viernes, 29 de febrero de 2008

La estética del mitin

La palabra de moda de la semana ha sido “debate”. Ahora bien, visto lo reflejado del martes para acá en los medios —que si la corbata, que si el botón de la chaqueta, que si la barba recortada, que si las cejas como galones de sargento, que si el Grecian 2000, que si los ojos azules, que si el dedo de acusica, que si más tiesos que un Madelman—, cualquiera diría que nos han estado vendiendo la campaña de promoción de la Pasarela Cibeles o la Semana Fantástica de El Corte Inglés, en lugar de un cara a cara preelectoral entre los dos máximos aspirantes a la poltrona (perdón, quería decir “aspirantes a La Moncloa”).
El diálogo, la argumentación ideológica, las inevitables promesas populistas, la discrepancia civilizada, las diatribas ingeniosas, la elocuencia seductora, la retórica proselitista, en fin, los elementos buenos, malos o regulares que se le suponen a cualquier debate político que se precie, parecen haber importado escasamente a no pocos columnistas y locutores, al parecer más interesados en los aspectos estéticos que en los dialécticos de la contienda televisiva del pasado lunes.
La decepcionante conclusión de todo esto es que, en realidad, Zapatero y Rajoy fueron las fichas, los naipes o los marcianitos de aquellos que realmente jugaron a pelearse. El verdadero combate lo sostuvieron los respectivos asesores de imagen, mientras que los candidatos ejercieron de simples títeres al servicio del prime time y el guiñol de las audiencias.
Al contrario de lo que ocurre en estos debates tediosos y acartonados, el mitin tradicional ofrece muchas más posibilidades de análisis estético. Es evidente que en campaña todo está calculado, pero da la impresión de que el político se siente más relajado y abierto a la espontaneidad vociferando soflamas a unas gradas repletas de fieles que recitando un discurso granítico al piloto rojo de una cámara. De igual manera, su forma de vestir puede delatar también su mayor o menor comodidad con el entorno. En el parlamento van invariablemente de traje y corbata (excentricidades abertzales aparte), pero cuando llega la campaña electoral se ponen el uniforme de paisano para dar mítines, visitar enfermos, dar charlas en colegios, besar bebés en los mercados y todo eso que forma parte del preámbulo a las urnas (igual que cuando los futbolistas o los cantantes de moda se visten de Rey Mago y llevan juguetes a los niños ingresados en un hospital).
Así, todo político con aspiraciones de notoriedad ha de poseer un fondo de armario específico con las prendas apropiadas para la gira por estadios, auditorios y plazas de toros que toca poner en marcha de vez en cuando.
La prenda por excelencia del mitin es la que podríamos denominar “cazadorilla entallada primaveral”, una especie híbrida que ostenta la facultad de no ser tan informal como una camisa ni tan formal como una americana (véase la que luce Felipe González en la foto que ilustra esta entrada). Este modelo de cazadora es a nuestros políticos lo que la chompa a Evo Morales, un elemento estratégico imprescindible para lograr el deseado efecto de acercamiento e identificación con las huestes más humildes del electorado.
Algunos se lo toman más a pecho, es verdad, y suben al atril en mangas de camisa o remangados como cantineros. En este caso, es fundamental lucir lo que se conoce como “rodera de sisa” o “polución sobaquera”, es decir, una buena mancha de sudor empapando la axila, tendencia que volvió a poner de moda el seleccionador Camacho durante el campeonato mundial de fútbol de Corea y Japón, en el año 2002. El sobaco sudado es sin duda otro artificio calculado para potenciar la humanidad del candidato. Supongo que los asesores de imagen serán capaces de suministrar el producto adecuado que favorezca la transpiración, o bien se ocuparán de gestionar la climatización de los auditorios, o de recomendar al ponente que se eche unas carreritas antes de iniciar su intervención, o incluso se atreverán a humedecer con cualquier tipo de líquido la parte de la camisa que quedará a la vista cada vez que el asesorado alce los brazos o repita ese gesto tan característico del manierismo político, con el dedo índice y el pulgar unidos por sus puntas y subiendo la mano arriba y abajo, como si le estuvieran acoplando un condón imaginario al pene del hombre invisible.
En un punto intermedio entre la anacrónica cazadorilla y la hedionda camisa, encontramos una tendencia en auge de un tiempo a esta parte: el jersey por los hombros (preferiblemente en tonos pastel o en colores cítricos, como dirían los diseñadores divinos de la muerte). Este hábito, que puede parecer exclusivo de ultraderechistas superpijos, abunda también entre políticos de sectores moderados o directamente de izquierdas. Será que las chaquetas de pana han pasado definitivamente a la historia y ahora todo el mundo quiere presumir de Raplh Lauren para arriba.
A otros, por su parte, se les nota que no saber vestir de sport. Será por falta de costumbre o por falta de gusto, pero da lástima observar la pinta que lucen algunos pobrecillos con el vaquero planchado a la raya y los zapatos de etiqueta, o bien con el traje de las grandes ocasiones pero sin corbata, lo que, lejos de concederles un aspecto desenfadado, les hace parecer gerentes despistados o subsecretarios desinhibidos fuera de su hábitat natural, como esos castigadores carcamales que se acodan en las barras de algunas discotecas pensando que la ausencia de corbata les quita también cuarenta años de encima y atrae la libido de las veinteañeras turgentes.
Esta deplorable tendencia remite a lo que en las empresas se está empezando a conocer como Business Casual, un oxímoron indumentario que lo deja a uno en tierra de nadie, ni elegante ni informal, y otro ejemplo más del inagotable talento para la horterada verbal propio de los gurús de la liturgia empresarial.
Políticos al margen, seguro que también podríamos hacer un jugoso estudio sobre la vestimenta del votante en día de elecciones, pero hoy ya me he enrollado mucho. Quién sabe, a lo mejor me entretengo el día 9 precisamente con eso.

jueves, 28 de febrero de 2008

Crítica amable, sola o con leche

No hace falta ser un genio para adivinar que la profesión de crítico de cine no es precisamente una de las más populares entre la respetable ciudadanía.
Es posible que de niños todos hayamos soñado con ser, por ejemplo, futbolistas, pero no creo que ningún chaval medianamente cabal soñara alguna vez con convertirse en árbitro.
Del mismo modo, quién no ha imaginado su futuro como un actor o una actriz de éxito, una estrella como Bardem (yo también he apostado a que metía su nombre en mi comentario de hoy, ¿qué pasa?), pero no se conocen datos de que nadie en su tierna infancia manifestara expresamente el deseo de ganarse la vida adulta ejerciendo de crítico cinematográfico (salvo algún que otro repelente delegado de clase, tal vez).
No obstante, huyamos siempre que podamos de los tópicos, los estereotipos discriminatorios y los juicios categóricos propios del pensamiento abúlico.
Si queréis comprobar con vuestros propios oídos cuán equivocado está aquel que identifica al crítico de cine con un carcamal avinagrado o un marisabidillo pedante y antipático, os invito a que sintonicéis mañana, entre las 9 y las 11 horas, el programa “El café del Bruc” de Radio Kanal Barcelona (106.9 FM y en
www.radiokanalbarcelona.com para los que vivís fuera de la ciudad condal), donde escucharéis una agradable y filmófila entrevista de este peatón con Desirée de Fez, crítica de cine de El Periódico, Fotogramas, Rockdelux y la Guía del Ocio de Barcelona, entre otros medios.

