domingo, 24 de febrero de 2008

El infierno es blanco

La nieve es hermosa cuando la vemos caer a través de una ventana. Bello espectáculo contemplar la liviandad de su anárquico vuelo y la delicadeza con que se precipita y se compacta sobre el suelo. Bonita estampa la de nuestro mundo de aceras y coches cubierto excepcionalmente del blanco de la calma y la inocencia.
Es agradable observar la nevada desde el interior de una cálida habitación o sentado a la mesa de un acogedor restaurante. Con una pared o un cristal de por medio todo parece idílico, perfecto.
Media vida se pasa uno mirando o esperando la nieve aparecer al otro lado y, cuando por fin se asoma a nuestro anhelo, corremos a pisarla y restregarla, y entonces el prodigio se torna decepción.
La nieve es el género poético de la meteorología, el reverso luminoso de la prosaica lluvia y el insolente viento. Pero su atractivo disfraz se diseñó para ser admirado, no para ser tocado. Un día nos sobreviene el éxtasis visual en forma de frágiles copos y nos alejamos de la chimenea, de la mesa camilla, de la estufa y del refugio del hogar para sentir en la piel aquello que teñía de blanco nuestros sueños.
Y aquí se evapora la magia. El copo se deshace en nuestros dedos y la honesta blancura se diluye en ramplona transparencia. Es agua. Nos llega hasta las rodillas y nos empapa los dedos. Está congelada. Es desagradable, molesta, se cuela hasta lo más profundo y alcanza nuestros huesos. No estamos inmersos en un sueño, sino hundidos en un charco.
No había vuelto a verla desde aquel lamentable incidente que reproduje en la entrada Humillación de saldo. Todo se restaña y se supera, lo mismo que la nieve pasa del hielo al agua y del agua al vapor (y del vapor a la nada). También se curan ciertas aberraciones del orgullo herido que nos hacen presagiar futuras venganzas o inquinas.
Pensé que odiaría a su nuevo amante, y no es así. Creí que les desearía el mal o el fracaso, pero nada más lejos. Temí que un día me comunicara la inevitable noticia y que ésta se estamparía en mi cara como un viscoso vómito de humillación.
Su llamada, aunque extemporánea, no ha sido violenta. Me ha cogido por sorpresa, pero la experiencia del desengaño hace de la tibieza virtud. Hemos superado con nota un modélico ejercicio de mutua cortesía y desabrida complicidad. Tras colgar, nada; ni frío, ni calor, ni hambre ni mareo. Se casa. Este año. Aún no tienen fecha pero buscan como si el 31 de diciembre se acabara el mundo. Al parecer, la demanda es descomunal. No me lo ha contado para joderme, aunque pueda parecerlo. Diría que ha sido un acto de redención. Creo que nunca llegué a comprender sus decisiones, pero lo que sí aprendí fueron los complejos mecanismos de su pensamiento. Siente la necesidad de decirme que es feliz, y está convencida de que yo me alegraré por ello. No me disgusta, ya digo. Pero tampoco voy a organizar una fiesta. Lo único que no duele es estar muerto. Esto se lo oí a Cecilia Roth, que no es la mujer justa de Márai, pero que es una mujer de justicia, como el sol del verano. Bendito sol, ya estás tardando.
Enciendo la calefacción. El amor es un charco. El infierno es blanco.

4 comentarios:

letras de arena dijo...

Menuda entrada, no tiene desperdicio, das a entender muchas cosas sobre las falsas apariencias que muchas veces se traducen en pura agua congelada que te destroza.
Me has dejado helada.
El frio puede darte una nueva oportunidad para calentarte.
Saludos.

C. Martín dijo...

Y muchas veces es un charco de agua sucia. ¡Hurra por los desagües!

;-)

El último peatón dijo...

Pues sí, amigas. Menos mal que tenemos la primavera ahí mismo...

Las3Musas dijo...

Como escribía Eduardo Galeano "...si la uva está hecha de vino, entonces nosotros somos las palabras que cuentan lo que somos"
(cita de "El libro de los abrazos")

Mi querido Nacho, el agua de nieve se entibia y le nacen peces. No hay felicidad que no brote de un infierno.

Abrazo
musa