viernes, 28 de marzo de 2008

El Aleph, versión Moreno

Una noche cualquiera de sábado me asomé al comedor sumido en las tinieblas del sueño y un reflejo titilante me atrajo con insospechada fuerza. No era una esfera luminosa que compendiaba milagrosamente la inmensidad cósmica en su inabarcable totalidad, sino más bien el contenedor bidimensional donde habían ido a parar los desperdicios del universo, los despojos sin posibilidad de reciclaje, la materia decadente, casposa, retrógrada y cursi atrapada en un limbo catódico que se retroalimentaba sin descanso, desafiando las leyes eternas del tiempo y el espacio. Apenas incliné la cabeza y sentí ya el fogonazo implacable de la avalancha audiovisual.
Vi un fakir tragando sables y vomitando llamas, vi la elección de Miss Sudadera Prieta patrocinada por la discoteca Hiperchomino de Guadalix, vi bailarines de claqué y percusionistas otomanos, vi pases de lencería y de peletería, vi imitadores de políticos, vi palmeros, transformistas, ventrílocuos; vi a Doña Rogelia y al cuervo Rockefeller, vi la grima y el esperpento; vi a un prestidigitador nórdico multiplicando palomas, vi al campeón del mundo de dominó y a la Tuna de ingenieros de caminos, vi cantantes de tangos en japonés, vi pelos engominados y cardados cubistas, vi ponchos andinos y relojes de nuevo rico, vi joyería arrogante y bisutería de rastrillo, vi danzas masai y media docena de vedettes turgentes con fruteros en la cabeza, vi a los niños de San Ildefonso, vi la coreografía de Macarena perpetrada por un grupo de turistas alemanes, vi trapecistas, vendedores de lotería, mimos, mariachis; vi un desfile de vestidos de novia, vi a Raffaella Carrá cantando en play back, vi al Dúo Dinámico, a Raphael; vi zapatos de plataforma y medallones de oro enredados en torsos velludos, vi las sienes plateadas de El Puma y el pezón fugitivo de Sabrina, vi a un limpiabotas de la plaza de Callao, vi una pareja de actores maduros en pijama contando chistes de viejos verdes, vi chirigotas de Cádiz, una conga brasileña, una soprano ciega y un tenor en silla de ruedas; vi adiestradores de caniches y susurradores de caballos, vi el coro lírico del parque de bomberos de Utrerilla del Monte, vi una niña con bata de cola y castañuelas, vi a una presentadora pija disfrazada de la sota de bastos, vi un striptease de despedida de soltero, vi a las chicas de la Cruz Roja en ropa interior, vi el sorteo amañado de un coche todoterreno, vi una cordillera de silicona y un concurso de dobles de Demis Roussos, vi el reflejo de mi rostro asombrado y atravesado por 365 líneas de alucinógeno magnetismo, pero no grité, porque eran las tantas y la ciudad dormía, unos en la cama y otros hipnotizados delante de sus alephs electrodomésticos, igual que yo.
¿Qué me he tomado hoy? ¿He vuelto al carajillo en ayunas? ¿De dónde sale la conexión imposible entre Borges y José Luis Moreno? Dejad que me explique.
Días atrás os hablaba aquí sobre la sorprendente licencia para mentir que le concedemos por norma a la publicidad, y hoy mismo acabo de leer un anuncio del Casino de Barcelona que no tiene desperdicio. No he sabido si reírme de pena o descojonarme llorando.
El descarado (por no decir temerario) mensaje promocional dice lo siguiente:

Sábados de humor en el Casino Barcelona
Espectáculo asegurado con Jaimito Borromeo... el cómico que más triunfa en televisión, ahora en exclusiva en los sábados de humor del Casino Barcelona



Aclaremos: Jaimito Borromeo no es el cómico que más triunfa porque tampoco es el que menos triunfa. Digamos que es, sencillamente, el que no triunfa. O mejor, dejémoslo en que es el cómico que salía por televisión; a secas, sin matices (y siempre en pasado, porque ya no sale, que yo sepa). Triunfar es un verbo demasiado quimérico para un señor que intenta ganarse la vida a base de un repertorio cochambroso levantado desde las ruinas del cachondeo popular menos inspirado. Chistes de Jaimito (de ahí su alias), erotismo de parvulario y escatología elemental. A falta de ingenio para provocar el clímax en cada chiste, suele optar por el berrido y la interjección cazurra made in Fernando Esteso. Demasiado cutre para ser kitsch y demasiado hortera para ser campechano.
Desconozco el perfil del cliente tipo del Casino de Barcelona, pero si realmente hay alguien que acepta que el tal Borromeo es el cómico que más triunfa en la tele, el día que le lleven a los Morancos creerá que está en la entrega de los premios Príncipe de Asturias, como poco.
Este comicastro con tirantes surgió de una apología de la vergüenza ajena titulada No te rías que es peor, y se consagró en los altares de la mediocridad gracias a los programas de variedades de José Luis Moreno (en este caso, tradúzcase “variedades” como gazpacho, batiburrillo, revoltijo, galimatías...).
Sábado noche, Galas del sábado, Noche de fiesta, Sábado fiesta… Sólo le cambiaban el nombre de vez en cuando para disimular. Era el mismo programa, siempre, una y otra vez, y así se repitió durante lustros, como un deja vu anacrónico y cruel, como si cada sábado por la noche Televisión Española quedara atrapada en un bucle que le obligara a emitir la gala de fin de año de 1973 (eso siendo generosos).
Y eso es todo. Ha sido ver el anuncio y acordarme del engendro, y de ahí la alucinación surrealista. El día que quede vacante el puesto de responsable de publicidad del Casino de Barcelona me apunto al proceso de selección. Palabra de peatón.