P.D. En “El café del Bruc” estamos de celebración por partida doble. En primer lugar, nos ha alegrado enormemente el Oscar a la mejor canción para Falling slowly, de la película Once (una peli breve, sencilla, sincera y emocionante, como esa canción favorita que casi todo el mundo tiene). En segundo lugar, quienes sigáis con regularidad la sección “De película”, sabréis que hace algunas semanas prometí hacerme vegetariano si Javier Bardem no ganaba el premio ese que estaba cantado. En fin. Menudo solomillazo me comí el lunes para celebrarlo.

martes, 26 de febrero de 2008

Autores y propietarios

Mañana miércoles participaré en un coloquio sobre la última novela de Antonio Gómez Rufo, La noche del tamarindo, en el auditorio de FNAC Triangle, en Barcelona.
En términos genéricos, se puede decir que es una novela de aventuras, una especie de thriller con ecos de ciencia ficción o utopía, y que recuerda también a las películas de ladrones de guante blanco, el tipo de historias que se desarrollan progresiva y paralelamente en diversos escenarios a lo largo y ancho del mapamundi, alternando espacios urbanitas con retiros paradisíacos.
Dejando a un lado el aspecto formal y estético del libro, su significado podría resumirse en la afirmación concisa y estremecedora de que se trata de una novela sobre la soledad y la muerte (si es que acaso, o como mínimo bastante a menudo, ambas no son la misma cosa. ¿No es la soledad el trailer o el avance informativo de lo que nos espera al otro lado del umbral?).
En las primeras páginas de la novela aparece fugazmente el pintor griego Vassilis, el cual, pese a constituir una presencia meramente episódica y narrada por evocación de otro personaje, pronunciará unas palabras que, a medida que se avanza en la lectura del libro, van cobrando una mayor importancia.
El artista defiende tajantemente que la obra de arte pertenece por completo a su autor, a quien la parió y la materializó, independientemente de que después dicha obra pase por diversas manos, ya sea a través de coleccionistas, mecenas, marchantes, casas de subastas, museos o particulares.
Esta declaración me hizo recordar una de las intervenciones de Woody Allen en el documental Cineastas contra magnates. En dicha ocasión, el director neoyorquino se planteaba hasta qué punto una película termina perteneciendo a su auténtico autor, pues en términos legales, al menos según las normas estadounidenses, las obras cinematográficas son propiedad de los productores, es decir, de quienes las financian y no de quienes las crean. Para ilustrar su reflexión, Allen aportaba un ejemplo meridiano: si él comprara un cuadro de Picasso, por supuesto que figuraría como el legítimo propietario de la obra, pero igualmente creía que nunca esa potestad le concedería el derecho a traspasar unos límites que serían territorio exclusivo del pintor. De este modo, sostenía que, por muchos millones que él hubiera pagado por ese cuadro, nunca tendría derecho a añadir o corregir un solo trazo o matiz de color, ni siquiera a cambiarle el título y mucho menos a modificar su forma o tamaño sobre el objeto original.
El protagonista de La noche del tamarindo persigue el deseo ancestral de la vida eterna, y, más concretamente, el de la eterna juventud. Teniendo en cuenta este detalle, y recogiendo el testigo de Woody Allen, podríamos decir que cada ser humano es el propietario de su vida, pero no exactamente su autor (entiéndase por vida “existencia”, y no “biografía”). El religioso considerará que los derechos de autor le pertenecen a su dios, mientras que los ateos y agnósticos se los atribuiremos a fenómenos de la naturaleza o a determinados accidentes biológicos o evolutivos. Visto así, la cirugía estética en el ser humano vendría a ser el equivalente a la manipulación del cuadro que comentaba Woody Allen, y de este modo siempre será la Naturaleza o quienquiera que maneje nuestro destino el único ente o ser capacitado para decidir cuándo empieza o acaba la juventud, la madurez, la vejez y la vida misma.
Con semejante materia prima se nos vienen a la mente infinidad de mitos y clásicos literarios, desde Dorian Gray hasta Fausto, desde Frankenstein hasta el Holandés Errante. No obstante, y puesto que mi memoria recupera con mayor facilidad lo cinematográfico que lo escrito, también me acordé de una cita que aparece en la película El buen pastor, y que alude a un cuento de Virgilio en el que un hombre suplica a Dios que le conceda el privilegio de la vida eterna y, una vez cumplido el deseo, se da cuenta de que olvidó especificar que dicha eternidad fuera concedida en años de juventud. Imaginad el castigo de una vejez imparablemente progresiva y de duración infinita…
El dilema del protagonista no es tan radical, pero se acerca bastante. Un hombre ambicioso y herido profundamente por una desgracia personal que busca en el milagro de la eterna juventud la expiación de sus culpas y fracasos, y la medicina contra el cáncer de la soledad.
Aquí se pone de manifiesto otro más de los flagrantes equívocos propios de nuestro tiempo: el hecho de que la esperanza de vida sea cada vez mayor nos ha impuesto la errónea idea de que nuestra juventud dura más, cuando lo que realmente se ha alargado es la etapa de la vejez. Si ahora la gente se muere a los 80 años en vez a los 60, es evidente que esos veinte años de propina son de ancianidad, y no de juventud.
Pero supongo que nuestro anhelo de vivir eternamente es más poderoso, y esto, sumado a ciertos intereses económicos fáciles de intuir, provoca una exaltación de la condición juvenil más allá de su verdadera definición cronológica. Ahora se considera joven a una persona de 40 años por el simple hecho de que fallecerá presuntamente más tarde de lo que lo hicieron sus abuelos o bisabuelos. Una falacia. Y una estafa, claro, aparte de una lacra que afecta a las sociedades, infestadas de treintañeros con espíritu adolescente y publicitarios que nos tratan como si fuéramos bobos.Que nadie me interprete mal. No digo que los que pasamos sobradamente de los treinta seamos viejos, ni carcamales. Lo que invito a considerar es por qué conceptos como la vitalidad, el optimismo, la iniciativa, la ilusión, la audacia, la seducción o el desparpajo han de ir obligatoriamente ligados a la circunstancia de ser joven, cuando son virtudes y derechos aplicables a cualquier ser humano, más allá de los números plasmados en su partida de nacimiento.

domingo, 24 de febrero de 2008

El infierno es blanco

La nieve es hermosa cuando la vemos caer a través de una ventana. Bello espectáculo contemplar la liviandad de su anárquico vuelo y la delicadeza con que se precipita y se compacta sobre el suelo. Bonita estampa la de nuestro mundo de aceras y coches cubierto excepcionalmente del blanco de la calma y la inocencia.
Es agradable observar la nevada desde el interior de una cálida habitación o sentado a la mesa de un acogedor restaurante. Con una pared o un cristal de por medio todo parece idílico, perfecto.
Media vida se pasa uno mirando o esperando la nieve aparecer al otro lado y, cuando por fin se asoma a nuestro anhelo, corremos a pisarla y restregarla, y entonces el prodigio se torna decepción.
La nieve es el género poético de la meteorología, el reverso luminoso de la prosaica lluvia y el insolente viento. Pero su atractivo disfraz se diseñó para ser admirado, no para ser tocado. Un día nos sobreviene el éxtasis visual en forma de frágiles copos y nos alejamos de la chimenea, de la mesa camilla, de la estufa y del refugio del hogar para sentir en la piel aquello que teñía de blanco nuestros sueños.
Y aquí se evapora la magia. El copo se deshace en nuestros dedos y la honesta blancura se diluye en ramplona transparencia. Es agua. Nos llega hasta las rodillas y nos empapa los dedos. Está congelada. Es desagradable, molesta, se cuela hasta lo más profundo y alcanza nuestros huesos. No estamos inmersos en un sueño, sino hundidos en un charco.
No había vuelto a verla desde aquel lamentable incidente que reproduje en la entrada Humillación de saldo. Todo se restaña y se supera, lo mismo que la nieve pasa del hielo al agua y del agua al vapor (y del vapor a la nada). También se curan ciertas aberraciones del orgullo herido que nos hacen presagiar futuras venganzas o inquinas.
Pensé que odiaría a su nuevo amante, y no es así. Creí que les desearía el mal o el fracaso, pero nada más lejos. Temí que un día me comunicara la inevitable noticia y que ésta se estamparía en mi cara como un viscoso vómito de humillación.
Su llamada, aunque extemporánea, no ha sido violenta. Me ha cogido por sorpresa, pero la experiencia del desengaño hace de la tibieza virtud. Hemos superado con nota un modélico ejercicio de mutua cortesía y desabrida complicidad. Tras colgar, nada; ni frío, ni calor, ni hambre ni mareo. Se casa. Este año. Aún no tienen fecha pero buscan como si el 31 de diciembre se acabara el mundo. Al parecer, la demanda es descomunal. No me lo ha contado para joderme, aunque pueda parecerlo. Diría que ha sido un acto de redención. Creo que nunca llegué a comprender sus decisiones, pero lo que sí aprendí fueron los complejos mecanismos de su pensamiento. Siente la necesidad de decirme que es feliz, y está convencida de que yo me alegraré por ello. No me disgusta, ya digo. Pero tampoco voy a organizar una fiesta. Lo único que no duele es estar muerto. Esto se lo oí a Cecilia Roth, que no es la mujer justa de Márai, pero que es una mujer de justicia, como el sol del verano. Bendito sol, ya estás tardando.
Enciendo la calefacción. El amor es un charco. El infierno es blanco.

viernes, 22 de febrero de 2008

Oscura ambición

Sin duda alguna, lo peor de Pozos de ambición es ese título que los siempre creativos traductores locales le han adjudicado por sus santos bemoles a la nueva película de Paul Thomas Anderson, cuyo título original en inglés es There Will be blood, lo que podría traducirse al castellano como “Habrá sangre”, “Aquí va a haber sangre”, “Correrá la sangre”… O bien, ya puestos a hacer dobles sentidos con los elementos en torno a los que gira la trama (el petróleo y la codicia), podrían haber optado por variantes del estilo “Oscura ambición” o “Ambición negra”, que, para el caso, suenan a lo mismo que la alternativa finalmente elegida, o sea, a telefilme de la hora de la siesta o a serial del tipo Falcon Crest o Dallas (esto de los títulos es un tema que me divierte e indigna a partes iguales, así que próximamente veréis una entrada dedicada monográficamente a dicho asunto).
Títulos aparte, quedé prendado del cine de Paul Thomas Anderson cuando vi Boggie nights, hace ya más de una década (qué mayor me hago, madre). Este amor cinéfilo a primera vista se vio corroborado pocos años después con la espléndida Magnolia. El éxito de esta última propició asimismo la oportunidad de revisar su primera obra, Sydney, que pude ver gracias a una reposición en el viejo cine Maldá.
Imagino que la fama y el acomodo en los laureles de la industria animó a Anderson a tomarse un interludio caprichoso, materializado en la marciana y autocomplaciente Punch drunk love, un experimento desconcertante que, no obstante, jamás me hizo perder la fe en su autor.
Ahora, Anderson ha vuelto a lo grande, y lo malo es que ese “a lo grande” alude a todos los ámbitos, tanto a los mejores como a los peores.
Para empezar, Pozos de ambición es una historia épica de esas que el cine americano sabe retratar como ninguno. El auge desde la nada de un simple obrero que termina dominando un imperio, y también el posterior descenso a los infiernos del dolor y la soledad que suelen traer consigo tanta avaricia y sed de poder (me quedo con una frase del protagonista: “Estoy deseando ganar mucho dinero para aislarme del mundo”. Lo dice todo). Es inevitable recordar títulos como Ciudadano Kane, El Padrino, Gigante, Tucker o la más reciente El aviador, si bien la forma de rodar del joven director californiano se aparta ligeramente de las maneras clásicas, supongo que con la intención de introducir elementos inconfundibles de un sello personal, una tendencia tan loable como arriesgada.
Pozos de ambición es interesante, a ratos espectacular e intensa, pero en otras ocasiones me resulta un tanto distante o forzada, tal vez por culpa de las pretensiones de su autor (dura 158 minutos, y la primera media hora es espesa, por no decir aburrida). Me gusta mucho cómo ilustra el enfrentamiento visceral a lo largo de los años de los dos protagonistas en su lucha por el poder y la riqueza, una contienda ancestral y eterna: la iglesia contra la empresa, la religión contra el capital, y la conclusión final de que ambos bandos son el mismo. Así y todo, esta historia habría cobrado más fuerza de haberse narrado a la usanza de los sabios veteranos (era la película ideal para un Peckimpah, un Coppola, un Eastwood o un Scorsese), algo que, curiosamente, dejaban traslucir los primeros trabajos de Anderson.
Boggie Nights y Magnolia recordaban al Scorsese de Uno de los nuestros, al Tarantino de Pulp fiction y al Altman de Vidas cruzadas. Sin embargo, en su última película, Anderson parece haber girado el rumbo de sus aspiraciones hacia posturas quizá más presuntuosas, pero no necesariamente más recomendables. Da la impresión de que este hombre apunta ahora hacia Orson Welles o Stanley Kubrick, y me acojona un poco, la verdad.
Aclaro, no obstante: Welles, aparte de un megalómano incurable, siempre me pareció un genio, y me encantan Sed de mal y La dama de Shangai. Por su parte, me gusta casi todo lo que ha hecho Kubrick, excepto 2001: una odisea del espacio, que me parece un ladrillo pedante e indigerible, además de la película más sobrevalorada de la historia del cine. Pero lo que verdaderamente me resulta antipático es ese aura de trascendencia, solemnidad y compromiso con el Arte (con mayúscula, claro) que rodea siempre a su cine y que les sirve a muchos listillos para disculpar el tedio o la espesura que no les perdonan sin embargo a otros directores menos pretenciosos.
En especial, la última secuencia de Pozos de ambición parece una escena eliminada del montaje final de El resplandor, y los créditos finales que vienen a continuación, acompañados de música de cámara, evocan irremediablemente la manera casi idéntica en que terminaban, que yo recuerde, Barry Lyndon, La naranja mecánica o Eyes Wide shut.
Así pues, Pozos de ambición es el resultado de un choque de egos que reíros vosotros de los accidentes interestelares. De entrada, el egocentrismo inconmensurable del protagonista, el codicioso y desalmado Plainview, interpretado con brillantez y notable exceso por el no menos narcisista Daniel Day-Lewis, un actor de esos que aseguran vivir literalmente la misma vida que su personaje mientras preparan el papel. Por otra parte, está la más que demostrada conciencia de Paul Thomas Anderson acerca de su reconocido carisma y de que es en verdad uno de los elegidos, uno de los nuevos talentos en alza (junto a David Fincher, Christopher Nolan, Jason Reitman o Alexander Payne) que garantizan un cierto toque de independencia y calidad al mal llamado cine comercial (esto lo aclararé también otro día, pero vaya por delante que TODO el cine es comercial. ¿O es que las entradas para ver una peli de Kim Ki Duk, Abbas Kiarostami o David Lynch son gratis?). Si decoramos todo lo anterior con la guinda de los nuevos maestros de cabecera del cineasta, hasta dan ganas de felicitar a los distribuidores españoles por el titulito de marras. Porque sangre, lo que se dice sangre, no corre demasiada en la película, pero ambición… Por toneladas.

