jueves, 7 de febrero de 2008

Automedicación letal

Si no fuera porque es un tema francamente serio, parecería un chiste. Leo que el portavoz del servicio de médicos forenses de Nueva York ha confirmado que la causa de la muerte del actor Heath Ledger fue accidental, a consecuencia del abuso de medicamentos prescriptos.
Como la mayoría sabéis, Heath Ledger, actor australiano de 28 años famoso sobre todo por su interpretación de un cowboy homosexual en Brokeback Mountain, fue hallado muerto en su apartamento de Nueva York el pasado 22 de enero.
Cuando alguien como él (joven, guapo, con éxito) muere en estas circunstancias, lo primero que viene a la mente es el tópico de los juguetes rotos y los ídolos de barro, la cara oculta el sueño americano, aquello de que no todo es brillo y glamour en Hollywood, además de otros nombres ilustres que sufrieron idéntica o similar suerte, como James Dean, Marylin Monroe, Kurt Cobain o el castizo Antonio Flores.
Algunos son víctimas de accidentes y otros se quitan de en medio voluntariamente, pero, sea por azar o por suicidio, siempre da la impresión de que la verdadera causa de sus prematuras muertes está en esa cierta degradación humana que parece ir unida a menudo a la engañosa fachada del mundo de la farándula y el estrellato (desde hace unos pocos años, la tendencia parece estar llegando también al entorno del deporte de élite; ahí están los casos del ciclista Pantani o del jugador de waterpolo Rollán).
Vuelvo al asunto que hoy nos ocupa. Decía al principio que me sonaba a chiste la declaración del portavoz forense, remarcando la accidentalidad de la muerte de Ledger, en un gesto taimado pero incuestionable de lavado de imagen. Es decir, se nota que la versión oficial de la defunción quiere dejar claro que el actor no se quitó la vida y también que no era un yonqui, de ahí la aclaración acerca de que los medicamentos ingeridos había sido adquiridos legalmente y con receta.
Pues vale. Pero, atentos al diagnóstico: “Ledger falleció por intoxicación aguda a causa del efecto combinado de oxycodona, hidrocodona, diazepam, temazepam, alprazolam y doxylamina".

(Pausa para asimilar lo leído)

Repito la retahíla, por si algo no hubiera quedado suficientemente claro: oxycodona, hidrocodona, diazepam, temazepam, alprazolam y doxylamina (sólo los nombres ya le ponen a uno mal cuerpo). O, lo que es lo mismo, un gazpacho barbitúrico a base de antidepresivos, analgésicos, ansiolíticos y calmantes.
No digo yo que el hombre quisiera suicidarse, pero denominar “accidental” a una muerte sobrevenida por la ingesta de semejante galimatías farmacéutico es como para darle al forense de turno el Nobel del cinismo hipocrático.
Resulta que nuestros médicos de cabecera (creo que ahora se llaman “de familia”; desconozco si Emilio Aragón tiene algo que ver con esto) no paran de advertirnos de los riesgos de la automedicación, mientras que algunos de sus colegas estadounidenses redactan informes que parecen monólogos de Gila; ya sabéis, de esos en plan “Alguien ha matado al alguien...” o “Si no aguanta una broma, que se vaya del pueblo”.
En fin, lo que de verdad da lástima es que el último título que vayamos a recordar de este actor sea Automedicación letal.

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