martes, 12 de febrero de 2008

Y tú, ¿qué harías?

Me he acordado ahora de una conversación que mantuve hace algún tiempo con un grupo de compañeros del trabajo mientras nos relajábamos charlando a la hora del bocata.
La mayoría de los presentes eran mujeres, lo cual no es un dato baladí, como se verá.
El origen de la charla se ha borrado ya de mi memoria, pero el caso es que, en un momento dado, alguien sacó a colación la escena quizá más conocida de la película de Clint Eastwood Los puentes de Madison.
Para quien no la haya visto, resumo fugazmente la trama y pongo en antecedentes sobre la secuencia en discordia: la protagonista, de nombre Francesca e interpretada por Meryl Streep, ha tenido un affaire amoroso durante unos días con un tipo aventurero y bohemio, un fotógrafo de Nacional Geographic, interpretado por Clint Eastwood y en las antípodas (tanto intelectuales como varoniles) de su marido, un hombre bondadoso y cuya fidelidad está libre de toda sospecha, si bien, con el paso del tiempo, parece haber transformado la pasión en una suerte de tediosa constancia afectiva. El matrimonio, además, tiene dos hijos menores de edad.
El caso es que, tras el desliz, Francesca queda prendada de su aventurero, lo mismo que él, quien le propone a ella escaparse juntos y abandonar así para siempre su anodina existencia de maruja palurda.
Y así llegamos a la escena cumbre: Llueve a cántaros. Eastwood espera en la calle, sin paraguas ni capucha, calándose hasta sus huesos sexagenarios. Francesca viaja en el coche junto a su marido, que es quien conduce. El coche se para en un semáforo, ella ve a su héroe desde la ventanilla y alarga su mano hasta el mango de la puerta. Parece que la abrirá y saldrá corriendo a empaparse junto a su amante, pero no lo hace. El semáforo sigue en rojo y el marido, al menos aparentemente, en Babia. Francesca continúa sujetando la palanca de la puerta como si fuera a arrancarla…
Bien, me paro aquí para no joderle a nadie la peli. Sea como sea que se resuelva la escena en el filme, el meollo de la conversación a la que he empezado aludiendo en mi comentario de hoy se encuentra aquí.
Todas las mujeres presentes en aquel corrillo reconocieron que, mientras veían aquella secuencia, pensaron, murmuraron o incluso exclamaron: “¡Vamos, ábrela, ábrela, vete con él!”.
Obviamente, entiendo que lo pensaran. Cualquier persona a quien haya agradado la película reconocerá haberse contagiado de los sentimientos de los protagonistas. Sin embargo, lo que yo aduje al respecto fue que aquel entusiasmo y aquella complicidad con Francesca revelaban una escandalosa contradicción, en función de los valores que todas aquellas mujeres aplicaban en su vida cotidiana.
Reconozco que era una carta ganadora infalible si lo que pretendía era sembrar la polémica, como así fue. Mis compañeras criticaron mi supuesta falta de romanticismo y confundieron mi intención de cuestionar sus criterios con una aparente censura a la actitud adúltera de Francesca.
Dicho esto, me vi obligado a aclarar que mi incisivo comentario no versaba sobre la decisión del personaje de Meryl Steep, sino sobre qué hubieran pensado ellas de una amiga, vecina, compañera o conocida que les contara algo como: “He decidido abandonar a mi marido y a mis hijos para irme a disfrutar de la vida con mi amante bandido”.
No es que no se comprenda la necesidad de Francesca de ver realizados sus sueños. Os aseguro que me identifico totalmente con los anhelos de alguien que cree que cosas tan prosaicas como la edad, las convenciones sociales o los prejuicios no pueden aniquilar los deseos humanos y el derecho de cualquier persona a ser feliz.
Ahora bien, que nadie se engañe. Esos gritos de ánimo a Meryl Steep para que baje del coche de su marido representan también un sueño, una ilusión, una vía de escape, tal vez, pero de ningún modo reflejan el sentir generalizado a la hora de opinar sobre el comportamiento de nuestros semejantes.
Creo que si se hiciera una encuesta preguntando qué es lo peor que puede hacer una madre, la aplastante mayoría respondería de forma espontánea que lo peor sin duda sería abandonar o desatender a sus hijos. Y aunque añadiéramos que esa presunta madre fugitiva había huido por amor, a nadie le valdría como excusa.
Precisamente, una de las razones por las que admiro esta película de Clint Eastwood es por el tratamiento serio, adulto y coherente que hace de los sentimientos románticos. No necesita convertir la historia en un cuento de hadas donde todo el mundo termina comiendo perdices para trasmitir lo que significa enamorarse de alguien. Si no fuera porque son palabras que riman, cualquiera diría que romanticismo y realismo no tienen nada en común.

2 comentarios:

Toxcatl dijo...

Yo me fuí con el fotografo...

El último peatón dijo...

Tú sí que sabes... ¡Valiente!