jueves, 21 de febrero de 2008

Un par o tres

Últimamente oigo con demasiada frecuencia la expresión “Un par o tres de”. No sé si es que yo me fijo más ahora por el motivo que sea, o bien si es que el mencionado vicio lingüístico se está poniendo realmente de moda.
Es más que probable que a la mayoría de vosotros ni siquiera os chirríe esta forma gramatical incorrecta cuando la escucháis o incluso la utilizáis (ni yo mismo estoy seguro de no haberla empleado en más de una ocasión).
Fijaos que cuando alguien dice “Un par o tres de días” o “Un par o tres de veces”, lo que quiere expresar es “Dos o tres días”, o bien “Dos o tres veces”. Sin embargo, al escoger la palabra “par” para sustituirla por “dos”, está condicionando el significado posterior de la frase, pues hace necesario incluir la preposición “de”, y allá donde quería decir “Dos o tres”, termina diciendo “Dos o seis”.
Porque “Un par o tres de veces” significa “Un par o tres pares de veces”, y tres pares, si mi escaso talento matemático no me falla, siempre suman seis unidades.
Dicho esto, la forma correcta sería “Un par de veces o tres” (que viene a significar “Un par de veces o tres veces”). Es tan fácil como cambiar dos palabras (un par de palabras) de sitio, y de esta manera estaremos especificando correctamente la intención real de aclarar que son dos o tres las veces, o los días, o los cigarros, o los euros, o los besos, o los años, o los hijos, o las hostias, o lo que sea.
Por si esto fuera poco, para mí la fórmula “tres pares” siempre ha estado asociada a cierta expresión enfática, coloquial y castiza (y también soez) que sirve más o menos como calificativo para referirnos a lo excesivo o superlativo, o sea, “Hace un frío de tres pares de cojones”, o “Se va a montar un lío de tres pares de cojones”.
La consolidación de este vulgarismo en el habla cotidiana es tal, que a estas alturas admite incluso ya la construcción elíptica, y basta con decir “Tengo un sueño de tres pares”, para que nuestros interlocutores se hagan cargo de la envergadura de nuestro cansancio sin necesidad de tener que nombrar explícitamente los genitales masculinos.
De hecho, no siempre hacen falta los tres pares. A veces, aludiendo simplemente al par de rigor que le viene de fábrica a cualquier espécimen masculino, se consigue igualmente el efecto pretendido. Si decimos “Con un par”, cualquiera sabe lo que viene después y lo que ello significa (valentía, arrojo, atrevimiento).
Los niños solían tener la costumbre de echar a suerte las cosas por medio del sencillo juego conocido como “pares o nones”. Siempre me intrigó el porqué del éxito de esta fórmula, en lugar de la que por lógica y por inercia nos saldría a cualquiera: “pares o impares”. ¿Será porque nones rima con cojones? Visto todo lo anterior, yo diría que tal vez…
Bueno, me estoy desviando. Hoy tan sólo quería advertir sobre este desliz verbal tan corriente, más que nada por si algún día os encontráis con alguien que lo entiende en sentido literal, y cuando le prometáis tener un par o tres de hijos se imagine que aspiráis a fabricar una réplica de la familia Ruiz-Mateos.

miércoles, 20 de febrero de 2008

Matrícula de horror

Si ya lo decía yo. Y no hace tanto.
Me remito nuevamente a una entrada anterior, la titulada Soberbia ibérica y chovinismo yanqui. Por entonces, os invitaba a cuestionaros si esa costumbre tan familiar que tenemos los paisanos de esta tierra de criticar mordazmente la presunta incultura popular de los ciudadanos estadounidenses no sería en el fondo un simple gesto de soberbia gratuita, por no decir directamente una peligrosa contradicción.
Y ha ocurrido, amigos. La prueba irrefutable.
He tenido ocasión de ver un corte (breve, aunque tremendamente revelador) de un programa que se emitió al parecer en la madrugada del lunes y en el que se trataban de ilustrar algunas de las carencias formativas de nuestros escolares, concretamente los adolescentes de 16 ó 17 años, lo cual resulta aún más grave, como se verá (no estamos hablando de inocentes parvulitos ni de mocosos que acaban de aprender a leer).
El reportaje mostraba a una serie de alumnos a quienes se les hacían preguntas vergonzosamente básicas, como esas que les lanzan a bocajarro a las patéticas finalistas de los concursos de belleza y que hacen que se pongan tan nerviosas, las pobrecitas (¿Sabes algo de Rusia? ¿Cuál es tu libro favorito? ¿A qué huelen las nubes?... Ah, no, ésta es de otra cosa. Perdón).
Las respuestas no tenían desperdicio, doy mi palabra. Entre otras cosas rebuscadas y sibilinas, se preguntaba, por ejemplo, por el autor de El Quijote (hace falta mala leche, oye).
Pero lo que más me ha impresionado ha sido el ramillete de respuestas recopiladas acerca de la pregunta: ¿En qué año comenzó la guerra civil española? (ya digo que sólo he podido cazar un pequeño extracto, pero me encantaría poder ver el programa entero, porque la cosa promete). He aquí unas cuantas joyas:

“En mil… novecientos… eh… setenta y cinco”.
Tiene cojones (y perdonadme el taco) que le pregunten por la guerra civil que por desgracia ganó Franco y elija justo el año en que murió el susodicho y volvió la democracia a estos lares después de 40 años de dictadura. Si lo hace adrede no le sale.

“Siglo veinte”.
Sin comentarios.

“¿La primera o la segunda?”
Mi preferida. No me digáis que no es para comerse a la criatura.

Insisto: no es que los sujetos de generaciones pasadas seamos unos genios ni nada parecido. Seguramente, tampoco aprobaríamos con nota, pero, como mínimo, creo yo que pasaríamos el examen básico.
Lo espeluznante es que, si el mencionado programa refleja de una forma más o menos proporcional la cultura general de nuestros bachilleres, será verdad que la próxima versión de la Enciclopedia Universal cabrá íntegramente en un mensaje de SMS.
En fin, que tomemos nota. Y me refiero a todos. Adolescentes, jóvenes, adultos y viejos. Padres, profesores, solteros, currantes y parados. Que nadie se escaquee, por favor.

