España.
Hasta hace apenas una década no concedía entrevistas, no salía en la prensa ni asistía a actos públicos. Su obra siempre fue más protagonista que él mismo, lo cual ayudó a que su prestigio y el respeto hacia su persona fueran aún mayores. No se comunicó la noticia de su muerte hasta después de ser incinerado, por su deseo expreso. Coherente hasta el final. Genio y figura.

No hay comentarios: