viernes, 29 de febrero de 2008

La estética del mitin

La palabra de moda de la semana ha sido “debate”. Ahora bien, visto lo reflejado del martes para acá en los medios —que si la corbata, que si el botón de la chaqueta, que si la barba recortada, que si las cejas como galones de sargento, que si el Grecian 2000, que si los ojos azules, que si el dedo de acusica, que si más tiesos que un Madelman—, cualquiera diría que nos han estado vendiendo la campaña de promoción de la Pasarela Cibeles o la Semana Fantástica de El Corte Inglés, en lugar de un cara a cara preelectoral entre los dos máximos aspirantes a la poltrona (perdón, quería decir “aspirantes a La Moncloa”).
El diálogo, la argumentación ideológica, las inevitables promesas populistas, la discrepancia civilizada, las diatribas ingeniosas, la elocuencia seductora, la retórica proselitista, en fin, los elementos buenos, malos o regulares que se le suponen a cualquier debate político que se precie, parecen haber importado escasamente a no pocos columnistas y locutores, al parecer más interesados en los aspectos estéticos que en los dialécticos de la contienda televisiva del pasado lunes.
La decepcionante conclusión de todo esto es que, en realidad, Zapatero y Rajoy fueron las fichas, los naipes o los marcianitos de aquellos que realmente jugaron a pelearse. El verdadero combate lo sostuvieron los respectivos asesores de imagen, mientras que los candidatos ejercieron de simples títeres al servicio del prime time y el guiñol de las audiencias.
Al contrario de lo que ocurre en estos debates tediosos y acartonados, el mitin tradicional ofrece muchas más posibilidades de análisis estético. Es evidente que en campaña todo está calculado, pero da la impresión de que el político se siente más relajado y abierto a la espontaneidad vociferando soflamas a unas gradas repletas de fieles que recitando un discurso granítico al piloto rojo de una cámara. De igual manera, su forma de vestir puede delatar también su mayor o menor comodidad con el entorno. En el parlamento van invariablemente de traje y corbata (excentricidades abertzales aparte), pero cuando llega la campaña electoral se ponen el uniforme de paisano para dar mítines, visitar enfermos, dar charlas en colegios, besar bebés en los mercados y todo eso que forma parte del preámbulo a las urnas (igual que cuando los futbolistas o los cantantes de moda se visten de Rey Mago y llevan juguetes a los niños ingresados en un hospital).
Así, todo político con aspiraciones de notoriedad ha de poseer un fondo de armario específico con las prendas apropiadas para la gira por estadios, auditorios y plazas de toros que toca poner en marcha de vez en cuando.
La prenda por excelencia del mitin es la que podríamos denominar “cazadorilla entallada primaveral”, una especie híbrida que ostenta la facultad de no ser tan informal como una camisa ni tan formal como una americana (véase la que luce Felipe González en la foto que ilustra esta entrada). Este modelo de cazadora es a nuestros políticos lo que la chompa a Evo Morales, un elemento estratégico imprescindible para lograr el deseado efecto de acercamiento e identificación con las huestes más humildes del electorado.
Algunos se lo toman más a pecho, es verdad, y suben al atril en mangas de camisa o remangados como cantineros. En este caso, es fundamental lucir lo que se conoce como “rodera de sisa” o “polución sobaquera”, es decir, una buena mancha de sudor empapando la axila, tendencia que volvió a poner de moda el seleccionador Camacho durante el campeonato mundial de fútbol de Corea y Japón, en el año 2002. El sobaco sudado es sin duda otro artificio calculado para potenciar la humanidad del candidato. Supongo que los asesores de imagen serán capaces de suministrar el producto adecuado que favorezca la transpiración, o bien se ocuparán de gestionar la climatización de los auditorios, o de recomendar al ponente que se eche unas carreritas antes de iniciar su intervención, o incluso se atreverán a humedecer con cualquier tipo de líquido la parte de la camisa que quedará a la vista cada vez que el asesorado alce los brazos o repita ese gesto tan característico del manierismo político, con el dedo índice y el pulgar unidos por sus puntas y subiendo la mano arriba y abajo, como si le estuvieran acoplando un condón imaginario al pene del hombre invisible.
En un punto intermedio entre la anacrónica cazadorilla y la hedionda camisa, encontramos una tendencia en auge de un tiempo a esta parte: el jersey por los hombros (preferiblemente en tonos pastel o en colores cítricos, como dirían los diseñadores divinos de la muerte). Este hábito, que puede parecer exclusivo de ultraderechistas superpijos, abunda también entre políticos de sectores moderados o directamente de izquierdas. Será que las chaquetas de pana han pasado definitivamente a la historia y ahora todo el mundo quiere presumir de Raplh Lauren para arriba.
A otros, por su parte, se les nota que no saber vestir de sport. Será por falta de costumbre o por falta de gusto, pero da lástima observar la pinta que lucen algunos pobrecillos con el vaquero planchado a la raya y los zapatos de etiqueta, o bien con el traje de las grandes ocasiones pero sin corbata, lo que, lejos de concederles un aspecto desenfadado, les hace parecer gerentes despistados o subsecretarios desinhibidos fuera de su hábitat natural, como esos castigadores carcamales que se acodan en las barras de algunas discotecas pensando que la ausencia de corbata les quita también cuarenta años de encima y atrae la libido de las veinteañeras turgentes.
Esta deplorable tendencia remite a lo que en las empresas se está empezando a conocer como Business Casual, un oxímoron indumentario que lo deja a uno en tierra de nadie, ni elegante ni informal, y otro ejemplo más del inagotable talento para la horterada verbal propio de los gurús de la liturgia empresarial.
Políticos al margen, seguro que también podríamos hacer un jugoso estudio sobre la vestimenta del votante en día de elecciones, pero hoy ya me he enrollado mucho. Quién sabe, a lo mejor me entretengo el día 9 precisamente con eso.

1 comentario:

Las3Musas dijo...

El disfráz de los políticos es tan patético como sus sonrisas candidatas, le rompería con tanto gusto los dientes... Uy, perdón, cuierto que soy pacifista.

:)
las fotos de las musas son fruto de investigaciones por la red en busca de poesía visual. Están ahí, sólo hay que encontrarlas;) Me alegra que te gusten.

beso
musa