jueves, 27 de marzo de 2008

Sabios perezosos

Que me perdonen Sancho Panza, los taxistas, los peluqueros y los filósofos de taberna. Lo siento, pero cada vez me resulta más antipático el recurso de aludir a la presunta sabiduría popular por medio de refranes, chascarrillos y topicazos coloquiales.
Siempre he pensado que el refranero y demás frases hechas del habla común no reflejan el saber, sino simplemente las costumbres del pueblo. No hablo ya de la reveladora circunstancia de que cada refrán tenga siempre una versión opuesta o que lo contradice. Voy más al hecho de que exaltar la interpretación de la realidad a base de fórmulas categóricas y porciones de lugares comunes no puede sino inducir a la pereza o la abulia intelectual.
Hoy se han publicado en la prensa algunas declaraciones de los vecinos de ese pueblo de Cuenca donde se ha detenido a los sospechosos de la muerte de la niña Mari Luz. Una mujer ha declarado aquello de “No parecían estar muy católicos”, refiriéndose a la apariencia de dudosa salud mental que a su juicio presentaba el matrimonio inculpado. Al cronista del diario le ha parecido que esta expresión revelaba “la sabiduría popular que enseña la vida”.
Os confieso que eso de “no estar católico” lo llevo oyendo toda mi vida. Los más veteranos de mi tierra lo usaban a menudo y aún hoy lo emplean para referirse a quien no anda bien de salud o tiene aspecto de no ir muy fino. Es una expresión que me resulta simpática, entrañable si queréis. Pero desde luego que no lo consideraría una muestra de sabiduría. En primer lugar, porque su origen proviene innegablemente de la mentalidad de una época en la que no estar bautizado era sinónimo de ser el maligno en persona. Evidentemente, toda la buena gente que conozco y que utiliza estos términos lo hace movida por la inercia de la costumbre, porque constituye una de tantas construcciones lingüísticas cuya semántica implícita se ha acabado imponiendo con el tiempo a la literalidad de sus formas (pasa con otros muchos dichos populares asociados a la religión: “como Dios manda”, “pasar un calvario”, “estar endemoniado”, “ser un Judas”, “mano de santo”… hay cientos).
Por otra parte, que un vecino diga de otro que no lo ve católico no creo yo que sea como para nombrarle inmediatamente el sucesor de Sherlock Holmes o Colombo.
Es más, si tan sabia es la charlatanería popular, no entiendo cómo no se ha acabado ya la sequía que tanto nos preocupa. Lo digo porque toda la vida se ha dicho eso de que quien canta mal provoca tormentas. Cada vez que oímos a alguien desafinar le espetamos eso de “cállate, que va a llover”. Si dicha sentencia fuera en verdad sabia y concluyente, hoy por hoy estaríamos sufriendo el periodo más lluvioso de la historia de España y parte del universo planetario.
Voy a dejar de lado al famoso Chikilicuatre. Me basta con sumar la cantidad de castings y pruebas eliminatorias en ciernes a lo largo y ancho de la geografía nacional para seleccionar talentos (o adefesios) que formarán parte de Operación Triunfo y sus sucedáneos. Vayas donde vayas te encuentras con una convocatoria para reclutar cantantes, cantarines, canturreros y cantamañanas. El éxito del invento ha trascendido el ámbito amateur, y lo que comenzó como un concursito para aspirantes anónimos se ha visto multiplicado en numerosas versiones que abarcan la totalidad de ámbitos y grupos sociales: inmigrantes, famosos venidos a menos y hasta presidiarios. Casi todas las categorías mencionadas tienen, además de la modalidad concurso, su versión en karaoke.
Con tanto tarareo y gorgorito, tendrían que estar nuestras calles como los canales de Venecia o Ámsterdam… pero qué más quisiéramos. Seguimos clamando a ese cielo de nubes estériles porque la meteorología se parece cada vez más a la parapsicología, y esa lluvia que tanto nos molestaba y nos jodía el día o las vacaciones se busca ahora en las páginas del Tiempo igual que si fuera la combinación numérica de la Primitiva.
En resumen: que el que no está católico es el clima. Pobrecico.

