lunes, 4 de febrero de 2008

Los viejos Coen atacan de nuevo

Para muchos, el principal reclamo de No es país para viejos será la presencia de Javier Bardem, reforzada además por la ingente cantidad de premios y elogios acumulados en los últimos meses por el actor español.
Es lógico, por otra parte, pero no pocos somos también los que esperábamos el estreno de esta película (al margen de su reparto) porque era la nueva de los hermanos Coen; y no sólo eso, sino que prometía ser por fin un regreso a los registros característicos de este singular dúo de artistas.
Ciertamente, No es país para viejos es cien por cien estilo Coen, aunque, curiosamente, se trate de una adaptación y no de un guión original. Es asombroso comprobar cómo la historia y los personajes creados por Cormac McCarthy parecen haber sido concebidos para su encarnación visual en el universo inconfundible de los autores de Fargo, Muerte entre las flores, Sangre fácil, El hombre que nunca estuvo allí y Barton Fink.
Eso sí, que nadie se lleve a engaños. Las nominaciones a los Oscar y la consecuente asociación de este título con el concepto “Hollywood” pueden provocar una expectativa engañosa para cierto tipo de espectadores.
Para quienes somos seguidores casi incondicionales de los Coen, este último trabajo es una gozada absoluta, un chute de celuloide pata negra.
Sin embargo, aquéllos que esperen un espectáculo, un entretenimiento al uso y a la manera hollywoodiense tradicional, quedarán más que probablemente decepcionados.
No es país para viejos es una historia dura, áspera, de una brutalidad tan límpida como sobria. No es una película de acción. Hay violencia, hay tiros, tiene una trama que discurre a caballo entre el oeste decadente de Peckimpah y el cine de psicópatas en huelga a la japonesa (desde Norman Bates hasta el Max Cady de Scorsese), pero no es un espectáculo apabullante de efectos sonoros (ni siquiera hay música) ni pirotécnicos.
Además, los Coen han renunciado incluso a ese humor gamberro casi siempre presente en sus cintas. También es verdad que, aunque el sentido del humor es una de sus inconfundibles señas de identidad, son precisamente las comedias sus películas menos inspiradas (personalmente, me gustan mucho El gran Lebowski y El gran salto, pero igualmente Arizona baby, Oh brother!, Crueldad intolerable y Ladykillers me parecen sus trabajos más flojos). En No es país para viejos sólo asoma de vez en cuando un amago de ironía que más parece un guiño para sus fans que un elemento inherente a la historia. Una historia que deja un sabor de boca amargo y un sentimiento de desolación tan vasto como los parajes por donde transitan los protagonistas de la película. La resignación derrotista del sheriff veterano ante los métodos criminales de los delincuentes modernos y la apariencia de indestructibilidad que atesora ese Antón Chigurh que parece compartir peluquero con Aznar componen el esqueleto de una odisea capaz de desmoronar al espectador más optimista del planeta.
Bardem está de miedo (también en el sentido literal), pero sería injusto no destacar igualmente a sus compañeros de reparto, Josh Brolin y Tommy Lee Jones.
En definitiva, un feliz resurgimiento de dos de los autores más importantes del cine americano de los últimos veinte años. Casi ná.

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