lunes, 18 de febrero de 2008

El virus de la intransigencia

Cuentan que la primera vez que Antonio Banderas invitó a Melanie Griffith a conocer la Semana Santa malagueña, la actriz norteamericana manifestó su estupor tras haber identificado a miembros del Ku Klux Klan desfilando en una procesión.
Evidentemente —como ya habréis adivinado—, lo que sufrió la señora de Banderas fue una simple confusión por culpa del más que razonable parecido entre el uniforme de los nazarenos y el de los fanáticos racistas de su país.
Cuando desconocemos el contexto cultural, histórico o étnico de un evento cualquiera, es fácil equivocarse o alarmarse innecesariamente, como le ocurrió a la pobre Melania de su Antonio.
Por poner un ejemplo, pensad que el aurresku, la capoeira y el kung-fú serán prácticamente la misma cosa para alguien desinformado o que desconozca sus respectivos trasfondos populares, ideológicos o espirituales.
Recurro hoy a esta introducción semifolclórica para reflexionar sobre una de nuestras más peligrosas debilidades, el virus conocido vulgarmente como “Conmigo o contra mí”, cuya epidemia se expande con especial crudeza en periodos de campaña electoral.
Convendréis conmigo en que no elegimos nuestras compañías o delimitamos nuestros afectos basándonos en criterios tan pueriles como la coincidencia absoluta en gustos, ideas o inclinaciones.
Podemos amar a la misma mujer que otro tipo al que consideramos un cretino, y podemos usar la misma colonia que un asesino en serie o compartir creencias religiosas con un dictador. Tal vez nuestra canción favorita sea la misma que la del mal nacido que nos robó la novia, o puede que seamos socios del mismo club de fútbol que un terrorista, o que le pongamos a nuestro hijo el mismo nombre que el de ese periodista cotilla al que insultamos cada vez que aparece en la pantalla del televisor. Imaginad que habéis estudiado lo mismo que el árbitro que le fastidió la Liga a vuestro equipo, o que cuando salís por ahí bebéis lo mismo que Bush, o que vuestro grupo sanguíneo coincide con el de Hugo Chávez, o que compráis la fruta en la misma tienda que un pederasta.
Podríamos saturar el infinito universo virtual de Internet sumando ejemplos, ¿a que sí?
Así pues, no es demasiado raro que, en ocasiones, ocurra que discrepemos radicalmente con el partido político al que vota nuestro mejor amigo o nuestra pareja, sin que ello deba acarrear como consecuencia la ruptura de las íntimas relaciones. ¿O tal vez sí?
Yo espero que no os contagiéis de ese veneno proselitista e insidioso que flota en el aire durante estos días y que se mantendrá, salvo sorpresa o catástrofe, hasta el próximo 9 de marzo.
Ya confesé hace algunos días, en la entrada titulada Pereza preelectoral, mi saturación prematura ante tanta morralla electoralista, y también que lo peor de todo, en mi opinión, era que ese espíritu carroñero terminaría extendiéndose más allá de los púlpitos de los candidatos, impregnando irremediablemente las maneras y diálogos de mis vecinos y compañeros.
En este sentido, hay un aspecto referente al hecho de votar que no acabo de comprender, y cuya aceptación generalizada siempre me ha provocado cierta extrañeza. Todos asumimos aquello de que el voto es secreto como si fuese una necesidad, un imponderable democrático y un síntoma de respeto sin matices.
Pues bien, una vez más, voy a cuestionar la sacrosanta sabiduría popular. Y pregunto: ¿Por qué hemos de temer nada si declaramos públicamente nuestra predilección por uno u otro partido? ¿Por qué hay que encerrarse (es un decir) en una cabina para introducir la papeleta en el sobre antes de depositarlo en la urna? ¿Por qué está más que demostrado que la gente miente cuando, al salir del colegio electoral, alguien le pregunta para una encuesta que a quién ha votado?
No creo que esto sea síntoma de respeto, sino más bien de todo lo contrario. Me da la impresión de que ese aferrarnos a preservar la intimidad electoral delata un concepto de la democracia aún diletante e inmaduro.
Si de verdad fuésemos respetuosos con la libertad de opinión ajena sólo censuraríamos a aquellos que apoyan ideologías no contempladas en el espectro político de una sociedad supuestamente civilizada como la nuestra.
Sería natural reaccionar airadamente contra quien defiende determinados radicalismos y sinrazones extremas, pero, nos guste o no, ser conservador o marxista, democristiano o socialista, monárquico o nacionalista, no constituye delito alguno, y nadie debería tener miedo a expresar sus preferencias delante de nadie.
Pero la realidad es otra, como bien sabemos. Hoy en día (y más aún en estas fechas) nadie puede decir que simpatiza con un partido sin que le llamen facha, o que lo hace con el otro sin que le tilden de antiespañol o amigo de los terroristas.
Así que, aunque os cueste creerlo, estoy deseando que llegue el 10 de marzo. O mejor el 20, o el 30…

domingo, 17 de febrero de 2008

Sibaritas sucedáneos

Una de las mayores trampas de la sociedad de consumo contemporánea es la facilidad para hacernos creer que cualquiera puede ser un sibarita.
Interesa económicamente que la idea de nuestro poder adquisitivo sea superior a la real. Pero esto no perjudica sólo a nuestros monederos, sino que ha terminado infectando también determinadas zonas del carácter o el comportamiento social.
Nada hay más antipático que un presunto sibarita fuera de lugar.
Personalmente, los sibaritas siempre me han inspirado más compasión que admiración. Cuanta mayor exigencia le pongamos a la búsqueda del placer, mayor dificultad tendremos en encontrarlo.
No digo que haya que renunciar a disfrutar de lo bueno si se puede. Hoy por hoy es verdad que gozamos de mayores ventajas que hace treinta o cuarenta años. Está bien que probemos nuevas experiencias, que podamos degustar cocinas internacionales y comprar productos exóticos o exclusivos.
Lo malo es que nos creamos de verdad que esa facilidad que se nos da para gastar en lujos sea la correspondencia justa con nuestra condición social y económica.
Me da vergüenza ajena contemplar determinadas salidas de tono en según qué escenarios. Exigir manjares exquisitos en la taberna del menú del día o despreciar sistemáticamente todo lo que no esté bendecido por la vanguardia, la aristocracia crítica o la tendencia puntera de turno.
La actitud enquistada del nuevo rico es un peligro, como dije antes, no sólo para la cuenta corriente, sino también para las relaciones personales. Las ínfulas de gourmet empiezan a ser una seña de identidad extendida entre obreros de corbata y burgueses hipotecados; es decir, un espejismo de prosperidad y acomodo que puede alejar al individuo de su verdadero entorno.
A fuerza de sofisticarse, el sibarita advenedizo y arrogante ya no aceptará salir a comer o a cenar a otros sitios que no sean los restaurantes más divinos. Terminará atrincherado en su propia casa, donde almacena su colección de exquisiteces a salvo del paladar prosaico de la plebe.
Puedo entender al sibarita en el pellejo del rico verdadero, de aquel que puede permitirse viajar a Rusia o a Irán cuando le salga de las narices para comer caviar, o a Francia para beber el mejor champán. Pero la mayoría de los nuevos sibaritas a los que hoy me refiero son simples pequeñoburgueses con hipotecas y trabajos por cuenta ajena. Si uno pierde la capacidad de disfrutar de la hora del bocata o de las bravas de la tasca del barrio habrá empezado a marcar una peligrosa distancia respecto a su verdadera condición, y los demás podrán acabar viéndolo como un borde, un impertinente, un engreído que siempre desea quedar por encima. Sin darse cuenta, uno puede convertirse en un cretino presuntuoso, en un clasista infeliz.
En una escena de la película Cuando Harry encontró a Sally, uno de los personajes comenta durante una cena con amigos que “Los restaurantes son para la gente de los 90 lo que eran los museos para la de los 60”.
Lamento verificar que dicha afirmación puede extenderse también a nuestro tiempo y a nosotros mismos, la gente del siglo veintiuno, quienes vivimos engañados creyendo que la belleza sólo se encuentra en la perfección, y la calidad en el lujo. De hecho, asociar el concepto “calidad” al placer es como el primer mandamiento de la Biblia del esnob insoportable.
Así que, aprovechando que el domingo se presta a ello, me voy a dar un garbeo por los baretos del barrio, a beber botellines de cerveza y a picotear grasientas raciones mientras las cáscaras de cacahuete y las conchas de mejillones crujen en el suelo aplastadas por mis zapatos y revueltas entre un centenar de servilletas de papel arrugadas y pringosas. ¡Salud!