miércoles, 26 de marzo de 2008

Injusta memoria

La inercia de su consagración mundial como actor gracias al Anton Chigurgh de No es país para viejos, ha convertido a Javier Bardem en objeto de revisión y reivindicación, propiciando reposiciones de sus películas y alusiones a sus trabajos interpretativos.
Es normal que salgan a relucir sus obras más prestigiosas y premiadas, como Antes que anochezca (su primera candidatura el Oscar), Días contados, Boca a boca, Carne trémula, Los lunes al sol y Mar adentro (entre todas suman más “Goyas” que el Museo del Prado).
Lo que me extraña más es que salgan a la palestra o incluso se reprogramen televisivamente determinadas mediocridades como Los fantasmas de Goya, Jamón jamón y Huevos de oro. Especialmente, estas dos últimas muestran la peor faceta del actor, el estereotipo prehistórico y chabacano del Homo Ibericus reventador de braguetas, del que, felizmente, logró escapar pese a que sus inicios hicieran temer que quedaría atrapado en él.
Así pues, me sorprende y decepciona que los medios y críticos parezcan haberse olvidado de algunos de sus mejores trabajos. Para enmendarlo, os refresco hoy la memoria comentando tres de ellos.
Bardem protagonizó Éxtasis, de Mariano Barroso, cuando aún era una figura más prometedora que consagrada. Por si fuera poco, el reto pasaba por compartir escena con todo un monstruo como Federico Luppi. Las interpretaciones de ambos son tan poderosas que sólo por ello merecería la pena ver la película (nunca la mirada de Bardem ha estado tan cerca de la de su admirado Al Pacino). Pero es que, además, el filme de Barroso es uno de los mejores que ha dado el cine de este país en los últimos 15 ó 20 años (y, por consiguiente, uno de los más injustamente olvidados por casi todo el mundo). Una historia sobre la ambición sin límites y las flaquezas humanas elementales (para haceros una idea, os pongo una frase que le dice Luppi a Bardem: “En el mundo hay dos clases de personas: las que quieren dinero y las que no saben lo que quieren”), y cuyos personajes poseen la poco habitual facultad de salirse de lo convencional. Si os la habéis perdido, allá vosotros.
Poco después, el actor repitió con Barroso en Los lobos de Washington. Su papel aquí ofrecía un registro con ecos del Lisardo de Días contados y con ademanes anticipados del Santa de Los lunes al sol. El reparto que lo acompañó en esta ocasión también era digno de atención: Eduard Fernández, José Sancho, Alberto San Juan y Ernesto Alterio. La película es una especie de Reservoir dogs de suburbio castizo (menos truculenta que la de Tarantino, claro está) que presenta una galería de tipejos, trapisondas, fulleros y fracasados sin desperdicio. La primera secuencia, con Bardem dando tumbos bajo la lluvia mientras habla solo, ya merecía aplauso masivo y olía a premios futuros.
Segunda piel, de Gerardo Vera, no es una obra tan notable como las dos anteriores, pero tiene a su favor el atrevimiento de abordar un asunto tan sobado como el del triángulo amoroso desde una perspectiva poco común. Bardem es aquí un médico homosexual que mantiene una aventura con un ingeniero (Jordi Mollá) aparentemente heterosexual, casado y con un hijo, y con un cacao mental considerable, víctima de sus propios prejuicios morales. En una época en que proliferaron los filmes de locas con lentejuelas o eso que algunos denominaron “la comedia petarda” (una burda imitación del estilo Almodóvar, con más perifollo que pericia), el gay de Bardem es un recital de sutileza y matices, un ejemplo de equilibrio sentimental que bordea pero nunca pisa el territorio del tópico infantiloide de la pérdida de aceite. Fue el aperitivo inmediatamente anterior al personaje que lo encumbró internacionalmente, el Reynaldo Arenas de Antes que anochezca.
Ya sabéis. Si queréis descubrir al Bardem del que nadie se acuerda, ahí está ese gran invento llamado DVD.


P.D. Ha fallecido a los 81 años Rafael Azcona, el más importante guionista de la historia del cine español. A él le debemos inmortales genialidades como El verdugo, Plácido, El cochecito, Belle Epoque o La escopeta nacional, y adaptaciones brillantes como las de La lengua de las mariposas, El bosque animado o Ay, Carmela.
Le puso humor, ironía, inteligencia y humanidad a una época especialmente sombría de la historia de España.
Hasta hace apenas una década no concedía entrevistas, no salía en la prensa ni asistía a actos públicos. Su obra siempre fue más protagonista que él mismo, lo cual ayudó a que su prestigio y el respeto hacia su persona fueran aún mayores. No se comunicó la noticia de su muerte hasta después de ser incinerado, por su deseo expreso. Coherente hasta el final. Genio y figura.

lunes, 24 de marzo de 2008

Reafirmación del ruido

Por qué será que hoy tengo ganas de gritar. Será porque este lunes con sabor a domingo es el último día de estas mini vacaciones y no quisiera que se acabaran ya.
Pensar en gritar cuando se respira aire de domingo no es baladí, aunque os parezca que sí. No lo es, porque el domingo es el día que mejor representa esa dualidad existencial que tanto nos caracteriza y que nos permite combinar lo esperanzador y lo deprimente en un mismo contexto como si tal cosa.
Ya me diréis si no, el domingo, ese día tan ladino y traicionero, ese tramposo vestido de fiesta por la mañana y de luto por la noche, el mejor y el peor día de la semana concentrados en una misma jornada. Qué crueldad.
Bien es cierto que para gritar, chillar, berrear o hacer ruido hasta reventar tímpanos no nos hace falta buscar excusas en el calendario. Somos especialistas en reafirmarnos a través del estruendo; en poner la música a todo volumen en el coche para que se oiga afuera aunque llevemos las ventanillas cerradas, en ser el que más ruido hace con el tubo de escape de la moto o el que más alto habla o cuenta chistes en el bar.
Somos conocidos por ser el país más escandaloso de Europa (tal vez del mundo), y eso, a veces —es verdad—, es un síntoma de nuestro talante festivo y nuestra alegría latina congénita.
Pero otras veces es un burdo producto de esta sociedad de la crispación, de las prisas, del triunfo instantáneo y el deseo primitivo de destacar a costa de dormir en la oficina, o de hipotecarnos para presumir de coche deportivo o de vender nuestra alma de contribuyente a cambio de unos miles de euros contando en la tele que fuimos novios, amantes o concubinos de algún famoso de segunda división.
Ya no soportamos el silencio. Parece como si la ausencia de ruido delatara alguna carencia en el ciclo normal de la existencia, como si fuera la alarma que nos advierte de una avería en el sistema. Silencio igual a error, a emergencia.
Fijaos, si no, en el cine. Algunos no respetan ni los títulos de crédito, siguen hablando hasta que el primer personaje de la película pronuncia la primera palabra. Cada secuencia silenciosa se aprovecha para cuchichear, para comentar, para dar testimonio de que se sigue vivo, no sea que la ausencia de sonidos ponga en alerta a la Parca. El silencio nos inquieta, quizá porque es la música de la soledad, la sintonía de la muerte.
En fin. Mañana será martes con sabor a lunes, lo cual es mejor de lo que aparenta (que me digan dónde hay que firmar para que la semana laborable empiece siempre en martes). Sólo tendré ganas de gritar cuando suene el despertador, pero no seré capaz porque a esas horas no tengo fuerzas ni para parpadear. Como mucho, murmuraré algún que otro juramento, farfullaré la oda de mi desgracia obrera y oiré gritar al mundo mientras se despierta, en la radio, en los andamios, en los semáforos… Sólo así sabré que sigo vivo.

jueves, 20 de marzo de 2008

Devanarse los sesos

Lo primero que vio David al abrir los ojos fue lo mismo que había visto justo antes de cerrarlos. El rostro de Rubén, aunque ahora menos tenso; incluso se diría que tratando de esbozar un amago de sonrisa. Una serenidad que sin duda no mostraba su semblante, esclavo aún de la tensión, de los nervios, de la incertidumbre. Pero ya estaba. Ya había pasado. Tanto devanarse los sesos durante días para después, en unos pocos segundos, superar el lance como si nada. Era tal y como le habían contado. Era cierto. Era un tipo de placer distinto al que había experimentado hasta entonces, pero tan verdadero o más que el convencional.
Ya no sudaban. Habían dejado atrás la parte más intensa y ahora ambos estaban unidos por la experiencia. Habían pisado la frontera, a pesar de que seguían siendo un par de desconocidos. Tal vez, eso sí, compartieran la misma pasión por lo morboso, por lo prohibido, por desmarcarse de la mayoría, por probarlo todo mientras vivieran. O tal vez Rubén —pensó David— fuera como él, un incomprendido, un aventurero clandestino que mantenía sus pasiones ocultas, disimuladas entre una mediocridad cotidiana fabricada a base de tabúes y prejuicios.
¿Y qué decir de Leo? También era un completo extraño. Que David supiera, tampoco era amigo de Rubén. Frecuentaban los mismos ambientes, eso era seguro, y puede que hubieran coincidido antes en algún garito, que se hubieran cruzado en el fragor de la noche o en un vagón del metro sin saber que en el futuro compartirían un momento como aquél.
¿Sería también su primera vez? Leo le devolvió la mirada como si hubiera escuchado la pregunta formulada en el interior de su cabeza. También él había desperdiciado horas de vigilia y de sueño dándole miles de vueltas al asunto. Por supuesto que era primerizo. Sabía que para otros la primera vez había sido también la última, pero Leo no era un cobarde ni un mojigato. Su mayor defecto era quizá la indecisión, o más bien la dificultad para justificar sus decisiones. Era un especialista en exprimirse el cerebro hasta hallar una explicación satisfactoria, un pensador machacón, un meditabundo crónico. No obstante, carecía de método alguno. Sabía de personas que, por ejemplo, rememoraban la alineación de su equipo de fútbol durante el coito precisamente para demorar al máximo la llegada del momento culminante, y también había oído casos de soldados que confesaban haber empleado sistemas de memoria selectiva para evadirse del escenario donde cumplían sus deberes militares. Leo no había ingeniado ningún plan concreto, pero habida cuenta de su facilidad para hilvanar pensamientos, decidió que simplemente daría rienda suelta a los mismos, confiando en que aquello le ayudaría a superar su estreno junto a David y Rubén.
Concentró la mirada en la chaqueta que colgaba de una percha solitaria, justo enfrente, a la espalda de Rubén. “La pista americana, el puño americano, o la americana a secas, tal y como denominamos a ese tipo de chaqueta”. Pasaba lo mismo con la tortilla francesa, el café irlandés, el baño turco y la ducha escocesa; las coles de Bruselas, el escondite inglés, la conga de Jalisco. “¿Serían en realidad los rusos los inventores de la montaña rusa? ¿Por qué se llamará esto ruleta rusa?”
Pero no tuvo oportunidad de pensar en una respuesta. La detonación sonó de repente, deteniendo el tiempo y borrando las imágenes. Segundos después, los sesos de Leo volvían a su estado habitual: estrujados.

