lunes, 18 de febrero de 2008

El virus de la intransigencia

Cuentan que la primera vez que Antonio Banderas invitó a Melanie Griffith a conocer la Semana Santa malagueña, la actriz norteamericana manifestó su estupor tras haber identificado a miembros del Ku Klux Klan desfilando en una procesión.
Evidentemente —como ya habréis adivinado—, lo que sufrió la señora de Banderas fue una simple confusión por culpa del más que razonable parecido entre el uniforme de los nazarenos y el de los fanáticos racistas de su país.
Cuando desconocemos el contexto cultural, histórico o étnico de un evento cualquiera, es fácil equivocarse o alarmarse innecesariamente, como le ocurrió a la pobre Melania de su Antonio.
Por poner un ejemplo, pensad que el aurresku, la capoeira y el kung-fú serán prácticamente la misma cosa para alguien desinformado o que desconozca sus respectivos trasfondos populares, ideológicos o espirituales.
Recurro hoy a esta introducción semifolclórica para reflexionar sobre una de nuestras más peligrosas debilidades, el virus conocido vulgarmente como “Conmigo o contra mí”, cuya epidemia se expande con especial crudeza en periodos de campaña electoral.
Convendréis conmigo en que no elegimos nuestras compañías o delimitamos nuestros afectos basándonos en criterios tan pueriles como la coincidencia absoluta en gustos, ideas o inclinaciones.
Podemos amar a la misma mujer que otro tipo al que consideramos un cretino, y podemos usar la misma colonia que un asesino en serie o compartir creencias religiosas con un dictador. Tal vez nuestra canción favorita sea la misma que la del mal nacido que nos robó la novia, o puede que seamos socios del mismo club de fútbol que un terrorista, o que le pongamos a nuestro hijo el mismo nombre que el de ese periodista cotilla al que insultamos cada vez que aparece en la pantalla del televisor. Imaginad que habéis estudiado lo mismo que el árbitro que le fastidió la Liga a vuestro equipo, o que cuando salís por ahí bebéis lo mismo que Bush, o que vuestro grupo sanguíneo coincide con el de Hugo Chávez, o que compráis la fruta en la misma tienda que un pederasta.
Podríamos saturar el infinito universo virtual de Internet sumando ejemplos, ¿a que sí?
Así pues, no es demasiado raro que, en ocasiones, ocurra que discrepemos radicalmente con el partido político al que vota nuestro mejor amigo o nuestra pareja, sin que ello deba acarrear como consecuencia la ruptura de las íntimas relaciones. ¿O tal vez sí?
Yo espero que no os contagiéis de ese veneno proselitista e insidioso que flota en el aire durante estos días y que se mantendrá, salvo sorpresa o catástrofe, hasta el próximo 9 de marzo.
Ya confesé hace algunos días, en la entrada titulada Pereza preelectoral, mi saturación prematura ante tanta morralla electoralista, y también que lo peor de todo, en mi opinión, era que ese espíritu carroñero terminaría extendiéndose más allá de los púlpitos de los candidatos, impregnando irremediablemente las maneras y diálogos de mis vecinos y compañeros.
En este sentido, hay un aspecto referente al hecho de votar que no acabo de comprender, y cuya aceptación generalizada siempre me ha provocado cierta extrañeza. Todos asumimos aquello de que el voto es secreto como si fuese una necesidad, un imponderable democrático y un síntoma de respeto sin matices.
Pues bien, una vez más, voy a cuestionar la sacrosanta sabiduría popular. Y pregunto: ¿Por qué hemos de temer nada si declaramos públicamente nuestra predilección por uno u otro partido? ¿Por qué hay que encerrarse (es un decir) en una cabina para introducir la papeleta en el sobre antes de depositarlo en la urna? ¿Por qué está más que demostrado que la gente miente cuando, al salir del colegio electoral, alguien le pregunta para una encuesta que a quién ha votado?
No creo que esto sea síntoma de respeto, sino más bien de todo lo contrario. Me da la impresión de que ese aferrarnos a preservar la intimidad electoral delata un concepto de la democracia aún diletante e inmaduro.
Si de verdad fuésemos respetuosos con la libertad de opinión ajena sólo censuraríamos a aquellos que apoyan ideologías no contempladas en el espectro político de una sociedad supuestamente civilizada como la nuestra.
Sería natural reaccionar airadamente contra quien defiende determinados radicalismos y sinrazones extremas, pero, nos guste o no, ser conservador o marxista, democristiano o socialista, monárquico o nacionalista, no constituye delito alguno, y nadie debería tener miedo a expresar sus preferencias delante de nadie.
Pero la realidad es otra, como bien sabemos. Hoy en día (y más aún en estas fechas) nadie puede decir que simpatiza con un partido sin que le llamen facha, o que lo hace con el otro sin que le tilden de antiespañol o amigo de los terroristas.
Así que, aunque os cueste creerlo, estoy deseando que llegue el 10 de marzo. O mejor el 20, o el 30…

2 comentarios:

Pimkie dijo...

Bueno, de entrada, meterse en la cabina antes de votar no es obligatorio.

Y, de salida, ya no es solo los grandes adjetivos que se dedican unos a otros, me refiero a los grandes partidos políticos. Es mucho peor a nivel local, en pueblos pequeños, donde no te dicen nada a la cara pero cuchichean a tus espaldas. Hay pueblos en los que llevar determinado periódico bajo el brazo significa militancia y los propios vecinos te miran mal. Hay lugares en España en los que el alcalde pasa casa por casa a recoger a los mayores y llevarles a votar en coche. Hay quien se ha arriesgado a perder su puesto de trabajo por negarse a votar por correo, de tal manera que su jefe pudiera comprobar por qué partido votaba.

Desgraciadamente, aún quedan personas que no tienen interiorizada la democracia y la libertad de elección, y pretenden continuar practicando el caciquismo. Y aún queda gente que se la juega por expresar su opinión. Aún quedan lugares en España anclados en el pasado, donde la democracia es un lujo que algunos no pueden permitirse.

El último peatón dijo...

Te entiendo perfectamente, amiga. Y eso que yo vivo en una gran ciudad y, como bien dices, esa inercia individualista que a veces criticamos tanto de las grandes urbes es, en este caso, casi un alivio.
También conozco lo que es la tendencia al caciquismo y el sambenito en los pequeños pueblos.
Claro que no es obligatorio meterse en una cabina antes de votar (sólo faltaría), pero con el panorama que acabamos de describir, como para que no existieran...
Gracias por la visita.