sábado, 16 de febrero de 2008

Alcorques y otras curiosidades


Ayer tuve la suerte de asistir por primera vez al encuentro Bitácoras y Libros (éste era el quinto que se celebraba), organizado por el gran Palimp, amo y señor del blog Cuchitril Literario.
La cita era en el bar Lletraferit, donde coincidimos un singular regimiento de bloggeros, lectores, escritores, dibujantes, profesores, peatones, ciclistas, escépticos, cinéfilos, bibliófilos y bibliotecarios, todos con la lengua bien entrenada para el coloquio y el alterne dicharachero, sin distinción de edad, raza, sexo, color o nacionalidad, constituyendo un espectro geográfico que abarcaba desde la pampa argentina hasta Viladecans, pasando por la mismísima meseta castellana.
Primero fueron un par de horas de conversación para conocernos mejor (algunos éramos debutantes en la plaza) e intercambiar anécdotas o vivencias sin más pretensión que la de levantar acta de nuestra latente cotidianidad: maternidades expertas y paternidades inminentes, huelgas y madrugones, atascos de tráfico y odiseas peatonales, filias y fobias literarias, pijamas de rayas y empachos templarios… Además, hubo tiempo hasta para aprender alguna que otra curiosidad lingüística, como el origen de la expresión “hacer campana”, que se emplea en Cataluña para referirse a lo mismo que en otros sitios denominan “hacer novillos”, y que al parecer proviene del castigo que los antiguos curas aplicaban a sus alumnos fugitivos, que no era otro que el de obligarles a tocar la campana de la iglesia, imagino que el tiempo suficiente como para que se arrepintieran de su fechoría y les quedaran las manos encallecidas cual picapedrero. También nos enteramos de que existe una palabra específica que da nombre al hoyo que se hace en las aceras (o en cualquier otro lugar) para plantar generalmente un árbol, y que esa palabra es alcorque, y asimismo que hay por ahí quien adorna los alcorques de su barrio con brotes ralos y esperpénticos de hierba plástica.
A continuación nos fuimos a cenar, y después de llenar la barriga llegamos al clímax de la sesión. Los deberes de la velada eran tan sencillos como sugerentes: traer un secreto inconfesable escrito en un pedazo de papel y sin firma, tarea que todos cumplimos como buenos pupilos obedientes. Todos los secretos se introdujeron en una bolsa y, a los postres, Palimp procedió a su lectura, uno por uno, y sin ningún orden ni regla de procedimiento. Para confundir aún más nuestra morbosa curiosidad, se añadieron a la bolsa otros cuatro secretos inventados, en beneficio de la confidencialidad y como vacuna contra la chafardería más eficiente.
El momento de lectura de secretos fue literalmente desternillante. Mucho hemos de agradecerle a Palimp por su impagable escenografía dialéctica, diríase que producto de haber ejercitado el método Stanislavski durante largas sesiones de sobremesa tomatera.
Así, entre “uyuyuys” y “tatatachans”, fue saliendo del saco la ristra de confesiones, todo un tratado informal sobre la miseria humana, la depravación y la idolatría casposa, en un no menos variopinto catálogo de formatos (desde el microrrelato hasta la novela corta, pasando por el modelo “galleta de la suerte de restaurante chino” o el tipo lista de la compra, tachaduras incluidas). Sexo a borbotones: implícito, explícito o alegórico. Misteriosas visitas presuntamente terapéuticas y plusmarcas admirables de promiscuidad. La voluptuosidad ordinaria de Terelu Campos y algún que otro interruptus informativo debido a la afición excesiva por la elipsis narrativa. En suma, un recorrido hilarante desde los oscuros límites de la antropofagia hasta el inabarcable campo semántico de la expresión “curiosidad anal”.
El epílogo, cubata en mano, en el barrio de El Raval, que ya sabemos que nunca duerme.
Si alguien sigue creyendo todavía que “tertuliano” es sinónimo de “pelmazo”, no sabe lo que se pierde.
Gracias a todos por el momentazo, y espero que nos veamos en el próximo.

martes, 12 de febrero de 2008

Y tú, ¿qué harías?

Me he acordado ahora de una conversación que mantuve hace algún tiempo con un grupo de compañeros del trabajo mientras nos relajábamos charlando a la hora del bocata.
La mayoría de los presentes eran mujeres, lo cual no es un dato baladí, como se verá.
El origen de la charla se ha borrado ya de mi memoria, pero el caso es que, en un momento dado, alguien sacó a colación la escena quizá más conocida de la película de Clint Eastwood Los puentes de Madison.
Para quien no la haya visto, resumo fugazmente la trama y pongo en antecedentes sobre la secuencia en discordia: la protagonista, de nombre Francesca e interpretada por Meryl Streep, ha tenido un affaire amoroso durante unos días con un tipo aventurero y bohemio, un fotógrafo de Nacional Geographic, interpretado por Clint Eastwood y en las antípodas (tanto intelectuales como varoniles) de su marido, un hombre bondadoso y cuya fidelidad está libre de toda sospecha, si bien, con el paso del tiempo, parece haber transformado la pasión en una suerte de tediosa constancia afectiva. El matrimonio, además, tiene dos hijos menores de edad.
El caso es que, tras el desliz, Francesca queda prendada de su aventurero, lo mismo que él, quien le propone a ella escaparse juntos y abandonar así para siempre su anodina existencia de maruja palurda.
Y así llegamos a la escena cumbre: Llueve a cántaros. Eastwood espera en la calle, sin paraguas ni capucha, calándose hasta sus huesos sexagenarios. Francesca viaja en el coche junto a su marido, que es quien conduce. El coche se para en un semáforo, ella ve a su héroe desde la ventanilla y alarga su mano hasta el mango de la puerta. Parece que la abrirá y saldrá corriendo a empaparse junto a su amante, pero no lo hace. El semáforo sigue en rojo y el marido, al menos aparentemente, en Babia. Francesca continúa sujetando la palanca de la puerta como si fuera a arrancarla…
Bien, me paro aquí para no joderle a nadie la peli. Sea como sea que se resuelva la escena en el filme, el meollo de la conversación a la que he empezado aludiendo en mi comentario de hoy se encuentra aquí.
Todas las mujeres presentes en aquel corrillo reconocieron que, mientras veían aquella secuencia, pensaron, murmuraron o incluso exclamaron: “¡Vamos, ábrela, ábrela, vete con él!”.
Obviamente, entiendo que lo pensaran. Cualquier persona a quien haya agradado la película reconocerá haberse contagiado de los sentimientos de los protagonistas. Sin embargo, lo que yo aduje al respecto fue que aquel entusiasmo y aquella complicidad con Francesca revelaban una escandalosa contradicción, en función de los valores que todas aquellas mujeres aplicaban en su vida cotidiana.
Reconozco que era una carta ganadora infalible si lo que pretendía era sembrar la polémica, como así fue. Mis compañeras criticaron mi supuesta falta de romanticismo y confundieron mi intención de cuestionar sus criterios con una aparente censura a la actitud adúltera de Francesca.
Dicho esto, me vi obligado a aclarar que mi incisivo comentario no versaba sobre la decisión del personaje de Meryl Steep, sino sobre qué hubieran pensado ellas de una amiga, vecina, compañera o conocida que les contara algo como: “He decidido abandonar a mi marido y a mis hijos para irme a disfrutar de la vida con mi amante bandido”.
No es que no se comprenda la necesidad de Francesca de ver realizados sus sueños. Os aseguro que me identifico totalmente con los anhelos de alguien que cree que cosas tan prosaicas como la edad, las convenciones sociales o los prejuicios no pueden aniquilar los deseos humanos y el derecho de cualquier persona a ser feliz.
Ahora bien, que nadie se engañe. Esos gritos de ánimo a Meryl Steep para que baje del coche de su marido representan también un sueño, una ilusión, una vía de escape, tal vez, pero de ningún modo reflejan el sentir generalizado a la hora de opinar sobre el comportamiento de nuestros semejantes.
Creo que si se hiciera una encuesta preguntando qué es lo peor que puede hacer una madre, la aplastante mayoría respondería de forma espontánea que lo peor sin duda sería abandonar o desatender a sus hijos. Y aunque añadiéramos que esa presunta madre fugitiva había huido por amor, a nadie le valdría como excusa.
Precisamente, una de las razones por las que admiro esta película de Clint Eastwood es por el tratamiento serio, adulto y coherente que hace de los sentimientos románticos. No necesita convertir la historia en un cuento de hadas donde todo el mundo termina comiendo perdices para trasmitir lo que significa enamorarse de alguien. Si no fuera porque son palabras que riman, cualquiera diría que romanticismo y realismo no tienen nada en común.