lunes, 17 de marzo de 2008

El sentido de la vista

Que levante la mano quien no haya tenido que soportar alguna vez el visionado de la boda o las vacaciones de unos amigos o familiares registradas en una interminable grabación de video —acompañada además de la entusiasta voz en off de sus autores, intentando en vano contagiarnos de esas sensaciones placenteras que sólo ellos son capaces de evocar—.
Se cumple así aquello de que el valor real de cada cosa se halla más allá de su superficie o sustancia material. Cualquiera de esas películas caseras que sufrimos estoicamente por respeto, amistad o educación hacia sus creadores, pueden constituir auténticos tesoros para quienes las realizaron, igual que un mechón de pelo lacio y reseco ejercerá a menudo de talismán o trofeo, o un pétalo mustio extraviado entre las páginas de un libro puede trenzar nudos en las gargantas o estremecer un corazón curtido al paso de decenas de inviernos.
Pensemos en la filmación típica de una fiesta de cumpleaños cualquiera. Una niña cumple cinco años e invita a sus amigos del colegio a comer tarta. Inflan globos, abren regalos, se manchan la ropa de chocolate, mastican chucherías. De vez en cuando alguno llora, otro se mea encima, dos o tres se pelean tímidamente o se tiran del pelo, juegan a la pelota, cantan a voz en grito las canciones de sus películas favoritas de dibujos animados y luego el cumpleaños feliz a la anfitriona, alguno vomita una amalgama de patatas fritas y Fanta aún sin digerir, otro se pilla una rabieta porque quiere volver a casa, o porque quiere ver la tele, o porque siente envidia de la niña protagonista y su aluvión de regalos, llegan los padres y las madres de los invitados, besos, abrazos, achuchones varios, despedida y cierre.
Nada nuevo. Lo de siempre. Otro vulgar y anodino ejemplar más para la videoteca personal de una de tantas familias normales y corrientes.
Imaginemos ahora que contamos con un dato importante antes de disponernos a ver la película: la niña murió al día siguiente de rodarse el video. Es decir, falleció justo el día después de cumplir los cinco años. Esto, además de una tragedia incomparable, significa que ese cutre video casero es la última imagen que existe de la criatura con vida.
¿Con qué ojos lo miraríamos ahora?
Es la misma grabación. Igual de aburrida, igual de monótona, igual de insulsa, pero ahora ha adquirido un componente implícito que reescribe el guión primitivo. Ahora miraremos con lánguida ternura y con agravada vocación pericial cada gesto, cada guiño, cada risa. Las migas, las babas, los globos, los pedazos de pastel abandonados en cada plato de cartón, los envoltorios rasgados y esparcidos por el suelo, los surcos pegajosos del llanto en las mejillas o los tiznones de chocolate en las comisuras, los tropezones, las demandas caprichosas, los tirones de pelo, las palmas y vítores en honor de la homenajeada, la voz inocente que llama a su madre o que pide pis o caca a su padre, la enunciación sistemática y ya paradójica del futuro (“hasta mañana”) y el latiguillo festivo “que cumplas muchos más”, convertido en el más cruel de los epitafios.
Ayer me refería a la película Buda explotó por vergüenza y establecía un paralelismo con la situación descrita en mi comentario de hoy. Una película que me resultó tediosa y que, al mismo tiempo, me hizo sentir que tal vez mi aburrimiento fuera irrespetuoso o improcedente teniendo en cuenta el valor humano y testimonial del proyecto.
Esto tiene que ver con Pavlov y con Kulechov, con los teóricos de la sugestión y con los maestros de la narración visual, como el irrepetible Alfred Hitchcock.
Muchos autores del género policíaco o de intriga se valen del factor sorpresa, del giro inesperado, del golpe de efecto para resolver sus tramas. Hitchcock huía de este recurso y defendía el uso del suspense: "La diferencia entre el suspense y la sorpresa es muy simple y hablo de ella muy a menudo. Sin embargo, en las películas existe frecuentemente una confusión entre ambas nociones”. Esta cita es del libro El cine según Hitchcock, de François Truffaut, donde el mago del suspense añade el siguiente ejemplo para ilustrar sus argumentos:

“SORPRESA. Dos personajes están hablando sentados a una mesa y su conversación es muy anodina, no sucede nada especial. De repente: ¡Bum!, una explosión. Resulta que había una bomba bajo la mesa. El público queda sorprendido, pero antes de estarlo se le ha mostrado una escena completamente insípida, desprovista de interés.

SUSPENSE. La bomba está debajo de la mesa y el público lo sabe, probablemente porque ha visto que el terrorista la ponía. El público sabe que la bomba estallará a la una y sabe que es la una menos cuarto (hay un reloj en el decorado); la misma conversación anodina se vuelve de repente muy interesante porque el público participa en la escena. Tiene ganas de decir a los personajes que están en la pantalla: "No deberías contar cosas tan banales; hay una bomba debajo de la mesa y pronto va a estallar".

En el primer caso, se han ofrecido al público quince segundos de sorpresa en el momento de la explosión, pero a cambio ha tenido que soportar quince minutos de tedio. En el segundo caso, le hemos ofrecido quince minutos de suspense. La conclusión de ello es que se debe informar al público siempre que se puede, salvo cuando lo inesperado de la conclusión constituye la sal de la anécdota”.

