miércoles, 30 de julio de 2008

Me parto

Este artículo fue publicado el pasado 6 de febrero. Me he permitido rescatarlo dada la incontestable actualidad del tema que aborda. No es que me las quiera dar de clarividente ni nada parecido; más bien pretendo, una vez más, reivindicar el derecho a que la retórica mediática no nos deforme la realidad.

Me río por no llorar cada vez que los periodistas y expertos en economía —también los ministros del gremio— hablan de “la preocupación de los ciudadanos por la situación económica”.
Bonita frase, propia de la jerga institucional, pero tan refinadamente retórica como escasamente elocuente.
La “situación económica”, como ellos dicen (o la crisis, la recesión y demás terminología especializada), no es la verdadera preocupación de la gente que compra el pan y se levanta cada mañana a golpe de despertador.
Que la bolsa caiga o se incorpore es importante desde una perspectiva global informativa, como análisis del escenario socio-político-económico mundial, y sin duda será un dato que apasione por igual a historiadores y empresarios.
Pero a mí, sencillo peatón, la bonanza del mercado de los negocios o la obesidad mórbida de las arcas del estado me importan bastante menos que las ridículas subidas salariales y los criminales encarecimientos de los costes básicos de cualquier manutención o supervivencia ciudadana.
Como ni soy experto ni me interesa eso tan feo que se publica en los periódicos de color naranja (o salmón, para los más tiquismiquis), me resisto a tragarme el cuento de que las subidas estratosféricas del café, los huevos, la leche, el pollo, el metro, el teléfono, el alquiler, el seguro, el ocio, la hipoteca o los zapatos, son un síntoma de prosperidad que invita al optimismo.
Ya digo que soy un tarugo en la materia, y quizá por eso creí en su momento que la expresión “riqueza de España” pretendía resumir la suma de las riquezas individuales de todos los ciudadanos españoles. Ahora ya sé que esa presunta riqueza estatal a la que tanto se aferran algunos para justificar sus prebendas y chanchullos no es en absoluto la suma de nuestras humildes aportaciones, sino más bien justo lo contrario, es decir, la interpretación manipulada e interesada de la desproporción evidente entre la minoría pudiente y la vulgaridad restante.
Daos cuenta de que es el mismo criterio que se utiliza en la mayoría de las encuestas. Por ejemplo, cuando vemos publicado en la prensa un estudio que afirma “El salario medio de un trabajador español es de 2.300 euros” (¿mande?), o “Los españoles practican el sexo 1,7 veces a la semana” (¿me lo explica? No sólo lo de la frecuencia, sino qué carajo significan los decimales en el contexto de un caliqueño).
Así pues, los cuatro o cinco espabilaos que viven a cuerpo de rey aportan las cifras necesarias para que el cómputo general salga bien en la foto, y nosotros, encima, nos tenemos que creer que eso quiere decir que somos ricos y nos quejamos por pura afición.
Vamos, que me parto. Me troncho (sobre todo cada vez que me agacho para coger diez céntimos del suelo).

2 comentarios:

Alejandro Lérida dijo...

Me gustas cuando hablas porque no estoy como ausente. Sin topiquerías, gracias. Desde hace ya algún tiempo te sigo por la acera que dejan tus palabras. Incluso te he agregado a mi lista de blogs. (Espero que no te importe; de lo contrario, cortaré la calle que lleva hasta tu blog y te presentaré mis disculpas, huelga decirlo.) Sin más, te animo a cruzar mi "paso de peatones" (así se llama mi espacio vital), que es -como dice una amiga- una suerte de certificado de existencia: consta allí que estoy vivo.
Un saludo y una buena dosis de mi estima.

El último peatón dijo...

Gracias por tu fidelidad a este pavimento virtual.
Me algera saber que hay colegas peatones deambulando de blog en blog. Me daré un garbeo por el tuyo, y desde ya mismo lo añado a mis vínculos de interés.
Saludos.