jueves, 7 de febrero de 2008

Automedicación letal

Si no fuera porque es un tema francamente serio, parecería un chiste. Leo que el portavoz del servicio de médicos forenses de Nueva York ha confirmado que la causa de la muerte del actor Heath Ledger fue accidental, a consecuencia del abuso de medicamentos prescriptos.
Como la mayoría sabéis, Heath Ledger, actor australiano de 28 años famoso sobre todo por su interpretación de un cowboy homosexual en Brokeback Mountain, fue hallado muerto en su apartamento de Nueva York el pasado 22 de enero.
Cuando alguien como él (joven, guapo, con éxito) muere en estas circunstancias, lo primero que viene a la mente es el tópico de los juguetes rotos y los ídolos de barro, la cara oculta el sueño americano, aquello de que no todo es brillo y glamour en Hollywood, además de otros nombres ilustres que sufrieron idéntica o similar suerte, como James Dean, Marylin Monroe, Kurt Cobain o el castizo Antonio Flores.
Algunos son víctimas de accidentes y otros se quitan de en medio voluntariamente, pero, sea por azar o por suicidio, siempre da la impresión de que la verdadera causa de sus prematuras muertes está en esa cierta degradación humana que parece ir unida a menudo a la engañosa fachada del mundo de la farándula y el estrellato (desde hace unos pocos años, la tendencia parece estar llegando también al entorno del deporte de élite; ahí están los casos del ciclista Pantani o del jugador de waterpolo Rollán).
Vuelvo al asunto que hoy nos ocupa. Decía al principio que me sonaba a chiste la declaración del portavoz forense, remarcando la accidentalidad de la muerte de Ledger, en un gesto taimado pero incuestionable de lavado de imagen. Es decir, se nota que la versión oficial de la defunción quiere dejar claro que el actor no se quitó la vida y también que no era un yonqui, de ahí la aclaración acerca de que los medicamentos ingeridos había sido adquiridos legalmente y con receta.
Pues vale. Pero, atentos al diagnóstico: “Ledger falleció por intoxicación aguda a causa del efecto combinado de oxycodona, hidrocodona, diazepam, temazepam, alprazolam y doxylamina".

(Pausa para asimilar lo leído)

Repito la retahíla, por si algo no hubiera quedado suficientemente claro: oxycodona, hidrocodona, diazepam, temazepam, alprazolam y doxylamina (sólo los nombres ya le ponen a uno mal cuerpo). O, lo que es lo mismo, un gazpacho barbitúrico a base de antidepresivos, analgésicos, ansiolíticos y calmantes.
No digo yo que el hombre quisiera suicidarse, pero denominar “accidental” a una muerte sobrevenida por la ingesta de semejante galimatías farmacéutico es como para darle al forense de turno el Nobel del cinismo hipocrático.
Resulta que nuestros médicos de cabecera (creo que ahora se llaman “de familia”; desconozco si Emilio Aragón tiene algo que ver con esto) no paran de advertirnos de los riesgos de la automedicación, mientras que algunos de sus colegas estadounidenses redactan informes que parecen monólogos de Gila; ya sabéis, de esos en plan “Alguien ha matado al alguien...” o “Si no aguanta una broma, que se vaya del pueblo”.
En fin, lo que de verdad da lástima es que el último título que vayamos a recordar de este actor sea Automedicación letal.

lunes, 4 de febrero de 2008

Los viejos Coen atacan de nuevo

Para muchos, el principal reclamo de No es país para viejos será la presencia de Javier Bardem, reforzada además por la ingente cantidad de premios y elogios acumulados en los últimos meses por el actor español.
Es lógico, por otra parte, pero no pocos somos también los que esperábamos el estreno de esta película (al margen de su reparto) porque era la nueva de los hermanos Coen; y no sólo eso, sino que prometía ser por fin un regreso a los registros característicos de este singular dúo de artistas.
Ciertamente, No es país para viejos es cien por cien estilo Coen, aunque, curiosamente, se trate de una adaptación y no de un guión original. Es asombroso comprobar cómo la historia y los personajes creados por Cormac McCarthy parecen haber sido concebidos para su encarnación visual en el universo inconfundible de los autores de Fargo, Muerte entre las flores, Sangre fácil, El hombre que nunca estuvo allí y Barton Fink.
Eso sí, que nadie se lleve a engaños. Las nominaciones a los Oscar y la consecuente asociación de este título con el concepto “Hollywood” pueden provocar una expectativa engañosa para cierto tipo de espectadores.
Para quienes somos seguidores casi incondicionales de los Coen, este último trabajo es una gozada absoluta, un chute de celuloide pata negra.
Sin embargo, aquéllos que esperen un espectáculo, un entretenimiento al uso y a la manera hollywoodiense tradicional, quedarán más que probablemente decepcionados.
No es país para viejos es una historia dura, áspera, de una brutalidad tan límpida como sobria. No es una película de acción. Hay violencia, hay tiros, tiene una trama que discurre a caballo entre el oeste decadente de Peckimpah y el cine de psicópatas en huelga a la japonesa (desde Norman Bates hasta el Max Cady de Scorsese), pero no es un espectáculo apabullante de efectos sonoros (ni siquiera hay música) ni pirotécnicos.
Además, los Coen han renunciado incluso a ese humor gamberro casi siempre presente en sus cintas. También es verdad que, aunque el sentido del humor es una de sus inconfundibles señas de identidad, son precisamente las comedias sus películas menos inspiradas (personalmente, me gustan mucho El gran Lebowski y El gran salto, pero igualmente Arizona baby, Oh brother!, Crueldad intolerable y Ladykillers me parecen sus trabajos más flojos). En No es país para viejos sólo asoma de vez en cuando un amago de ironía que más parece un guiño para sus fans que un elemento inherente a la historia. Una historia que deja un sabor de boca amargo y un sentimiento de desolación tan vasto como los parajes por donde transitan los protagonistas de la película. La resignación derrotista del sheriff veterano ante los métodos criminales de los delincuentes modernos y la apariencia de indestructibilidad que atesora ese Antón Chigurh que parece compartir peluquero con Aznar componen el esqueleto de una odisea capaz de desmoronar al espectador más optimista del planeta.
Bardem está de miedo (también en el sentido literal), pero sería injusto no destacar igualmente a sus compañeros de reparto, Josh Brolin y Tommy Lee Jones.
En definitiva, un feliz resurgimiento de dos de los autores más importantes del cine americano de los últimos veinte años. Casi ná.