Usted sí que sabía, don Alfredo.

domingo, 16 de marzo de 2008

La coartada solidaria

Me ha decepcionado enormemente Buda explotó por vergüenza, la película de Hana Makhmalbaf que viene cosechando elogios sin parar de parte de la crítica y la cinefilia más selecta. Es una de esas películas creadas para agitar conciencias, para abrirnos los ojos y provocarnos didácticas desazones. La protagonista es una niña de 6 años (no confundir con la de Rajoy) aún inocente, aún con los límpidos sueños propios de la infancia casi intactos, un exiguo punto luminoso en el turbulento Afganistán de nuestros días.
Sin embargo, y pese a su incontestable valor documental y su loable intención reivindicativa, el filme, como he dicho, me parece que se queda a medias. Creo que la coartada de la conciencia humanitaria no es suficiente. Tampoco me basta el hecho de que la directora sólo tenga 18 años, aunque puedo imaginarme su constante pelea contra la incomprensión machista y me quito el sombrero ante su valentía para denunciar la injusticia en un entorno tan peligrosamente radical.
Creo que si nos revelara algo que no conocemos, tal vez la forma de hacerlo quizá importara menos. Pero lo que muestra, por desgracia, es el menú del día de noticiarios, reportajes y programas informativos. Es más, también lo hemos visto en películas de algunos de sus compatriotas y vecinos, quienes, además de blandir su alegato reivindicativo y de desafiar a la intolerancia, optaban por contar una historia estimulante, bien construida y dramáticamente consistente. Ahí están Las tortugas también vuelan, de Bahman Ghobadi; Osama, de Siddiq Barman, o El círculo, de Jafar Panahi.
Credibilidad y emoción no pasan necesariamente por elegir un estilo hiperrealista, una estética modesta o una puesta en escena austera. Tal vez si la joven directora iraní hubiera optado directamente por el documental mi percepción sería otra bien distinta.
Pero la película de Makhmalbaf me parece autocomplaciente desde una perspectiva puramente cinematográfica, y la crítica, me temo, ha sido demasiado condescendiente con sus defectos, no sé si por miedo a que el público confunda las churras con las merinas, la gimnasia con la magnesia o el tocino con la velocidad. Es decir, puede que declarar públicamente que no nos gusta esta película sea interpretado por algunos como una censura contra sus valores éticos y no como una simple opinión sobre su presunta pobreza narrativa. Allá cada cual con sus máscaras o sus estúpidos esnobismos.
Es verdad que la niña es encantadora, que te la comerías y todo eso, pero al cabo de veinte minutos pides más, una historia, algo que ilustre las virtudes ideológicas más allá del conformismo de quien seguramente se sabe respaldada por la mentalidad tolerante del espectador progresista de filmoteca y festival europeo.
Sólo un par de secuencias se me quedan grabadas con especial fuerza: los niños afganos que, como los de cualquier otro sitio, juegan a imitar a sus mayores, lo que en este caso se traduce en imitar la guerra y la lucha contra la invasión yanqui, además de simular lapidaciones contra sus pequeñas compañeras de juegos. También conmueve observar durante los primeros minutos la desesperación de la pobre protagonista mientras mendiga humillantemente para poder comprarse un cuaderno y cumplir el sueño de ir a la escuela.
Lo demás, secuencias alargadas hasta los límites de la paciencia (en especial esa última escena del pintalabios circulando de pupitre en pupitre y de mejilla en mejilla), circunstancia que me ha inspirado el comentario que publicaré aquí mañana, y el cual aludirá a esos tediosos videos domésticos cuyo único interés reside en si detrás de las anodinas imágenes se esconde una historia con verdadera enjundia.
No siempre que vamos al cine buscamos entretenimientos superficiales o evasiones instantáneas. Cómo no agradecer que nos regalen una ficción enriquecida con ingredientes que estimulen nuestros sentidos y nuestro pensamiento. Pero eso no significa que haya que preferir el tedio ilustrado a la sencilla amenidad, el feísmo calculado a la brillantez formal o la austeridad pretenciosa a la certera elocuencia. Se puede hacer cine de espíritu comprometido y ser generoso a la vez con quienes se sientan en el patio de butacas. Os apunto algunos nombres: Fernando Meirelles (Ciudad de Dios, El jardinero fiel), Costa Gavras (Z, Desaparecido, La caja de música), Terry George (Hotel Rwanda), Florian Henckel-Donnersmarck (La vida de los otros), George Clooney (Buenas noches y buena suerte), Atom Egoyan (Ararat), Michael Mann (El dilema), Ken Loach (Lloviendo piedras, Mi nombre es Joe, Sweet sixteen), Jim Sheridan (En el nombre del padre), Tony Kaye (American History X), Nicija Zemlja (En tierra de nadie), Goran Pascaljevic (El polvorín), Laurent Cantet (Recursos Humanos, El empleo del tiempo), Robert Redford (Quiz show), Sydney Lumet (Network), Adolfo Aristarain (Tiempo de revancha, Últimos días de la víctima, Martín (Hache), Un lugar en el mundo)… Y unos mil o dos mil títulos más.

