sábado, 12 de enero de 2008

Infiltrado en las líneas enemigas

No tendría por qué ser así, pero da la impresión de que los humanos de este siglo nos empeñamos en hacer incompatible el interés por los avances tecnológicos o las nuevas formas de ocio con otras disciplinas e inquietudes tradicionales como la literatura, el arte en general o el respeto por la lengua.
Sostienen los más agoreros que la informática y los ciberjuegos terminarán aniquilando a los divertimentos de toda la vida. Yo me resisto todo lo que puedo a secundar semejante profecía, pero no puedo negar la evidencia de que, entre unos y otros, estamos contribuyendo a separar en distintos bandos algunas cosas que, pensándolo bien, deberían militar en el mismo.
Al hilo de esto, me permito recomendaros el libro Como una novela, de Daniel Pennac, un ensayo ameno y muy eficaz que defiende la afición a la lectura de un modo casi campechano, sin pedanterías clasistas y sin solemnidades académicas. Muy al contrario, Pennac reivindica la literatura como esparcimiento y no como obligación, e insta a los padres y educadores a situar los libros en el mismo contexto que los balones, las muñecas, los patines y, cómo no, los videojuegos.
A menudo las buenas intenciones, si se aplican mal en la práctica, devienen lo contrario de lo pretendido. Algunos padres, guiados por el sano deseo de que sus hijos no renieguen de los libros, obligan a éstos a leer antes de dejarles jugar a otras cosas. Es decir, convierten el juego (el balón, la muñeca o la consola) en un premio por leer, con lo que la lectura se posiciona automáticamente en el sector de los deberes y no en el de las diversiones, igual que cuando se va al parque de atracciones por haber sacado buenas notas o se permite una tarta de chocolate como postre por haberse comido toda la verdura.
He hecho esta larga introducción porque, si bien la creación de un videojuego para mejorar la cultura lingüística debe celebrarse como una buena noticia, no estoy demasiado seguro de que el pasatiempo en cuestión pueda hacerles sombra a los verdaderos reyes del universo ciberlúdico (superhéroes, carreras de coches, hazañas bélicas, deportes de élite, etc.).
El juego al que me refiero se llama “Mi experto en vocabulario” (reconozco que suena repelente), y lo ha diseñado Antonio Moreno Ortiz, especialista en Lingüística Computacional y Lexicografía de la Universidad de Málaga. Su noble objetivo es contribuir a mejorar la riqueza léxica, no sólo de los más jóvenes, sino, ya puestos, de todo aquel capaz de comunicarse con palabras.
O sea, no hay que conquistar ningún reino, ni cargarse a ningún villano de la banda rival, ni ser el campeón de nada, ni adquirir superpoderes para salvar al mundo de catástrofes o invasiones, ni recuperar un anillo omnipotente o un cofre sagrado… Vamos, que es como el cole, pero en formato videoconsola. Y he aquí el problema.
Porque a mí no me cuesta nada identificar el invento como “juego”, pero ¿pensarán lo mismo los chavales, acostumbrados a otro concepto de ocio radicalmente distinto?
Una lástima, me temo. Este profesor malagueño se merece un monumento a la heroicidad, aunque ya veremos si su creación resiste la presión de ser algo así como un topo, un espía infiltrado en el bando enemigo, el lado donde mandan los SMS y las PSP.
Por supuesto, si alguno de los que leéis esto tenéis la intención de regalarles “Mi experto en vocabulario” a vuestros hijos, no vayáis a cometer la torpeza de obligarles a usarlo para ganarse el derecho posterior a sus otros juegos. Pennac os daría la bronca. Y yo, después de él.

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