domingo, 3 de febrero de 2008

La academia ciega del pintor sordo

Dentro de unas horas se entregarán los premios de la Academia del Cine Español, así que aprovecharé para concederles este mínimo espacio de gloria y reconocimiento a aquellas películas y personas que han sido descartadas del mencionado plantel de aspirantes.
Curiosamente, el año pasado mis preferencias coincidieron casi literalmente con las de quienes eligen los Goya. Tanto Volver, como Salvador, El laberinto del Fauno, Azuloscurocasinegro y La noche de los girasoles, se contaban entre mis filmes favoritos de la temporada, y fueron precisamente éstos los que acapararon la mayor parte de las nominaciones, junto con la tan espectacular como irregular Alatriste.
De la edición pasada sólo me pareció escandaloso el ninguneo a Ficción, de Cesc Gay, y a su actriz protagonista, Montse Germán (encanto y credibilidad elevados a la máxima potencia).
Muy al contrario, este año parecería un repelente aguafiestas si tuviese que intercambiar opiniones con los señores académicos del séptimo arte patrio. En bien poco coincido con sus propuestas, como se verá a continuación.
Para empezar, me resulta inexplicable que no se encuentre Mataharis entre las candidatas a mejor película, más aún teniendo en cuenta que la película de Icíar Bollaín aspira a varios premios, incluyendo el de mejor dirección. Igualmente, creo injusto que se le haya negado la candidatura a su protagonista, Nawja Nimri, que encima tendrá que ver cómo el resto de sus compañeras de reparto —además de su compañero y marido en la ficción, Tristán Ulloa— se muerden las uñas en la gala en espera de recibir su premio.
Otro ostensible olvido en el terreno interpretativo es de las actrices de La soledad, de Jaime Rosales. Bien es verdad que el reconocimiento sorprendente a esta película minoritaria ha constituido una alegría para este espectador peatonal, pero se ve que algo así era demasiado bonito para ser completamente cierto (y coherente), así que han dejado sin opción a Goya a sus protagonistas, que están sencillamente soberbias, todas ellas.
En cuanto a la excesiva consideración hacia la película La torre de Suso, no me cabe ninguna duda de que se debe al fruto de ese intratable matrimonio formado por Doña Televisión y Don Dinero. La película de Tom Fernández es amena, agradable de ver, sencilla, y diría que inofensiva. Pero es televisión, no cine. Es comedia de situación pura y dura (no en vano su responsable fue uno de los artífices de la serie Siete vidas, de notable éxito televisivo durante varias temporadas).
Fijaos que el premio al mejor director novel me parece el más acertado de toda la gala, quizá el único verdaderamente procedente y útil (los demás son una mezcla de intereses empresariales y amiguismo corporativista). Por ello, pienso que debería galardonarse un trabajo esencialmente cinematográfico, la obra de un profesional del celuloide en ciernes o el talento latente de un futuro gran cineasta.
Bien es cierto que el premio de este año está cantado y será para Juan Antonio Bayona por la sobrevalorada El orfanato, pero haber incluido a La torre de Suso en las nominaciones, en detrimento de operas primas mucho mejores (o, como mínimo, puramente cinematográficas) como Ladrones, Concursante, Bosque de sombras, La habitación de Fermat o Qué tan lejos, es una mezcla de injusticia e incoherencia que clama a los vientos.
También estimo que REC hubiera merecido un mayor reconocimiento, aunque puede que su protagonista, Manuela Velasco, termine dando la sorpresa y arrebatándole el Goya a Gala Évora, con lo que se superaría también la aburrida costumbre de premiar siempre las interpretaciones basadas en personajes reales o históricos (cuando no adictos, discapacitados o enfermos terminales).
Mi recuerdo también a actores y actrices que nos han dejado encomiables registros y que, por una u otra razón, no han entrado finalmente en la quiniela: las ya mencionadas protagonistas de La soledad, Sonia Almarcha, Miriam Correa, Petra Martínez, María Bazán y Nuria Mencía; también María Valverde y Juan José Ballesta (Ladrones), Darío Grandinetti (Quiéreme), Carmelo Gómez (Oviedo Express), Leonardo Sbaraglia (Concursante), María Bouzas (Una mujer invisible), Tania Martínez y Cecilia Vallejo (Qué tan lejos)… aunque, probablemente, el olvido o desprecio más evidente sea el cometido hacia Adolfo Fernández, Bárbara Lennie, Emma Vilarasau y Blanca Apilánez, el cuarteto inspiradísimo de Mujeres en el parque, de Felipe Vega, otro título de calidad que ha sufrido la desconsideración de los académicos.
Para finalizar, mi modesto homenaje a otra gran olvidada de este año, la estupenda La caja Kovak, de Daniel Monzón, cine de género bien hecho, eficaz, sin complejos y con la factura y el desparpajo propios de cualquier producción norteamericana.
Por cierto, ¿para cuándo un Goya al más grande, al mejor, al rey de la interpretación en castellano, al enorme e irrepetible Federico Luppi?

viernes, 1 de febrero de 2008

Propuesta carnavalesca

Nunca he tenido muy claro esto del carnaval, la verdad sea dicha. Imagino que lo viviría de otra manera si fuera gaditano, o tinerfeño, pero se da la circunstancia de que las ciudades donde he vivido no se encuentran precisamente entre las más representativas por la celebración de esta fiesta.
Por otra parte, reconozco que para mí la expresión “día de fiesta” va imprescindiblemente asociada a “día festivo”, o sea, no laborable, es decir, un día en que no se trabaja.
Es por eso que no tengo dudas a la hora de identificar la Navidad, la Semana Santa, el doce de octubre o el primero de mayo. Pero, claro, el carnaval tiene de festivo sólo el ambiente, el jolgorio, la parafernalia verbenera, y nada más. Se madruga y se va a currar igual que siempre.
A pesar de todo, este año se me ha ocurrido que podría aprovecharse la oportunidad de que el carnaval coincida con el periodo de campaña electoral, lo cual podría aportar unas dosis de innovación y desenfado a los bolos de los políticos, y de paso regalarnos a los ciudadanos un merecido respiro después de tanta crispación (total, lo de los programas electorales ya no se lo cree nadie). Entonces, y ya que en teoría nos vamos a tomar a befa tanta promesa y soflama, ¿por qué en vez de llenar estadios o auditorios con aburridos mítines, no montamos a los candidatos en emperifolladas carrozas y los paseamos por las calles al son de la pachanga?
Bastaría con ataviarles debidamente. Unas plumas por aquí, unas lentejuelas por allá, y poco más (la careta ya la llevan puesta; gajes del oficio).
Imaginaos la calle Ferraz tomada por la chirigota “P’ alante con el talante”, arrojando a las aceras inéditos billetes de 400 euros, acuñados especialmente para la ocasión. Y en la calle Génova, para no ser menos, tendríamos a la charanga popular “Gallardón el último” deleitando a los transeúntes con ripios patrióticos y apocalípticos.
También podrían juntarse Llamazares, Mas, Durán i Lleida, Ibarretxe y compañía, y montar una comparsa reivindicativa que se llamase “Nosotras también queremos ser las reinas del carnaval”, o “Cómeme el voto, negro”. Impagable.
En fin. Aquellos que durante estos días residáis o estéis de visita en Cádiz, Venecia, Río de Janeiro, Tenerife, Las Palmas, San Francisco, Colonia, Sitges, Québec o cualesquiera de los múltiples lugares donde el carnaval es sinónimo de desenfreno colectivo, no necesitaréis fabricaros delirios surrealistas para entrar en materia.
Para todos los demás, recomiendo el ejercicio mencionado: fantasear con un pasacalle colorista y bullanguero, compuesto por la flor y nata de la clase política, y flanqueado por su fieles siervos del universo periodístico (tampoco tendría precio el coro rumbero Losantos-Gabilondo-Pedrojota, con sus camisas de flores anudadas a la altura de la barriga y agitando un micrófono a modo de maraca).
De todas formas, lo que verdad me gusta a mí de estas fechas que se avecinan es la repostería. Esos buñuelos y esas torrijas…