jueves, 13 de marzo de 2008

Problemas de agenda en el Calvario

Perdonadme si soy demasiado torpe para la aritmética y las cosas de los números en general, pero cuando llegan estas fechas siempre vuelve a mi pensamiento una intriga de esas que se te meten dentro y te agitan cual garrapata perruna.
Vamos a ver. Está suficientemente acordado que Jesús de Nazareth, Jesucristo, el Jesús de los cristianos, nació un 25 de diciembre, y por ese motivo la fiesta de Navidad se celebra invariablemente ese mismo día (por mucho que El Corte Inglés quiera adelantar la efeméride cada vez más), todos los años (desde hace dos mil siete, para ser exactos).
Bien. Punto uno aclarado.
Ahora vamos con la mosca cojonera de mis dudas. Se supone que a Jesús lo crucificaron también un día, más o menos treinta y tres años después del evento del portal de Belén. Pero un día, el que fuera. Algunos creen que después resucitó, pero independientemente de eso, la cuestión es que su muerte hubo de producirse una sola vez, y en un día concreto.
Bueno. Hasta ahí bien, ¿no?
Vale. Entonces, por favor, que alguien me aclare por qué la Semana Santa nunca cae en la misma fecha. Por qué unas veces es en marzo, otras en abril, otras a principios de mes, otras a mediados y otras a finales.
Si lo que se conmemora es el martirio, la muerte y la resurrección del susodicho, pues, del mismo modo que se hace con el nacimiento, digo yo que habrá también una fecha exacta para registrar el vía crucis, la pasión, los clavos de Cristo y el paquete completo de la liturgia pascual.
¿Por qué Jesucristo nace siempre el mismo día y sin embargo se va muriendo cada año según le viene en gana a no sé quién? Que me lo expliquen.
Fijaos que ni siquiera nos ponemos de acuerdo a la hora de conceder los días de vacaciones. En algunas comunidades se hace fiesta el jueves y en otras el lunes.
Y lo peor de todo es que la semana entera será todo lo sagrada que quiera la Iglesia, pero las vacaciones sólo duran cuatro días.
Un poco de seriedad, por favor.

lunes, 10 de marzo de 2008

Sin masticar

De tarde en tarde me da por pensar en cuántas cosas terminamos aceptando como normales, lógicas o aun inevitables, cuando en realidad se tratan de estafas, abusos, mentiras y engañifas provocadas por quienes se benefician de nuestra paciencia o resignación.
Por poneros un ejemplo sencillo, pensad en el sistemático incumplimiento de los horarios establecidos en la programación televisiva. Si consultáis la parrilla en el diario, en una revista o en cualquier página web especializada, y después lo comparáis con lo que realmente sucede, comprobaréis que en algunos casos se producen diferencias de hasta ¡¡cuarenta minutos!! entre la hora prevista y la real (un día lo cronometré; palabra). Esto me ocasionó durante algún tiempo ciertos trastornos al grabar películas en el vídeo, ya que a menudo ocurría que, entre el retraso en el comienzo y el abuso de cortes publicitarios, lo que quedaba registrado finalmente en mi cinta de VHS era poco más que un cortometraje, y encima incompleto. Ahora ya no me sucede porque el cine ha desaparecido prácticamente de la tele convencional, y sólo grabo películas de los canales temáticos (sin anuncios) o de alguna que otra emisora local con buen gusto y que, no sé si debido a su modestia, puede permitirse el titánico esfuerzo de cumplir con el horario.
Pero en general tragamos, nos da igual. La cadena de turno nos anuncia que tal serie o tal película o tal reportaje o tal programa comenzará a las 22 horas, y son las 22’45 y aún estamos viendo desfilar ofertas de telefonía móvil, perfumes en francés, yogures de ciencia ficción, automóviles con mensaje, rebajas de temporada y, por supuesto, el tramo final del programa anterior, que no parece terminar nunca.
Alguno pensará que no es tan grave que nos timen con la televisión. Puede ser, pero es que pasa exactamente lo mismo en los aeropuertos. Por mucho que nos fastidie, en el fondo hemos acabado asimilando que media hora de retraso en un vuelo no es retraso. Y vaya si se aprovechan de ello las compañías aéreas. Mientras que un retraso de más de 15 minutos se indemniza con el 50% del billete en el caso de determinados trenes de largo recorrido, y con el 100% si la demora pasa de 30 minutos (esto también es verídico, porque me ha pasado unas cuantas veces; veremos si se mantiene la política con el nuevo AVE), cierta aerolínea me confirmó en una ocasión que sólo indemnizaban económicamente a los sufridores de su incompetencia cuando el retraso era superior a… a ver si lo adivináis… ¡¡cinco horas!!
Y qué decir de la publicidad. De tanta falacia impunemente tolerada. Cuántos reclamos del tipo “Su Audi, o su BMW, o su Ford, o su SEAT desde sólo X euros”. Cuando uno va al concesionario comprueba que la ganga no es tal. Que para que el coche cueste X euros, como decía el anuncio, tenemos que elegir el modelo básico, y que “básico”, en ese contexto, quiere decir inútil, o paupérrimo. O sea, sin radio, sin aire acondicionado, sin rueda de repuesto, sin pintar, sin airbag, sin cinturones de seguridad… Suma y sigue, y de la X tentadora pasamos al abecedario completo. Un timo.
Aplicad esta táctica a créditos y productos bancarios en general, a agencias de viajes, a inmobiliarias, a líneas telefónicas… Carajo, si hasta algunos restaurantes cicateros la utilizan en su menú del día, y sólo a la hora de pagar te das cuenta de que el agua o el pan (o ambas cosas) no estaban incluidos en el precio.
Curioso que se me haya ocurrido hablar de esto justo después de la última e interminable campaña electoral, ¿verdad? Será casualidad, seguro.
Pues nada, a seguir tragando. Eso sí, masticad bien antes de engullir, que luego dan gases.

