viernes, 22 de febrero de 2008

Oscura ambición

Sin duda alguna, lo peor de Pozos de ambición es ese título que los siempre creativos traductores locales le han adjudicado por sus santos bemoles a la nueva película de Paul Thomas Anderson, cuyo título original en inglés es There Will be blood, lo que podría traducirse al castellano como “Habrá sangre”, “Aquí va a haber sangre”, “Correrá la sangre”… O bien, ya puestos a hacer dobles sentidos con los elementos en torno a los que gira la trama (el petróleo y la codicia), podrían haber optado por variantes del estilo “Oscura ambición” o “Ambición negra”, que, para el caso, suenan a lo mismo que la alternativa finalmente elegida, o sea, a telefilme de la hora de la siesta o a serial del tipo Falcon Crest o Dallas (esto de los títulos es un tema que me divierte e indigna a partes iguales, así que próximamente veréis una entrada dedicada monográficamente a dicho asunto).
Títulos aparte, quedé prendado del cine de Paul Thomas Anderson cuando vi Boggie nights, hace ya más de una década (qué mayor me hago, madre). Este amor cinéfilo a primera vista se vio corroborado pocos años después con la espléndida Magnolia. El éxito de esta última propició asimismo la oportunidad de revisar su primera obra, Sydney, que pude ver gracias a una reposición en el viejo cine Maldá.
Imagino que la fama y el acomodo en los laureles de la industria animó a Anderson a tomarse un interludio caprichoso, materializado en la marciana y autocomplaciente Punch drunk love, un experimento desconcertante que, no obstante, jamás me hizo perder la fe en su autor.
Ahora, Anderson ha vuelto a lo grande, y lo malo es que ese “a lo grande” alude a todos los ámbitos, tanto a los mejores como a los peores.
Para empezar, Pozos de ambición es una historia épica de esas que el cine americano sabe retratar como ninguno. El auge desde la nada de un simple obrero que termina dominando un imperio, y también el posterior descenso a los infiernos del dolor y la soledad que suelen traer consigo tanta avaricia y sed de poder (me quedo con una frase del protagonista: “Estoy deseando ganar mucho dinero para aislarme del mundo”. Lo dice todo). Es inevitable recordar títulos como Ciudadano Kane, El Padrino, Gigante, Tucker o la más reciente El aviador, si bien la forma de rodar del joven director californiano se aparta ligeramente de las maneras clásicas, supongo que con la intención de introducir elementos inconfundibles de un sello personal, una tendencia tan loable como arriesgada.
Pozos de ambición es interesante, a ratos espectacular e intensa, pero en otras ocasiones me resulta un tanto distante o forzada, tal vez por culpa de las pretensiones de su autor (dura 158 minutos, y la primera media hora es espesa, por no decir aburrida). Me gusta mucho cómo ilustra el enfrentamiento visceral a lo largo de los años de los dos protagonistas en su lucha por el poder y la riqueza, una contienda ancestral y eterna: la iglesia contra la empresa, la religión contra el capital, y la conclusión final de que ambos bandos son el mismo. Así y todo, esta historia habría cobrado más fuerza de haberse narrado a la usanza de los sabios veteranos (era la película ideal para un Peckimpah, un Coppola, un Eastwood o un Scorsese), algo que, curiosamente, dejaban traslucir los primeros trabajos de Anderson.
Boggie Nights y Magnolia recordaban al Scorsese de Uno de los nuestros, al Tarantino de Pulp fiction y al Altman de Vidas cruzadas. Sin embargo, en su última película, Anderson parece haber girado el rumbo de sus aspiraciones hacia posturas quizá más presuntuosas, pero no necesariamente más recomendables. Da la impresión de que este hombre apunta ahora hacia Orson Welles o Stanley Kubrick, y me acojona un poco, la verdad.
Aclaro, no obstante: Welles, aparte de un megalómano incurable, siempre me pareció un genio, y me encantan Sed de mal y La dama de Shangai. Por su parte, me gusta casi todo lo que ha hecho Kubrick, excepto 2001: una odisea del espacio, que me parece un ladrillo pedante e indigerible, además de la película más sobrevalorada de la historia del cine. Pero lo que verdaderamente me resulta antipático es ese aura de trascendencia, solemnidad y compromiso con el Arte (con mayúscula, claro) que rodea siempre a su cine y que les sirve a muchos listillos para disculpar el tedio o la espesura que no les perdonan sin embargo a otros directores menos pretenciosos.
En especial, la última secuencia de Pozos de ambición parece una escena eliminada del montaje final de El resplandor, y los créditos finales que vienen a continuación, acompañados de música de cámara, evocan irremediablemente la manera casi idéntica en que terminaban, que yo recuerde, Barry Lyndon, La naranja mecánica o Eyes Wide shut.
Así pues, Pozos de ambición es el resultado de un choque de egos que reíros vosotros de los accidentes interestelares. De entrada, el egocentrismo inconmensurable del protagonista, el codicioso y desalmado Plainview, interpretado con brillantez y notable exceso por el no menos narcisista Daniel Day-Lewis, un actor de esos que aseguran vivir literalmente la misma vida que su personaje mientras preparan el papel. Por otra parte, está la más que demostrada conciencia de Paul Thomas Anderson acerca de su reconocido carisma y de que es en verdad uno de los elegidos, uno de los nuevos talentos en alza (junto a David Fincher, Christopher Nolan, Jason Reitman o Alexander Payne) que garantizan un cierto toque de independencia y calidad al mal llamado cine comercial (esto lo aclararé también otro día, pero vaya por delante que TODO el cine es comercial. ¿O es que las entradas para ver una peli de Kim Ki Duk, Abbas Kiarostami o David Lynch son gratis?). Si decoramos todo lo anterior con la guinda de los nuevos maestros de cabecera del cineasta, hasta dan ganas de felicitar a los distribuidores españoles por el titulito de marras. Porque sangre, lo que se dice sangre, no corre demasiada en la película, pero ambición… Por toneladas.

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