martes, 4 de marzo de 2008

Entre Gulliver y el baúl de la Piquer

Debido a ciertas necesidades profesionales, este peatón tendrá que ausentarse durante una semana de su querida acera virtual, por lo que no podré acudir regularmente a nuestra cita diaria en este blog hasta el próximo 10 de marzo.

Para que no me echéis demasiado en falta, os dejo aquí una pieza que incluí en mi primer libro, Pantanos de la cordura, y que, pese a su brevedad, contiene muchos de los elementos que más me motivan a la hora de plantearme eso tan estimulante y misterioso que es escribir una historia de ficción.

Además, creo que representa también el aspecto lúdico de la literatura, algo que, tristemente, no todo el mundo se aviene a reconocer, seguramente por el temor a ser tachado de frívolo o superficial. Como dijo alguien, lo divertido es lo contrario de lo aburrido, no de lo serio. Puede que quede mejor afirmar que la escritura es una actividad que hace sufrir y sudar sangre. En mi caso, como no soy masoquista, la creación literaria está más cerca del ocio que del sacrificio. Es mi juego favorito, aunque a veces haya que sudar bien la camiseta para ganar la partida.

También leer debe ser un juego para el lector, así que os invito a descifrar este pequeño enigma titulado Un milagro electrodoméstico.

Que lo disfrutéis, y hasta la próxima semana.

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Un milagro electrodoméstico


Ahí está otra vez, como cada día, a esta hora.
Suenan cánticos como coros celestiales. Centenares de querubines entonan al unísono sus voces cristalinas de eunuco. Vuelve el regocijo con el festival de las melodías divinas que me empapan y extraen de mi carcasa de pellejo la materia incorpórea del alma para elevarla al firmamento. Oigo una congregación de gargantas sublimes que se cuelan en mis oídos y me regalan la música del éxtasis. Primero son requiebros guturales del Tirol, clamor de aliento montañés; después recital de punzantes sopranos que terminan por convertirse en emotivos aleluyas traídos desde el mismo corazón de Louisiana; un gospel superlativo, un canto de gloria desgarrado y místico, una misa armoniosa, la sagrada eucaristía en excelsas partituras, el paternoster circulando de boca en boca con notas de miel, la pasión desnuda, la hermosura majestuosa de un orfeón de cándidos monaguillos, la banda sonora del milagro, del nirvana, del paraíso.

“Cierra los ojos y piensa en un color. Piensa en el sol, y en las flores, y en el mar. Piensa en el color de la felicidad”

El cielo es la propia encarnación de sí mismo, el azul más limpio, más puro, magnánimo reflejo oceánico, el hogar de las almas en paz, el oasis infinito por el que vagan las aves en libertad y las conciencias en gracia divina, la antípoda del averno, el premio en el epílogo de una vida ejemplar, el altar supremo al que implorar la ayuda, el perdón, el favor; el edén al que agradecer la dicha, la fortuna, destino de feligreses, quimera de beatos, morada gaseosa de espíritus, teatro de eventos místicos, olimpo de dioses, el mar etéreo de las nubes.
Aliento de agua concentrado en delicados cuerpos flotantes de inmaculada blancura, mansedumbre de algodón, de gélido azúcar, rebaño vaporoso que deambula con sosiego por senderos de viento. El dios Eolo respira y las nubes huyen, peina la hierba y arquea los débiles troncos. Rosas lozanas, ufanos girasoles, humildes margaritas, rumberos claveles, frágiles espigas, robustas mazorcas, afables tréboles, altivas hortensias, sensuales amapolas, elegantes orquídeas. Pétalos que lloran de alegría lágrimas de rocío, la fresca humedad del amanecer de la esperanza, sudor de placer, manantial de pureza, bautismo bucólico.

“Sonríe. Vive. Eres tú misma. Comparte tus sueños. Es un día feliz”

Caricias de brisa mesando largos cabellos, pelo azabache de misteriosa noche, melena de fuego como hoguera de brujas, mechones dorados como hechizo de hadas, sinuosos rizos color caoba, rígidos flequillos de egipcia simetría, pueriles trenzas de encanto rupestre, océanos de platino batiendo como alas de mariposa.
Piel de albaricoque, cuello de cisne, piernas de seda, cara de porcelana, labios de almíbar, vientre de azúcar, pechos de miel, manos de cristal.
Y por fin su voz:
—No me siento sucia. No me siento enferma. No hay dolor. No hay problema. Me siento mujer. Nunca he estado mejor.

“Con Menstrudex sólo sentirás una cosa: tu lado femenino”.

Apago el televisor. Bendita regla.




Incluido en el libro Pantanos de la cordura - José Ignacio García Martín, 2004
ISBN - 84-609-3476-4